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19 sept 2013

Mi vida en Bruguera - Hay una chica en mi nevera.


La redacción (1) Armando Matias Guiu
 

Cuando empecé a trabajar en la editorial lo hice llevando la parte artística del Departamento de Publicidad. Nos reímos tanto que acabaron echándonos a todos, pero esto es otra historia que ya contaré otro día.
Antes de este lamentable suceso, durante unos años, alterné este trabajo con las primeras historietas que dibujé para ellos. Entonces el jefe de redacción era Víctor Mora, que llevaba ya tiempo escribiendo los guiones de “El Capitán Trueno”. Armonía, su mujer, se encargaba de las revistas femeninas como “Sissí”, “As de Corazones”, etc. y estos fueron los primeros trabajos que realicé, antes de dibujar historietas de fantasía como “Supernova”, con guión de Víctor, o “Fantasía S.A.” con guión de Andreu Martin.
Ya comenté tiempo atrás, al hablar de la película “El Gran Vázquez”, que dirigió Oscar Aibar, que no hacía honor a la realidad en un aspecto importante: para presentar a Vázquez como el gran genio, que realmente era, daba una triste imagen de los componentes de aquella redacción, que eran magníficos. Difícilmente en una editorial actual encontraríamos tal cantidad de redactores con talento como allí había.
Hoy hablaré de uno de ellos, Armando Matías Guiu, que se hizo popilar en la radio por sus miles de cuentos que con el título de “Tambor” se radiaron, durante años, en radio Barcelona y la Cadena Ser.
Cuando editaron Dr. Impossible, el segundo de mis personajes de fantasía que publicaron, Armando era el director de “Mortadelo”, la revista donde apareció.
Voy a contar una anécdota de aquel, desgraciadamente, gran escritor y humorista. Sucedió en la época en que se publicó aquella historia en la revista.
Matías Guiu había escrito una novela de humor (“Hay una chica en mi nevera”). Como que le apreciaba y teníamos una relación de amistad, como con la mayoría de redactores de la Editorial, en una de las historias de Dr. Impossible, que aparecieron coincidiendo con la publicación de su novela, hice un “cameo”. Es decir, hice que esta tuviese protagonismo en uno de sus capítulos. En el episodio “Caín”, en la página que ilustra esta narración se ve, en una de las viñetas, la portada de la novela de Armando y una de sus páginas que formaba parte del argumento.
Esto no es la anécdota, es tan solo el prologo de ella. Al publicarse su novela, a Matías Guiu le hicieron varias entrevistas, una de ellas por la radio que en un programa que yo escuchaba mientras trabajaba. El locutor le preguntó cuando se sentía más inspirado para escribir, y el contestó con toda seguridad y sin ninguna duda: “por las tardes, a partir de las cinco”
Yo me partía de risa y vosotros os preguntareis donde está la gracia: ¡pues en que Armando Matías Guiu por las mañanas trabajaba en la redacción de Editorial Bruguera y no terminaba su jornada hasta las cuatro! Naturalmente, volvía a su casa y no se ponía a escribir hasta las cinco, ¡justo la hora en que llegaba la “inspiración!  Aún me rio ahora.

1 mar 2013

Mi vida antes de Bruguera - Mil pares de ojos en mi cogote



Esto sucedió antes de que trabajara para Bruguera, cuando hice el servicio militar. Tenía entonces dieciocho años y, para mí, aquello era una tortura peor que la famosa “gota malaya”. Cuando me ponía el uniforme me cogía una especie de alergia moral y todo mi ser creaba anticuerpos.
Pero también allí me sucedieron anécdotas curiosas. Una de ellas fue con el capellán castrense del regimiento.  Una especie de fascista que predicaba constantemente diatribas contra los rojos, masones, separatistas y protestantes. Cuando conté que estuve cinco días en Montserrat hablé de él y su pelea con el padre Miquel, el sacerdote que nos daba clase de religión en la escuela.
Todo sucedió un domingo, en el cuartel de artillería donde “sufrí” mis veinte meses de tortura militar. Había dos regimientos y estábamos todos formados, frente al capellán, que iba a oficiar la misa. En total éramos mil chicos (en el argot militar habría dicho “mil hombres”, pero la realidad es que éramos unos adolescentes recién salidos del huevo)
Después de hacernos un terrible sermón, como siempre, en el que el fuego divino caería sobre los protestantes, rojos separatistas y masones, como he comentado antes, el señor de la sotana dijo algo que ni él creía: “si alguien no quiere quedarse a la Santa Misa puede irse ahora”.
Naturalmente nunca se marchaba nadie, por miedo a las consecuencias en forma de un arresto seguro, pero aquel día sucedió lo impensable. A mi lado estaba Mario Lapuente, un compañero con el que había hecho amistad desde los primeros días del campamento. Susurrando me dijo: “Si tú te marchas, yo también…” - ¿Seguro?- le contesté, y así estuvimos dudando unos segundos que parecieron  larguísimos y, al fin, me marché de allí y Mario me siguió.
Sentí mil pares de ojos en el cogote, mientras pensaba en el “paquete” que nos iba a caer cuando terminara la misa. Fue entonces cuando oí un murmullo que cada vez se hacía mayor hasta llegar a ser ensordecedor. Volví la cabeza y vi como casi mil chavales me seguían. ¡Tan solo quedaron siete u ocho formados para la misa! El resto nos siguió y, entre aquella multitud, el capellán no pudo arrestar a nadie.
Imagino que nadie supo tampoco quién fue el primero en marcharse de la formación, entre aquella marabunta de color caqui, que salió del cuartel sin volverse a mirar el rostro de aquel hombre que nos debía mirar, con los ojos desorbitados, por la incredulidad de algo que jamás hubiese imaginado.

16 feb 2013

Mi vida antes de Bruguera 21 - Cinco días en Montserrat



No soy católico. Soy agnóstico, pero a los diecisiete años estuve cinco días en Montserrat para saber si podía tener fe en una religión en la que tanta gente cree.
Os aseguro que, después de pasar aquellos días en el monasterio, hablando con los monjes y viviendo con ellos, si no salí de allí con la fe que fui a buscar es que soy un agnóstico sin remedio. Solo os diré que, uno de los días, el padre Jorge me hizo llorar hablándome de la Virgen, pero ni así…
Lo que si cambió fue mi aprecio y respeto por aquellos monjes. Hasta que fui allí, los curas eran para mí una especie de diablos disfrazados de negro, que aterrorizaban a la gente con sus amenazas del infierno eterno. Era la época de la posguerra y la dictadura. Cuando veía un cura por la acera, cruzaba la calle para no toparme con él. Muchos de ellos eran franquistas y se notaba en su apoyo a la dictadura y sus predicas en contra de los rojos, masones y separatistas.
La primera vez que encontré un sacerdote progresista fue en la escuela. Yo, cuando había clase de religión, decía que estaba enfermo y no iba a clase. Era un acuerdo al que habían llegado el director de la escuela y mi madre, que eran amigos pues habían estudiado juntos.
El sacerdote que venía a dar estas clases se dio cuenta de lo que sucedía y vino a hablar conmigo. Era un cura progre, como he dicho, que no abundaban en aquella época. No me dijo nada por mis faltas de asistencia, sino que me dijo las preguntas que haría en los exámenes finales para que pudiera aprobar el curso. Era un bendito y, años después, mientras hacía el servicio militar y teníamos un capellán castrense que era uno de aquellos fascistas que abundaban entonces, supe que tuvieron un enfrentamiento verbal y casi llegaron a las manos. El padre Miguel, que así se llamaba, era progresista y catalanista también, otro pecado de aquella época.
¿Y cómo llegué con mis antecedentes a pasar cinco días en Montserrat? Pues porqué un intimo amigo mío, Carlos, iba con frecuencia al monasterio con frecuencia y conoció allí al Padre Jorge, un amigo de mi madre de su juventud, que se había hecho benedictino después de la guerra civil. Una de las veces que Carlos fue al monasterio de Montserrat subí con él y conocí al padre Jorge. Hablamos de su juventud, de su amistad con mi madre y vi un mundo religioso distinto al que estábamos acostumbrados en aquel tiempo: los monjes de Montserrat eran progresistas, catalanistas y era un placer hablar con ellos.
Por esto acepté su invitación de pasar cinco días allí, hablando de religión con mi alma abierta a todo lo que pudiera venir. Y como es natural, lo que vino fue una de estas anécdotas que recuerdas toda tu vida, y que podrían ser una escena de una película cómica o de una historieta.
Carlos y yo éramos invitados del padre Jorge y, como tales, comíamos con los monjes y dormíamos en una celda junto al monasterio. Y en la primera comida sucedió el desastre.
Los invitados comíamos en la mesa principal, junto al Abad, los principales monjes y otros invitados, como un obispo de un país del Este que vivía exiliado allí con ellos.
Cuando sirvieron el primer plato yo, que no había pisado una iglesia en mi vida, estaba tan nervioso que no podía dar bocado. Tomaba, como podía, una cucharada y se quedaba en la boca sin tragar. Empezaron a pasar los minutos, los otros comensales terminaron el primer plato uno tras otro y yo seguía encallado. Para ponerme más nervioso aún, cuando llegaba un monje con retraso a la comida, se tumbaba en el suelo, justo a mi lado, y no se levantaba hasta que el abad, con un gesto, le permitía levantarse e ir a su puesto en una de las mesas donde estaban los otros monjes, todos en silencio pues ni tan solo masticaba: todos habían terminado menos yo.
El abad Escarré, (que después estuvo exiliado en Roma, junto al padre Jorge, perseguidos por la dictadura) me miraba fijamente. A veces se quitaba las gafas y seguía mirándome con insistencia, y yo me ponía cada vez más nervioso y era incapaz de tragar ni una cucharada. Y así pasaron más de quince minutos eternos.
Cuando el Abad volvía a mirarme, yo pensaba: “Claro, sabe que no soy católico y por esto me mira de esta manera”. Y mientras, un nuevo monje se tumbaba junto a mí, largo cual era, hasta que recibía permiso del Abad para levantarse.
Fue entonces cuando oí la voz en susurro de Carlos que me decía: ¡Acaba de una vez! ¡Están esperando que tu termines para servir el segundo plato! En aquel momento supe porqué el Abad me miraba de aquel modo. En cuanto aparté el plato, hizo una señal y entraron varios monjes, con bandejas, y sirvieron el segundo plato. Fue otro de aquellos momentos en que deseé que la tierra me tragara.
Tan solo quiero añadir que, en aquella época, el padre Jorge era el director de la revista “Serra d’or”, que editaban los monjes. Escribió un artículo en el que decía que un filosofo comunista (no recuerdo ahora el nombre) pensaba las mismas cosas que diría un cristiano católico. En aquellos tiempos una cosa así no podía decirse y cuando la policía fue a Montserrat a detenerle, él estaba en el aeropuerto, donde yo le había acompañado, camino de Roma, donde vivió exiliado durante muchos años junto al Abad Escarré, que tuvo que exiliarse también por hacer unas declaraciones al diario “Le Monde en que criticaba la política del estado.
Desde entonces, hasta que el padre Jorge murió, cada vez que venía de Roma, o volvía allí, yo iba a buscarle al aeropuerto y le llevaba a Montserrat, o viceversa. Fue un miembro más de mi familia. Yo continué siendo agnóstico, pero que amistad más “celestial” tuve con aquel monje Benedictino.

9 feb 2013

Mi vida en Bruguera 20 - Una de chinos en el Soho



                
La primera vez que estuve en Londres, trabajando para Creaciones Editoriales, lo hice en compañía de Gemma Bitrian y Ramón, su marido. Pasamos varios días en esta ciudad, que siempre me ha gustado, y compartimos muchos momentos con Luis Llorente, el agente de Creaciones en Inglaterra.
Si habéis leído otras anécdotas de “Mi vida en Bruguera”, ya sabéis que con Gemma tuve una amistad de estas que pueden contarse con los dedos de las manos.
Los días que vivimos allí fueron de risas y risas, como nos sucedía casi siempre, en la editorial, y más aún al estar de vacaciones. Pero una de las cosas más graciosas que nos sucedió, y que nos hizo llorar de risa como posesos, fue al salir del “Picadilly” un restaurante italiano al que fui muchas veces en mis estancias en Londres, y que estaba muy cerca de la oficina de Creaciones.
Íbamos por una callejuela del Soho y me puse a contarles un chiste a Gemma, Ramón y Luis, que venía también con nosotros.
El chiste, que tal vez ya conocéis, es uno de Jesucristo que está en la cruz, y un soldado romano le increpa: “” ¿No eres el hijo de Dios?, ¡pues a ver si bajas de ahí…! ¡Venga, baja ya de una vez…!” y Jesús, que empieza a cabrearse, desclava primero una de sus manos, luego la otra y grita, mientras se cae al suelo…” ¡Hay,…. que me la pego!”.
En cuanto empecé a contar el chiste, en medio de la estrecha acera, mis amigos se pusieron a reír cuando yo tan solo había llegado al principio, con el soldado romano, Jesús en la cruz, y ellos riéndose ya como locos, casi cayendo al suelo.
Mientras yo seguía contando el chiste, gesticulando con los brazos en cruz, ellos parecían ni tan solo escuchar lo que les decía, pero cada vez se reían con más ganas, se les soltaban las lágrimas y casi se meaban de tanto reír.
Yo seguía contando el chiste sin entender de qué se reían tanto, si aún no había llegado a lo gracioso, que es el desenlace final. Y entonces supe lo que pasaba: cuando llegué a lo de “Jesucristo desclava una mano, luego la otra y…”, naturalmente yo gesticulaba con los brazos en cruz, soltando primero uno, luego el otro…, y entonces le día una torta a un pobre chino que estaba detrás de mí. ¡Mientras explicaba el chiste, como que estábamos en una calle muy estrecha, estaban esperando con toda la paciencia oriental, siete u ocho chinos a mi espalda sin atreverse a pasar! Cosa que hicieron, en cuanto acabé, sonriendo y haciendo pequeñas reverencias, mientras Gemma, Luis y Ramón se apoyaban en la pared para no caerse también, como Jesucristo, pero del ataque de risa que sufrían desde el principio.

2 feb 2013

Mi vida en Bruguera 19 - Otra metedura de pata.



Cuando llevábamos un tiempo trabajando para la revista Tina, los editores vinieron a Barcelona para conocer a todos los dibujantes que trabajábamos para ellos a través de Creaciones Editoriales. La primera editora que vino, anteriormente, solo nos conoció a Paco, Purita y a mí. Un año después dejó aquel puesto y entonces empezó un nuevo editor, Ernst Winkler, una extraordinaria persona también, con quién sigo manteniendo una buena amistad. Con el vino su esposa, su ayudante con su marido, y a este le pusimos el “mote” de “el Gamba”, pues siempre comía este plato y se ponía colorado como si fuese de la misma familia.
Vinieron, también, los dibujantes que no eran de Barcelona, como Jesús Redondo y su mujer, a los que conocí en aquella ocasión.
El primer día fuimos a comer a “Can Cortés”, un restaurante en pleno bosque en la ladera del Tibidabo, y fue allí donde conocí a Jesús y Ana, su mujer con quién simpatizamos enseguida.
Hacía poco tiempo que, la que había sido mi novia durante años, me había dejado para casarse con otro: era de Burgos y, en aquellos momentos, las gentes de aquella provincia me parecían unos malvados (he de aclarar que he tenido muchos amigos de Burgos a quién quiero y aprecio. Aquello fue algo momentáneo y ya veréis porqué lo explico ahora)
Aparte de los nacidos en Burgos, teníamos aún muy presente el recuerdo de la dictadura, y yo no podía ver ni en pintura a la gente de derechas de entonces, ni a los militares que habían ganado la Guerra Incivil. Naturalmente toda mi familia y yo pertenecíamos al bando de los perdedores.
Nos sentamos en unas mesas frente a unas impresionantes vistas del bosque y el “Vallés”, con la montaña de Montserrat al fondo: un lugar precioso y espectacular.
Sentados a mi lado estaban Jesús Redondo y Ana, con quien, como he dicho, simpatizamos desde el primer momento.
Cuando ya íbamos por postre, y habíamos hablado sin parar de nuestro trabajo, sus hijas y toda la vida en general, a mí se me fue la lengua y dejé ir la perorata de todas mis fobias y antipatías.
 A los militares, les dije, solo lea haría andar unos metros Mediterráneo adentro, el tiempo suficiente para que se ahogaran y no quedara ni uno. En cuanto a la gente de Burgos les condenaría a cocer en las calderas del Infierno…, y en este preciso instante de mi tremebunda explicación, una lucecita se encendió en mi cerebro, como una alarma, y me dije: “Ondia, les acabas de conocer, déjame que aclare algo…”y les pregunté inocentemente: “vosotros no tendréis alguna relación con Burgos, ni algún conocido militar, ¿verdad?”
Y entonces Ana, la mujer de Redondo, me contesto con una sonrisa que jamás olvidaré: “¡Yo soy de Burgos y mi padre es coronel…!”
Me quedé más helado que el crocante que estábamos comiendo, rojo de vergüenza y buscando una salida de emergencia por donde escapar, antes de que acabaran conmigo.
Pero la verdad es que no se tomaron mal nada de lo que, desgraciadamente dije: les hizo gracia y fue el principio de una larga y sincera amistad. Después de esto, siempre que volvimos a reunirnos, recordábamos lo sucedido mientras se lo contábamos a alguien, como hago yo ahora.