5 abr. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 3º Adios a mi isla




De regreso a Menorca, ya en mi añorada isla, creo que llegó el momento de levantar velos al desenvolvimiento familiar. Fruto de la unión de mis amados padres, brotamos seis hijos. Como que en los hijos anteriores ya se había satisfecho el hábito de poner el nombre de los abuelos o padres, a nosotros determinaron ponernos el nombre correspondiente al día de nacimiento. Así que por orden de mayor a menor , ahí va la nomenclatura: Eulogia, Sinesia, Ceferina, Leovigildo, Leandro y yo, la menor, Onésima. Y quedaron satisfechos, nosotros no. Pero mi padre nos decía: el nombre no hace a la persona. La persona hace al nombre. Hacedlos bellos. Fue un legado de valor, en verdad que lo fue. Y creo que todos, cada uno en su esfera de posibilidades, legitimó su actitud activamente colaboradora.
En el hogar había un notable calor de actividades, unas comunes, otras particulares. Pero no se conocía el ocio y compartíamos las cosas con alegría. Todos teníamos nuestra libreta de ahorros, y los mayores que tenían trabajo remunerado, daban a los menores una parte de sus beneficios.
Las escuelas estaban situadas en una plaza próxima a la Explanada en la que estaban los cuarteles de infantería, artillería e intendencia y el ayuntamiento. En la plaza de las escuelas habían además un mercado y la cárcel.
Niños y niñas por separado y el parvulario en el que iba yo. La maestra era catalana; pero en todas ellas la enseñanza era en español. Uno de los libros de lectura se llamaba “Mi Patria”. ¿Por qué esa palabra tenía en mi una resonancia tan desagradable? Tal vez por la proximidad de los cuarteles donde esta palabra figuraba como representación de poder y de castigo. Sufría cuando los soldados hacían la instrucción pues el trato que recibían distaba mucho de la cordialidad y del respeto.
En oposición a esto, en nuestro hogar había una frase escrita y bellamente enmarcada en un cuadro que decía: TU PATRIA ES EL MUNDO: TU FAMILIA LA HUMANIDAD.
Y esta era nuestra patria sin fronteras, en un mundo multicolor; pero todo hermano, como las gotas en el océano y los átomos en el aire. Un mundo de libertad guiada, protegida, encauzada por la positiva fuerza de la responsabilidad. Ella era el puntal apoyo, el sostén amoroso y firme del hogar representado por nuestros padres, raíces profundas del árbol familiar.
Se aproximaba el día de San Jaime. Todo cobraba vivacidad, entusiasmo. Las casas más blancas y las aceras más rojas, más limpias y relucientes cobraban belleza y esplendor. Empezaban a llegar los veraneantes, la mayor parte de ellos catalanes y había un nuevo impulso. En la Explanada se darían conciertos y gran cantidad de fuegos artificiales que llenarían el ambiente de luz y color. En el Ayuntamiento habría una cena de gala con baile al final. Mi hermana Eulogia acompañaría a mis padres y su belleza y simpatía empañaría quien sabe a cuantas más. A mi hermana Sinesia estas coas no eran de su agrado, en ellas se sentía incómoda; su timidez no se lo permitía y se sentía mucho más cómoda en casa; Ceferina era demasiado joven y yo era una niña.
Se celebraban también regatas a remo y a vela, como también corrida y carreras de caballos que iban ricamente engalanados con cintas de colores, un espejo en la frente y opulentos lazos en sus largas colas. Las ventanas estarían abiertas de par en par y las mujeres, apoyados los codos en ellas, ofrecerían a los jinetes y los caballos agua de arroz con anís. Los caballos, de alegría en alegría se alborotaban, sus patas delanteras se levantarían como queriendo alcanzar algo muy lejano y los dientes blancos en sus bocas abiertas por la sed y jadeantes por el exceso de calor, chirriarían de tanta excitación. Delante de la comitiva iría el cura montado en un asno y algo más atrás “ es flavioler” tocando el flautillo, y una canción muy tipica que todos coreaban. Este sí iba montado a caballo y a ratos a pie si en alguna ventana le requerían. El flautillo es un instrumento parecido a la flauta, menor de tamaño y de más fina estética; su sonido es también más agudo pero aterciopelado.

Y llegó el día de San Jaime. Mi madre me había confeccionado un hermoso vestido azul pálido de amplia falda. El lazo en mis cabellos fue del mismo color; pero colocado con tal gracia, que parecía una mariposa posada en mi cabeza. Me lo había puesto mi hermana María y yo me sentía  feliz.
Los caballos llevaban ya mucho recorrido, por tanto su paso no era tan brioso ni tan elegante como al principio. Uno de ellos salió desbocado, avanzando sin dirección fija y con inusitada rapidez. En el centro de la calle había un niño de dos años sentadito en el suelo. Asustada, empecé a gritar pidiendo ayuda. Nadie me oía, mi voz quedaba ahogada por tanto ruido y no había tiempo de esperar, y, sin dudarlo, me abalancé sobre él cubriéndole con mi cuerpo. El caballo pisó mi rodilla y mi brazo izquierdos; pero al niño no le tocó. Yo tengo las cicatrices y una medalla de gratitud. Pero lo que conservo como sagrada memoria es el dulce calor del niño bajo mi cuerpo como un haz de luz y felicidad.
En la misma calle vivían dos hermanas que hacían medias de seda a máquina. Yo pasaba muchos ratos en su casa pues me agradaba ver cómo punto por punto y de derecha a izquierda acompañándola con la mano, la máquina iba tejiendo, tejiendo... Sobre una mesa tenían una jaula muy bonita con un canario amarillo que era una preciosidad: no cantaba porque era artificial; pero su atractivo era tal para mi que me absorbía contemplándole y hablándole con todo cariño. Cuando al anochecer me iba a mi casa lo hacía con la tristeza de dejarlo sin mi compañía y un día me decidí, lo cogí y me lo llevé a mi casa.
-       ¿Te lo han dado las hermanas?. Me preguntó mi madre.
-       No. Lo he cogido yo, contesté.
-       Bueno; pues vas a devolverlo. Si no lo hicieras, eso sería robar.
-       ¿Robar? Yo no quería hacer eso. Sólo quería no dejarle solo una noche más.
-       Pues vas a devolverlo y a no repetirlo más.
A la mañana siguiente lo devolví. Las hermanas me lo querían regalar; pero yo no lo acepté. Qué fácil era robar y qué acongojada me sentía yo de haberlo hecho.
Me costó mucho volver a visitar a las hermanas y sentirme feliz con ellas como antes. Hasta que yo misma me perdoné como nadie más podíame perdonar. Y volví a sentirme en paz y a sonreir como siempre.
Las hermanas no le habían dado importancia alguna. Cosas de niños... habían dicho. Pero otras palabras recogidas por mi en el hogar contenían un significado más profundo, más completo. “La educación de los niños empieza antes de nacer”. Y yo recibía esta lección a los seis años. Me sentía dichosa pues no lo volvería a hacer.
Con mis amigas jugábamos a familias. Mi tía era modista de alta costura. Tenía taller y aprendizas y, como es natural gran cantidad de revistas de moda de todas clases y estilos, desde ropa para todas las ocasiones a los más útiles y variados objetos para organizar un hogar y amueblarlo digna y oportunamente. Recortábamos de las revistas cuánto nos interesaba. Figuras femeninas y masculinas, de niños y de mayores y de diferentes edades a fin de organizar una familia con padres, hijos y parientes. Los amigos surgían de la mezcla de las familias de las que participaban en el juego.
Cosíamos o pegábamos hojas de papel y en sus espacios íbamos colocando los muebles que serían el objeto de las diferentes habitaciones que formaban el hogar. Recibidor, cocina, baño, comedor, salón, dormitorios, despachos, si eran necesarios, (en mi casa sí) jardín, etc.
A la vez escogíamos vestidos para cada ocasión y con ellos adornábamos a las figuras recortadas con anterioridad.
Nos sentábamos en las aceras o portales de las casas y organizábamos visitas, conversaciones, todo cuanto puede surgir de una naciente amistad. Y ello era una excelente práctica de convivencia y educación donde las lecciones de urbanidad eran recordadas y escenificadas. Era uno de los juegos diarios y, con seguridad, el que más nos complacía.
Mi madre, mis hermanas o Francisca nos preparaban la merienda y era en mi casa donde generalmente se invitaba a los demás como algo natural en la expansión de la familia. No éramos demasiados, cinco o seis en realidad. Cuando este número aumentaba generosamente era en las ocasiones  en que hacíamos sesiones de cine o de teatro cuyas obras nos inventábamos nosotros. Creo que no hubo nunca un autor principal ya que todas las ideas eran bien acogidas, y, si alguna nos parecía equivocada, era motivo de diversión. De modo que todo nos unía más y más.
Que ¿dónde se celebraban las sesiones de cine y de teatro?. Teníamos dos casas una lindando a la otra. La primera que era donde vivíamos; era grandiosa, pues además de la cooperativa, el gran despacho de mi padre. Y al otro lado del ángulo formado ya que la casa hacía esquina y en mi pueblo las esquinas forman ángulo recto al carecer de chaflanes, había un comedor digámosle de lujo, y que empleábamos en ciertas ocasiones, y otro contiguo de mayores dimensiones y que disponía de una gran mesa en la que nos sentábamos los doce o quince miembros de la familia. Lindando a este comedor habían dos; despensa y una cómoda cocina. Un corto y ancho pasillo la unían al despacho de mi padre del que partía una hermosa y amplia escalera que conducía al salón y a las habitaciones. Otra escalera llevaba a la buhardilla.
La despensa comunicaba primero con un jardín; éste, a su vez, lo hacía con un gran patio en el que a la izquierda habían aves; gallinas, pollos, conejos y a la derecha gran cantidad de árboles, frutales entre los que destacaba un corpulento granero.
A continuación seguía “la casita”, otra casa en la que habían dos habitaciones para nuestros juegos, una de ellas muy espaciosa qué es la que nos servía para el cine o teatro. Y a la izquierda habían dos habitaciones más en las que se guardaban los aceites, los vinos, los licores y el material de limpieza. Los depósitos del aceite disponían de unas grandes vasijas depositadas en el suelo y que recogían las gotas de aceite que caían al cerrar los grifos. Cuando estas vasijas ya con cierta cantidad de aceite se vaciaban y el aceite se empleaba en otros menesteres.
Una tarde en la que había sesión de cine y los niños venían con sus trajes de fiesta, uno de ellos, por cierto ahijado de mi madre y que vestía implacablemente bien y que era además muy cuidadoso, quiso subirse a la escalera portátil para ver qué había a lo alto de los depósitos.
Mi hermano Leandro, el más travieso, le puso la escalera y muy amablemente le ayudó a subir. Luego quitó la escalera y en su lugar puso la vasija. El inocente chico cayó de lleno en ella. Bueno; desde los zapatos al último cabello quedó chorreando del brillante aceite. Como era de esperar, mi madre hubo de comprarle un nuevo traje ya que el que llevaba era de terciopelo y quedó inaprovechable. La fiesta acabó con esta lamentable ocurrencia que a todos nos valió; pero que aún su recuerdo nos mueve a incontenible risa.
Muchos días, al atardecer, nos uníamos para cantar. A mi me era muy fácil, pues, además de mi entusiasmo por la música, disponía de buena voz, lo que me valió para que los vecinos me solicitasen para ir a cantar junto a ellos cuando salían a tomar el fresco en las noches calurosas: Yo no me hacía rogar y acudía con franca alegría. Cántanos “Flor roja”, otros decían: el “Ave María” de Schubert y yo accedía a sus peticiones con toda mi alma. Creo que mi voz era la expresión de mi cariño.
A veces organizábamos serenatas y se las dedicábamos a unos u otros según eran sus días señalados.
Vienen a mi tan profusos recuerdos... Veo ante mi el paseo de Santa Agueda, con su gran alfombra verde salpicada por miles y miles de florecillas blancas y amarillas que avanzaban hasta el mar como la suntuosa cola de un traje de novia en la dulce entrega del primer amor. Y aquel mar inmenso me arrulla en suave abrazo con ternura tanta que yo quisiera seguir en su regazo avanzando hasta el infinito. ¡Cuántas veces me iba yo nadando a recibir el barco que llegaba de Barcelona! Era mi saludo de bienvenida al viejo amigo que un día me llevó en brazos de una esperanza que se hizo realidad. Andar.
Desde entonces habían transcurrido casi cinco años, llenos de intenso contenido. Visitas, conversaciones, escuela, juegos, participación en veladas del Ateneo que era el centro republicano y de izquierdas y el que más se preocupaba del desarrollo cultural del conjunto del pueblo. En todas estas actividades la conciencia acumulaba numerosas experiencias que contribuían a una rica y heterogénea construcción del carácter y al enriquecimiento y solidez mental. El pueblo crecía en ansias de progreso. Mahón, San Luis y Villacarlos, eran los pueblos más vanguardistas de la isla de Menorca, los más luchadores los de más avanzado ideal. Otros habían centrado sus aspiraciones en el desarrollo económico y lo habían conseguido si bien no tan victoriosamente como Mallorca y más tarde Ibiza.
La vida de nuestro pueblo era más sencilla y natural. Pesca, calzado y algo de bisutería eran los campos de lucha para subsistir. Sus aspiraciones reales eran más idealistas y su vida, por tanto, más centrada hacia el interior.
Además del Ateneo había otro centro que era el Casino; así como el Ateneo era el centro lúdico-cultural, el Casino era el centro lúdico-religioso. Las actividades políticas en el primero eran de izquierdas y en el segundo de derechas. Y con sólo estas dos tendencias, republicanos y conservadores, habían menos conflictos.
Cuando se organizaban excursiones o salidas en ocasiones de fiestas o días señalados lo de menos importancia era la elección de las comidas sino la de los lugares interesantes por su belleza y su interés histórico o artistico-cultural en lo que Menorca es excepcionalmente rica. Sus “talayots”, “dólmenes”, “menhires”, “mesas”, etc. son mundialmente conocidos y valorados.
Amantes de la música sus salidas iban siempre acompañados de cantos a varias voces y de instrumentos musicales, laúd, bandurria, guitarra, violín. Mi hermana Ceferina tocaba el laúd y Leovigildo la guitarra.
En aquel entonces la palabra amigo tenía un valor sagrado. Cuando se sellaba un pacto y se estrechaban las manos firme y responsablemente, nunca se oía decir: palabra de honor si no simple y llanamente, “palabra de amigo”. Y se podía confiar. Y yo bebí en esta leche y comí de este pan. Y aunque la guerra, la era feanquista y cuanto hemos sufrido desde entonces han borrado gran parte de ese encanto nupcial, yo tengo fé en mi isla y sé que un día renacerá. Sí. Estamos dormidos; pero no muertos.
Bien. Las cosas, las circunstancias empeoraron. La situación económica y las posibles soluciones para suavizar los numerosos problemas civiles, sociales, laborales etc. palidecieron. Mis padres habían ayudado al pueblo en todo momento proporcionándoles generosamente gran parte de cuanto necesitaban, la mayoría de las veces con absoluto desinterés y silenciando sus obras pues decían que no debía saber la izquierda lo que hace la derecha y viceversa. Es decir: hacer el bien por el bien mismo. Y otras con un magnánimo “ya lo pagaréis cuando podáis”...
Mi padre había hallado un ayuntamiento pobre, desvitalizádo, y él, dignificando la institución y con ello las condiciones de vida de los habitantes, con clara visión de sus problemas, dirigió sus esfuerzos en procurarles un mayor bienestar. Aceras en las calles, agua corriente en los hogares, cosas que exigían un propósito firme y una inteligencia bien orientada. Todo ello le valió ser reelegido durante trece años. Pero en aquellos momentos también su mundo particular vivía precarias condiciones y se hacía difícil e insostenible la situación.
Y entonces, casi tímidamente, se dirigió al pueblo solicitando alguna devolución de las deudas adquiridas. Algunas respuestas, tan inesperadas como injustas, le provocaron una crisis cardíaca. “Ripoll, contestaron algunos; no haber sido tan confiado. Ahora no podemos.
 Y la decisión fue rápida y absoluta. Irnos, marchar. Se escribió a los primos de mi madre en Barcelona y ellos se cuidaron de hallarnos vivienda y así fue. Una casa recién construída en el ensanche, en la calle Viladomat nº 173.
A partir de aquel momento todos los sentidos se agudizaron. El mar olía con distintos matices en las diferentes horas. Las rocas, las hierbas, las flores, las mismas paredes, los árboles desnudos y plañideros, con sus ramas secas y vacías ofrecían cantos y colores, vivas expresiones de melancolía. La noche era silenciosa y la mañana solemne. Eran páginas de nuestra vida que dolorosamente se arrancaban una tras otra para no volver.
Y llegó el día. El 23 de diciembre de 1923. Como de costumbre en los pueblos, a muchos de sus habitantes se les conocía más por su apodo que por su nombre en propiedad. Uno de estos vecinos, de los que me solicitaban cantar, se apodaba “en Sobressada”. Este me había llamado para hacerme un encargo. “Cuando llegues a Barcelona, me dijo, verás una gran plaza en cuyo centro hay un tubo muy largo, rodeado de leones y en cuya cúspide hay un hombre con un brazo extendido y que con un dedo señala el mundo que él descubrió: América. Es Colón, muy amigo mío. Vas hacia él y desde abajo le dices: Colón, recuerdos de Sobresada. Y ya está. Gracias. Este encargo me enorgulleció, y agradecí la confianza que mi amigo me demostraba.
Llegaron las despedidas emotivas y sinceras en sus manifestaciones de buenos deseos y signos de añoranza.
Subimos al coche que nos conducía a Mahón para coger el barco que salía de su puerto. El barco no tardó en salir. La primera pitada advertía la subida al vapor. A la tercera retiraban la pasarela de acceso y empezaba ya la salida para Barcelona. En aquel momento empezaron a encenderse luces que seguían el borde de la costa y cuya extensión alcanzó a todo el puerto. Eran los farolitos que construíamos vaciando las sandías, cortando ventanas a su alrededor y que poniendo velas en sus bases y prendiendo fuego en ellas, se iluminaban muy decorativamente.
El barco avanzaba con lentitud, majestuosamente. Poco a poco llegamos a “Es Castell” y de éste mi pueblo, empezaron a salir barcas y más barcas todas ellas tambien iluminadas, y con los amigos que seguían al barco con sus laúdes, bandurrias, guitarras y violines y sus cantos y sus voces gritando:
¡Adiós! ¡Volved! ¡Os queremos!
¡Onésima! ¡Vuelve! ¡Onésima, vuelve! ¡Vuelve! ¡Vuelve!. Y el eco unificaba las voces como un coro de ensueño. Ya pasando por el Castillo de L a Mola empezaron a desvanecerse los gritos, los cantos y la música se fundió en el silencio austero y sobrecogedor. En el cielo aparecían las estrellas y la luna. Y yo me decía: ¡Sí, volveré!
Entré en el camarote: lloré y me dormí mezclando un adiós, con otro adiós.
Serían las seis o siete de la mañana cuando entrábamos en el puerto de Barcelona.
La primera impresión fue profundamente deprimente. La oscura y espesa calidad del mar; sus densas capas de mugre maloliente, con un gris opaco como las casa que se veían a lo lejos, el verde de los árboles ausentes de lozanía, un ruido sordo que denunciaba el desorden de un ambiente aparentemente tranquilo, pero que obstruía la paz; un conjunto de cosas que debilitaban mi anterior esperanza, me hicieron exclamar:
“¿Esto es Barcelona?
“¿Dónde está Colón?
Me lo indicaron y allí me dirigí mientras mis familiares esperaban un coche que nos trasladase al nuevo hogar. Vi la estatua de Colón con su brazo extendido y me apresuré a cumplir mi promesa exclamando:
“¡Colón, recuerdos de Sobresada!
Por un corto momento me pareció ver el rostro de mi amigo; me sentí en mi calle, sentí mi cielo y recordé el mar, mi mar azul, del color del cielo limpio y transparente, con la luz del sol sembrándolo de estrellas y repetí: ¡Volveré! Y esta idea me tranquilizó.
El coche avanzaba ligero. Yo apenas tuve tiempo de contemplar el nuevo ambiente. Las casas se parecían aunque dispares de color, sin afinidad. Algunas, muy bonitas, inspiraban señorío y antigüedad. Las calles llenas de gente de gente que andaba con paso decidido; niños que se debían dirigir  a la escuela pues llevaban libros o carteras y algunos vestían uniforme. Mi padre miró su reloj; faltaba un poco para las nueve. El coche. El coche paró frente a una casa verdaderamente bella. Grandes puertas de hierro y cristal daban paso a una entrada larga y amplia con suelo de mármol blanco jaspeado en gris. En el fondo había un ascensor. Una portera nos abrió la puerta y nos ayudó a entrar los numerosos paquetes y maletas. Los rellanos eran espaciosos con cuatro puertas con las letras A. B. C. D. La nuestra era la B. y el recibidor tenía un largo pasillo que recorrimos hasta el final donde había un hermoso comedor con balcón a la calle con atractiva y extensa visibilidad. En él y en todas las habitaciones daba el sol; por lo tanto eran verdaderamente luminosas. Sentí  que podría ser muy agradable vivir allí pues, a partir de aquel hogar se veían muy pocas casas y, en cambio, mucha extensión por edificar era ya pura naturaleza con mucho sembrado y alguna pequeña casa para guardar útiles de trabajo, daba una viva impresión de intimidad. Además, terrenos en construcción, estaban llenos de montículos de tierra que yo ya me sentía como si, al poder subir y bajar por ellos adquiriese una especie de alas para volar.
Y la enojosa impresión que me invadió al llegar comenzaba a traducirse en una inusitada fuerza impulsora que me decía: podré hacerlo. Y aquel ánimo era superior a la alegría, superior a la felicidad. Era como si algo desconocido, pero maravilloso, prendiera fuego en mi interior con carácter inextinguible.


2 comentarios:

  1. Emocionante a más no poder, me encantan las historias del pasado y esta me tiene enganchada. Hacía días que no veía tu blog y me he encontrado de sopetón con dos nuevos relatos, así que me voy enseguida a leer el otro. Gracias por ponerlos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Merchi, ya ves que sigo poniendo capitulos. Lo hago normalmente cada viernes o sabado. Me alegra que te guste. Muchas personas me han escrito también para decirmelo. Mi madre estaría muy contenta pues le gustaba mucho tener contacto con las otras personas y siempre estaba dispuesta a ayudar a todo el mundo, si podía. Un abrazo.

    ResponderEliminar

Si quieres, puedes dejarme un comentario.