5 jul 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 16



Madrid tenía para mi un encanto especial, y es que respiraba arte por todas partes. Yo me he encontrado en Madrid en que, con el álbum de música bajo el brazo, tener una idea musical de esas que roban por entero tu ser y tienes que colocar en el teclado o en la escritura. Tenía cerca una casa con amplia entrada y unos pocos eslabones conduciendo al ascensor. Me senté en el último de ellos, saqué el bolígrafo y me puse a anotar, como es costumbre, primero la melodía. Descendió un señor con unos niños que iban al colegio. Naturalmente hablaban fuerte y algo más. El padre, supuse, les mandó callar y les dijo: “Chist, que esta señora está escribiendo música. No estorbéis”. ¡Que delicadeza! Agradecí yo: Y me quedé sorprendida. Y, como en otras ocasiones, me sentí en mi hogar.
A poco de haber llegado, ya tenía varias ofertas para actuar: la casa de Galicia, la de Cataluña, la de Asturias y la de Aragón, el Ateneo. Al terminar una de las actuaciones, al llegar al Hotel Gran Vía, hallé un aviso de Radio Nacional. Me llamarían a partir de las dos. Puntualmente llamaron y me solicitaron que me presentase a las once de la mañana. Fui recibida por el director de programación. “Anoche –me dijo- tuvimos el placer de escucharla en su recital en la casa de Asturias. Y queríamos proponerle aceptar nuestra invitación para actuar en el plazo que a Vd. le sea conveniente. Si acepta, recibirá la copia de la intervíu correspondiente para que dé su conformidad o su modificación.

Mi sorpresa y reconocimiento fueron merecidos. De ahí me salió un contrato para un concierto, en el Cairo. Llamé por teléfono a Pedro y a Edmond. La alegría de mi hijo era contagiosa de tan abierta y sincera. Pero Pedro contestó en un tono lastimero, “Y; ¿te irías sola?: que en la misma cabina telefónica rompí el contrato. Eso, pensé, se repetiría cada vez y yo no podría actuar libremente, pues me conozco.
Otras circunstancias acentuaron también una decisión que ha presidido más de cuarenta años de mi vida.
El neuro-cirujano fue el Dr. Obrador Alcalde. Me acompañó a la clínica el doctor Palomo Salas. Durante cinco días consecutivos se me practicaron radiografías, análisis, pruebas eléctricas, etc. al quinto día, luego de comprobar cuanto ya sabíamos añadió, indignado pero sin elegancia ni tacto alguno:
“Vaya Vd. a Barcelona –me dijo- y que los sinverguenzas  catalanes le quiten lo que le han puesto”. Y al igual que el neurólogo Sales Vazquez, añadió; “No tendrá usted salud mientras viva”.
Y tampoco se equivocó.
El Dr. Palomo le replicó: “Yo he acompañado a la enferma para que estas palabras me las dijera. a mi”.
“Ella es la enferma y debe de saberlo”.
Y yo, al darle la mano al despedirnos, no pude evitar el decirle: “Lo que acaba de decirme me lo habían dicho ya en Barcelona. Y más aún. Todos me ayudaban si quería hacer causa criminal al que me lo había administrado. Yo siempre me he negado. ¿Quería Vd. perjudicarme al decirme lo que me ha dicho? Entonces ni yo puedo vengarme ni Vd. puede borrarlo.
Y una vez contestado así me quedé más tranquila. Nunca más he hablado con él ni he oído comentario alguno sobre su persona.
Una inesperada visita en el Hotel vino a establecer una nueva inquietud y decepción. Un matrimonio, el hindú y ella canadiense, venían a verme de parte de los amigos de Madrid para enseñarme una carta que les había entregado un español en Adyar, para un amigo de Barcelona que yo si conocía. En la carta le preguntaba por su esposa y sus hijos; pero ni por asomo había una palabra de recuerdo o de saludo para la esposa o el hijo del firmante, que era Enrique, mi marido. Lloré creo que copiosamente, y ya más tranquila, salí a saludarles. Al no saber yo el inglés la conversación fue con la dueña del Hotel. Hasta el final no supieron o entendieron que yo precisamente era la esposa del español del cual estaban hablando. Luego se desvivieron en disculpas y yo comprendí por qué los amigos los habían dirigido a mí. Así me enteraba yo por mi misma. Y lo que supe me dió fuerza para decidir. Y así regresé a Barcelona.
En Madrid me habían preparado un homenaje y no pude marchar en el mismo día. Fue un acto lleno de cariño, de franca amistad que siempre recordaré; pero acusaba el nuevo golpe.
En Barcelona iría a ver al Gobernador, Sr. Correa. Esta era mi primera decisión. Según el resultado, sería la ruptura formal con mi pasado.
Se rompen, se desmenuzan, se reducen a la mínima expresión todas las secuencias; se adormece el dolor, se curan las heridas, se sume la apariencia en el olvido, quedan los escollos reducidos a una tabla rasa, sin brotes, sin raíces; árida tierra, inerte, inmutable no respira ni palpita. Pero no la toquéis, no la remováis; dejadla en paz. Pues adentro, confundida con el fondo, está la semilla, invisible, incorpórea.... pero viva.
¡Que grandeza, qué muda elocuencia, qué invisible y potente energía la del Amor! Ella es permanente, lo único modificable es la materia, el terreno, la tierra donde fue sembrada. Mientras, el amor sobrevive, aguanta y sostiene.
Cuando llegué a Barcelona, en aquellos años la entrada por la estación de Francia era deprimente. De tal manera me impresionó que me hubiera querido marchar. Incomprensible, ¿no? pero fue así.
Ya en casa con mi hijo y Pedro reaccioné como era debido. No me habían podido escuchar, por avería del aparto. Se lo conté y participamos juntos.
A la mañana siguiente fui a ver al Gobernador. Le expliqué la situación. Escuchó con atención y preguntó:
“¿Le escribe a menudo? ¿Le manda dinero?”
“No –contesté- Ni una cosa ni otra”
“Su marido, consciente o inconscientemente, la induce a la inmoralidad. Vaya Vd. al Colegio de Abogados. Yo mismo llamaré ahora por teléfono. Entretanto tome Vd. (y me dio una tarjeta de presentación) Tendrá la patria y potestad sobre su hijo. Luego la separación legal. Si cualquier otra ayuda necesita de mi quedo a su disposición. Téngame al corriente”
Yo me fui alada, respirando con abandono, con aire suficiente para mantener el paso rápido. La distancia se acortaba y casi sin darme cuenta, entre en el Colegio de Abogados. El Sr. Correa había ya llamado y me estaban esperando. Todo se deslizó con suavidad y la máxima rapidez. Hubo que esperar a que Enrique respondiese al requerimiento judicial. Pero no lo hizo y el problema se solucionó por sí mismo.
Antes de una definitiva solución fui a consultar a la Sra. Pániker. Conocía a Enrique pues su esposo tenía una industria de productos químicos en Madrás y Enrique trabajaba con él. Me aconsejó que me casase por la Iglesia Católica (como pensaba yo). Añadió que, si mi matrimonio hubiese sido canónico, él no me hubiera podido abandonar. Para mi el verdadero abandono ocurre cuando muere el amor.

 La boda se celebró a las siete de la mañana del día 24 de Diciembre del mismo año. Asistieron a ella mi hijo, el hermano de Pedro y dos íntimos amigos, José Bertrán y Camilo, quienes fueron los testigos. Bertrán quería que lo celebrásemos con un almuerzo; pero Pedro no había dicho nada en su trabajo y tenía que estar en él a las ocho. Nos tomamos un café con leche, me acompañó hasta la puerta y se fue. Yo subí al hogar vacío. No, no lloré. Tan solo hubo un silencio más. La comprensión no es una solución; pero sí una gran ayuda y una excelente amiga; acompaña, fortalece y hace las cosas menos duras. Tuve que admitir que era un día cualquiera. ¿Por qué obsesionarme en creerlo diferente? No había por qué. Y me entretuve en las cosas del hogar. Edmond y Pedro trabajaban. Al volver me hallarían contenta. ¿Qué otra cosa podía hacer? El día y la noche transcurrieron bajo el mismo signo y a la mañana despertó una nueva aceptación.
Los recuerdos se confunden. No acierto a establecer una continuidad cronológica y hay inserciones que, a lo mejor abren surcos discontinuos al ser unidos por deducción, no por realidad. Hay silencios largos, unos por olvido, otros por voluntad de no decir más de lo indispensable. Es mi autobiografía. No quiero amargarla ni puedo endulzarla, sin menoscabo de su veracidad. Seguiré, pues hilvanando mis recuerdos. Serían de gran utilidad mis diarios que a veces intenté escribir, pero que no conservo. Un día lo quemé todo junto con otros recuerdos que no debí de conservar. Y la verdad es que no lo siento. ¿A quien iban a interesar? Además, hay mucho vivido, aunque a partir de ahora habrá reducción de experiencias de una parte por la evolución de la enfermedad que me ha inducido a una vida más cerrada, más marcada por una intensa intimidad y a que esta misma intimidad se ha visto cercada por un nuevo sistema de vida con menos intensidad u oportunidad de expansión.
Uno de ellos ha sido lo referente a la educación de mi hijo, ante lo cual he guardado hasta ahora un voluntario silencio. Incluso ahora, en que creo que no puedo callar tantos años de duras vivencias sin faltar a la verdad, descubrirla, dejarla al desnudo, incluso ahora, me parece una profanación.
No es fácil educar a un hijo cuando hay que luchar a la vez contra un ambiente de malos tratos injustamente realizados. No es que tengan nunca justificación cuando hay tantas soluciones que son incluso de beneficio común, como son el amor, el cariño, el respeto, la comprensión, el deseo de ayudar y sobre todo el ejemplo a ofrecer.
Nunca vi a su padre jugar con él. Nunca le llevó de paseo ni le cuidó si estaba enfermo. Si alguna vez le daba una medicina era sujetándole la nariz, haciéndole daño sin necesidad ya que el niño era dócil y que le quería a pesar de tenerle miedo. Si el niño jugaba sentado en el suelo y él quería pasar, pudiendo hacerlo correctamente, lo hacía dándole una patada. No quiero entrar en los abundantes hechos que acompañaron los años de unión. Pero uno, no de los más duros; pero sí demostrativo de una posición difícil de sostener, voy a exponer. En un momento en que Edmond estaba enfermo y carecíamos de dinero para el médico y medicinas, fuimos a vender una Historia del Arte de seis tomos que yo había comprado, al estudiar, y la vendimos en una librería de ocasión de la calle de Muntaner. Una vez cobrado el importe convenido, se entretuvo mirando las estanterías y cuando descubrió un libro de Galvanoplastia, lo adquirió pagando por él la misma cantidad recién cobrada, regresando sin libro y sin dinero; pero con su deseo satisfecho. Yo quedé dolida, indignada. Pero también yo temía sus reacciones que siempre eran contra nuestro hijo, como lo fueron a los quince días de nacer. Era la forma más directa, dañina y maligna de dañarme a mi. Cuando le azotaba sus palabras llenas de odio llegaban a mí. “Eso, -le decía- eso se lo debes a tu madre”. A veces pienso que es posible que estas palabras repetidas una y otra vez, marcasen huellas profundas en la mente y tal vez también en el corazón de mi amado hijo. Era pequeño y creció entre mi envoltura de amor y un temor mezcla de resentimiento, sin rumbo determinado. Tenía solo doce años cuando su padre nos dejó.
Dos años después salíamos para Londres donde surgió, como ya he explicado antes, el desenlace final.
Al regresar a Barcelona, el sueño del país lejano, lleno de leyendas atractivas y de fantásticas ilusiones, se había desvanecido. Yo acusaba la dura decisión. Mi hijo, la frustración de un deseo comprensible, en parte. Entró a formar parte de un centro de boy-scouts. Excursiones, amistades, nuevos horizontes.
Y prematuramente empezó unas relaciones amorosas con una compañera del mismo centro, una deliciosa criatura que, a pesar de amar a mi hijo con todo su ser, de ser correspondida por él y llegar a ser para nosotros como una hija más, las relaciones entre ellos por diversos motivos se enfriaron y los dos iniciaron nuevos caminos, nuevas experiencias y siguen solteros. Ella había acompañado momentos muy importantes de mi vida y aunque la relación es nula yo sé que el mutuo cariño subsiste fiel. Entretanto mi hijo había hecho el servicio militar voluntario para poder estar en Barcelona y, a su regreso, entró a trabajar como dibujante en Editorial Bruguera. Allí conoció otro amor que después de largos años, acabó en un triste desengaño.
Pinté un cuadro al que titulé “Camino hacia Cristo”, y lo llevé a fotografiar. Al ir a recoger las fotografías, el fotógrafo me felicitó y me hizo varias preguntas sobre su significado. Y ante mis respuestas solicitó venir a visitarme a fin de hablar con más extensión de un tema que le interesó con avidez de continuidad. Su visita comportó el ofrecimiento a un gran pintor amigo suyo, José Campillo, de cuyo conocimiento estaremos todos siempre agradecidos. Fue, además de un gran y verdadero artista, un amigo inmejorable y también maestro, pues a él le debo la lección más eficaz de pintura que he recibido. Pocos pintores unen a su arte la facultad de transmitirlo, y él fue un verdadero pedagogo. Se dió cuenta de la dificultad mía en traducir con éxito las zonas oscuras.
“La oscuridad, -me dijo- está llena de color. Fíjate bien, observa con atención y verás la intensa gama de colorido que contiene la parte oscura. Entorna un poco los ojos y lo apreciarás mejor”.
Y organizamos un  bodegón. La base de la mesa era de cristal y los reflejos de los distintos objetos en él, ofrecían dificultades que, antes de la lección, me hubieran sido difíciles de resolver. Pero cuando le llamé para que viera el cuadro terminado, contento y sorprendido, me felicitó.
“Bien, -dijo- lo has comprendido. Hay tanto color como en la luz. De verdad, te felicito.
¿Habéis estado en las nubes? Pues así me sentí yo. Me habían puesto alas y me sentí ligera como un pájaro azul.
Nos visitábamos a menudo y fue amigo y maestro de mi hijo. En su casa tuve ocasión de conocer a su ayudante, Mercedes Fabregat, a quien estaba pintando mientras ella dibujaba. Admiré la pintura y sentí gran simpatía por la modelo, cuya mirada y sonrisa expresaban con una gran bondad una no menor capacidad de amar. Había una revelada admiración por su maestro y una indudable adoración. Nuestro amigo – pensé yo – ya no está sólo.
Y cuando poco tiempo después vino Campillo a visitarnos y nos dijo:
“Amigos. Vengo a daros, a confiaros un secreto que no podéis imaginar”.
“Te casas con Mercedes, ¿no?” dije yo. Y lo acerté.
“Pero, - dijo él - ¿cómo es posible, si no lo sabía ni yo? Lo hemos decidido hace poco. Bueno, ¿qué os parece?”
“Nos sentimos muy felices de que así sea y os deseamos lo mejor. ¿Cuándo?”
Y sí. Fue una alegría para todos. El había enviudado hacía un tiempo y la compañía y la profunda comprensión que iba a compartir con Mercedes nos garantizaba la felicidad para ambos. La familia había aumentado.
Nunca olvidaré cuando, a consecuencia de la inyección de lipiodol sobrevino la meningitis y la parálisis que durante ocho meses me retuvo en cama, no hallando respuesta con el tratamiento alopático, el doctor Berjano optó por un tratamiento natural, Mercedes venía todos los días a ponerme compresas de agua muy caliente a toda la espalda. Mejoré lo suficiente para levantarme y seguir, algún tiempo después, el tratamiento de corrientes galvánicas con el Dr. Subirana.
Dos años después de mi matrimonio con Pedro se casaron Campillo y Mercedes y la amistad se estrechó mucho más entre nosotros. Amantes de la música venían a menudo y gozábamos juntos de verdaderas expansiones musicales. A veces venía sólo Mercedes y se sentaba junto a mí y escuchaba con tan íntegra atención que yo improvisaba con una riqueza de ideas en las qué la armonía entre el juego de la sensibilidad y de la fuerza se manifestaban de forma arrolladora. Y es que interpretar ante alguien que participe, que sienta, que coopere uniendo el propio ser a su más delicado sentimiento es el mejor nido donde nacer y crecer la inspiración.
En la misma época un primo de mi marido, director del Museo Arqueológico de Badalona, vió mis cuadros y me propuso una exposición por la que tuve que pintar gran número de cuadros, más de cincuenta, en unas circunstancias penosas ya que no podía sostener ni la paleta, pues aún me estaba recuperando de la meningitis. A fin de tener una opinión ajena y de cierta responsabilidad me atreví a llamar al critico periodista Del Arco que había entrevistado a mi amiga Rukmini Devi, para que me diera su opinión sobre mi pintura. Le costó aceptar mi petición pero vino, a regañadientes, pero lo hizo. Subió a disgusto las escaleras y entró.
Vió el piano. Con visible desagrado preguntó:
“¿Quién toca esto?”
“Yo”, contesté.
“Para mi es como si se tocase madera. No me gusta. – dijo- Digo lo que Napoleón,...... Bueno, enséñeme sus cuadros”.
Le enseñé algunos, entre ellos el retrato que había hecho a mi madre.
“Este es muy triste. Lo otro no ofrece novedad. Todo esto ya está hecho. Más le vale colgar los cuadros frente a la pared y olvídese de los pinceles. Usted no hará nada”. 
“Sr. Del Arco, - dije yo – ¿Me permite que le llame dentro de un año y le pida que vuelva? Yo seguiré pintando. ¿Qué opina, acepta? ¿vendrá?.
“Llame. Veremos”.
Pasó el año. Le llamé y vino y me dijo:
“Bien; pero (refiriéndose a una figura que se observa a la izquierda del cuadro) esta figura fantasmagórica que se ve aquí, ¿qué representa?.
“Esta, - contesté muy decidida – esto es usted Sr. Del Arco. Sus palabras hubieran podido hundirme, ¿no? Y surgió esto. Le agradezco que haya venido. Yo sólo quería enseñarle esto y no le pido su opinión. Gracias”.
Y nos despedimos. Creo que dijo algo. Para mi su mejor respuesta eran los ochenta y dos escalones que tuvo que subir para venir a mi casa. Y se lo agradecí.
Considero a la anécdota digna de ser incluida. Ambos fuimos sinceros.
Lo que disfrutamos luego con los amigos al revivirlo...
Seguimos participando todas nuestras cosas; esperanzas, luchas, esfuerzos, proyectos, ilusiones, enfermedades, hasta que la muerte llamó a nuestro amigo Campillo cuando empezaba a vivir su arte con libertad. El mundo juzgará su extensa obra en la que la naturaleza queda no tan sólo representada si no comprendida y enaltecida con plena dignidad.
El consejo de mi amigo ante dicho cuadro fue:
“Este es tu camino, Onésima. Síguelo”.
Las circunstancias no colaboraron y durante unos años el arte tuvo que quedar postergado ante la necesidad de atender a otras actividades y de solucionar otros problemas que no me permitían centrar mi atención en la pintura. En la época de silencios no se pierde nada. Al contrario; al coger de nuevo los pinceles y renovar la atención, se comprueba que se ha ido avanzando y que los pinceles cobran vida y responden fielmente a los dictados del corazón.
Pasé temporadas de reclusión entre paredes sin horizonte; con horas de soledad contando imágenes adquiridas de la observación continua y limitada de la pared y que surgían de las irregularidades de la pintura o del papel, y tales imágenes a fuerza de ser observadas y estudiadas, llegaban a hacerse familiares, incluso algunas de ellas fueron tema para algún cuadro. Así que mi naturaleza creativa tenía órganos a su alcance para su desarrollo. El hallazgo me llenaba de satisfacción y me ayudaba y daba a reconocer que la vida está en todo y cuanto nos rodea y nos ofrece ocasiones de manifestar su presencia. Y vivir en un interno silencio, con la conciencia aplicada a lo “por conocer”, sin meta de adquisición de conocimientos, sin esperanza de hallar lo desconocido si no tan sólo, la más absoluta entrega, el más sincero abandono es descubrir una cantera de insospechadas riquezas, de insondables bellezas de generosa y sublime compensación. Nada se altera en este silencio. Al contrario, todo coordina sujeta y dinamiza una suprema revelación. Revelación que es parte integrante de nuestro ser y que es, por tanto, inexplicable e intransferible.
Los años vividos en el piso de Viladomat encierran recuerdos de toda índole. Algunos muy dolorosos, otros exuberantes en interioridades que me han fortalecido.. Luego de mi regreso de mi viaje a Londres – que nadie esperaba – la situación cambió con ímpetu inaudito. El ídolo había caído; el pedestal se había derrumbado y, cuando quedaban unos pocos les invité a marchar. Y quedé sola y desnuda, pero firme y mirando al cielo cara a cara. Y seguí. Otros vinieron y de ellos quedan con auténtica fidelidad, sin dar ni pedir concesiones inútiles y egoístas ni deformar o conformar los ideales al impulso personal. Si algo falla, si algún error o equivoco se manifiesta, ellos saben que son los únicos llamados a corregir y la lección será acomodada a sus intrínsecas necesidades, aumentando así su capacidad de discernir y que, en el futuro, cada uno ha de labrar su propio camino. Eso no excluye en absoluto el trabajo de conjunto, la precisa cooperación, la unión con un todo cada vez más espacioso y con un horizonte más libre de limitación.
La mente parece ser una fuerza elástica en la que cada esfuerzo de cooperación instila nuevas energías y con ellas aumenta la capacidad de resistencia. Y la vida obedece a esta resistencia ofreciendo otras oportunidades de confrontación hasta llegar al nivel de la Paz.
Una de las siguientes pruebas fue ya una vez traspasado el piso y de haber pasado un cierto periodo de reposo en Premiá de Mar, periodo cuyo recuerdo es menos angustioso y que estuvo repleto de escenas ventajosamente interesantes, placenteras en su mayoría por la riqueza de las amistosas influencias con que nos enriquecían con su presencia. Amigos como Carlos y Nuria, Aurora, Julia y Libre que venían desde Madrid y el “pare Jordi” que venía de Montserrat y llenaba el hogar y nuestros corazónes con su bondad y sano humor. Nuria y Carlos pasaban unos días de vacaciones durante los primeros años de matrimonio; Aurora en otras fechas, también Julia y Libre, quince días todos los veranos. El “pare Jordi” cuando podía; pero era en verano, durante las vacaciones, antes de salir de nuevo para Roma. Yo pintaba flores para él y le grababa cintas que él guardaba con cariño y respeto. Esculpí  sus bustos a Libre y a Julia e hice el retrato a Aurora. Y componía e improvisaba pues la compañía compartía mi música y daba vida a mi inspiración. Conversaciones con Julia alcanzaban horas verdaderamente exhaustivas; pero llegábamos a las cinco de la madrugada viendo lucir las estrellas y esconderse tras la alborada sin extrañeza. “¿Ya son las cinco? ¿Y si nos acostásemos? Y, asombradas nos disponíamos a dormir una, dos, alguna vez tres horas; más no. pero eran días de ensueño. Luego, en su ausencia, la casa se sumía en un vacío intenso. Las paredes, silenciosas, conservaban el calor de su presencia. Poco a poco lo desvanecían y todo volvía a ser como antes. El recuerdo vivía una temporada más; pero también se esfumaba, se alejaba como una leve niebla y un ángel anunciaba: “luego volverán”. Y esperábamos. Cuando volvían, habían flores en la puerta y unas palabras: “BIENVENIDOS AL HOGAR”. Una pequeña tarjeta de bienvenida en cada almohada y un jazmín sobre cada cuchillo cuyo simbolismo nunca tuve que aclarar. Volvíamos a estar juntos y había transcurrido un año más. Tampoco ellos han muerto. Sólo no están.
También vive en nosotros el “pare Jordi”. Solo que no está, y aún no parece cierto. Han sido años de mútua ayuda, de amistad incomparablemente fiel y compartida. Vive en aquel su último y supremo ¡adiós! al que no pude contestar. Teníamos una absoluta fé el uno en el otro. Cuando su larga enfermedad recrudecía lo primero que hacía era: “Avisad a Onésima”. Tenía fe en mi plegaria como yo en sus ruegos. Era la mano fuerte y amorosa tendida entre el cielo y la tierra. Habíamos vivido momentos muy crudos, compartidos siempre con natural confianza. Un año, en un 24 de junio, vino inesperadamente a Premiá acompañado de un familiar. Venían a comunicarnos el fallecimiento de su muy buena madre, querida de todos. Lo sentí muy sinceramente. Al despedirnos, fui a la terraza, escogí unos bellos geranios y se los ofrecí para su madre.
Al llegar a su casa, abrió el ataúd, colocó mis flores entre sus manos y fue enterrada con ellas. Elocuente y tierno detalle que no olvidaré jamás.
Nos escribíamos con frecuencia; participó de nuestros problemas, y los de mi hijo a quien ayudó cuanto le fue posible. Nos amaba a todos y nosotros a él y a sus familiares con quienes nos une una auténtica estimación. A pesar de la absoluta confianza que nos unía, jamás le expliqué mis sufrimientos que él intuía; pero que tampoco comentaba. No era preciso. Pinté también su retrato que está en el Monasterio de Montserrat.
Volvimos a vivir en Barcelona. Cambiamos el piso de Premiá de Mar por un atractivo apartamento en San Pol de Mar a fin de estar más cerca del mar y poder nadar todos los días como me habían recomendado. En uno de los apartamentos vivía y vive en verano un traumatólogo que estaba de director en el Hospital de Calella. Como que los dolores y empeoramiento de ciertos movimientos había progresado, fuimos a visitarle. Ya en su primera visita fue elocuente y sincero. No ocultó la gravedad del caso y ordenó un scánner de columna que diagnosticó los hemangiomas, aplastamiento de algunas vértebras y la enfermedad de Paget. Empecé el tratamiento con inyecciones de Calcitonina, producto reciente indicado para la enfermedad de Paget y la osteoporosis. Mejoró el dolor y andaba con más seguridad. En la natación no mejoré gran cosa; pero pasé el verano mejor y parte del invierno. A pesar de ello tuve que suspender el tratamiento a motivo de las infecciones renales y que el esófago ofreció también más dificultades y, una vez en Barcelona, el Dr. López habló con el Dr. Soler Jorro. Este me hizo nuevas radiografías, diagnosticó la estenosis esofágica intrinseca, y no por reflejo, y aconsejó una dilatación. Nos explicó las posibles ventajas del experimento y aceptamos.
En el día y hora convenidos Pedro no pudo acompañarme a motivo de unos vértigos y dolor lumbar, y me acompañó mi hijo. No pudieron anestesiarme. Quedó sorprendido de mi capacidad de aguante y nos dijo que ya el doctor López le había advertido de lo estoica que era.
Me hizo dos dilataciones, una con un tubo más fino y otra con un tubo bastante más grueso. El dolor era insoportable. El tubo entraba y salía dando la impresión de destrozar por donde pasaba, sobre todo en la región laringo-faringea. Al terminar nos dijo: “Ni de rodillas, ni que me lo pidieran, le haría más. Me habían dicho que era estoica; pero nunca supuse que hasta este extremo”.
Recomendó hielo, ya de inmediato; pero los dolores se mantuvieron muchos días y quedó tan resentida la región que ni podía tragar ni apenas hablar. Luego me di cuenta de que no podía cantar. Habían quedado dañadas las cuerdas vocales y ya no podría volver a hacerlo. Me entristeció; pero comprendí y, si no había ya remedio, de nada servía enturbiar mi ánimo. Me ayudó mucho el pensar que ya lo había hecho y con buena voz. Peor que eso fue comprobar que la dilatación, con todas sus secuelas, no había servido más que para empeorar la situación. Y amontoné una experiencia más.
El doctor Fairen fue destinado a Martorell y entonces fuimos al Dr. Vallvé Queraltó. Ante el resultado de las radiografías quedó asombrado al ver el mal estado de mis huesos. Aparte me recomendaba al Dr. Ferrán Rico, neurocirujano de toda su confianza para que diagnosticase el aspecto neurológico que él creía muy afectado. Por suerte la visita a Pedro creo que fue muy acertada. La visita al Dr. Ferrán supuso un scánner y una resonancia magnética. Ante su resultado dijo: “No me gusta cuando he de hablar a un enfermo y no puedo darle noticias favorables. En medicina no se puede hacer nada. Si esperamos, no sería conveniente operar. Ahora es un momento en el qué podríamos atrevernos. Si no viene una parálisis o algo peor. Pienselo, pase las Navidades y el día 10 de enero nos da la respuesta. Haremos cuanto podamos por usted”.
Excuso decir cómo se sucedieron los días. Pero por encima de todo estaba muy agradecida, en primer lugar por haberme dicho la verdad, y luego por la delicada forma de expresarla y por la sinceridad con que sentía al tener que pronunciarlas. Al despedirnos le dije: “Dr. Ferran. Le quedo muy agradecida. Lo que yo puedo ofrecerle es mi arte. ¿Le agradarían unas flores o su retrato?” Se iluminó su rostro al decir:
“El retrato. Mis familiares lo tienen. Yo no”.
Y yo sentí también un gozo interno. Era mi mejor oferta y la más halagueña aceptación.
Los días siguieron en intensa lucha. ¿Qué hacer? La parálisis aún no ha llegado. Si me opero y no va bien, ya está. Y el día 10 llegó con una firme decisión.
Al reunirnos con los dos médicos, el Dr. Ferrán y el Dr. Vallvé les dije:
“Dr. Vallvé, Dr. Ferrán. Ya lo he pensado y no me opero”. Y los dos me felicitaron.
Y establecimos fecha para empezar el retrato. No había todavía la suficiente confianza para decirle al Dr. Ferrán según qué. Ni le conocía lo suficiente para saber si su peinado era o no el de costumbre. Pero el peinado no era el suyo, y le cambiaba la expresión. Lo fatal es que me di cuenta cuando el retrato estaba ya muy adelantado y fue al ir un día de visita y verle con su pelo natural rizado, peinado hacía atrás. Como que venía a casa casi todos los días a clase de dibujo y pintura, nació una muy buena amistad. Retoqué el cuadro porque había unos toques amarillos que no nos gustaban. Pero sigo con el deseo de renovarlo a fin de que el parecido sea exacto. Se lo diré. Después de mi decisión hubieron nuevas radiografías y resonancias, unas solicitadas por el Dr. Vallvé y otras por el Dr. Ferrán.
El Dr. Ferrán tenía ya facilidad tanto para el dibujo como en la visión del color que iba adquiriendo mayor y mejor sensibilidad. Pero las sesiones de pintura se sucedieron pero con alternativas de reposo debido al trabajo y a que algo en la vida del doctor no era como antes. Yo tenía entonces una hermana mayor enferma con serios problemas no tan solo de salud si no también de ambiente familiar. Su carácter también contribuía y no significaba para ella su apoyo y su consuelo. Me llamaba siempre incluso durante la clase y yo la atendía para no defraudarla y darle un nuevo motivo de sentirse en soledad. Llegué a temer que eso influyera en frenar el interés por la clase en sí. Tal vez no fue este el motivo si no el poco tiempo de que disponía u otros problemas. El caso es que en su mejor momento se suspendieron. Lo que aprendió vive en él y le servirá.
Las frecuentes infecciones renales que sufría, movieron al Dr. Ferran a recomendarme la visita a un nefrólogo a lo que yo contesté: “Conozco a uno, el Dr. Rotellar”.
“Es el mejor, - me contestó – pues vaya usted y que la reconozca”.
Y naturalmente fui. No sé si me reconoció; pero como que yo había hecho el retrato de su esposa, entonces si llegó el recuerdo. Y me dijo que el retrato ya no lo tenía pues se lo había llevado su ex esposa al marchar. Le obsequié con un cuadro con una sola rosa perdida en un fondo muy especial. Se que le gustó y lo tiene en la clínica. Su comportamiento ha sido siempre de ejemplar dedicación al enfermo y sin egoísmo alguno. Desde aquel momento estoy en sus manos y tanto él como el Dr. Hernández cuidan de mi como lo harían con un familiar.

27 jun 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 15 - Cambio



C A M B I O



Al principio, luego de este viaje, el ambiente en el hogar habíase suavizado. El había reanudado su amistad con un amigo que hizo en la Escuela de Guerra, Agustín Brugués. Y aquí nace una relación de las más hermosas y fecundas de nuestra vida. La familia Brugués tenía negocios de productos químicos, Brugués y Esteban, y una serie de droguerías bajo el mismo nombre. Desde el principio su actitud fue de colaboración espontánea, altruista, bienhechora. Montaron un negocio de fabricación de productos químicos. Por fin Enrique trabajaba en algo de su interés.
Los amigos Brugués vivían en El Ginardó, en una acogedora torre con los padres del esposo y cuatro hijos. La esposa se llamaba Piedad: es todavía distinguida y bella. Han pasado cincuenta años y siempre la he conocido igual. Bella, agradable, fiel y capaz de sentimientos sinceros, profundos y permanentes. Nos tenemos un afecto y una gratitud mutuas que se han puesto de manifiesto más, en los momentos difíciles que la vida nos ha aportado.

La pinté. Un retrato de cuerpo entero que empecé en un momento muy duro para ellos. Habían asistido al entierro de un hijito casi recién nacido. Todo en ella respiraba el dolor, pero tan dignificado, silencioso y sereno, que lo que más traslucía era esa capacidad de aguante, de aceptación. Y su marido era la siempre atenta compañía, la siempre fiel comprensión y natural compensación. Una familia verdaderamente ejemplar.
Pasados los primeros tiempos del negocio el comportamiento de Enrique no era regular. Una mañana vino el Sr. Brugués preguntando por él. Habían camiones cargados con bombonas que había que descargar y no podían entrar por estar la fábrica cerrada y él tenía las llaves. Había salido de casa a la hora acostumbrada; yo no sabía ni podía, por tanto, decir más. El Sr. Brugués se marchó desconcertado y yo quedé sufriendo pues no comprendía a qué podía deberse un retraso tan importante. No he sabido nunca qué pasó. Lo cierto es que estas anomalías se repitieron con frecuencia hasta que supe que iba a la India junto con tres más, a un congreso de Teosofía. Si encontraba trabajo nos mandaría a buscar, y si no, regresaría en un máximo de diez días. Y que a final de mes fuese a cobrar la mensualidad al Sr. Brugués, que ya habían quedado así.
Esperé algo más; pero no venía él ni habían noticias tampoco. Inquieta y algo perturbada me personé al despacho del Sr. Brugués. Se sorprendió al verme y, con aquella sencillez propia de su gran humanidad, me preguntó:
“¿Qué hay, Onésima?”.
Yo no sabía cómo, por dónde empezar. La cuestión es que abordé el problema.
El más visible asombro se reflejó en el rostro del amigo.
“¿Cómo?- exclamó - ¿Qué viniera Vd. a cobrar y que había quedado así conmigo? Yo le dije- continuó - ¿Has pensado en cómo queda tu esposa?. Lo tengo todo resuelto, contestó”.
Supongo que en aquel momento los dos sufríamos con igual intensidad aunque en posiciones distintas.
“No se apure, Onésima. yo he aguantado el negocio, he pagado a los trabajadores aún sin trabajar, durante cuatro meses. No puedo continuar por más tiempo en esta situación. Pase d. por casa, venga a comer, y hablaremos con tranquilidad”.
Trató de animarme tanto como pudo y, a la mañana siguiente acudí a su casa. Fui acogida con reconfortante cariño. Sacó las cuentas y, pagados todos los gastos, 7000 pesetas que quedaban las volcó de la caja y me las entregó a mí. “Cuente Vd. siempre con nuestro apoyo. Él, que no vuelva”.
Volvía a mi el recuerdo del día que marchó. Le acompañamos al aeropuerto. Nos despedimos. Mientras él seguía despidiéndose de los amigos, besé su abrigo; él no se dio cuenta. Pero cuando subió al avión, cuando se cerró la puerta, cuando emprendió el vuelo, sin querer salió de mi garganta un grito tenue, tímido, pero en extremo doloroso, a la vez que algo en mí decía: ¡No nos veremos más!. Y ahora este golpe seco, agudo y cobarde, venía a destruir toda esperanza posible.
Mi naturaleza toda se debatía contra esta increíble actitud, tan irresponsable, tan fría y calculadamente engañosa, maquinada de antemano minuto tras minuto, hora tras hora, mientras estaba junto a nosotros viviendo la misma vida, bajo el mismo sol, el mismo aire, mezclando distintas atmósferas y manteniendo en el silencio una elaborada traición. Las palabras de su madre:
“No es lo que parece. Es un sepulcro blanqueado”. resurgían con fuerza arrolladora.
Le escribí. Él quería alcanzar la Iniciación. “¿Tu quieres,- le dije – hallar a Dios dejándole?”.
Mis cartas no obtenían respuesta alguna ni aún con respuesta pagada. Muy de vez en cuando había una noticia en la que siempre decía que era difícil su situación, que no hallaba trabajo, qué dentro de unos días sabría algo seguro, que yo traspasase el piso, etc. Incongruencias e informalidades. Ni una sola vez escribió al amigo Brugués a quién tanto debía. Por lo menos le debía una explicación.
Mis familiares, Luisa Boet, me decían: ve a la India y, si no te va bien te pagaremos el viaje de regreso. Sostuve una lucha titánica entre este voy, no voy. Y al final, como que el dueño de la finca no permitía traspasos, puse el piso a nombre de Pedro quien nunca había tenido propio hogar y pensando en que sus hijos podrían vivir con él. Pero sus hijos no lo aceptaron.
Y llegó el día. El barco salía de Londres; así que fuimos a coger el avión y, muy dolorosamente por mi parte subimos a él y salimos para Inglaterra. No sé qué pasó por mí al pasar sobre Montserrat. ¿Qué inesperada fuerza se adueñó de mí? Crecía con ímpetu incuestionable, cada vez más seguro, y me dije: ¡Volveré!
Llegamos a Londres. Nos esperaba una amiga de Luisa que había vivido en Barcelona, Fanny Bonner, teósofa también, muy amable. Vivía en una torre magnífica, en las afueras de la ciudad y separada de ella por grandes bosques en los cuales habían grandes espacios verdes donde reposar, gozar del sol, de los pájaros amigos que, acostumbrados a la presencia humana, hacían vida en común. Fue lo que más me gustó de Londres; sus extensos bosques, su exuberante vegetación, el misterioso cielo azul-gris que entreabría a veces sus sorprendentes ventanas por donde, entre nieblas, asomaba el sol dulce y potente; pero siempre acariciador. La ciudad no era tan acogedora como Ginebra. O yo no me sentía en ella con la comodidad que invita a estar.
La amiga se cuidó de acompañarme a resolver pormenores del viaje. El barco era un buque de carga. El viaje duraba doce días durante los cuales habíamos de estar separados, Edmond en la bodega con los hombres y yo en la bodega con las mujeres. No había comunicación. Edmond estaba a 41º de fiebre a motivo de las vacunas antivíricas o infecciones. Yo no iba a sufrir por mí aunque también tenía fiebre; si no por él. Los motivos, tomaban cuerpo y no favorecían la respuesta; voy. Fanny comprendía y quiso, el día anterior a la salida del barco, ir a hablar con el capitán. Este le dijo a la Sra. Fanny que no lo podía aconsejar. Que yo era muy atractiva, que en Port Said había trata de blancas y que el público, acostumbrado, no concedía al hecho importancia alguna. Que yo no me preocupase, ni del hijo ni del equipaje, si no de mí y que el peligro era claro e indiscutible. En el entretanto habíamos visitado el museo Británico y el de Arte Moderno. El Sr. Que nos acompañaba era muy alto, con unas piernas que cada uno de sus pasos exigían dos o tres de los míos. Se me rompieron las sandalias e iba descalza. No sé ni lo que vi.
Pero a la mañana siguiente, en el muelle, empecé a recordar y viendo, como en una cinta cinematográfica, se iluminaban las escenas de mi pasado y crecía en mí un ¡no!, ¡no es justo!...
Y escribí. Escribí a Enrique, a Rukmini Devi, al Cónsul español en India, al notario en Madrás y las envié. Mientras, el barco avanzaba lentamente y yo dejaba escrito en el horizonte: ¡adiós! ¡para siempre, adiós!.
El regreso a Barcelona albergaba a un ser vivo, pero inerte.




El Dr. Revilla me encontró dos trabajos. Uno era de secretaria de un abogado con un sueldo de 3000 pesetas mensuales y un horario de 11 a 1 de la mañana y de 4 a 7 de la tarde. El otro, era de enfermera en casa del fotógrafo Lopez, en la fotografía Lumiere, cuya esposa tenía una enfermedad mental. El trabajo era más intenso y peor retribuido; pero tenía el encanto de una mayor utilidad. Por tanto fue el que elegí. Empecé de inmediato.
Con la enferma trabajé muy gustosa. El ambiente que la rodeaba no era, en ningún aspecto, agradable. Pero lo importante para mí era la enferma y con ella se estableció un estrecho lazo de comprensión primero y de cariño después. Y con el ambiente familiar, lo que me dio mejor resultado fue emplear a fondo el sentido del humor.
Explicaré el caso. El marido, el Sr. Lopez, enfermó de gripe. Lo cuidé como pude y supe y le preparé un jarabe para la tos que nos hacía mi madre en tales condiciones y que nos iba muy bien. Tenían una criada que me decía que no se tomaba el jarabe porque le parecía baba de caracol. Yo no hice caso y seguí preparándoselo y trayendo el termo diariamente. Un día me llamó pidiéndome que le trajera la ropa limpia pues a la chica se le había olvidado dársela. Lo hice; pero al abrir la puerta él estaba sosteniéndola, pero desnudo. De espaldas a él le alargué el paquete y lo cogió.
“Bien, pensé yo. Levántate y verás”.
Se levantó, se aseó y vino a la mesa a desayunar mientras yo le daba el desayuno a su esposa.
“¡Oh! Señor Lopez. ¿Se ha mirado Vd. al espejo?”
“Si, claro. Me he afeitado”.
“¿Y no ha notado nada?”
“No. En absoluto”.
“Pues se le nota mucho. Mire, es que de tanto tomar baba de caracol, le han salido los cuernos”.
Y la molesta confianza que empezaba a tomar fuerza, cambió por una manifestación nueva de respeto y consideración. La One fue cambiado por la Sra. Ripoll o Sra. Onésima y jamás se habló en la mesa de interioridades que no tenían nada de respetuosas. Empecé a cambiar los trapos viejos con que vestían a la enferma, por ropa decente y adecuada. Iba con ella a los almacenes en los que tenía cuenta abierta el Sr. Lopez, y la compra se cargaba en su cuenta y la enferma quedaba más dignificada y yo mucho más contenta. La enferma fue cambiando el título con que me llamaba (senyoreta o señorita) por el de filleta o hijita. Yo ya no tenía madre y aquella voz llamándome como ella me veía, la transformaba a ella en una madre necesitada de mi ayuda y de mi cariño. Y un trabajo que podía haber sido duro y áspero, en su continuidad fue transformado en un halo de ternura compartida.
Una vez terminado mi trabajo en aquella casa por la muerte de la enferma, el Dr. Santiago Montserrat me situó en la Clinica Platón trabajando conjuntamente con él, al cuidado de un enfermo suyo, un príncipe libanés operado de esquizofrenia.
Al sol le llamaba Ma y yo le decía que Ma, el Sol, era el rey de la creación. El asoció Ma a rey. Si me daba el sol, el no podía tocarme porque el sol era una entidad sagrada. Todo su afán era tener un cuchillo pues quería matar a una enfermera monja. Cuando servían la comida lo hacían con cubiertos de plástico y el cuchillo con punta roma. Durante los primeros días tuve sumo cuidado en protegerme siempre por el sol. Hablábamos y yo procuraba hacerlo siempre de su madre. El empezaba a recordar cosas de su pasado, entre ellas que estuvo castigado cuando hacía el servicio militar; que le habían encerrado en un sitio pequeño, y a oscuras, que estuvo enfermo y que su madre le había acompañado a España y sus tíos le habían llevado al médico, al Dr. Montserrat. Quería mucho a su madre y al recordarla se apaciguaba. Sé que en dos ocasiones estuvo violento conmigo. En una de ellas se levantó, vio el espejo, en el interior de la puerta del armario y, al verse el vendaje, se lo arrancó. Al ver la sangre en su cabeza, perdió completamente el control. Enfurecido me cogió, me retuvo contra la pared, intentando ahogarme con su mano izquierda mientras con la derecha amenazaba pegarme. Un rápido movimiento mío, señalando mi cabeza y a continuación su vendaje caído encima de la cama, hizo que me soltase. Entonces yo le dije: “No puedes matarme. ¡No eres rey! ¡No tienes corona! ¡Eres un rey destronado, no tienes poder!” . Y se lo fui repitiendo hasta poder llegar a la puerta y pedir socorro. Entró el enfermero, le cambiaron el vendaje y supongo que le administrarían algún sedante pues al poco rato se durmió. No se volvió a repetir. En los días que siguieron sus tíos me pidieron por favor si podía ocuparme del enfermo en el turno nocturno, pues la anterior enfermera no volvería a ocuparse de él. Acepté. Era agotador. Pero era sólo circunstancialmente mientras se esperaba su regreso, en el Instituto Frenopático.
Durante el tiempo que estuve con él nos daban tanta comida que me llevaba una fiambrera y había para Pedro y para Edmond. Y también el sueldo, además de ser doblado, contó con la gratitud de los familiares.
Le acompañé al Instituto Frenopático. No me permitieron quedarme más tiempo, y me fui intranquila, pues lo primero que se le hizo fue la administración de una inyección de luminal. Yo no se lo había administrado ni una sola vez y pasaba las noches durmiendo tranquilamente. Pero mi labor había terminado y no tenía derecho alguno sobre el enfermo.
Tuve lecciones en casa y a domicilio y, ante los consejos del médico de cabecera, el Dr. Gol y Gorina, fui a visitarme con el Dr. Espadaler, neurólogo. Aconsejó una punción lumbar para determinar el tipo de afección medular que me afectaba. El resultado fue el hallazgo de un Hemangioma intradural en las vértebreas lumbares. Casi inmediatamente recuperé sensibilidad por unas horas. El Dr. Espadaler aconsejó una mielografía para cuya ejecución era preciso administrar una substancia de contraste que la solicitarían de Ginebra por ser de más confianza que la producida aquí. Cuando en el día y hora señalados fuimos a la clínica, el lipiadol de Ginebra no había llegado y se me administró el de aquí. 10 ctms. Cuando la punción nos aconsejaron beber en cantidad, ponerme en cama con los pies más altos que el resto del cuerpo. Empezaron unos dolores intensísimos y Pedro, con la sana intención de ayudarme, me colocó almohadones bajo los pies y piernas y los dolores aumentaron todavía más y sobrevino una meningitis cuyas consecuencias fueron las de ocho meses en cama imposibilitada. Durante estos meses fui sometida a diversos tratamientos. Hubo una consulta con el Dr. Gol, el Dr. Farreras Valentí y el Dr. Barraquer. El resultado era muy pesimista. El Dr. Farreras Valentí diagnosticó esclerodermia; el Dr. Barraquer por su parte mieloatrofia progresiva, con la presencia de dos hemangiomas uno en la región cervical, otro en la lumbar, ambos progresivos. Y la enfermedad de Paget junto a una esteoporosis muy avanzada. Fui sometida a diuréticos, vitaminas y cortisona. Todo hubo de ser suspendido. El Dr. Rotellar me hizo análisis de orina diariamente y sangre muy a menudo durante dos meses en la Clínica Platón. Empezaba la insuficiencia renal y hepática. Ningún médico quiso cobrarme un céntimo.
Yo tenía una gran suerte. No pensaba en la enfermedad, la aceptaba y vivía con ella, pero como si no tuviera existencia real. Nunca dejé de trabajar en cuanto podía. Mis limitaciones aumentaban; pero algunas de ellas obedecían a mi voluntad y, sin dejar de existir, no significaban un obstáculo insuperable. Yo vivía, vivía y vivía, a pesar de ellas y a pesar de los crudos diagnósticos de los médicos, que jamás me engañaron y muchos de ellos han sido y son fieles amigos. Algunos han cometido errores a veces irreparables; pero he sobrellevado los errores con comprensión. A alguno de ellos se me ha propuesto hacerle causa criminal. Jamás he accedido. ¿Por qué? ¿Ganaría acaso yo en mi salud? Si se habían equivocado, no hubo el deseo de dañarme. En cambio mi represalia hubiera sido fría, calculadora, poner premio al mal recibido. Y ello estaba en contra de mi conciencia, cuya voz he de escuchar. Acaba siendo música celestial.
Más adelante, a motivo de unas molestias del aparato digestivo, y luego del examen radiológico, se me diagnosticó una estenosis intrínseca de esófago cuyo origen era la misma esclerodermia. Ella me producía los vómitos que seguían a una alimentación cada vez más limitada. Prácticamente no se aguantaba nada y me atragantaba con bastante frecuencia con un molesto ahogo. Ahora mi escasa alimentación es liquida o reducido todo a ello.
El médico se había asustado. Pero no fue tan fiero el león y sigo luchando. Luchar. ¿Es esta la justa palabra que define mi paso por la vida? No lo creo. Creo que hay una nombrada ya anteriormente. Aceptación. La aceptación, al contrario que la lucha, no impone desafío. En la lucha hay ganador y quién muere, hay vencedor y vencido. Y el vencido queda en estado de alerta, dispuesto a un nuevo ataque. En la aceptación no hay opuestos. Sólo y exclusivamente, nace un nuevo estado, un nuevo sistema de vida, una prodigiosa creación.
Ya anteriormente a la errónea intervención del lipiadol, en el año 1952, fui operada de apendicitis. Y la extrañeza de los médicos fue que me anestesiaban a las ocho y media de la mañana y eran casi las diez de la noche y aún no podía despertar.
Yo, me sentía y veía en un gran tubo luminoso, con luz blanco-dorada intensísima. Cruzaba aquella especie de puente, veía a mis familiares en la habitación, me veía a mi en la cama junto a una monja enfermera y me repetía las palabras con las que dormí. Eran, ¡gracias! Y ¡no quiero quejarme!. Por mucho que me esforzaba en hablar no podía. Entraba en mi cuerpo; pero no podía pasar de la frente y volvía atrás, entraba de nuevo en el puente o tubo y me sumergía en la luz. Por fin, una voz, la de mi hijo llamándome ¡mamá!, me fortaleció de tal manera que rapidamente penetré en mi cuerpo y exclamé:
“¡ No quiero quejarme ¡”
“Pues no te quejes”, dijo la monja.
“No soy yo quien se queja”.
“¿No, pues quien es?”- preguntó la monja.
“El cuerpo astral”- dije yo.
Esta contestación tuvo respuestas imprevistas y no muy beneficiosas. Yo tenía a mi lado un pequeño libro de Krisnamurti: “A los pies del maestro”.
A la mañana siguiente, muy molesta y con el libro en la mano, me dijo: “Este libro y el cuerpo astral, me huelen a muy poca misa”. Y se fue y no me cuidaban. Me levanté, llamé por teléfono al Dr. Revilla y se lo conté.
Me contestó con una pregunta:
“Onésima. ¿Te ves con ánimo de irte a casa? Yo iré a verte. Coge un taxi y ve con tu hermana.
Y aún no hacía 48 horas de operada cuando yo subía a pie los 82 escalones que había para subir a mi casa.
Cuando vino el Dr. Se lo conté. Me dijo que hablaría con el Dr. Montserrat pues en el Hospital Clínico se hacían unas reuniones con unos yoguis indúes y que esto sería de interés para ellos, seguramente. Para mí, desde luego, sí que lo fue. Añadió que si hubiesen sabido las condiciones de mi estado de salud, no me habrían administrado aquel tipo de anestesia a la cual también era alérgica. Ignoraba lo que era el cuerpo Astral que yo había nombrado; pero insistió en explicarlo al Dr. Montserrat.
En el transcurso de los años me he encontrado con algunos enfermos que han pasado una experiencia parecida. La diferencia está en que experiencias de este tipo, aunque no iguales en su manifestación, las he tenido en estado natural, no fruto de una intervención quirúrgica ni medicamentosa, sino como resultado de un silencio profundo, en el que se perciben otros estados de la materia difícilmente definibles.
En muchas ocasiones he manifestado mi inercia ante la arraigada costumbre de adaptar la propia conducta a los consejos manifestados en muchos libros que pueden ser representativos de grandes verdades y de productivas soluciones. Pero nunca serán los resultados lo verdaderos que son cuando son fruto de la evolución de una conciencia personal que se apoya en sí misma y que recibe lecciones directas de su propio yo, que es, a fin de cuentas, quien elige y dirige nuestro camino.
El natural empeoramiento del estado de mi salud, fue pues, el que me proporcionó el conocimiento del Dr. Gol y Gorina que nos fue recomendado por un íntimo amigo nuestro y cliente suyo. Ya he expuesto anteriormente todo lo acaecido después.
El Dr. Espadaler había insistido mucho en la necesidad de operar y extraer el lipiodol. Entonces consultamos con el Dr. Barraquer padre, quien a su vez lo hizo con su operador, el Dr. Bachs. Ambos me llamaron y me advirtieron de la gravedad de mi caso; pero que en modo alguno podían atreverse a operar ni para extraer el lipiodol ni por la propia naturaleza de la dolencia que ofrecía un gran peligro. Que cuando no pudiese aguantar los dolores lo más aconsejable era ir a Suecia donde había un neurocirujano que había operado unos casos así con éxito.
Ningún radiólogo se atrevía a realizar radiografía con contraste y, sin ello, tampoco era lógico operar el riñón. Y el Dr. Gol, ante la imposibilidad de hacer tratamiento sin garantía, se retiró como médico y siguió a nuestro lado como fiel amigo y consejero. Y fue él quien me recomendó al Dr. Rotellar, cosa que toda la vida le agradeceré. También él me recomendó al doctor Emilio López Navarro, quien ha sido mi médico de cabecera durante casi cuarenta años. El Dr. Lopez escribió al hospital de la Salpetriére explicando el caso y pidiendo ayuda médica. La respuesta no tardó en llegar. Me recomendaban al Dr. Subirana, de Barcelona. También en Madrid me habían hablado muy bien de él. Luego de concertar día y hora fuimos a la Diagonal donde vivía y visitaba. Una enfermera tomó las primeras anotaciones personales, radiografías y diagnósticos anteriores y luego pasé con él. Activo, rápido, observador, muy penetrante, sus preguntas eran decisivas, tanto, que conquistaban mi confianza y fortalecían mi seguridad.
Empezó a hacerme pruebas eléctricas. Llamó a sus colaboradores para que vieran la enorme resistencia que yo tenía aguantando cargas muy intensas como si tal cosa.
Y empezamos un tratamiento. Habían regiones en extremo dolorosas y otras soportables; pero las aceptaba con alegría y notaba beneficios. Puso tantísimo interés, que hasta venía de Londres para aplicarme las corrientes él mismo al coincidir en sábado. Un día le dije al doctor: “creo que podré tocar el piano”.
“¿Quiere? Tengo piano”.
Un magnífico piano, de gran cola, en un no menos bello salón.
Empecé a tocar. Poco a poco fui improvisando. El doctor estaba cerca de mí, de pie. Yo notaba, percibía su emoción. Iba llenándose la sala: médicos, enfermeras, enfermos y familiares. Yo tocaba con entusiasmo, con una vitalidad que iba in crescendo y que se adueñaba de mí vida entera. Las ideas eran imparables y unidas; se intercambiaban los tonos sin ninguna brusquedad y los matices surgían como por encanto. Un gran silencio acompañó al último acorde. Luego despertaron en aplausos.
El doctor Subirana vino a abrazarme, diciendo a la vez:
“Yo tenía fiebre y creo que me ha pasado”, dijo sonriendo.
Y yo no sé con qué voz les dije a todos:
“No podía y hoy vuelvo a tocar”.
Y todo fue tan espontáneo, tan limpio, tan sano.
El Dr. Subirana tenía otra visita después de mí. Nos presentó. Era un matrimonio con una hija que apenas podía hablar.
“Mañana, me dijo, quiero hablar con usted”.
Y nos fuimos.
Al llegar a casa subí las escaleras. Cada escalón era un gesto de sorpresa, de alegría. “No te apresures, descansa...” “Cualquiera”, pensaba yo. Y volvía a subir como si cada eslabón pudiera ser el último. Al entrar en casa, me fui a abrazar a mi hijo: “He subido y, Edmond, ¡yo sola! Desde abajo hasta aquí” Y a mi hijo se le saltaron las lágrimas. Luego Pedro y yo le explicamos lo vivido.
A la mañana siguiente el Dr. Subirana me pidió un favor.
“¿Quiere Vd., Onésima, encargarse de la parte espiritual, moral, anímica, de estos enfermos? Creo que puede ayudarles mucho.
Y agradecida, acepté. Empecé con la hija de aquellos señores de León. No hablaba apenas y muy defectuosamente. Aparte de hablar con ella y de establecer un lazo de simpatía y de confianza, pensé que la ayuda de un espejo y la de un magnetófono nos serían de utilidad. Así ella vería su rostro, su boca, al hablar y oiría lo grabado una y otra vez hasta conseguir una mejor y más tarde más perfecta pronunciación. Fue un hermoso trabajo, rico en una gama que armoniosamente unía los valores más importantes de la vida: Voluntad, Amor, Entrega y digna Aceptación.
El tratamiento duró varios meses, después del cual marcharon a León. Nos escribíamos. Alguna vez volvió a Barcelona a visitarse. Había mejorado mucho y las relaciones con su novio se habían formalizado. Poco después fui invitada a su boda; pero no pude ir y lo comprendieron. Conservo sus cartas, sobre todo una de su padre. Es realmente conmovedora por su sencillez y por su sinceridad.
Hace tiempo que no tenemos noticias. Pero sé que estamos unidos.
El Dr. Subirana me aconsejó que reanudase las clases de danza y lo llevé a cabo. Por medio de un amigo de mi hijo que hizo con él el servicio militar, conocí a un profesor de baile y vino a darme lecciones, llegando a hacer puntas otra vez. Y, en una de las Navidades cercanas organizamos un poco de fiesta y bailé parte de lo último que había interpretado en mi concierto de Madrid. El concierto número 2 de Rachmaninoff para piano y orquesta; un trozo de la primera parte. Fue una ofrenda de mis esfuerzos a los que amaba y estaban a mi lado.
Fueron ochenta las sesiones en casa del Dr. Subirana. Y al final no quiso cobrarme nada. En la primera exposición, en el museo Arqueológico de Badalona, que él visitó, se enamoró de dos cuadros que, naturalmente le obsequié y quedó muy agradecido. Con mayor motivo yo a él y a la Dra. Fernández que también me asistía.
Era un bello atardecer. El sol se cobijaba en el horizonte. Ligeras nubes casi transparentes daban un tinte anaranjado al azul, rosa liláceo del cielo bordeando la montaña. Yo sentía una inusitada añoranza y no sabía de qué. Estaba sola en la casa pues mi hijo aún no había llegado. Las clases en la escuela se habían acabado. Los amigos de Madrid me aconsejaban que fuera unos días si no podía una temporada. Me hablaban de un neuro-cirujano de gran renombre, que una mirada más no iba a sobrar y que...¡quién sabe...!

26 jun 2013

TelaVision 34 - Epoca de examenes.

Muchos de vosotros teneis hijos que han terminado el curso hace poco. Espero que ninguno recurriera a esta estratagema para justificar sus malas notas.