20 jun. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 14 - Ginebra



Un tio del amigo Cervelló, comisario de policía ya jubilado, me presentó al Sr. Varela, secretario del jefe de pasaportes. Este me dijo que era muy difícil a motivo de que había documentos, como el certificado de penales, que debían de hacerse en Madrid, lo que de por sí exigía tiempo; partida de nacimiento; permiso marital, reclamación de alguien de Ginebra que me avalase.
“Yo, dije, quiero participar en el concurso de piano de Ginebra. Me presento con una composición mía. Si gano, gana España. ¿Comprende? ¿Puede de algún modo ayudarme?
“Mire. De momento, lo único que puedo hacer es una petición al Comisario Jefe de Puigcerdá, que es íntimo amigo mío, y él verá que puede hacer”.
Me escribió en una tarjeta, me hizo un salvoconducto hasta Puigcerdá, obtuve la partida de nacimiento y el día nueve, con unas fuertes anginas y fiebre, 900 pesetas y el viaje pagado de ida y vuelta y con mi hijo, nos fuimos a Puigcerdá.
Enrique nos acompañó al tren. Lorenzana estuvo a despedirnos y me animó frente al viaje y partimos.
Al llegar a Puigcerdá el Comisario no estaba en la oficina y tuvimos que pernoctar allí. A la mañana siguiente pudimos encontrarle. Era un hombre afable, bondadoso, nos recibió con interés, más al leer la tarjeta de su amigo y luego empezaron las preguntas.
“Yo,- le dije- me dirijo a Ginebra a participar en el concurso de piano que se celebra allí. No tengo a nadie que pueda reclamarme en Ginebra ni que responda por mí. ¿Puede Vd. hacer algo?
Contestó lo mismo que el Sr. Varela. Pero añadió:
“Si Vd. está decidida a ir le ofrezco la hospitalidad de mi hogar para su hijo. No se lo lleve. Las cárceles de Francia no son como las de Barcelona. Cuidaremos de él; tengo dos hijos, niño y niña. No sufra Vd. por él; pero déjelo en casa”.
Yo contesté con una pregunta: “¿Cree Vd. en Dios?”
“Sí, claro. Soy católico, romano y por añadidura gallego”.
“Entonces- contesté- si El me ha ayudado hasta aquí, me ayudará hasta allí. Pero donde voy yo va mi hijo. Pero gracias, muchas gracias. Y no sufra Vd. Nos volveremos a ver.”
Me hizo una tarjeta para el alcalde de Bourgmadame, y añadió: “El la ayudará”
Salimos. Debíamos de atravesar un puente en el que estaba la vigilancia policial. Decidida y responsablemente le dije a mi hijo:
“Tu sabes que llevo 900 pesetas escondidas. Pero lo que estamos pidiendo y esperando vale mucho más. Vale la honradez, vale la verdad. Con que voy a declarar el dinero. No podemos mancillar el camino con la mentira. Vamos.”
Entramos en la caseta del guardia. Le dijimos el motivo, le mostré la tarjeta que el comisario me había hecho para el alcalde y ya me preguntó:
“¿Lleva dinero?
“Sí”,contesté. Y saqué las 900 pesetas de mi pecho y se las di.
“Bien – dijo- A su regreso se las devolveré. Suerte”.
Cruzamos el puente con satisfacción. Podíamos mirar al cielo cara a cara. Eso era lo importante. Mientras buscábamos el Ayuntamiento con la mirada, vimos al policía que nos había atendido montado en su bicicleta y llamándonos. Nos alcanzó y sonriente nos dijo:
“Tome. Le entrego 700 pesetas. Las otras 200 se las daré a su regreso. No puedo permitir que vaya sin dinero”.
Edmond y yo nos miramos satisfechos. El Alcalde nos recomendó al Comisario de Perpignan, pero como no podíamos ir a ningún hotel por carecer de documentación, le dije a mi hijo:
“Vamos a la estación y el primer tren que pase para Ginebra lo cogemos, y ya veremos”.
Amparados por la seguridad de que teníamos ayuda, con una fe fortalecida y segura, cogimos el tren. Cada vez que se abría la puerta del vagón, el corazón latía con más rapidez. Por fin llegamos a Ginebra. Pasamos la taquilla francesa sin novedad, como habíamos pasado la española. Llegamos a la suiza, enseñé el billete y, estabamos ya a punto de salir a la calle, cuando una voz crujió más que hablar:
“Passeport, madame”.
“Moi, je ne l´ai pas monsieur”.
Y ya estuvo. Entramos en el departamento policial. Llamaron a una mujer policía y nos dijeron que quedaríamos detenidos. El policía era un hombre ya maduro, bondadoso. El salía de servicio y el que entraba era un policía joven, con cara de pocos amigos. El policía mayor no se atrevía a dejarnos, y me preguntó:
“¿Tiene dinero?
“Tengo 700 pesetas, contesté”.
“Entonces pondremos una conferencia a Berna y hablaremos con el Gobernador”.
Llamaron a Berna. Yo solicité hablar personalmente con el Gobernador y se me concedió. Expliqué el motivo de mi viaje, las difíciles condiciones y el escaso tiempo de que disponíamos para solucionarlo y añadí:
“Vengo de un país actualmente fascista. Diciendo la verdad me han dejado salir. Llego a Francia y obtengo la misma ayuda y llego a Suiza, y con el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, es el único país que me niega la entrada. ¿Es esto justo?”.
“Espere. Dentro de diez minutos tendrá la respuesta”.
Entre tanto el policía mayor se había marchado a la Iglesia Católica Liberal. Yo tenía la revista de la Sociedad Fiosófica y en la última página había una enumeración de miembros de la Sociedad con cargos en Ginebra y leí un nombre: Mlle. Janok Roget. Sé que le dije a mi hijo: “Ahí iremos”.
Y regresó el policía acompañado de una señora. Era Mlle. Janok Roget. El había explicado el caso en la iglesia y esta señora se había ofrecido.
Desde aquel momento se me conoció como “la dama española”, o como “la dama de la fe de acero”. Las condiciones para nuestra estancia eran: 1º Presentarnos  cada mañana a la policía. 2º todas las noches vendría la policía a informarse a casa de Mlle. Roget.
Por la tarde fui presentada a la Sociedad Filosófica y, por la noche, ya celebrados el concurso, daría un concierto en el local de la Sociedad. No tenía más ropa que la que llevaba puesta. Un vestido blanco que me había confeccionado yo misma, lleno de zurcidos y un pañuelo en el cuello para abrigarme y disimular las heridas producidas por los paños de petróleo que me había puesto para curar las anginas. Mlle. Roget me puso uno de seda color verde vejiga.
Por la tarde conocí el local, algunos de los miembros; visitamos algunas tiendas, paseamos un poco pues comprendía que teníamos necesidad de reposo. Alrededor de las nueve se presentó el policía e hizo el informe preciso. Allí cenan muy pronto. Comimos una manzana y un vaso de leche al acostarnos. Nos gustó mucho cuanto vimos. Ella vivía en una linda torre con un gran jardín. El color, en conjunto era limpio y vivo; grandes zonas verdes, anchas calles y cómodas aceras. En los quioscos y librerías  los libros infantiles estaban distribuidos por edades y no se veía ninguna escena de violencia. En los juguetes no se veían armas ni nada agresivo. Estaban destinadas a distraer, no a agredir. Se respiraba un ambiente de respeto dentro de la tolerancia y la libertad. A la mañana siguiente era el concurso. No pude tomar parte por falta de documentación. Pero sí, actué fuera de concurso y me concedieron un accésit y un artículo en la prensa en el que se calificaba a mí música como “música del alma”. El artículo iba firmado por Mme. E. Kamenski, profesora de filosofía de la Universidad.

Cuando iba a recoger el accésit, en el rellano del primer piso, vi a una señora mayor, con un traje blanco de tela finísima y todo él bordado a mano. Me miraba intensa, profundamente, como si quisiera penetrar en mi interior. Al pasar junto a ella me dijo: “Nos volveremos a ver”.
Y fue por la noche. Ella estaba en el salón con numerosos invitados. Al verla pensé: “Ya nos vemos como me dijo”. Y ella, como si me hubiera oído me dijo: “No es esta vez”.
Poco después entró Rukmini Devi. Yo la había visto danzar en el mismo Teatro de la Comedie. Estuvo esplendorosa. Interpretó el Mahabaratha, de forma maravillosa. Mirada, sonrisas, manos, su cuerpo entero era una expresión de armonía. Sus movimientos, enriquecidos por una sublime expresión revelaban por completo el profundo significado del sentido intrínseco de su danza. Era sencillamente exquisita y ofrecía además, una ideal belleza.
Su mirada me encontró y yo, sin esperar a que alguien nos presentase, fui hacia ella y exclamé:
“Rukmini, soy Onésima”. ella contestó:
“¡Ah, la dama española!” y nos abrazamos.
Rukmini iba recorriendo el salón mientras la asediaban pidiéndole día y hora de visita. Su secretario iba apuntando nombres y fechas y apuntó al Ministro de Cultura y, a continuación, le dijo sonriente: “La dama española”.
En un momento en que yo la observaba y sentía una muy viva impresión pensando: la gente está por unas cosas y ella piensa en su marido, inesperadamente se volvió hacia mí, y me besó.
Poco después las notas en el piano expresaban un sentimiento nuevo. Dos almas se habían encontrado y se habían reconocido. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué?. No hay respuesta ni importa que la haya. Han pasado cuarenta y nueve años. Todo sigue igual, hasta la presencia.
A las once de la mañana siguiente, un coche se paraba frente a la torre. El chófer descendió y llamó a la puerta. Era el chofer del Ministro de Cultura que venía a recogernos para ir juntos a visitar a Rukmini Devi. Esta se hospedaba en casa del Ministro de Justicia, en las afueras de Ginebra. Fuimos recibidos casi inmediatamente. Primero yo sola; luego se llamó a mi hijo. Entre otras cosas me dijo que nosotras junto a Mme. Kamenski, habíamos trabajado juntas y que en el futuro nos volveríamos a encontrar. Que , si queríamos ir a Adyar podíamos hacerlo; pero, teniendo en cuenta que debíamos disponer de una fortuna ilimitada pues la Sociedad Filosófica no disponía de fondos propios. Que si quería establecerme en Londres ella misma me recomendaría a una buena escuela donde colaborar. Que eligiera yo, llegado el momento con entera libertad. Guardamos unos minutos de silencio, de entrega y fusión y se llamó luego a Edmond con el que estuvo finamente cariñosa. Nos despedimos sin decirnos adiós y fuimos de nuevo acompañados  a Ginebra. Habíamos renovado y sellado una muy firme amistad.
Con Mlle. Roget dimos un paseo por los alrededores del lago Leman. Cruzando el puente compuse mi sonata “A Suiza”, una vertiente alegre de un corazón agradecido.
Serían las cinco de la tarde cuando sonó el teléfono. Era Mme. Kamenski que fuera yo a su casa a interpretar la sonata que había compuesto por la mañana.
Nadie podía saberlo. Nadie podía habérselo dicho. Pero ni a Mlle. Roget ni a mi nos extrañó en absoluto. Antes de ir a su casa debiamos ir al local de la S.T. y dejamos para la mañana siguiente la visita a Mme. Kamenski. Llegamos a la S.T. Mlle. Roget tenía varios mensajes a contestar y yo, sin saber por qué empujé una puerta que estaba entreabierta y, sentada casi en un ángulo de la pared, estaba Mme. Kamenski. Al verme tampoco se sorprendió; me invitó a sentarme junto a ella. Había un taburete cerca y en él me senté. Al igual que Rukmini, me explicó que anteriormente habíamos trabajado juntas y que lo volveríamos a hacer. Que mi fé  había sido puesta a prueba y que la prueba había sido positiva. Que mi música había sido el camino para encontrarnos de nuevo y repitió que en un futuro nos volveríamos a reunir también con Mlle. Roget.
A la mañana siguiente fuimos a su casa e interpreté mi sonata a Suiza que desde entonces formó parte de mis conciertos.
Cumplido ya el motivo de nuestro viaje emprendimos el regreso a Barcelona. El policía joven había insertado el permiso de estancia en Suiza al dorso del salvoconducto para regresar a Barcelona. Así que no lo podía utilizar. No me apuré. Al llegar a Bourgmadame le decía yo a mi hijo: “Algo saldrá en nuestra ayuda cuando menos lo esperemos”. Y en esta absoluta confianza seguimos esperando hasta que por la tarde, vimos atravesar el puente al policía que acompañaba a dos señoras. Fui corriendo a su encuentro y, sin más titubeos, le abracé. Tal era el júbilo que nos había proporcionado. Fuimos a la casa de Guardia y desde allí llamó por teléfono al Comisario. “Ha vuelto aquella señora con el niño y no tiene salvoconducto para regresar a Barcelona”.
Nos acompañó a la comisaría. La satisfacción del comisario y de sus ayudantes fue unánime. Cogió el salvoconducto con la autorización concedida, la hizo trozos y mientras la echaba a la papelera decía:
“Catorce años de cárcel en la papelera”.
Y me escribió en una tarjeta, que guardo como un tesoro, la petición de paso libre bajo su responsabilidad.
Y este fue el final de una de las etapas más elocuentes de mi vida.
A partir de estos hechos se estableció un buen lazo de amistad con el Comisario y su familia. Cada verano, las vacaciones de Edmond las pasábamos allí. Le hice el retrato a su esposa. Posaba muy bien, a pesar de que su estado de salud era bastante delicado. No mucho tiempo después moría víctima de una enfermedad ósea cancerígena. Creo que pidió traslado a Barcelona; con él no nos hemos visto más. Supongo que el retrato le hará compañía. Con sus hijos nos vimos una vez al cabo de unos años.
Una vez llegados a Barcelona convenimos una reunión en casa de Luisa Cervelló con el fin de explicarles el desarrollo y resultado del viaje. Allí conocimos a Pedro Cuyás, hermano de José Cuyás, quién además de asisitir a las reuniones en casa, me daba lecciones de inglés. El hermano, Pedro, había enviudado hacía poco y daba la impresión de un hombre sin rumbo fijo, en un estado de profunda depresión y necesitado de ayuda positiva. Al quedar solas Luisa y yo, le conté los pormenores del viaje. Rukmini, Mlle. Roget y Mme. Kamenski ocuparon nuestra principal atención. También Cervelló, el marido, participó y como que conocían el interés Enrique en ir a la India, ya adelantaban acontecimientos de dudosa realización.
Pedro, pareció interesado en asistir a las reuniones en casa con mayor motivo cuando Ortigosa, que es donde iba él, se iba a Venezuela con su familia. Se incrementó, pues, el grupo con un amigo más.
Presentó dificultad de concentración; pero eso es normal, al principio no es muy fácil. Lo que no tenía yo muy seguro era el poder de su voluntad. me pareció débil, así que acentué la importancia de su desarrollo. El amigo Camilo, contactó muy bien con él. Enrique no participaba en nada. Más bien tenía interés en ridiculizarme, en establecer un ambiente de desconfianza. A cada reunión sucedía una acentuación de aspectos negativos que inducían a la discusión y al consiguiente disgusto.
Ninguna amistad le satisfacía. Si alguna vez intervenía, nunca fue armoniosa su colaboración que, al contrario, tenía una influencia destructiva, inadecuada.
Nos unía a todos una sincera voluntad de bien. Y esa voluntad de bien impelía nuestro esfuerzo y vigorizaba nuestras esperanzas.


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