30 may. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 11



La incapacidad económica no nos permitía recorrer a la prótesis dental una vez terminada la extracción de los dientes y, ante la necesidad de atender al público y de hacerlo en adecuadas condiciones, se me ocurrió hacerme los dientes de cera. Calentaba la cera y con la ayuda de un palillo y un espejo moldeaba la pasta de forma que la apariencia, algo rara como es natural, por lo menos no ofrecía el aspecto desagradable de una boca desnuda. Llegué a hacerlo con bastante similitud. Como que para ir a las Galerías iba a pie, aprovechaba para andar respirando por la boca; así el aire fresco ayudaba al mantenimiento de la falsa dentadura. Pero ya en las Galerias, se fundían con demasiada rapidez. Había un bello biombo en la sala de pinturas y yo me escondía allí; sacaba la vela, las cerillas, suavizaba la cera, etc. y salía con apariencia de felicidad. Un día a Salord, un íntimo amigo de Enrique  me avergonzó un poco con su pregunta: “Oye, ¿qué pasa con tus dientes? Unas veces los veo de un color, otras de otro. ¿Qué es? Le conté la verdad, no en forma dramática si no como si explicase un chiste. (Es que en realidad tenía su parte groseramente cómica, ¿no?) Bien. La cuestión es que una vez en Menorca se lo dijo a la madre, a la que yo llamaba mamá porque a mi madre la llamaba “may” que es la palabra menorquina. Así las dos tenían distinto nombre pero idéntica calificación. La respuesta fue que escribió una carta acusando el envío de un giro que solucionaba el problema dental. Mi alegría fue inmensa. “¿Se lo puedo decir a mi madre?” pregunté a mi marido. “No te lo habrás tomado en serio”, contestó.
Y mi hermano Leandro trabajó horas extraordinarias en la refrigeración del Bar Canaletas y me pagó la dentadura. Y pude hablar y sonreir tranquila. Un bello gesto, ni mayor ni menor que el de mamá. A los dos gracias.
En las Galerías había una sala donde estaban expuestas las porcelanas más delicadas y pequeñas esculturas. Unos señores se prendaron de una frutera de porcelana que era una verdadera preciosidad. Tenían los precios en las bases de los objetos, no estaban visibles. Yo, con el deseo de atender a los posibles clientes, cogí el objeto y al darle la vuelta para conocer el precio, se cayó el cuerpo superior, rompiéndose. Yo no conocía la estructura del objeto pues estaba en una vitrina de la cual no tenía la llave. Se la tuve que pedir al Sr. Vilá el dueño, para enseñarlo, pero no me explicó que tenía tres cuerpos. Total que al oír el ruido, acudió de inmediato, visiblemente disgustado. En tal estado me riñó con sensible dureza y aquellos señores actuaron con una grandeza de miras verdaderamente admirable. Se desvivían en palabras de consuelo para mi, se quedaban con el objeto y pagaban además su restauración. En fin. Todo parecía haberse resuelto correctamente bien.
Al llegar a casa de mi madre, lo conté a mi hermano Juan. Me aconsejó ir al  sindicato y contar la verdad. Ellos me aconsejarían. Si algo funcionaba bien en la época de Franco era el aspecto sindical. De modo que decididamente fui al Paseo de Gracia, donde estaba situado, conté el caso y empezaron a hacerme preguntas:
“¿Está Vd. Sindicada?”
“No”, contesté.
“¿Cuánto cobra Vd.?”
“Tres mil pesetas mensuales”.
“Cual es su ocupación o cargo?”
“Soy la encargada”.
“¿Cobra un tanto por ciento sobre la venta?”.
“No. Nunca”.
“¿El precio estaba a la vista o no lo estaba?”
“No. Estaba en la parte inferior. Fue al darle la vuelta que se cayó, rompiéndose”.
“Bien, -me dijeron- Váyase tranquila. Si Vd. quiere se les puede obligar a cerrar el negocio. Ni cobra usted lo que ha de ganar, que son un mínimo de siete mil pesetas mensuales, ni el diez por ciento sobre las ventas, y está además absolutamente prohibido tener los precios escondidos: deben estar plenamente visibles. Si le hacen firmar algún compromiso no firme sin leer. No firme si le exigen algo a cambio, máximo cuando el cliente paga incluso la reparación. Sobre todo no firme nada, y al final dígales que obedece órdenes del Sindicato que actuará en consecuencia. Le agradeceremos nos diga el resultado.”
Naturalmente fui. El Sr. Vilá me hacía firmar un papel en blanco a lo que naturalmente me negué. Y cuando les dije que iba en nombre del Sindicato de deshacían en promesas, palabras de cariño, de agradecimiento.
Su propuesta había sido tan injusta que no la acepté. Quería cobrarse de mi escaso sueldo setecientas pesetas mensuales hasta pagar la porcelana rota cuando la vendía por el mismo precio y se le pagaba la reparación. No lo acepté.
Hubo, además, una circunstancia que cambiaba en cierto modo la situación de nuestras vidas. La madre de Enrique había sufrido una embolia y se hallaba en estado grave. Me llamaron por teléfono a la Galerías para avisarme e inmediatamente acudí a su lado. Estaba en casa de una amiga; pero quiso venir a casa de mi madre. Tuvimos consulta con dos médicos, uno de los cuales aconsejó una sangría. El otro que era nuestro médico de cabecera, el Dr. Sales Vazquez y profesor de Medicina de la Universidad, no lo aconsejaba pues veía el caso inminente y decía que para qué molestarla. Sin embargo, con la sana intención de probarlo todo ante una posible esperanza, se le hizo sin resultado favorable alguno. Permanecí a su lado, refrescándola de vez en cuando y suavizando la sequedad de su boca con algodón mojado con agua fresca, pues tenía mucha sed; suavemente la acariciaba y lentamente, sin aparente sufrimiento, acabó su vida.
Al buscar en su libreta de notas las direcciones que precisábamos para dar aviso de su muerte, hallé entre sus páginas la violeta que yo le había dado de un ramo que me habían regalado a mi y del que aparté una para cada madre. Un detalle que me confirmó su cariño hacia mi y que conservo con gratitud. Su hijo estaba en casa; pero no la cuidó ni hizo compañía. Incomprensible.

Tuvimos que ir a Menorca. El ambiente fue acogedor. Estuvimos en casa de unos tíos de Enrique, ella hermana de su padre.
Fueron días de ajetreo. Visitas, papeles, idas y vueltas de la finca que tenían en la isla, muy extensa y rica, pues el único río de Menorca la cruza, lo cual aumentaba en gran manera su valor. De ella cuidaban unos payeses, un matrimonio con un hijo subnormal y otros colaboradores pues la finca era muy extensa. Había vivienda para los payeses y aparte para nosotros. Allí a los payeses se les daba el nombre de “amos” y a los dueños “señores”. El trato obedecía a esta discriminación y, por regla general era muy humillante. En Mahón la madre poseía además, tres casas espaciosas, bellas y muy bien situadas. Las tres las tenía alquiladas. Una de ellas a una familia de Cartagena, con la que al principio hubo serios problemas a resolver. En ausencia de la madre, se habían apropiado de joyas de gran valor material y sentimental pues contenían estimables recuerdos familiares. Se trató el asunto con la máxima humanidad y conseguimos que no hubieran represalias, antes al contrario, ayudamos cuanto estuvo a nuestro alcance y se estableció un sincero lazo de unión.
En la finca, lo que aquí se llama “masía” y en Andalucía “caserío”, en Menorca es “Es Lloc”. Era tan grande, que todo cuanto alcanzaba la vista era de nuestra propiedad. El espectáculo unía a su belleza, una salvaje virginidad. Menorca no es muy rica en espacios de abundante arboleda y era fantástica la exuberante grandiosidad de aquel paraje que comunicaba tantos y tan variados matices. Entre zonas de múltiple variedad de verdes de todas las tonalidades, aparecían los trigales como extensos campos de plumaje que, azotado por el viento, era un continuo aleteo semejante al oleaje del mar; pero matizado en ocre, amarillo dorado, blanco marfil y grises plateados acariciadores. Y la paz, la paz beatífica que descendía suave y bienhechora. Aquello era un ensueño, algo digno de ser conservado, aprovechado y protegido como un tesoro para nuestro hijo asegurándole, al menos, algo de bienestar. Hubiera sido un descanso, una justa satisfacción, un deber de amparo ofrecido tan generosamente por la vida.
Pero Enrique se hallaba como un niño a quien los Reyes le han dejado tantos juguetes, que no sabe qué hacer con ellos y acaba por destruirlos. Recogimos algunas cosas y regresamos a Barcelona para volver de nuevo y seguir ajustando ideas, posibles soluciones y determinar proyectos. Entre sus familiares los había que, además de disfrutar de una cómoda situación, tenían experiencia, conocimientos y carácter para establecer confianza y compartir orientación.
Ya en Barcelona me personé en Galerías Pallarés para decirles que, con todo lo ocurrido, no quería entrar de nuevo en el trabajo con ellos toda vez que su comportamiento había roto la confianza y ya no me era posible reconstruir el estado total de entrega de mi inicial gratitud.
Durante mucho tiempo, estuvieron llamándome, escribiéndome, rogándome y ofreciéndome ventajosas oportunidades. Pero no volví. Había cumplido con el compromiso moral con el Dr.Canalda, y mi deber estaba realizado.
Algunas alumnas de la Escuela Academia Serra  vinieron a mi casa a clase de música. La ayuda a mis maestras continuaba y era gratuita por mi parte; pero estas privadas eran correspondidas materialmente.
Fuimos continuando así hasta ir de nuevo a Menorca. Como la vez anterior, nos albergamos en casa de los tíos. El tío era encargado de la fábrica Codina y el director técnico en Barcelona era un químico ruso que se hospedaba también en casa de los tíos. Era un hombre raro, muy observador, generoso; pero había algo en él que promovía a cierta inquietud, a establecer un estado de atención, de alerta. Su mirada quería ser hipnotizadora, como si tuviera la intención dominadora de quien quiere conseguir algo de su interés y cifra en ello su máxima atención. Algo en él me recordaba a Augusto Engelke, y me previne. Notaba su influencia sobre mi mente y me estremeció una lucha de la que los dos teníamos conciencia. El quería vencer; yo no quería sucumbir. Esa interna percepción se hizo visible exteriormente con una especie de amenaza. Su mirada fija en mi con intención dominadora, acompañó a unas palabras que no eran menos agresivas: “Un día pensarás sólo en Juan”. Yo vencía esa voz sin violencia, con serena pero fuerte inmutabilidad. Me di cuenta de que esta posición era mi mayor ayuda y me mantuve en ella. Era muy importante mantener la paz y un buen camino el de no concederle importancia alguna. Llegué a conseguir un total desapego y me entregué a los problemas que exigían más fiel atención.
Ibamos a la propiedad a menudo, pasábamos en ella días enteros y nos sentíamos fortalecidos. Pero poco a poco Enrique empezó a pensar en vender; pesaban los inconvenientes de vivir en Barcelona y no poder cuidar de aquello más directamente y la ilusión de crear un negocio, tal vez de producir cosméticos, influenciado por el Dr. Heiman, que así se llamaba el químico. La idea, al principio discontinua y confusa, iba tomando cuerpo, revoloteaba como un moscardón imponiéndose cada vez con mayor atractivo.
En la isla, al estar en contacto con las tierras, la contemplación de su natural belleza, el bienestar en su paz, la satisfacción de participar en la recolección de sus productos, de comer la fruta cogiéndola directamente del árbol, saborear su vida y traspasarla directamente al organismo, estableciendo esta tan especial comunicación, esa participación gozosa con la naturaleza, era de por sí una extraordinaria fuerza que actuaba positivamente contra las influencias contradictorias que intentaban invadir el pensamiento y transformarlo.
Yo estaba cada vez más segura de que el afán de grandeza conseguiría al final que Enrique cediera a los consejos del químico y se desprendiera de aquella suprema realidad para embarcarse en una nave sin rumbo, poniendo aquella magnífica oportunidad en el peligro de perderla. Y miraba la exuberancia de los espesos bosques de almendros y olivares, de los ancianos  y majestuosos castaños, con la tristeza de un irreparable adiós. Y era un adiós mucho más cargado de indignidad, de desgarro de algo que debía de haber sido una ofrenda al hijo que quedaba así desposeído de algo que podía haber sido una legal seguridad.
Eso era difícil y duro de aceptar, en contraste con la natural generosidad que habría consolidado una unión y rehabilitado una posición que había sufrido descalabro. Mi naturaleza, tan dada a la confianza y creadora de esperanzas se veía amenazada en estos momentos. Momentos en que los recuerdos adquirían una presencia real, sobre todo los más recientes.
Mientras yo trabajaba en las Galerías Pallarés, Enrique estudiaba Farmacia y Ciencias Químicas, en la Universidad. En un día de examen y con la sana intención de ayudarle con mi compañía fui a la Universidad. No estuvo muy brillante. Le esperé en el patio donde me encontré con el hijo del Sr. Juncal, el director de la escuela Normal. Dimos un corto paseo al saludarnos, y nos paramos esperando a Enrique, que estaba algo apartado. Salió una chica, se abrazaron y me vieron. Nos reunimos y, para abreviar, unas palabras del joven Juncal aclaraban impresiones distintas. Enrique hizo ademan de cogerme del brazo para salir; pero Juncal exclamó:
“No, Enrique. Yo acompaño a tu mujer. Tu acompaña a Fanny, como todos los días”.
Y dirigiéndose a mi añadió: “Si yo hubiese sabido que eras la esposa de Fernández los claustros de la Universidad no hubieran sido testigos de lo que han sido”.
Quizás debí preguntar. Pero no. guardé silencio y procuré olvidar, borrar y lo había casi conseguido. Otras fuertes impresiones apoyaban el recuerdo y fortalecían posiciones. Cuando me daban a mi alguna golosina en el trabajo, yo se la daba a Edmond, íbamos a la Universidad y le decía a mi hijo: “Anda, entra y dale esto a papá”. Pero Enrique fingía no conocerle y el niño salía llorando. Y yo entonces comprendía. ¿Qué hacer? De nuevo amontonaba en el silencio.
Habían motivos que frenaban posibles dignas reacciones. La mujer, en aquella época, carecía de protección. No era justo, pero era la Ley.
Ahora esta nueva situación, de decisiones no pasajeras, sino de consecuencias definibles, en uno u otro sentido, de nuestras vidas. Ahora se imponía saber esperar, respirar hondo aquí que el aire era más puro y abrir el pecho al amor y la mente a la confianza.
Como que era verano, plena época de recolección, recogimos lo que pudimos y, entre mi hermana Anita que vivía en Mahon y la familia de Barcelona, repartimos algunos alimentos, pocos por lo que hubiera querido, pero lo suficiente para darles una satisfacción.
De nuevo en Barcelona, dado que Enrique se sentía ya más seguro en la reciente posición, buscamos un hogar para encauzar nuestra vida. Entretanto vivimos con nuestra familia. Mi hermano Juan había vuelto del campo de concentración de Francia; pero vivía en casa de unos amigos para evitar complicaciones.
Sinesia y Ceferina seguían trabajando como también Maria en el laboratorio. Mi madre llevó la casa mientras pudo. Luego fue Sinesia quien se encargó de todo. Mi madre empeoraba; pero resistía.
Enrique seguía entrevistándose con el Dr. Heiman y yo pintaba y vendía lo que podía. Generalmente era bajo encargo. El Dr. Heiman compró uno y de aquel siguieron otros muchos que decía le pedían a él amistades suyas. Y, cuando menos lo pensábamos Enrique vendió la propiedad. Nunca supe por cuánto. Intenté que comprase una casa de cinco pisos en la calle de Llansa junto a plaza de España y que la pusiera a nombre de Edmond. “¡Qué piensas, -me dijo- ¿qué es fácil hacer un regalo como éste?” Y lo invertía en pagos por adelantado de cosas que luego no se realizaban. Siempre cosas quiméricas, rodeadas de fantasías. Hoteles con camareras vestidas de época, por ejemplo. Cosméticos que serían inigualables y que luego no tenían aceptación, hasta que llegó a ver más claro y se apartó de aquella influencia.

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