9 feb. 2013

Mi vida en Bruguera 20 - Una de chinos en el Soho



                
La primera vez que estuve en Londres, trabajando para Creaciones Editoriales, lo hice en compañía de Gemma Bitrian y Ramón, su marido. Pasamos varios días en esta ciudad, que siempre me ha gustado, y compartimos muchos momentos con Luis Llorente, el agente de Creaciones en Inglaterra.
Si habéis leído otras anécdotas de “Mi vida en Bruguera”, ya sabéis que con Gemma tuve una amistad de estas que pueden contarse con los dedos de las manos.
Los días que vivimos allí fueron de risas y risas, como nos sucedía casi siempre, en la editorial, y más aún al estar de vacaciones. Pero una de las cosas más graciosas que nos sucedió, y que nos hizo llorar de risa como posesos, fue al salir del “Picadilly” un restaurante italiano al que fui muchas veces en mis estancias en Londres, y que estaba muy cerca de la oficina de Creaciones.
Íbamos por una callejuela del Soho y me puse a contarles un chiste a Gemma, Ramón y Luis, que venía también con nosotros.
El chiste, que tal vez ya conocéis, es uno de Jesucristo que está en la cruz, y un soldado romano le increpa: “” ¿No eres el hijo de Dios?, ¡pues a ver si bajas de ahí…! ¡Venga, baja ya de una vez…!” y Jesús, que empieza a cabrearse, desclava primero una de sus manos, luego la otra y grita, mientras se cae al suelo…” ¡Hay,…. que me la pego!”.
En cuanto empecé a contar el chiste, en medio de la estrecha acera, mis amigos se pusieron a reír cuando yo tan solo había llegado al principio, con el soldado romano, Jesús en la cruz, y ellos riéndose ya como locos, casi cayendo al suelo.
Mientras yo seguía contando el chiste, gesticulando con los brazos en cruz, ellos parecían ni tan solo escuchar lo que les decía, pero cada vez se reían con más ganas, se les soltaban las lágrimas y casi se meaban de tanto reír.
Yo seguía contando el chiste sin entender de qué se reían tanto, si aún no había llegado a lo gracioso, que es el desenlace final. Y entonces supe lo que pasaba: cuando llegué a lo de “Jesucristo desclava una mano, luego la otra y…”, naturalmente yo gesticulaba con los brazos en cruz, soltando primero uno, luego el otro…, y entonces le día una torta a un pobre chino que estaba detrás de mí. ¡Mientras explicaba el chiste, como que estábamos en una calle muy estrecha, estaban esperando con toda la paciencia oriental, siete u ocho chinos a mi espalda sin atreverse a pasar! Cosa que hicieron, en cuanto acabé, sonriendo y haciendo pequeñas reverencias, mientras Gemma, Luis y Ramón se apoyaban en la pared para no caerse también, como Jesucristo, pero del ataque de risa que sufrían desde el principio.

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