20 jul. 2013

Hace una semana publiqué el último capitulo de "Pinceladas, la vida de mi madre"

Hoy voy a añadir una pequeña naración, que fué el proyecto de una historieta, de algo que ella explicó en su libro. Nuestra relación con Luis Yütte, en una narración más detallada sobre este gran hombre, que complementará lo que ella escribió.




            MI AMIGO LUIS      (BARCELONA 1942)

Este fue un proyecto que presenté en Glenat y, en principio aceptaron, pero después no llegaron a realizar. Es una historia real que sucedió cuando era niño.

                                                          

            La historia empieza cuando Luis Yüte llega a mi casa, en la parte alta de Barcelona, con aspecto derrotado y le pide a mi madre que le dé el paquete que le entregó, tiempo atrás, para que lo guardara: es un disfraz para niño de un uniforme de la Policía Montada del Canadá. “Mi hijo ha muerto”, le dice a mi madre, que le escucha entristecida junto a su hijo (yo, naturalmente). La cara del niño, triste también, recuerda la primera vez que vio a Luis: venia de un viaje al Canadá donde fue para evitar que los “vendedores de una empresa de la competencia” se hicieran con el mercado de aquel país. La “otra empresa” eran los nazis, naturalmente.

            Luis era alemán y conoció a mis padres durante la guerra civil, pues vino a luchar en las Brigadas Internacionales. Al terminar la guerra en España y empezar la 2ª Guerra Mundial él continuó luchando como agente secreto, pero al lado de los aliados: era un demócrata y antinazi sobre quien pendían siete penas de muerte de Hitler. La gente creía que todos los alemanes eran nazis, pero hay que recordar que muchos no lo eran. Los judíos, gitanos, comunistas y demócratas, como Luis.

            El día que le conocí le entregó a mi madre el uniforme de Policía Montada para que lo guardara hasta que pudiese dárselo a su hijo, que tenia unos pocos años más que yo, que tenia cinco: estábamos en 1943.

            Cuando Luis venía era una fiesta para mí. Me sentaba en sus rodillas y me contaba historias de viajes que había realizado para luchar “contra la competencia”: Canadá, la India, Francia, Portugal…, pero siempre, después de cada viaje, volvía a mi casa y me contaba aquellas extraordinarias historias.

            Luis era uno de los más importantes agentes secretos de los aliados, y en Barcelona se libraron muchas de las sordas e invisibles batallas entre los dos bandos. Unos, los nazis, protegidos por el estado fascista de Franco, y los otros, los aliados, actuando en la clandestinidad. Luis se convirtió en el héroe de mi niñez y adolescencia.

            A veces escuchaba, detrás de la puerta, como Luis les contaba a mis padres alguna de sus historias, sin disfrazarlas como “luchar contra la competencia”, como cuando estuvo en Lisboa en busca del espía más importante de los Nazis, a quien habían dado la orden de buscarle y eliminarle. Al mismo tiempo, los aliados le dieron a Luis el mismo cometido: matar al espía nazi. Como otras veces la información le llegó a través de una especie de “garganta profunda” de aquella época, que le citó “en el lugar de siempre”: el cabaret “el Molino”. Oculto en uno de los palcos laterales aquel hombre le informó, como había hecho en otras ocasiones, de que un peligroso agente de los nazis había venido en su busca para acabar con él. Mientras el espectáculo continuaba, al fondo, con la popular “Bella Dorita” dirigiéndose a él con uno de sus típicos chistes verdes, el hombre desapareció como siempre.

            Luis preparó una trampa bien urdida: se dejó seguir por su enemigo hasta Lisboa y, una vez allí, coincidieron naturalmente en el mismo hotel y en la recepción. No había habitaciones suficientes, y Luis le ofreció a su enemigo compartir una, pues para algo eran compatriotas. Durante unos días se vigilaron mutuamente, buscando el momento propicio para cumplir su misión: acabar con el otro. Pero los días de convivencia, con largas conversaciones sobre Alemania, la guerra, el nazismo y la democracia, hicieron que Luis hablara francamente con su enemigo. Le dijo, mientras ponía su pistola sobre la mesa:”tu sabes quién soy y yo se quién eres tu en realidad. Los dos tenemos la misma misión: eliminarnos el uno al otro. Ahora que te conozco se que, aunque pienso que estás en el lado equivocado, eres un idealista como yo, y no soy capaz de matarte”. Ambos estuvieron de acuerdo y se separaron diciendo a sus jefes que no se habían encontrado.

            A pesar de ser un niño yo me daba cuenta de que Luis era un hombre extraordinario, y le quería como si fuera de mi familia. Me hacia reír verle, a veces disfrazado con una estrafalaria peluca, diciendo que era López, un comerciante de embutidos de Jerez, a pesar de su terrible acento alemán.

            En sus frecuentes visitas les pidió a mis padres que aceptaran ocultar a alguna de las personas a quien ayudaba a cruzar los Pirineos desde Francia. Una vez fue un piloto canadiense, otra un coronel de los “maquis”, incluso un científico que decían había inventado algo así como el radar. Pero una de sus visitas más emocionantes, para nosotros, fue cuando le dejo a mi madre un gran sobre con documentos procedentes de Francia, y una pistola. Nuevamente aquella especie de garganta profunda le citó en El Molino y le avisó de que la policía vendría a registrar nuestra casa pues habían recibido un chivatazo. Esta vez, al marcharse, “Bella Dorita” le gritará: “Este tipo debe ser marica. Cada vez que le hablo se marcha”.
La nota de aviso que mandó Luis llegó justo a tiempo de que pudieran desmontar la pistola y lanzarla por la ventana a un jardín contiguo, pero antes de que pudieran ocultar los documentos llamó la policía a la puerta. Preguntaron si conocían al coronel del “maquis” que estuvo en casa, y mis padres contestaron afirmativamente, pero que no sabían en absoluto que era una persona peligrosa. Mi madre les rogó que lo registraran todo no fuera que aquel individuo hubiese dejado algo oculto. Mientras decía esto abrió el cajón donde estaban ocultos los documentos y fue el único lugar donde no miraron.

            Cuando se marcharon mi madre puso los documentos bajo su falda y, llevándome de la mano, se dirigió a encontrarse con Luis al lugar donde él la había citado: el bar Amigó, en la esquina de Gran Vía con Urgell. Desde que salimos de casa fuimos seguidos por uno de los policías que habían realizado el registro. Al llegar al café, Luis nos esperaba sentado frente a una de las mesas. Después de explicarle brevemente lo sucedido, e indicarle que uno de los policías nos había seguido, Luis, con un gesto tranquilizador, se acerco a un tipo sentado en una mesa contigua. Poco después nos hizo un gesto para que nos acercáramos y nos sentamos junto a ellos. Aquel hombre era, ni más ni menos, que el jefe de policía de Barcelona. Luis consiguió convencerle de que era un comerciante alemán, que conocía a Luis Yüte, que era un hombre alto y pelirrojo (Luis era bajito y con el cabello blanco) y que actualmente no estaba en Barcelona.

            Mientras, el policía que nos había seguido y permanecía oculto en la calle, al vernos sentados en la misma mesa que su jefe, se marchó supongo que temiendo una bronca de su superior. Poco después el jefe de policía se marchó, no sin pedirle a Luis que si se enteraba del regreso de Luis Yüte se lo comunicara.

            Cuando estuvimos solos mi madre fue al lavabo y, a su regreso, le entregó los documentos que llevaba ocultos. Al despedirse, Luis le dijo que aquellos papeles eran vitales para el desenlace de la guerra: provenían de Normandía donde la resistencia francesa los había conseguido. Tiempo después supimos que habían sido vitales para el famoso DIA D y el desembarco aliado en Normandía.

            Cuando Luis estuvo en Canadá y la India fue para eliminar a unos agentes nazis enviados allí para provocar atentados y preparar una posible invasión de dos países de dominio Británico.

            Para terminar la historia volvemos al principio, cuando Luis le dijo a mi madre que su hijo había muerto. Se fundieron en un abrazo y yo me abracé a sus piernas. Al preguntarle si la causa de la muerte había sido provocada por los bombardeos, con lágrimas en los ojos Luis dijo que no había muerto físicamente, que había muerto para él: su hijo se había afiliado a las juventudes Hitlerianas… Mientras hablaba, introdujo el uniforme de Policía Montada en la estufa de carbón y lo quemó.

            Cuando se alejaba de casa un hombre vociferaba el titular de un periódico que sostenía en su mano: “los aliados desembarcan en Normandía”

            Al terminar la guerra Luis volvió a Alemania. Su esposa, creyéndole muerto, se había vuelto a casar y Luis regresó a Barcelona sin sacarla de su error. Se casó con una española y vivieron en un piso de la calle Rosellón esquina Paseo de San Juan, donde murió unos diez años después.

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