30 abr. 2013

Telavision 26 - Vacaciones perfectas

Han llegado ya las vacaciones y nuestra familia debe encontrar el lugar adecuado para las preferencias de todos: un camping en plena naturaleza.

28 abr. 2013

La vida critica... 87 - Nadie más, seguro!

Confiar en uno mismo es imprescindible para triunfar, adquirir seguridad y, también, para confiar en los demas. ¡Sobre todo si tienes una cita!
Aunque a veces es mejor no mirarse en el espejo.

26 abr. 2013

"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 6º - El regreso



Las siluetas de mis padres se destacaban en el muelle. También algunos hermanos me habían venido a esperar y agitaban sus pañuelos blancos con alegría. Llegamos a casa y todo allí tenía un tono diferente.
De los vecinos, apenas conocíamos ninguno. De nuestro rellano, en la letra D vivían unos señores, ella una dama elegantísima, alta, morena, hermosa, ignoro si amable o no pues apenas cruzábamos más palabras que los “buenos días” de ritual si coincidíamos al salir y según la hora. El era un hombre raro, no únicamente por su joroba que tenía con generosidad sino por la frecuencia con que se equivocaba de puerta, cosa difícil toda vez que las puertas se correspondían en cruz. Un error de piso era comprensible; pero el de puerta, no, y esto pasó varias veces y una de ellas me movió a decírselo a mis padres pues entró, cruzó el pasillo y sólo al llegar al comedor que estaba al extremo, se dió o dijo que se había dado cuenta del error. Yo estaba sola; pero se me ocurrió llamar a mi padre y él, inmediatamente, se fue.
Pues bien. Una mañana, mi madre acababa de darme dinero para comprar en el colmado contiguo. Al salir tuve que dar paso al jorobado y luego a la señora que salía tras él en actitud amenazadora. El llevaba un enorme cuchillo, en la mano, y le decía: “Te voy a matar”. Ella le arrojó una botella que contenía vitriolo y no me tocó a mi milagrosamente.
Mi intención era la de refugiarme en la portería; pero la ayudante de limpieza lo hizo primero y cerró la puerta inmediatamente, lo que motivó que yo tuviera que presenciar el terrible suceso.

En la espaciosa entrada había un hombre alto que cogió a la mujer y el jorobado empezó a apuñalarla. Ellos salieron dejando a la mujer en el suelo, ensangrentada. Yo salí temblando y me fui al colmado y, asustada, conté lo sucedido. La gente no creía el relato; pero el dueño me conocía y salió inmediatamente a la calle y armado pues era del somatén. Al ser más alto, más joven y por tanto más ligero, le pudo alcanzar ya en la calle Diputación.
La mujer vivió aún unos momentos, los suficientes, empero, para declarar. Hacían moneda falsa y ella se cuidaba de pasarla; tenían la fábrica o taller en el Guinardó. Cosa rara, pero que recuerdo bien, es que por la noche, mientras leían la prensa yo temblaba; pero es que me temblaban las nalgas. Según la prensa fueron catorce las puñaladas recibidas.
Cuando tiempo después se proclamó la República, y liberaron a los presos, pasé una temporada encogida por el temor. Ahora, me decía yo, se vengará de mí pues sabe que lo vi y que lo conté. Y añoraba y valoraba la apacible y fraternal vida de mí isla.
En mi casa se empezaba a hablar mucho de mí futuro y un importante suceso vino a determinar mí camino y a cambiar el sentido de mí vida y colaboró a mitigar la desagradable impresión del anterior impacto.
De la estancia en Mallorca cuando el encarcelamiento de mi hermano Juan, había surgido un aumento del círculo de amistades que, sobre todo mi madre había cultivado. Entre ellas había la del cónsul de Bélgica en Mallorca. Era un hombre de gran cultura, de elevadas tendencias espirituales. Vino a consultar algún problema con mis padres. Mi padre era masón, tenía el grado de Gran Maestro. Ignoro si también el cónsul era miembro de alguna Logia; lo que sí sé es que les unía una gran afinidad. Vió el piano y preguntó:
“¿Alguien de Vds. toca el piano?
“Sí. La niña. Onésima”.
“¿Quieres tocar algo para mí?” Me preguntó.
A mi no me satisfacía mucho la idea, pues me daba mucha vergüenza; pero... bueno, contesté que sí.
Antes de hundir los dedos en el teclado hay que sentir que entre el piano y tu no hay separación y esto es más fácil en la intimidad; pero cuando los que asisten no oyen sino que escuchan esta intimidad se ve fortalecida por un más rico valor. Creo que interpreté algo de Vivaldi y una sonata de Mozart.
Al finalizar se dirigió a mis padres y solicitó de ellos el permiso para volver acompañado de un gran amigo suyo y que era un verdadero valor en el mundo musical. Al cabo de unos días y con preciso aviso, vino acompañado de Pablo Casals. Ya su figura imponía por cuanto desprendía de nobleza y superioridad, a la par que una gran sencillez. Yo actué como si estuviera sola. Tanta fue la confianza que me inspiró que me abandoné.
Cuando acabé, Pablo Casals se acercó al piano, rodeó mis hombros con sus manos y me dijo lo mismo que Dª Teresa:
“La música te espera, niña. Si quieres, si decides acudir yo te ayudaré”.
No es fácil expresar cuanto sentí. Un nudo en mí garganta me impedía hablar. Seguramente fijé mí mirada en él; pero me mantuve en silencio. Sentía que mí ser entero era una oración; que mi corazón desbordaba no sé que sentimientos; pero aquel nudo seguía en mi garganta como inútil mensajero.
Habló con mis padres con la siguiente proposición: se hacía cargo de mí formación artístico-musical, para lo cual debía de irme con él a Milán y cursar allí los estudios. Ibase también con él un chico que estudiaba violín y al que prometía también igual ayuda. Era una grandiosa oportunidad ante la cual guardé silencio comprendiendo la enorme responsabilidad que, en cualquier sentido, adquiría su decisión. Se acordó aceptar unos días de espera durante los cuales en diversas ocasiones se reunieron los familiares. Los primos de mi madre alababan el proyecto con franco entusiasmo. Mis padres sostenían una intensa lucha de la que me tenían alejada, incomprensiblemente para mí.
La presencia de mi hermano mayor quien vino de Menorca para ayudar con su opinión, fue definitiva.
“¿Nuestra hermana  artista?”, preguntaba con asombro. “¿No avanza en sus estudios? ¿No dicen sus maestros que promete en el digno camino del Magisterio?. Nuestra hermana ha de ser maestra, una honra para Menorca”. Esas fueron sus palabras concretas y decisivas.
Y hubo un “jaque al Rey” mientras yo no había jugado una sola pieza.
El mundo se hundía bajo mis pies. No. No era eso, ni era otra cosa. No hay palabra alguna que exprese un “quedarse sin vida y seguir viviendo.
Ante mí se abría un camino angosto, largo y frío, sin horizontes. No había sol, ni noche de luna y estrellas. Y el camino se estrechaba y se hundía en el vacío.
Pero en los momentos más crueles y oscuros siempre aparece una luz. Y la mía tuvo un nombre, sí, un nombre de algo que podía y que debía ofrecer con dignidad: GRATITUD. Yo andaba y corría, danzaba y subía y bajaba las montañas, me internaba en el mar y jugaba con las olas. Y esta suprema libertad, esta preciosa expansión natural de mi vida se la debía a mis padres y hermanos que sufrieron y lucharon para que yo lo pudiera realizar. Y eso fue lo que me ayudó a seguir como fuese: pero a seguir aceptando las condiciones que la vida me presentaba y transformarlas, en lo posible, para mejorar su condición. Y ese era mí deber. Si lo otro tenía que ser, lo sería por añadidura-
Y esta decisión me devolvió la paz y estableció la armonía. Ante esto ningún contratiempo tenía importancia.
Al volver a la escuela mis maestras me hablaron seriosamente.
“Ripoll. (Nos nombraban por el apellido y trataban de Vd.) Los ingresos en cualquier escuela oficial son a los catorce años. Cualquier camino que Vd. Quiera seguir debe prepararse durante este curso para examinarse el próximo. ¿Ha pensado ya qué carrera seguir?”
“Sí. Lo he pensado. El Magisterio”.
“¿El Magisterio? ¿Lo ha pensado bien, Ripoll?”
“S´. Desde luego”.
“¿Y la música?”, insistieron.
“Seguiré con ella, lo que pueda”.
“Ripoll. Nos gustaría que viniese a ayudarnos con los párvulos, aunque sea medio día. ¿Podrá?”
“Gracias. Gozaré haciéndolo.” contesté.
“Y los niños también,” respondieron.
Y yo me decía: trataré de ser una buena maestra. Y creció ante mi un horizonte nuevo, mezcla de lágrimas y de regocijos.




Los párvulos aprendían a leer en un libro titulado Catón. En él había una frase que me conmovía intensamente; era la de: “Enrique ama a su mamá”. Cada vez que tenía que oírla o pronunciarla, me invadía una dulcísima y profunda emoción, ignorando por qué. Como que la lectura era diaria esta emoción iba creando en mi un estado de sensible añoranza. Me acostaba temprano con un nombre rigiendo los latidos de mi corazón: ¡Enrique!.
Una noche entró mi madre en mi habitación y cariñosamente me preguntó:
“Nena. ¿Qué te pasa?. Te has disgustado con alguna amiga, o tus maestras? Estas triste, apagada, apenas dices nada, estas como ausente. ¿Qué te pasa? ¡Dímelo!
“Nada, mamá. Pienso en Enrique”.
“Y, ¿quién es este Enrique?
“No lo sé, mamá. Me pasa esto”. Y se lo conté.
Mi madre quedó pensativa y preocupada. Pero yo, luego de la confesión, me sentí liberada y se restableció la tranquilidad.
Días después me decidí a pintar un tapiz. El motivo era un paisaje lejano en el que se divisaba una especie de ciudad oriental con alguno de sus templos. En primer término, un gran árbol a cuyos pies había una pareja. El la rodeaba con un brazo mientras con el otro señalaba el mágico país de oriente. Entre el árbol y el templo, un arco iris cruzaba el cielo uniendo las dos fronteras. Y, señalando al hombre, yo decía: este es Enrique.
La escuela se iba convirtiendo en otro centro familiar. Mis maestras conocían hasta mis pensamientos; participaban de mi vida y penetraban en ella con el respeto que lo harían con algo sagrado. Tuvieron que enseñarme y procurar que yo aprendiera religión. En los exámenes de ingreso me preguntarían y yo debía de estar preparada. Pero cuando llegaba a mi casa con una doctrina, mi hermano Leandro me la dejaba hecha trizas. Mis maestras llegaron a disgustarse porque yo no aprendía las obras de misericordia y, a su modo, me riñeron.
En mi casa, sobre todo mis padres, notaron mi disgusto. Les explique la causa y lo comprendieron. Y aprendí las obras de misericordia como para no olvidarlas jamás. Pero el examen de ingreso fue algo digno de mención. Había un tribunal cuya directora era Dª Adela Medrano, esposa del odontólogo Dr. Molleda que me arreglaba la boca. Era guapa, simpática y agradable. Ella me examinaba de Letras.
“Dígame un verbo reflexivo”, me dijo.
“Lavarse”, contesté.
“Y, ¿qué se lava Vd.?”
“La cara”
“Ella iba insistiendo... y, ¿qué más?”
“Las manos”
“Y, ¿qué más?
“Los pies”
“Y, ¿qué más?”
“La boca”.
“Y, ¿qué más?” inquirió.
“Pues todo lo que tengo sucio”, contesté ya no sé cómo.
Los exámenes eran públicos. Entre los presentes estaba mi amado padre. Hubo una espontánea y explosiva risa que yo, nerviosa, compartí.
En este estado pasé al examen de religión.
“Dígame las obras de Misericordia”.
“¡Anda!” me dije yo.
Y segura, segurísima, empiezo a enumerar y llego al final.
“... y la última, la séptima añadí, enterrar a los vivos y a los muertos”.
“Vaya, contestó la profesora. Entierre Vd. A los muertos; pero a los vivos déjelos en paz”.
Y ... nuevas risas.
La carrera de obstáculos siguió en los exámenes de Historia y Geografía. De los cabos de España los nombré todos, sin olvido alguno; pero luego me los hizo repetir en sentido contrario y me olvidé el Ortegal. Y no había modo de recordarlo. Me dio diez minutos para reconstruir el recuerdo; pero así..., le quedan ocho, le quedan siete...seis... y así hasta el final.
“¿Cómo se llama Vd.?”
“Pues, no me acuerdo.”
Y me fui al asiento, junto a mí padre.
“¡Onésima!, ¿Qué te ha pasado?
Salté del asiento, extendí el brazo y exhalé:
“Me llamo Onésima Ripoll Manent.
Y me suspendieron. Mi padre fue a hablar con la directora y ésta le dijo: ¿Quiere ver la nota que tenemos de su hija? Y le enseñó el resultado: Distraída.
Y eso fue todo.
Mi padre me dijo: pasarás las vacaciones en Ibiza. No te llevarás ni un libro. Goza, disfruta y no te preocupes y en setiembre te volverás a examinar con lo mismo que ahora sabes y sin temor. Yo sé que estás bien preparada y tu también.
Y así se realizó. En Ibiza vivían unos parientes de mi padre, uno de ellos también masón. Había venido algunas veces a visitarnos. Tenía en Ibiza un café – restaurante en Santa Eulalia y en la capital vivía una prima con una hija que en aquellos momentos era novia de mi hermano Leovigildo. Se llamaba Dolores y ya la conocíamos.
Si mi estancia en Ibiza hubiese cumplido tan sólo el propósito de cambiar de ambiente, descanso y distracción, tal vez no transferiría consecuencia alguna digna de mención o de interés; pero no fue así. Hubieron hechos y circunstancias que bien merecen atención por las profundas huellas que dejaron en mí y por el recuerdo que dejé en la isla. Ibiza, ya como forma constitutiva era muy distinta a Menorca. Ibiza era más bien triangular, mientras que Menorca paralelógrama. Las calles de Ibiza, estrechas e irregulares, se elevaban con tal rapidez que habían casas, la de mi prima por ejemplo, que, dispuestas en bajos y primer piso, una parte, los bajos, estaban situados en una calle y el piso superior tenía entrada y salida por la otra calle lateral. En la primera parte había una tienda y en la segunda la vivienda con las habitaciones particulares. Todas las habitaciones disponían de un Don Pedro donde vaciar las más íntimas necesidades y, en el recibidor, cubierto por una sólida alfombra, había lo que se llamaba “lloc comú”. Se levantaba una tapadera y allí, en cuclillas se depositaban los excrementos si había necesidad. Este descubrimiento fue para mí una especie de repelente curiosidad.
Otras cosas me demostraban que no era mi isla ni Barcelona sino una época muy afectada por la influencia de la magia y la brujería. El hecho de haber llegado de Barcelona me convertía en algo importante y despertaba un comprensible interés. Era por tanto, muy solicitada y por parte de los primos, muy advertida.
“Cuidado; si vas a esta casa no comas nada sobre todo de fruta. En las peras, manzanas, naranjas o melón, etc. inyectan una substancia para conseguir que te enamores de algún hijo. No te dejarán escapar.
Yo escuchaba por educación y también para conocer más o menos el punto central de una cultura o más bien un estado de civilización en gran parte nuevo para mí. Naturalmente comí con plena tranquilidad de lo que se me ofrecía sin experimentar cambio alguno. Otra cosa me extrañó. Mi hermano, enamorado, se portaba con su novia con una fidelidad digna de admiración, casi excesiva. Si algún domingo iba al fútbol, amante como era del deporte, en sus cartas diarias a su novia se lo contaba como si confesase un hecho delictivo. Ella por su parte, recibía cada día a su puerta a un hombre diferente con el que se translucía una relación más íntima que de amistad. Un día se lo comenté. “Sí, dijo con naturalidad; son mis novios. Nos tratamos y cuando nos queremos casar elegimos al que más facilidades nos ofrece de felicidad”.
“Bueno, dije yo, se lo diré a mi hermano y no sé cómo reaccionará”.
Otra costumbre, no tan sólo por la curiosidad que despertó en mí, sino por las características tan opuestas de una a otra isla. Los domingos, en la Rambla, los chicos se alineaban correctamente en las aceras laterales, y en el centro y vestidas con los típicos trajes del país, paseaban en grupos de dos, tres, cuatro o cinco chicas que lucían en sus corpiños las célebres botonaduras de oro en hileras verticales. El número de hileras denotaban el grado de riqueza de la entidad familiar. Ellas paseaban arriba y debajo de la calle, cambiaban saludos, sonrisas, algunas con cierta malicia o picardía, y elegían a quien más les gustaba. Aquel era uno de los novios que festejaban, un día cada uno, a la chica al atardecer.
Así que lo que en Menorca sobresalía como aspiración cívico cultural, en Ibiza el ambiente respiraba ambición y frivolidad.
Sin embargo, viví en ella episodios de auténtica sensibilidad. Y fue en la cárcel, el único sitio donde pude practicar el piano. Fue en el departamento del director que era amigo íntimo de Dolores y familia. Los presos escuchaban y aplaudían; pero estaban en sus celdas y no todos percibían el sonido por igual. Entonces solicitaron si podría yo adaptarme a su horario de recreo, cosa que naturalmente fue fácil de conseguir. Además el horario fue aumentado en una hora más, lo que permitió algún que otro diálogo como también la oportunidad de una más extensa conversación llegando a venir algún grupo al despacho, a consultar o a expansionar sus inquietudes. Jamás me ocultaron la verdad. Habían dos presos, padre e hijo, cuyo caso, (envenenamiento de reses de otros campos vecinos) no se había aclarado porque ambos se declaraban culpables en mútua defensa.
Llegué a sentir verdadero cariño por todos. Me pedían que cantase y sus canciones preferidas eran: “El desfile del amor”, o bien, tanto el Avemaría de Gounot, como la de Schubert. Me preguntaban, “¿dónde has aprendido?”, “¿qué estudios tienes?”, “¿nos escribirás?”.
Y yo les hablaba de mis padres y de mis maestras con mi natural admiración y reconocimiento. Antes de partir, al despedirme de ellos, me pidieron la dirección y les di también la de la escuela, pues me pasaba el día en ella y recibiría antes su noticias.
Pasaron unos meses y una mañana llamaron a la puerta de la escuela. Llegaba un paquete muy grande a nombre de mis maestras y una carta felicitándolas por su labor y agradeciendo en mí nombre cuanto habían hecho por mí y por cuanto hacían por los demás. Notificaban la libertad de padre e hijo y mandaban un gran saco de almendras de su propiedad para repartirlas entre sus alumnos. Este generoso y fino detalle, sembró en todos una profunda emoción difícil de describir. Creo que merecen mi fiel recuerdo y el reconocimiento al valor de su nobleza y sensibilidad. Y, al llegar a mí casa, encontré carta y paquete como el de la escuela.
Se acercaban los exámenes de setiembre. Siguiendo los consejos de mí padre, no había repasado nada durante el verano. Pero mi padre me hizo preguntas, me puso problemas a resolver y quedamos satisfechos y tranquilos. Así que me presenté y entonces me felicitaron y me preguntaban que dónde me habían preparado.
Entretanto un importante suceso había sacudido a la nación. La proclamación de la República, lo que significaba el nacimiento de un nuevo concepto de la libertad y del bienestar humano. En educación se establecería la coeducación. El aumento de escolaridad conseguida obligó a una nueva habilitación de los distintos locales, de la Escuela Normal de la calle Fortuny y de la Rambla de Cataluña. El primer curso lo realicé en la calle de Fortuny. Como es lógico los profesores estaban clasificados por especialidades. Nosotros teníamos a Dª Mariana como profesora de Letras, a la que los alumnos no tenían gran simpatía. Un día empezaron algunos: “Hoy vamos muy flojos. Tendríamos que hacer algo para entretenerla. Ripoll, ¿por qué no ideas algo?
“¿Yo?”, dije.
“¡Si, si, va!”.
Pasaba un gato que teníamos en la Escuela. Yo le tenía entre mis manos, cuando...
“¡Que viene Dª Mariana!...”
Lo más cerca que tenía era su propio pupitre. Con que lo metí en él. Entró la profesora con su gesto habitual, algo brusco y altanero. Se sentó y llamó a uno de los alumnos para preguntarle la lección pertinente. “Póngame un ejemplo”, le decía.
Y el alumno no acertaba. Y ella, decidida y segura a la vez, ponía su mano derecha en la tapa del pupitre, diciendo a la vez:
“No se apure. En la Real Academia tenemos...”
“Un momento Dª Mariana. ¿Vale éste?...”
Hasta que al fin abrió la tapa y...¡puf!, salió el gato de estampida.
“¡Una rata! Empezaron todos.
Y entre gritos, voceríos, búsquedas, subidas a los asientos, etc. llegó el bedel anunciando el final de la clase y nadie dijo nada.
Fueron los exámenes finales los únicos celebrados en esta Escuela Normal. El próximo curso se realizaría en la Rambla de Cataluña.
Una cosa empezaba a manifestarse causando cierta preocupación. Mis pies volvían a deformarse. Una curva aumentada del empeine exigía cada vez más  altura en el tacón a fin poder andar más fácilmente y con menos dolor. Yo seguía haciendo ejercicios en la escuela y en casa. El Dr. Pell y Cuffi examinó de nuevo mis pies y determinó aprovechar las próximas vacaciones de verano para la operación.
Habíamos cambiado de piso, en la misma calle de Viladomat; pero en el chaflán a Provenza, junto al club deportivo Layeta, más grande y con mejores condiciones. La operación se hizo en el propio hogar. El Dr. Pell y Cuffi vino acompañado de otro médico y una enfermera. Se organizó un pequeño quirófano y antes de empezar el Fr. Me dijo:
“No podemos anestesiarte como quisiéramos pues, en tu caso, no es aconsejable. Pondremos una inyección de cocaína; tu madre no estará presente, pero estará en el hogar. Procura que no sufra.”
“¿Quiere que me duerma? Creo que lo podré conseguir; y no gritaré, no me oirá. Se lo prometo”.
Me dormí. Desperté cuando cortaban el tendón a ambos pies. Era muy intenso el dolor; sé que rompí toallas; pero no grité. Me alegraba pensar que mi madre podía estar más tranquila y que yo tenía ayuda para aportar mi parte contributiva al bien que se me estaba haciendo. Mis pies caían de la mesa. En el suelo habían colocado un cubo que recogía la sangre que caía a borbotones. La enfermera me hablaba y secaba mi sudor. Pero aguanté tranquila, con un indefinible gozo interior, no por cuanto yo sufría, si no por cuanto se me estaba ayudando.
Me enyesaron otra vez y ya listo todo entró mi madre. Su bello rostro reflejaba la inquietud sufrida. Vio los guantes en mis manos y la enfermera, sonriente, le dijo que yo la había ayudado mientras cosían la herida.
Durante el mes de julio, el Dr. Venía a menudo a visitarme. Pero en agosto hizo vacaciones. Me habían colocado un tensor en cada pierna y yo debía de apretar una vuelta cada día y aguantar el dolor lo que pudiera a fin de colaborar a la más perfecta solución. Yo me daba más para adelantar el proceso. Con una aguja de calceta me rascaba por dentro del yeso pues el picor era inquietante y molesto. En setiembre me lo quitaron. El Dr. Me dijo: “dentro de unos días vendré a enseñarte a caminar”.
“¿Qué? Respondí yo. Hoy le acompañaré a la puerta, cuando salga”.
Y lo hice. Al llegar a la puerta mis piernas parecían las patas de un elefante. Pero empecé el curso.
Un taxista venía a buscarme por las mañanas y me subía las escaleras de la Normal; y al mediodía volvía y me llevaba a mi casa. Allí el problema era más leve ya que había ascensor.
En la primera clase, el Director, el Sr. Juncal nos reunió en la sala de actos para darnos la bienvenida; nos felicitó por el cambio que significaba el nuevo plan de educación y nos recomendó el máximo respeto entre todos. No toleraré, nos dijo, parejas amorosas en los pasillos. Amigos y hermanos en las clases y en el centro. En la calle lo que queráis. Bienvenidos.
Tres de las alumnas veníamos de la Academia Serra; Carmen Sastre (que dejó de estudiar), Margarita Prats y yo. Luis Gausachs, la hija de Puig Elias, Prim y yo veníamos también del campo anarquista. En las nuevas amistades las hallé de gran valor en Rosario Ramia, Juan Rabascall, Carmen Soler, las hermanas Yarza de San Pedro, Felicia Casals, Ricardo Cucala, Juan Miró y otros muchos con los que compartí estudios, luchas y esperanzas.
Un día el periódico “El Matí”, del que era director Francesc Maciá, publicó un artículo en el que se decía que la Escuela Normal se había convertido en un centro anarco-sindicalista. Protesté enérgicamente ante el mismo director a quien fui a visitar. Defendí  cuanto pude la actitud correctísima del director Sr. Juncal y le rogué al Sr. Maciá que contestase como se debía al anterior artículo del cual él no tenía conocimiento. Efectivamente, a la mañana siguiente aparecían disculpas y aclaraciones a posibles mal entendidos y todo quedó bien.
Durante este período no fue sólo la coeducación la única innovación. También la puntuación por notas había sido sustituida por la evaluación numérica que del 1 al 10 indicaba el paso de suspenso a sobresaliente. Desaparecían, por tanto, los calificativos que denotaban superioridad o inferioridad.
Otra ley vino a dar al Magisterio un grado más de esperanza, de seguridad y de justicia. Implantación de un Plan Profesional en el que, estudiando dos años más, se aseguraba la plaza al final de la carrera. Esta garantía estimulaba los esfuerzos y desvanecía las dudas sobre un futuro incierto.
Mis padres se alegraron mucho de la reciente disposición. Ellos hubieran deseado que yo ampliase los estudios como profesora de Escuela Normal. Pero a mi lo que más me seducía era la formación infantil.
Los alumnos nos ayudábamos mútuamente. Uno de ellos, Juan Miró que era de cursos anteriores, me ayudó mucho en los estudios de ciencias químicas. Incluso organizamos un pequeño laboratorio en casa y él venía asiduamente. Mis padres me decían: “Este chico está enamorado de ti”. “¡No!” contestaba yo. Mi entrega al estudio era absoluta y no tenía tiempo para otras manifestaciones ni me sentía atraída. Pero él manifestaba un especial cariño hacia mis padres, cosa que yo le agradecía sinceramente. Pero nada más.
Mi amado padre llegó un día mucho antes de lo acostumbrado. Apenas podía andar y él, que no era de fácil queja, nos pidió que avisásemos al médico. Llegó éste y ordenó el inmediato ingreso en una clínica. Fue la de Nª Sª del Pilar. Allí diagnosticaron hernia doble estrangulada. Había que intervenir inmediatamente. La operación fue bien, pero sobrevino una bronco neumonía y su estado era muy grave. Mi madre estuvo con él todos los días y nosotros, los hijos, íbamos por la tarde. Cuando parecía estar mejor, una imprudencia contra la que el médico había advertido, le produjo una fuerte recaída de la que no era posible salvación. El, que no entonaba ni tenía voz, pasaba ratos cantando y hablaba en castellano. El Dr. Revilla, nuestro médico, me llamó a mi y me pidió que me llevase a mi madre pues estaba delicada del corazón y su vida también peligraba. “Eres la más fuerte; llévatela y engáñala entre tanto. Despídete de él ahora pues no creo que pase de unas horas”.
Besé a mi padre, no sin esperanza, y él me dijo:
“Onésima. Cuando esto pase, vivo o muerto yo te diré qué camino has de seguir”.
Me autorizó a comprarme un Diccionario Enciclopédico que me faltaba y me volvió a besar.
No volví a verle. Su rostro, tan lleno de amor, de honestidad, de tan honda bondad, me siguió envolviendo. Pero no le vi más. Lo más doloroso de la muerte es este: ¡ya no!, ¡nunca más!.
Murió a las cinco de la mañana. Engañé a mi madre diciéndole que estaba mejor, que le mandaba besos. Habían puesto tapa de cristal en el ataúd para que yo pudiera verle. Pero, aunque el coche fúnebre paró junto al hogar, me llamó mi madre cuando me disponía a bajar y acudí a su lado. Ella me necesitaba y eso era el primerísimo lugar.
Los días que siguieron fueron duros, fuertes. Exigían una extrema serenidad. Mi madre ya no se dejaba engañar. Y llegó la verdad suave, dulcemente, pero definitiva y dolorosa.
Yo quedé sin poder desahogar un llanto contenido. Se me ponían a mi alcance los recuerdos de mi padre; su pipa, su bastón, su sombrero, su abrigo, todo cuanto podía producirme una emoción y provocarme la expansión que necesitaba; pero no había respuesta. Hasta un día, era un domingo del crudo invierno y nevaba copiosamente. Me fui a Montjuich a contemplar el gran espacio nevado. Me hallaba en el mirador donde está la estatua del Galo herido. Mientras estaba allí llegó un señor con una chica joven. El le hablaba y le mostraba el paisaje. No me pude contener. Mi ser entero era una entrañable voz y un gemido:
“¡Padre!, ¡Padre!”.
Bajé de Montjuich sin parar de correr hasta mi casa. Entré en mi habitación y lloré, lloré hasta no poder más. Cuando salí ya estaba serena; pero hasta la mañana siguiente no conté lo acaecido.
La promesa de mi padre antes de morir, no se hizo esperar. Desde su muerte yo dormía en la habitación de mi madre para hacerla compañía. Y una noche, estando yo despierta todavía, de la pared frente a mi cama surgió una potente luz, como un camino a cuyos lados surgían infinidad de finísimos hilos luminosos también pero con suavísimos y variados colores. Dicho camino avanzó hasta unirse a mi cabeza. Entonces, a mi derecha, apareció un grupo angélico formado por cinco seres de gran luz y de delicado color azul pálido, ténue y transparente. Cantaban con tan dulcísimas voces que era una verdadera delicia poderlos escuchar. Iban elevándose lentamente mientras aparecían otros cinco igualmente bellos, con sus transparencias blancas y otros cinco con matices rosados de sin igual delicadeza. Se elevaban y se perdían en la infinidad. Al desaparecer esta exuberante belleza, se transformó todo en el interior de una especie de taberna con dos puertas. Una de ellas cubierta por una pizarra y la otra con entrada y salida a la calle. Adultos en la calle, quedaban, al entrar, transformados en niños y niñas. Alguien escribía en la pizarra:
“Los ancianos de ayer son los niños de hoy”.
Y de nuevo desaparece esto y surge en su lugar una gran sala de espectáculos. Los asientos blancos tapizados de rico terciopelo granate. Un escenario con un piano de gran cola, blanco también y con una música que parecía surgir de mi interior y que yo percibía cada vez más íntima y perfectamente. ¿Quién toca el piano? Me preguntaba yo, pues no se veía a nadie. Como si estuviese en el escenario, miraba yo el patio de butacas y en todas ellas veía a mi padre. La intensa emoción que me llenaba por entero, me fortalecía al mismo tiempo. La música no cesaba y yo no tenía mi piano pues lo habíamos trasladado a la escuela privada que habíamos organizado en la calle Joaquin Costa. Eran las cinco de la mañana. Demasiado pronto para ir; pero cuando dieron las siete me fui allí y desde las ocho en que empecé hasta las once en que vino mi hermana Sinesia a avisarme, yo no me había apartado del piano interpretando una y otra vez una composición a la que titulé “Impromtus en Mi bemol menor”.
La música había prendido en mí con caracteres de fuego inextinguible. Las notas y yo formábamos un todo indisoluble. Y las palabras de mi padre abrían la puerta a una incógnita indescifrable aún; pero que conducía a una actitud de seguridad en la espera. ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Qué?.

23 abr. 2013

TelaVision 25 - Las vacaciones y algo más

Hay chicos como nuestro amigo que viven para ver la televisión. Bien, hoy tendriamos que añadirle el ordenador y el telefono mobil, claro.¡
Pero lo más importante es hacerlo todo al aire libre!

21 abr. 2013

La vida critica... 86 - Discriminación sexual

Afortunadamente años atras habia más descriminación que ahora.¡ Entonces las mujeres no podían ni
votar! Por suerte hoy en dia estudian y leen más que los hombres. Yo he tenido la suerte de tener la atención, tanto para mi familia como para mi, de doctoras y os aseguro que las prefiero a los hombres. Y parece que en esta oficina tratan a todos por igual...

18 abr. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 5º - El viaje




Cuanto más retenía en el silencio, más una extraña vivacidad se apoderaba de mí. Lo que no podía ser una espontánea y vigorosa explosión de mi naturaleza interior, se traducía en una intensa necesidad de movimiento. Acostumbrada a subirme a los árboles de mi huerto, no me fue demasiado difícil subirme a los faroles, a los postes de teléfono, a las ventanas muy altas y protegidas por fuertes hierros que guardaban la fachada de la fábrica de tejidos. Una vez alcanzada la mayor altura, entonces disfrutaba en soltarme de una mano y de un pie quedando el cuerpo solamente protegido por un lado, generalmente el izquierdo. El lado derecho quedaba ligero, libre, parecía sin peso y como dispuesto a volar.
Esta sensación era parecida a la ternura, al cariño, a la voluntad. Era la misma voz que, en el esfuerzo, me decía: “Lo conseguirás”.
Y lo conseguía. En los ejercicios de danza, por ejemplo, conseguí hacer puntas, para lo que hube de luchar intensa, desmesurada y dolorosamente. Pero con sus resultados conseguí una elasticidad y una fuerza que otorgaban la sensación, no de correr sino de volar. Mis saltos eran más que suficientes en altura y extensos en longitud, y el choque con el suelo, al descender, era suave, acariciador, como si me moviese entre nubes que, a su vez, me sostenían. Esta mi seguridad, estaba en pleno contraste con la opinión ajena. Siempre temían que iba a caer. Cuando se acostumbraron, la duda se transformó en algo más desagradable y que me entristecía. Fue la frecuente burla de algunos que no consiguieron doblegar ni transformar el amor y la gratitud que yo he conservado siempre a mis pies deformes sí; pero que me han ayudado siempre y sostenido durante mi vida con fidelidad.
La auténtica felicidad llega a veces a través de la transformación del dolor, difícil de conseguir; pero que está en nuestras manos el poderla conquistar.
Generalmente y durante más durante los primeros años de vivir en Barcelona, pasaba los veranos en “Es Castell”, en casa de mis tíos Rafael y Anita la hermana de mi madre que era modista: con ella se había quedado mi hermana Eulogia, pues mis tíos no habían podido tener hijos y ella llenaba su soledad. Uno de los viajes lo hice en un velero, el “Pons Martí”, cuyo primer maquinista era Miguel Coll, novio de mi hermana Eulogia. Fue un viaje de enorme experiencia para todos.

Yo tenía entonces doce años. Me habían cortado el cabello. Mis trenzas o rizos y largos tirabuzones fueron cambiados por un peinado corto, “a lo chico”, y que daba a mi semblante una expresión mezcla de simpatía y de travesura. Habían advertido de posible temporal y eso hacía el viaje, aunque atractivo, peligroso y atrevido. El barco, mucho más pequeño que el vapor y por tanto más débil e indefenso, ¿tendría fuerza, capacidad para luchar contra las dificultades?. Y la incógnita me seducia con un encanto especial, en mayor grado cuando no me era posible ayudarme con la imaginación. En cierto modo, era como lanzarme al vacío, parecido a la primera vez que, desde una importante altura en una de las calas de la isla, me lancé al agua ignorando el grado de profundidad que debería de ascender ni cómo. Nadaba horizontalmente y no conseguía nada. ¿Y si me pongo de pie?. Por lo menos lo que tengo de altura habrá menos de agua. Y así, haciendo fuerza de arriba abajo, subí al exterior. Muy poco recordé de aquella primera inmersión de lo que contenía el fondo del mar. Además no podía aguantar mucho rato la respiración y fue dificultoso subir, pero, subí. Pasase , pues, lo que pasase, se resolvería también. Además, éramos muchos.
Miraba a Montjich cada vez más pequeño, perdiendo color, fundiéndose como una mancha lavada por el cielo y por la luz del sol que se sumergía en el horizonte del lado opuesto con su siempre bella y renovada imagen.
Poco después el cielo se oscurecía. Densas nubes amenazaban lluvia, y el mar, embravecido, empezaba a chocar contra el barco presagiando inminente tempestad. Las olas venían de lejos y crecían como montañas que rugían como fieras salvajes impacientes por devorar. A mi me instalaron encima de los sanitarios cubierta con pesadas lonas y atada con gruesas cuerdas. El mástil mayor se rompió casi en su base cayendo sobre uno de los marineros causándole la muerte. Otro, de mi pueblo y muy querido de todos, se llamaba Quicus Penchu. Este cayó al agua arrastrado por una cuerda enrollada que estaba en el suelo y en cuyo hueco tenía apoyados sus pies. En vano se debatía contra las olas, sus gritos desesperados de ¡socorro! ¡socorro!, quedaban ahogados por el hondo y macabro susurro de aquel mar azotado por un viento airado, felino, atronador. Yo no podía moverme atada fuertemente como estaba y, a pesar de gritar con todo el ímpetu de mi ser dolorido y ansioso, la voz salía apagada. Tampoco  me era posible ver a mi amigo: sentía su lucha fiera, su desesperado esfuerzo tan intenso como su imposibilidad; al fin me oyó mi cuñado.
“Quicus, le dije. Se ahoga, Miguel”.
Y él prontamente saltó al agua. Momentos después aparecía una mano sangrienta en la barandilla del barco inseguro.
Fueron acudiendo el capitán y algún otro marinero. La situación era trágica, enormemente difícil pues, aparte de la enorme cantidad de agua que entraba en el barco, el incesante movimiento hundiéndose ahora la proa, ora la popa, obstaculizaba la posibilidad de agarrar fuertemente la mano que había conseguido aferrarse al borde.
Por fin fue Quicus quien primero apareció. Luego Miguel, ensangrentado, con las ropas hechas trizas y un rostro jadeante y apenas podía respirar.
“Y Onésima, preguntó”
“Estoy aquí. Estoy bien, Miguel.”
Sentí un rostro mojado junto al mío. Unos labios se apoyaban con fuerza sobre mi frente. Y lloramos los dos.
Cuando escribí a mis maestras sé que les dije: “Nunca me había sentido tan cerca de Dios”. El Dios de las nubes estaba en las montañas de agua, en el oscuro gris del cielo, en el grito ensordecedor del trueno, en el ardiente fuego del relámpago y, sobre todo en el profundo y tempestuoso lecho que albergaba al amigo marinero.
Y yo me repetía: nunca me había sentido más cerca de Dios y sigo sin conocerle”.
Fueron tres días de lucha encarnizada. Hubo un forzoso cambio de rumbo; viramos hacia el norte y nos refugiamos en el Golfo de León. Una vez restablecida la calma nos dirigimos de nuevo hacia Menorca.
Mi propósito había sido llegar el 23 o el 24. Arribamos el día 26 luego ya de San Jaime.
Desde La Mola veíamos gran muchedumbre en Calafons y orilla bordeante del pueblo. Luego de desembarcar en Mahón y coger el coche hasta Villacarlos supimos el por qué de tanta gente en las calas y diferentes lugares de la costa. Habían corrido la voz de que habíamos naufragado y, sobre todo los familiares, se habían reunido y pasado juntos aquellas interminables horas de espera sin posibles noticias.
Es indescriptible la emoción al vernos y abrazarnos. Mi hermana no me había reconocido, no únicamente por el corte de mi cabello, si no además, el rostro quemado por el sol, los azotes del viento y luego, como que había quedado sin ropa , llevaba puestos unos pantalones de no se qué marinero, una chaqueta impermeable y unos zapatos en los que cabían dos pies. Pero estábamos allí y todo empezaba a parecer una horrible pesadilla.
El domingo que seguía a la fiesta de San Jaime, se celebraban unas regatas a remo entre los dos partidos Ateneo y Casino. Los del Ateneo me solicitaron colaboración pues uno de los remeros se había puesto enfermo. ¿Cómo no? contesté. Pero he de practicar antes, pues en Barcelona no puedo hacerlo. Y me pasé el sábado remando y el domingo las palmas de mis manos estaban llenas de ampollas.
Nuestra barca se llamaba Electra y la del Casino se denominaba Rayo. Y ganó Electra. Fue una deliciosa compensación, un bello remate para el duro pero enriquecedor viaje.
Toda circunstancia, si la vivimos con intensidad y serena introspección, aporta un sensible enriquecimiento a nuestra conciencia y ésta, renovó en mi el intrincable problema dual: muerte-Dios, Dios-muerte. Vida y muerte; dos aspectos igualmente seguros, igualmente aceptados y los dos también  atributos de Dios. El mástil que mató al marinero, ¿por qué no me mató a mí, por qué a mí me había respetado cuando estaba tan cerca? Y si en realidad no hubiese muerto y se debatía en vano casi en el fondo del mar, clamando por vivir, luchando contra fuerzas que, desde su superioridad vencían en su empeño. ¿Era ésa, me pregunto, la imperante voluntad de Dios?
Y la respuesta no era la copa de agua que apagaba la sed. Tan sólo el amor envolvía las preguntas en una especie de vaho tan inmensamente ténue que desaparecía dejando en su lugar la paz, esa paz excelsa que no pregunta ni responde. Es.


El verano transcurría y en la vivencia con mi familia se presentaban otras oportunidades de lucha y de expansión. Mi hermana Eulogia y yo nos queríamos mucho. Por la diferencia de edad su experiencia podía haber adquirido matices desconocidos para mí y serme de gran ayuda. Pero estaba invadida por una serie de problemas que perturbaban su alegría de vivir y la convertían en una amarga pesadilla. Era hermosa, elegante, gracia y simpatía se desprendían de ella con una adorable espontaneidad. Y, sin embargo, la limitación a que estaba sujeta por unas ideas que yo no podía compartir, la tenían agobiada por continuos estados de sufrimiento inferidos por sistemas ideológicos de tipo espiritual nacidos en un esperitismo vano, inculto, mezcla de magia y brujería.
Cuando venían determinadas personas, su estado de ánimo cambiaba bruscamente. Luchaba con violencia contra dolores de cabeza, malestar; se erigían en su mente pensamientos tales como: “Me están haciendo mal”, o bien, “claro, como que tienen mi fotografía, o tienen mis tijeras...”, cosas así.
Yo le decía: “No sufras. Nada de esto es cierto. ¿Por qué no te vas al patio y te mojas bien la cabeza con agua fría. Mira el sol y el cielo y contempla en el jardín cómo se abre un girasol. ¿Cómo puedes estar triste cuando se abre un girasol y florecen los jazmines? Contémplalo y verás cómo todo eso desaparece y te sientes bien y feliz. Es muy fácil, le decía yo. ¿Por qué no lo pruebas?
Pero el resultado de mi intervención era fatal. Dormíamos juntas. Pues bien. Cuando daban las dos o las tres de la madrugada, bruscamente me echaba de la cama. Yo recogía mis cosas y me iba a la habitación de mis tíos. Y allí dormía sobre la tabla de planchar apoyada en dos sillas y protegida por un grueso cubrecama. Y yo sé que me quería mucho; pero a veces me odiaba.
Mi tío Rafael a veces le decía: “Si fueras cariñosa como Onésima...” Seguramente no eran estas las palabras que más le convenían. Tampoco las contrarias la habrían satisfecho; no las hubiera tolerado, me habría defendido, pues me amaba.
En mi casa, con mis padres, todos colaborábamos en los quehaceres del hogar. Pero a mi hermana los tíos la trataban como a una princesa y le consentían todos sus errores y satisfacían sus caprichos. Indudablemente la vida de nuestro hogar era más rica y auténtica. Eramos libres; pero ayudábamos y eso era a la vez un esfuerzo y una felicidad, la cual mi hermana no conocía. Seguramente que dejó muchas cosas en el olvido, pero las que acuden a mi recuerdo fieles y los pequeños detalles me invaden aún sin querer, como si formasen parte de un ovillo del que estoy tirando.
Las vacaciones llegaban a su fin y empecé los preparativos para mi regreso a Barcelona. La noche anterior a mi partida fui a despedirme del mar. Añoré a Francisca, mi fiel ayuda de cuando estábamos allí. Ya no vivía. Me senté en las mismas rocas donde ella me acompañaba. Me sumergí en el agua que en la oscuridad podía confundirse con un manto de seda, tal era su suavidad. Busqué mi antiguo hogar. Sus ventanas no estaban iluminadas y como que era una noche de luna nueva, casi no pude vislumbrarlo. En parte me alegré, pues me liberé así del deseo de entrar, sentarme en un rincón y no marcharme más.
“¿Cuándo volverás? Me preguntaban”.
“No lo sé. Si no puedo antes, en el verano próximo, y no en un velero sino en el Jaime I o en el Jaime II. En el mejor de los dos.
Y a la mañana siguiente partí para Barcelona. Me quedé en cubierta hasta muy tarde. Luego, entré en el camarote y me dormí. Me levanté pronto; no quería perderme el nacimiento del sol en el horizonte. La maravilla de color, que presagia su salida, los ricos matices que tan generosamente ofrece y que se esparcen suaves como una bendición hasta emerger su disco naranja de oro, con disparos verdes y azules a veces de rojo intenso y cuyo reflejo en el mar avanzaba desde el infinito azul. Eso lo quería saborear en la intimidad de aquella hora sagrada y en el silencio profundo de una interna oración.
Pronto empezó a divisarse la densa neblina que denunciaba la costa. La atmósfera era nítida, transparente, y lejos, muy lejos se percibía la isla de Mallorca como una leve pincelada gris. El barco avanzaba con rapidez en aquel mar en calma. Algunos delfines nos acompañaban y yo seguía sus saltos con alegría. Sus vientres blancos como el marfil decoraban aquel conjunto de variados azules y los destellos rojos desprendidos del sol salpicando el mar extenso. A pesar de tan mágica entrega inoportunas ráfagas del recuerdo de la tempestad anterior enturbiaban la majestuosa belleza de aquella hora solemne.
Por fin se divisó la costa catalana y rápidamente nos albergó el puerto de Barcelona. El día era luminoso y claro; era fácil localizar la estatua de Colón y no extrañé que “Sobresada” le llamase amigo suyo pues yo empezaba a sentir un cierto cariño hacia él, sentía y correspondía a su saludo de bienvenida. Y es que Barcelona se había convertido ya en mi hogar.