20 jun 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 14 - Ginebra



Un tio del amigo Cervelló, comisario de policía ya jubilado, me presentó al Sr. Varela, secretario del jefe de pasaportes. Este me dijo que era muy difícil a motivo de que había documentos, como el certificado de penales, que debían de hacerse en Madrid, lo que de por sí exigía tiempo; partida de nacimiento; permiso marital, reclamación de alguien de Ginebra que me avalase.
“Yo, dije, quiero participar en el concurso de piano de Ginebra. Me presento con una composición mía. Si gano, gana España. ¿Comprende? ¿Puede de algún modo ayudarme?
“Mire. De momento, lo único que puedo hacer es una petición al Comisario Jefe de Puigcerdá, que es íntimo amigo mío, y él verá que puede hacer”.
Me escribió en una tarjeta, me hizo un salvoconducto hasta Puigcerdá, obtuve la partida de nacimiento y el día nueve, con unas fuertes anginas y fiebre, 900 pesetas y el viaje pagado de ida y vuelta y con mi hijo, nos fuimos a Puigcerdá.
Enrique nos acompañó al tren. Lorenzana estuvo a despedirnos y me animó frente al viaje y partimos.
Al llegar a Puigcerdá el Comisario no estaba en la oficina y tuvimos que pernoctar allí. A la mañana siguiente pudimos encontrarle. Era un hombre afable, bondadoso, nos recibió con interés, más al leer la tarjeta de su amigo y luego empezaron las preguntas.
“Yo,- le dije- me dirijo a Ginebra a participar en el concurso de piano que se celebra allí. No tengo a nadie que pueda reclamarme en Ginebra ni que responda por mí. ¿Puede Vd. hacer algo?
Contestó lo mismo que el Sr. Varela. Pero añadió:
“Si Vd. está decidida a ir le ofrezco la hospitalidad de mi hogar para su hijo. No se lo lleve. Las cárceles de Francia no son como las de Barcelona. Cuidaremos de él; tengo dos hijos, niño y niña. No sufra Vd. por él; pero déjelo en casa”.
Yo contesté con una pregunta: “¿Cree Vd. en Dios?”
“Sí, claro. Soy católico, romano y por añadidura gallego”.
“Entonces- contesté- si El me ha ayudado hasta aquí, me ayudará hasta allí. Pero donde voy yo va mi hijo. Pero gracias, muchas gracias. Y no sufra Vd. Nos volveremos a ver.”
Me hizo una tarjeta para el alcalde de Bourgmadame, y añadió: “El la ayudará”
Salimos. Debíamos de atravesar un puente en el que estaba la vigilancia policial. Decidida y responsablemente le dije a mi hijo:
“Tu sabes que llevo 900 pesetas escondidas. Pero lo que estamos pidiendo y esperando vale mucho más. Vale la honradez, vale la verdad. Con que voy a declarar el dinero. No podemos mancillar el camino con la mentira. Vamos.”
Entramos en la caseta del guardia. Le dijimos el motivo, le mostré la tarjeta que el comisario me había hecho para el alcalde y ya me preguntó:
“¿Lleva dinero?
“Sí”,contesté. Y saqué las 900 pesetas de mi pecho y se las di.
“Bien – dijo- A su regreso se las devolveré. Suerte”.
Cruzamos el puente con satisfacción. Podíamos mirar al cielo cara a cara. Eso era lo importante. Mientras buscábamos el Ayuntamiento con la mirada, vimos al policía que nos había atendido montado en su bicicleta y llamándonos. Nos alcanzó y sonriente nos dijo:
“Tome. Le entrego 700 pesetas. Las otras 200 se las daré a su regreso. No puedo permitir que vaya sin dinero”.
Edmond y yo nos miramos satisfechos. El Alcalde nos recomendó al Comisario de Perpignan, pero como no podíamos ir a ningún hotel por carecer de documentación, le dije a mi hijo:
“Vamos a la estación y el primer tren que pase para Ginebra lo cogemos, y ya veremos”.
Amparados por la seguridad de que teníamos ayuda, con una fe fortalecida y segura, cogimos el tren. Cada vez que se abría la puerta del vagón, el corazón latía con más rapidez. Por fin llegamos a Ginebra. Pasamos la taquilla francesa sin novedad, como habíamos pasado la española. Llegamos a la suiza, enseñé el billete y, estabamos ya a punto de salir a la calle, cuando una voz crujió más que hablar:
“Passeport, madame”.
“Moi, je ne l´ai pas monsieur”.
Y ya estuvo. Entramos en el departamento policial. Llamaron a una mujer policía y nos dijeron que quedaríamos detenidos. El policía era un hombre ya maduro, bondadoso. El salía de servicio y el que entraba era un policía joven, con cara de pocos amigos. El policía mayor no se atrevía a dejarnos, y me preguntó:
“¿Tiene dinero?
“Tengo 700 pesetas, contesté”.
“Entonces pondremos una conferencia a Berna y hablaremos con el Gobernador”.
Llamaron a Berna. Yo solicité hablar personalmente con el Gobernador y se me concedió. Expliqué el motivo de mi viaje, las difíciles condiciones y el escaso tiempo de que disponíamos para solucionarlo y añadí:
“Vengo de un país actualmente fascista. Diciendo la verdad me han dejado salir. Llego a Francia y obtengo la misma ayuda y llego a Suiza, y con el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, es el único país que me niega la entrada. ¿Es esto justo?”.
“Espere. Dentro de diez minutos tendrá la respuesta”.
Entre tanto el policía mayor se había marchado a la Iglesia Católica Liberal. Yo tenía la revista de la Sociedad Fiosófica y en la última página había una enumeración de miembros de la Sociedad con cargos en Ginebra y leí un nombre: Mlle. Janok Roget. Sé que le dije a mi hijo: “Ahí iremos”.
Y regresó el policía acompañado de una señora. Era Mlle. Janok Roget. El había explicado el caso en la iglesia y esta señora se había ofrecido.
Desde aquel momento se me conoció como “la dama española”, o como “la dama de la fe de acero”. Las condiciones para nuestra estancia eran: 1º Presentarnos  cada mañana a la policía. 2º todas las noches vendría la policía a informarse a casa de Mlle. Roget.
Por la tarde fui presentada a la Sociedad Filosófica y, por la noche, ya celebrados el concurso, daría un concierto en el local de la Sociedad. No tenía más ropa que la que llevaba puesta. Un vestido blanco que me había confeccionado yo misma, lleno de zurcidos y un pañuelo en el cuello para abrigarme y disimular las heridas producidas por los paños de petróleo que me había puesto para curar las anginas. Mlle. Roget me puso uno de seda color verde vejiga.
Por la tarde conocí el local, algunos de los miembros; visitamos algunas tiendas, paseamos un poco pues comprendía que teníamos necesidad de reposo. Alrededor de las nueve se presentó el policía e hizo el informe preciso. Allí cenan muy pronto. Comimos una manzana y un vaso de leche al acostarnos. Nos gustó mucho cuanto vimos. Ella vivía en una linda torre con un gran jardín. El color, en conjunto era limpio y vivo; grandes zonas verdes, anchas calles y cómodas aceras. En los quioscos y librerías  los libros infantiles estaban distribuidos por edades y no se veía ninguna escena de violencia. En los juguetes no se veían armas ni nada agresivo. Estaban destinadas a distraer, no a agredir. Se respiraba un ambiente de respeto dentro de la tolerancia y la libertad. A la mañana siguiente era el concurso. No pude tomar parte por falta de documentación. Pero sí, actué fuera de concurso y me concedieron un accésit y un artículo en la prensa en el que se calificaba a mí música como “música del alma”. El artículo iba firmado por Mme. E. Kamenski, profesora de filosofía de la Universidad.

Cuando iba a recoger el accésit, en el rellano del primer piso, vi a una señora mayor, con un traje blanco de tela finísima y todo él bordado a mano. Me miraba intensa, profundamente, como si quisiera penetrar en mi interior. Al pasar junto a ella me dijo: “Nos volveremos a ver”.
Y fue por la noche. Ella estaba en el salón con numerosos invitados. Al verla pensé: “Ya nos vemos como me dijo”. Y ella, como si me hubiera oído me dijo: “No es esta vez”.
Poco después entró Rukmini Devi. Yo la había visto danzar en el mismo Teatro de la Comedie. Estuvo esplendorosa. Interpretó el Mahabaratha, de forma maravillosa. Mirada, sonrisas, manos, su cuerpo entero era una expresión de armonía. Sus movimientos, enriquecidos por una sublime expresión revelaban por completo el profundo significado del sentido intrínseco de su danza. Era sencillamente exquisita y ofrecía además, una ideal belleza.
Su mirada me encontró y yo, sin esperar a que alguien nos presentase, fui hacia ella y exclamé:
“Rukmini, soy Onésima”. ella contestó:
“¡Ah, la dama española!” y nos abrazamos.
Rukmini iba recorriendo el salón mientras la asediaban pidiéndole día y hora de visita. Su secretario iba apuntando nombres y fechas y apuntó al Ministro de Cultura y, a continuación, le dijo sonriente: “La dama española”.
En un momento en que yo la observaba y sentía una muy viva impresión pensando: la gente está por unas cosas y ella piensa en su marido, inesperadamente se volvió hacia mí, y me besó.
Poco después las notas en el piano expresaban un sentimiento nuevo. Dos almas se habían encontrado y se habían reconocido. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué?. No hay respuesta ni importa que la haya. Han pasado cuarenta y nueve años. Todo sigue igual, hasta la presencia.
A las once de la mañana siguiente, un coche se paraba frente a la torre. El chófer descendió y llamó a la puerta. Era el chofer del Ministro de Cultura que venía a recogernos para ir juntos a visitar a Rukmini Devi. Esta se hospedaba en casa del Ministro de Justicia, en las afueras de Ginebra. Fuimos recibidos casi inmediatamente. Primero yo sola; luego se llamó a mi hijo. Entre otras cosas me dijo que nosotras junto a Mme. Kamenski, habíamos trabajado juntas y que en el futuro nos volveríamos a encontrar. Que , si queríamos ir a Adyar podíamos hacerlo; pero, teniendo en cuenta que debíamos disponer de una fortuna ilimitada pues la Sociedad Filosófica no disponía de fondos propios. Que si quería establecerme en Londres ella misma me recomendaría a una buena escuela donde colaborar. Que eligiera yo, llegado el momento con entera libertad. Guardamos unos minutos de silencio, de entrega y fusión y se llamó luego a Edmond con el que estuvo finamente cariñosa. Nos despedimos sin decirnos adiós y fuimos de nuevo acompañados  a Ginebra. Habíamos renovado y sellado una muy firme amistad.
Con Mlle. Roget dimos un paseo por los alrededores del lago Leman. Cruzando el puente compuse mi sonata “A Suiza”, una vertiente alegre de un corazón agradecido.
Serían las cinco de la tarde cuando sonó el teléfono. Era Mme. Kamenski que fuera yo a su casa a interpretar la sonata que había compuesto por la mañana.
Nadie podía saberlo. Nadie podía habérselo dicho. Pero ni a Mlle. Roget ni a mi nos extrañó en absoluto. Antes de ir a su casa debiamos ir al local de la S.T. y dejamos para la mañana siguiente la visita a Mme. Kamenski. Llegamos a la S.T. Mlle. Roget tenía varios mensajes a contestar y yo, sin saber por qué empujé una puerta que estaba entreabierta y, sentada casi en un ángulo de la pared, estaba Mme. Kamenski. Al verme tampoco se sorprendió; me invitó a sentarme junto a ella. Había un taburete cerca y en él me senté. Al igual que Rukmini, me explicó que anteriormente habíamos trabajado juntas y que lo volveríamos a hacer. Que mi fé  había sido puesta a prueba y que la prueba había sido positiva. Que mi música había sido el camino para encontrarnos de nuevo y repitió que en un futuro nos volveríamos a reunir también con Mlle. Roget.
A la mañana siguiente fuimos a su casa e interpreté mi sonata a Suiza que desde entonces formó parte de mis conciertos.
Cumplido ya el motivo de nuestro viaje emprendimos el regreso a Barcelona. El policía joven había insertado el permiso de estancia en Suiza al dorso del salvoconducto para regresar a Barcelona. Así que no lo podía utilizar. No me apuré. Al llegar a Bourgmadame le decía yo a mi hijo: “Algo saldrá en nuestra ayuda cuando menos lo esperemos”. Y en esta absoluta confianza seguimos esperando hasta que por la tarde, vimos atravesar el puente al policía que acompañaba a dos señoras. Fui corriendo a su encuentro y, sin más titubeos, le abracé. Tal era el júbilo que nos había proporcionado. Fuimos a la casa de Guardia y desde allí llamó por teléfono al Comisario. “Ha vuelto aquella señora con el niño y no tiene salvoconducto para regresar a Barcelona”.
Nos acompañó a la comisaría. La satisfacción del comisario y de sus ayudantes fue unánime. Cogió el salvoconducto con la autorización concedida, la hizo trozos y mientras la echaba a la papelera decía:
“Catorce años de cárcel en la papelera”.
Y me escribió en una tarjeta, que guardo como un tesoro, la petición de paso libre bajo su responsabilidad.
Y este fue el final de una de las etapas más elocuentes de mi vida.
A partir de estos hechos se estableció un buen lazo de amistad con el Comisario y su familia. Cada verano, las vacaciones de Edmond las pasábamos allí. Le hice el retrato a su esposa. Posaba muy bien, a pesar de que su estado de salud era bastante delicado. No mucho tiempo después moría víctima de una enfermedad ósea cancerígena. Creo que pidió traslado a Barcelona; con él no nos hemos visto más. Supongo que el retrato le hará compañía. Con sus hijos nos vimos una vez al cabo de unos años.
Una vez llegados a Barcelona convenimos una reunión en casa de Luisa Cervelló con el fin de explicarles el desarrollo y resultado del viaje. Allí conocimos a Pedro Cuyás, hermano de José Cuyás, quién además de asisitir a las reuniones en casa, me daba lecciones de inglés. El hermano, Pedro, había enviudado hacía poco y daba la impresión de un hombre sin rumbo fijo, en un estado de profunda depresión y necesitado de ayuda positiva. Al quedar solas Luisa y yo, le conté los pormenores del viaje. Rukmini, Mlle. Roget y Mme. Kamenski ocuparon nuestra principal atención. También Cervelló, el marido, participó y como que conocían el interés Enrique en ir a la India, ya adelantaban acontecimientos de dudosa realización.
Pedro, pareció interesado en asistir a las reuniones en casa con mayor motivo cuando Ortigosa, que es donde iba él, se iba a Venezuela con su familia. Se incrementó, pues, el grupo con un amigo más.
Presentó dificultad de concentración; pero eso es normal, al principio no es muy fácil. Lo que no tenía yo muy seguro era el poder de su voluntad. me pareció débil, así que acentué la importancia de su desarrollo. El amigo Camilo, contactó muy bien con él. Enrique no participaba en nada. Más bien tenía interés en ridiculizarme, en establecer un ambiente de desconfianza. A cada reunión sucedía una acentuación de aspectos negativos que inducían a la discusión y al consiguiente disgusto.
Ninguna amistad le satisfacía. Si alguna vez intervenía, nunca fue armoniosa su colaboración que, al contrario, tenía una influencia destructiva, inadecuada.
Nos unía a todos una sincera voluntad de bien. Y esa voluntad de bien impelía nuestro esfuerzo y vigorizaba nuestras esperanzas.


18 jun 2013

TelaVision 33 - Los ricos también lloran...

Nuestro amigo Lopez se da cuenta de que su vida tiene ciertas ventajas comparandola con ciertos privilegiados de la tele.

16 jun 2013

La vida critica... 94 - La Biblia y el libro de reclamaciones.

Conozco muchas personas que tienen la suerte de tener una fe a prueba de toda clase de desgracias.


Pero yo, como la chica de esta historieta, creo que a Dios le han salido muchas cosas torcidas.

Hace tiempo que no pongo algún desnudo en el blog

A mi me gusta dibujarlos y espero que a alguien le guste verlos y colgarlos en la pared de su casa.
 Son acuarelas en azules y los dibujos que estoy haciendo actualmente.
 Si aún no habeis presentado la declaración de la renta os recomiendo hacerlo asi, completamente desnud@s. Creo que es lo que hizo Barcenas y le salio negativa...

13 jun 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 13



M A S   R E C U E R D O S

Los sinsabores no cesaban. Una violencia daba paso a la otra. Cuando Enrique estaba en el frente, el Comisario, Luis Yutte le salvó de peligros inminentes. Acabada la guerra, nosotros pudimos ayudarle a él. Le acogimos en la torre, ocupando la habitación de la entrada cuya ventana daba a la calle. Era espaciosa, confortable y muy luminosa. Era un hombre extraordinario, de ideales puros. Tenía colaboradores que una vez le hablaron de unos fascistas que vivían cerca de casa. Su contestación limpia y categórica fue:
“Yo lucho contra el fascismo. No contra los fascistas”.
Esto determina una calidad moral muy por encima de la medida humana corriente. Conservaba un uniforme de la policía montada, que había comprado en Canadá, para regalárselo a su hijo. Supo, que su esposa se había casado con un nazi, y que su hijo se había hecho de las “juventudes hitlerianas”. Y ante la sorpresa nuestra cogió el uniforme y nos lo entregó, para nuestro hijo, a quien tenía un enorme cariño. Y añadió: “Mi esposa no sabrá nunca que yo vivo, pues no viviría feliz y yo quiero que lo sea. Pero el uniforme se quemó en la estufa. 

Siempre decía que a Enrique le iría muy bien pasar un par de años en una escuela de formación humana, que es lo que le faltaba. Conoció a una mujer, camarera de un restaurante que frecuentaba y que se dedicaba también a la prostitución. La sacó de allí, se unió a ella, la rodeó de cariño y protección y, cuando más seguro estaba, al regresar de un viaje a Portugal se encontró con que le había dejado llevándose cuanto él poseía, para dárselo a otro hombre con quién estaba relacionada. Naturalmente fue una fuerte sacudida para él; pero su actitud fue la siguiente: “La ayudé. Esa es mi parte. Ella es dueña de la suya”.
Y este hombre vivía cumpliendo el deber por el deber mismo. Sin apegos, sin conveniencias, sin formaciones filosóficas o alternativas de religión. Vivía y su vida era ejemplar.
Y yo poseía su confianza. Guardé gran parte de su vida. Tiempo después conoció a una chica, Lolita, muy buena, con quien vivió y con la que enfermó y, presintiendo su muerte, se casó, incluso bautizándose él primero por la religión católica y dejar a su mujer bajo el amparo de la ley y de la familia.
Cuando murió ya habíamos dejado la torre con la nostalgia natural. Encontramos un piso nuevo y muy acogedor, en la calle Balmes junto al Putxet. Cercana al piso estaba la Escuela Suiza donde fue Edmond. Aunque el piso no tenía las condiciones de la torre, era también espacioso y muy bien distribuido. Tenía un gran comedor y un salón contiguo separado por un arco de la construcción y un desnivel que separaba a ambos. Tres habitaciones grandes, dos baños completos, una moderna cocina y dos terrazas, una cubierta lindando a la casa y otra más grande, exterior y con espléndida vista a montaña y al mar. Yo ya no me hacía ilusiones de continuidad y pensaba..., ¿hasta cuando?
Como dije, la nueva chica fue como una hija para mí. La vestía, la peinaba, iba siempre con nosotros, nos quería y respetaba y estuvo en casa hasta que se casó. Incluso sus padres se fueron a vivir a Venezuela y ella quiso quedarse con nosotros. Toda mi vocación educadora se volcó hacia ella. Y valía la pena. Se transformó, se hizo mujer. Pasó por nuestra vida como un copo de nieve. Se casó y se fundió en la inmensidad.
Mi enfermedad se manifestaba hacía tiempo. Pero yo vivía cosas que se adueñaban de mis sentimientos más íntimos y sensibles y no significó preocupación alguna.
Poco tiempo estuvimos en la calle de Balmes. El trabajo de Enrique iba empeorando, un primo suyo sacerdote que dejaba su profesión, iba a vivir con nosotros, todo apresuró un nuevo cambio para ir, en cada uno, perdiendo más o menos rápidamente, facilidades y bienestar. Pero con el ánimo elevado todo está sujeto a la transformación y, en el nuevo traslado, a pesar de sus inconvenientes, hallé también motivos de belleza y de fácil adaptación. Además, ¿podía acaso rebelarme? ¿Había algún apoyo para la mujer? Por lo tanto, a mi alcance no había otra cosa que desarrollar mi capacidad de elevar las cosas subalternas y conducirlas a un nivel más primordial, convertir lo innecesario en algo principal, hacer del pequeño balcón una alegría rebosante de flores. Ya había adquirido experiencia en otra peor ocasión, y conseguí mejorar la situación. Conque, a vivir el generoso encanto de la Creación y aprovechar la nueva oportunidad. La vida me pone otra vez a prueba. Es la señal de lo que habré de luchar. Y si la vida me ofrece la lucha, también me dará la fuerza para poder darle mi saludo de bienvenida.
Los primeros meses fueron de lucha intensa. Me acostaba a veces a las tres de la madrugada y a las seis me levantaba, iba al mercado a las siete y a las nueve empezaba a trabajar en la escuela de mis maestras. Cuando tuvimos el piso en condiciones los discípulos venían a mi casa y así aprovechaba más el tiempo. Por las tardes tenía las clases a domicilio hasta casi entrada la noche.
Sea a consecuencia de las impresiones recibidas o por el proceso de mi enfermedad, lo cierto es que se fue manifestando una incapacidad sensorial que paulatinamente iba aumentando hasta llegar a ser total. Algo sufrió un cambio en mi naturaleza, no brusco, no violento, que no influyó en mi capacidad de amar mantenida firme en pleno desafío contra duras pruebas. Sin serlo, me manifestaba frígida, impotente con una latente sensación imposibilitada de una completa realidad final. Como una especie de sed sin posibilidad de agua. Como un río sorteando infructuosamente una laberíntica montaña sin poder llegar a fundirse o a perderse en el inmenso mar.
El comportamiento de mi marido no era en absoluto de colaboración, antes al contrario. Iba añadiendo a ese flujo y reflujo constante, una marea cada vez más pronunciada.
Un día reaccioné y estalló con inusitada fuerza mi rebelión contra la continuada injusticia, y fue por un hecho relevante para mi aunque aparentemente menos importante. A menudo me llamaba idiota y le decía a mi hijo que yo me estaba volviendo loca.
En esta ocasión, yo había hecho en la cocina una tortilla de patata y cebolla, a la hora de comer. Terminado el primer plato, me fui a la cocina en busca del segundo al que no había forma de encontrar. Se impacientaba en la espera mientras iba diciéndole a Edmond:
“¿Ves como está loca? Ahora se piensa que ha hecho la tortilla y no la ha hecho”.
“¡Bueno! ¿Viene o no esta tortilla?”.
“No la encuentro”, - al fin contesté-.
“¡Claro! Como que no la has hecho...”
Callé. Se fueron, uno a la escuela y el otro fuera de casa. Y yo me las tuve con Dios.
“Mira, le dije. Si existes Tu o lo que sea, sabes o sabéis que sí la he hecho. Si existes Dios, he de hallarla pues yo no me engaño”.
Me paseaba arriba y abajo del largo pasillo repitiéndome: “he de hallarla”.
Entré en la cocina. Volví a remover cuanto había mirado sin resultado alguno. Pero, repentinamente, surgió en mi una idea concisa, segura, y rápidamente cogí la escalera, me subí en ella y en la parte alta de uno de los armarios y dentro de una gran olla en la que preparaba las escamas de jabón para el lavado de la ropa, allí, en el fondo, reluciente como un faro, apareció el plato con la bienhechora tortilla. Mi cuerpo renacía al influjo de una nueva fuerza y una rica energía que me impulsaba a la lucha con el invencible apoyo de la razón. Cuando llegó mi hijo de la escuela se lo enseñé como estaba, diciéndole: “Tu sabes que mamá no miente; y que no estoy loca”.
A la noche no saqué la tortilla. Sólo dije:
“A papá le gusta jugar de vez en cuando. Sácala Enrique de donde los tres sabemos que está. El juego ha terminado”.
Yo no quedé más cerca de lo que lo estaba. Pero él supo que, desde aquel momento yo había recuperado mi seguridad. La cruz para soportar había cedido el puesto y en su lugar se erigía irradiando renovada confianza, la espada para defender.
Cerca de casa, en la misma calle vivían los amigos Cervelló. Nuestra amistad fue una muy sana y de profunda cooperación. Desde el principio nos unió una mutua confianza tan llena de cariño como de respeto. Un grupo de amigos, cada vez más numeroso, venían a casa para hablar de filosofía y oírme tocar el piano. Estábamos unidos por propósitos sinceros. Tenía apoyos muy importantes para mí como fueron: Luis G. Lorenzana y Federico Climent Terrer, traductor de las más importantes obras de filosofia y ocultismo, y escritor también. Tuve la satisfacción de pintar su retrato lo que contribuyó a profundizar nuestro mútuo conocimiento y firme amistad. El Sr. Lorenzana procuraba hacerme cantar pues decía que mi voz atraía a los angeles. Cuando venía algún conferenciante lo acompañaba a mi casa y, al poco rato, con aquella bondad que afluía de su madura personalidad, me preguntaba:
“¿Cantas todavía? ¿Quieres cantar?
Y yo lo hacía. Se establecía un sereno silencio, apacible, dulce, que nadie se atrevía a romper. Sin interrupción seguíamos con el piano. A menudo me invitaba a reuniones que se celebraban en Sabadell, Tarrassa, Manresa. Y la juventud llenaba los locales.
Y seguí mi camino poco a poco, aisladamente. Fui representante de España por la Escuela Arcana, y me salí voluntariamente y seguí mi camino en soledad, sin ataduras ni dependencias.
Aquel piso, mucho más humilde, con menos atractivos y comodidades y que fue centro de grandes sufrimientos, también tuvo la virtud de acoger unas energías, mantenerlas y convertirse en un centro de amor y paz.
Cuando ya había organizado las clases matinales en casa y las domiciliarias por la tarde, íbamos a la playa por las mañanas mi amiga Luisa y yo. Los domingos íbamos las familias completas y unidas. Yo creía que los hombres que nos acompañaban, Enrique, Cervelló y los hijos, tenían miedo al calor del sol y salían de las barras de madera que protegían del contacto con la arena. Yo me reía y les calificaba de cobardes.
Un día nos encontramos con el médico de cabecera, y se comentó el caso.
“¿Usted no nota este calor?” me preguntó el doctor.
“Yo no”, contesté riendo.
Y nos llamó a su despacho, me visitó y me mandó a un neurólogo. Desde hacía tiempo yo notaba inconvenientes que superaba, en parte. La pierna izquierda se adelgazaba más que la derecha, los dedos no tenían la capacidad de antes, ni de movimiento ni de fuerza<, beber seguido me ahogaba, devolvía la comida, en fin una serie de molestias que yo ni comentaba. El traumatólogo Dr. Gimeno nos había aconsejado no ir a ningún neurólogo pues, aunque la enfermedad era medular, era posible que me dejasen peor que estaba. Hallé trabajo en Radio Barcelona y dejé este asunto para más adelante. En Radio Barcelona se organizaba un concurso de piano. Ante la insistencia de mis amigos y de algunos profesores, opté por presentarme. Y me presenté con el Impromtus que había compuesto después de la muerte de mi padre. Y fui premiada con el primer premio. En un segundo concurso, en el Price, me presenté  con la misma composición: “Anda,- me dijo el presentador- que con un poco de suerte el triunfo es tuyo”.
Yo estaba muy nerviosa. El teatro estaba repleto de público. Los aspirantes se presentaban con obras de categoría y además conocidas. Yo notaba que mis piernas no estaban seguras, temblaba, no notaba el pedal. Pero yo interpretaba y ponía en ello mi alma entera. Cuando llegó el acorde final, me aturdieron los aplausos y los ¡viva!. Me embargaba una emoción jamás sentida y no osaba levantarme. El presentador me decía desde dentro:
“¡Anda, niña, saluda!”
Saludé, discretamente, y entré. Luego supe que había triunfado otra vez. No lo podía creer. Los amigos y familiares me felicitaban sensiblemente emocionados. “Ahora has de ir a Ginebra”, me decían. Enrique solo me dijo: “Otra vez subiré y te cortaré el cabello; tu cabellera llama la atención”.
Y me lo recogí en el moño que aún conservo. Si alguna vez lo he cortado, lo dejo crecer de nuevo.
El concurso se celebraba en Ginebra el doce de septiembre. Era difícil; no estaba preparada, carecía de la necesaria documentación, ni conocía a nadie en Ginebra que pudiera reclamarme y responder por mí. Nos enteramos de que Rukmini Devi, directora y dueña de la escuela de arte Kalaskhetra en Adyar, daba un recital de danza sagrada en los mismos días y en el mismo teatro de la Comedie. Eso, decidió a Enrique a que yo fuera a Ginebra y se comenzaron los preparativos.

11 jun 2013

TelaVision 32 - Una caja mágica y la caja tonta.

Normalmente la publicidad exagera las cosas y, cuando compramos lo anunciado, no tiene nada que ver con lo que nos decian. Pero esta vez parece que la magia fué realidad.

6 jun 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 12



Hallamos una vivienda ideal. Era una torre situada en la calle de El Cairo, hermosísima, grandiosa, para poder vivir siempre,  cómoda y gozosamente. La recuerdo con toda exactitud. La entrada era ya espaciosa. A su izquierda había una habitación con un amplio ventanal que daba a la calle. Otra habitación a la derecha. Ambas daban a un amplio pasillo en cuya derecha estaba una fenomenal cocina, con todas las modernas comodidades y a la izquierda dos aseos completos con rico mármol de Carrara. Seguía un gran comedor con un hall con cuatro puertas. Una, a la derecha que era un dormitorio. A la izquierda la puerta daba acceso a una escalera que al descender daba, por la salida frontal al gran jardín y, lateralmente, daba a dos habitaciones, una de ellas con todo lo referente a la calefacción y otra que era también dormitorio y, al lado un enorme salón de 20 metros por 20. También de este salón se salía al jardín, rico en toda clase de flores y árboles de distintas clases y categorías. Era un verdadero sueño. La misma escalera, en su parte ascendente daba a tres terrazas superpuestas de las que la primera era del tamaño de la torre; la segunda algo menor y la tercera era un solarium habilitado también como gimnasio.
De nuestra habitación y del salón contiguo, (ambas con las mismas medidas 14x9 mts.) partían dos escaleras laterales que llegaban al jardín en el que había una casita para el perro, grande y cómoda. Lo difícil era cómo organizar la cantidad de muebles para ordenar la casa según sus necesidades y su condición.
Ya teníamos un perro pointer al que llamábamos Dan y que era muy inteligente, cariñoso con sus dueños, y fiel. Enrique quería ir a cazar. Pronto tuvo todo su equipo y esperaba la época de caza con impaciencia. El perro que era atento y sumiso con nosotros, era un gran defensor contra presencias extrañas. Así que una noche en que un ladrón, huyendo de la policía, entró en nuestro jardín, le cogió por la pierna y dio tiempo a que le cogiera la policía. Cuando alguna vez nos quedábamos solos no solamente nos sentíamos acompañados si no también protegidos. Le tuvimos hasta que, por circunstancias especiales tuvimos que cambiar de casa.

Un amigo nuestro que vivía en Palma de Mallorca nos escribió pidiéndonos un favor. En Palma vivía una hermana de la actriz Ana Mariscal. Esta fue a pasar una temporada allí y le pilló la guerra y allí estuvo hasta el final en que regresó a Madrid, su tierra natal. Ahora venía a Barcelona a filmar dos películas bajo la dirección de Ignacio Iquino. Se había enamorado de ella y me pedía a mí el favor de ayudarla y a la vez apartarla del ambiente y poder casarse con ella.
Lo hablamos y decidimos ofrecerle nuestro hogar toda vez que yo no frecuentaba su ambiente. Y que, naturalmente haríamos por ella cuanto estuviera a nuestro alcance. Y así se realizó.
Vino Ana acompañada de su madre y ocuparon la habitación de Edmond. Gran parte del día la pasaba en los estudios como era natural y las noches que podía, las pasaba en casa. No presentaba gran oportunidad de conversación. Le gustaba el baile. Enrique no sabía bailar y me invitaba a mí a hacerlo con ella. Yo accedía agradecida. No veía más allá, no sabía ver, hasta que la evidencia fue demasiado elocuente. Iquino me ayudó a su manera. Me llevó a los estudios, aprovechando un viaje de Ana a Palma de Mallorca, me cambiaron el color de mi cabello y fui rubia, el peinado, y fuimos juntos, Iquino y yo a esperar a Ana a su regreso de Mallorca. Iquino estaba seguro de que nos encontraríamos en el muelle con Enrique. Yo no sabía nada. Subió la pasarela para ayudar a Ana a descender del barco y, al ver a Iquino, me vio también a mí. Si, hubo sorpresa pero no desagrado. No sabía qué hacer ni dónde mirar. Yo tenía miedo; pero Iquino me animó diciéndome: “No temas, no te llega a la suela de tus zapatos. Todo irá bien”. Yo no estaba muy segura.
El cambio de color de mi cabello fue objeto de críticas malsanas entre el grupo del que formábamos parte y creían que el ambiente me había modificado. Yo callaba, como siempre. ¿Para qué? Pensaba yo. Si me confiaba, ¿me creerían acaso? No. Mis conceptos, en muchas ocasiones, habían sido distintos a sus opiniones. Ellos creían en un Dios perfecto, absoluto, invariable ya en su evolución y yo no lo admitía; yo creía que la creación era objeto de evolución constante porque las fuerzas creadoras evolucionaban también. Si a estas fuerzas se les daba el nombre de Dios el Dios mismo era una energía en constante evolución, por tanto sus consecuencias no podían ser perfectas ni ofrecer, por tanto un sentido de perfecta eternidad. Nada de lo existente tenía para mí el efecto de no modificación y, por tanto, nada modificable podía ser eterno. Y el Dios manifestado estaba sujeto, por ley, a la modificación, al cambio. Y de lo inmanifestado, nadie sabía nada. Entonces, ¿por qué asegurar lo que no se sabe?.. Y mis conceptos se mantienen con la misma nitidez que antaño. Ahí está mi fuerza; fuerza cuyo origen presiento pero que desconozco; cuyos resultados conozco pero ignoro su naturaleza que Es y no Es al mismo tiempo.
Y es increíble, que el ser humano pretenda desde su humanidad descifrar este misterio pues a cada solución surge una nueva incógnita hasta que deje de preguntar y se sumerja en la Paz. ¿Cuándo? ¿cómo? Hay que saber esperar mientras se desgrana el ovillo.
La presencia de Ana pues, vino acompañada de ciertos sinsabores, unos profundos, otros ligeros, pero ella no tenía interés alguno por Pedro. Y la manifiesta atracción hacia Enrique, ella misma confesó sin escrúpulos, que era porque quería conseguir su colaboración en la producción de películas. Supongo que el final no fue agradable para ninguno de nosotros.
Al vivir en la torre tuvimos que coger una sirvienta. Fue una chica valenciana que puso cariño a la casa y que trataba a Edmond como un niño debe de ser tratado. Se daba cuenta de muchas cosas y tenía una actitud protectora hacia mí que Enrique no soportaba. Un día, no sé qué vio, yo estaba en nuestra habitación, se atrevió  a algo insospechado. Yo pintaba el retrato de Ana, en tamaño natural y de cuerpo entero. Tenía abierta la puerta de la habitación y vi cómo salía Rosa de la cocina comiendo un melocotón. De repente, tiró con fuerza el hueso de la fruta contra el cuadro. No le dañó; pero su expresión reflejaba tal excitación, tal violencia, que salí preguntando: ¿qué pasa? No hubo necesidad de respuesta. Tuve que obtenerla por mi misma. Y, lamentablemente, Rosa fue despedida. Edmond y yo lo sentimos profundamente.
Una chica de doce años, andaluza, sencilla y buena, la sustituyó. Y fue como una hija más.
Ana y su madre se fueron de casa y pudo venir mi madre a pasar unos días con nosotros. Desde la muerte de mi padre no había salido de casa, pudimos tener la inmensa satisfacción de gozar de su compañía y de proporcionarle unas comodidades que en casa no tenía. El jardín, la casa, la música que tanto le gustaba. Y sobre todo la oportunidad de entregarle a manos llenas nuestro cariño y de sentirnos felices pudiéndola cuidar. Nos quería a todos; pero era innegable su especial entrega a Edmond y a mí. La actitud de Enrique fue como podía ser y mi madre, con toda su delicadeza, tomó la dificultad de las escaleras para ir al jardín como apoyo a su deseo de volver a su hogar. En otra ocasión volvería para más días.
Pero la salud de mi madre iba empeorando. Se rompió el fémur y este percance la retuvo en cama y cuando empezó a levantarse apenas se sostenía. Yo iba a verla todos los días y la ayudaba a andar. Era tanto lo que me quería, que solo conque yo le dijera “Esta noche dormirá”, mamá dormía tranquila a pesar del dolor. Los médicos se admiraban de que no se quejase pues decían: “Ha de sufrir mucho”. Y ella jamás se quejaba. Su dulce sonrisa, su temperamento fuerte y su irreductible fe, la ayudaron mucho a vivir. Ibamos diariamente Edmond y yo. Yo me situaba detrás de ella, la cogía tiernamente por la cintura y, pasito a pasito, cruzábamos el largo pasillo hasta la terraza donde la sentaba para que tomase el sol. Allí la peinaba, a mi me gustaba con el pelo recogido y ella, con aquella bondad sublime, excelsa, se dejaba hacer. “Así está más guapa, mamá” y la besaba. Ya se quedó en cama. Entonces la deformación de sus huesos fue mucho más rápida; una de las caderas casi se unía al pecho. El tórax le llegaba al mentón. Apenas comía. “¿Tocas el piano?- me decía- Si, mamá. Uno de estos días lo haré y se transmitirá por radio. Los vecinos nos dejarán la suya y Vd. podrá  escucharme”. Sus labios se entreabrieron y los iluminó con su dulce sonrisa.
Un día en que yo valoraba lo que mi hermana Sinesia hacía y podía hacer por ella y yo la decía: “El día que mamá falte , tu podrás estar satisfecha de lo que has hecho por ella” “Pero yo, que soy la que más he recibido, soy la que menos puedo corresponder”. Mi madre contestó:
“Pero de ti podré decir, hija mía, que has sido la única que nunca me has dado un disgusto”.
No sé si ella se daba cuenta de lo que aquellas palabras significarían siempre para mí. Pero ellas me han ayudado a superar muchos de los momentos ingratos de mí vida.
Y me escuchó tocar el piano antes de morir.
Cuando me avisaron fui lo más rápidamente que pude. Mi hermano Juan me dijo al entrar: “No te oirá. Está con el oxígeno puesto y no se da cuenta de nada. Pero me acerqué, le cogí una mano, la retuve entre las mías y le pregunté: “¿Me oyes mamá, me has oído?
Y sus dedos se movieron en el interior de mis manos como el batir de las alas de un pajarito que iba a volar. Y se fue. Se fue sin marchar. Jamás la he sentido muerta; tampoco a mí padre. Están en mí para siempre.

5 jun 2013

TelaVision 31 - Esos locos bajitos...

Seguro que muchos de vosotr@s habais tenido una experiencia parecida. Vuestro hijo salió de casa limpio y aseado y volvió como si viniera de la guerra. Como dice él, hay cosas que las madres no pueden comprender...
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