1 mar. 2013

Mi vida antes de Bruguera - Mil pares de ojos en mi cogote



Esto sucedió antes de que trabajara para Bruguera, cuando hice el servicio militar. Tenía entonces dieciocho años y, para mí, aquello era una tortura peor que la famosa “gota malaya”. Cuando me ponía el uniforme me cogía una especie de alergia moral y todo mi ser creaba anticuerpos.
Pero también allí me sucedieron anécdotas curiosas. Una de ellas fue con el capellán castrense del regimiento.  Una especie de fascista que predicaba constantemente diatribas contra los rojos, masones, separatistas y protestantes. Cuando conté que estuve cinco días en Montserrat hablé de él y su pelea con el padre Miquel, el sacerdote que nos daba clase de religión en la escuela.
Todo sucedió un domingo, en el cuartel de artillería donde “sufrí” mis veinte meses de tortura militar. Había dos regimientos y estábamos todos formados, frente al capellán, que iba a oficiar la misa. En total éramos mil chicos (en el argot militar habría dicho “mil hombres”, pero la realidad es que éramos unos adolescentes recién salidos del huevo)
Después de hacernos un terrible sermón, como siempre, en el que el fuego divino caería sobre los protestantes, rojos separatistas y masones, como he comentado antes, el señor de la sotana dijo algo que ni él creía: “si alguien no quiere quedarse a la Santa Misa puede irse ahora”.
Naturalmente nunca se marchaba nadie, por miedo a las consecuencias en forma de un arresto seguro, pero aquel día sucedió lo impensable. A mi lado estaba Mario Lapuente, un compañero con el que había hecho amistad desde los primeros días del campamento. Susurrando me dijo: “Si tú te marchas, yo también…” - ¿Seguro?- le contesté, y así estuvimos dudando unos segundos que parecieron  larguísimos y, al fin, me marché de allí y Mario me siguió.
Sentí mil pares de ojos en el cogote, mientras pensaba en el “paquete” que nos iba a caer cuando terminara la misa. Fue entonces cuando oí un murmullo que cada vez se hacía mayor hasta llegar a ser ensordecedor. Volví la cabeza y vi como casi mil chavales me seguían. ¡Tan solo quedaron siete u ocho formados para la misa! El resto nos siguió y, entre aquella multitud, el capellán no pudo arrestar a nadie.
Imagino que nadie supo tampoco quién fue el primero en marcharse de la formación, entre aquella marabunta de color caqui, que salió del cuartel sin volverse a mirar el rostro de aquel hombre que nos debía mirar, con los ojos desorbitados, por la incredulidad de algo que jamás hubiese imaginado.

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