6 jun. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 12



Hallamos una vivienda ideal. Era una torre situada en la calle de El Cairo, hermosísima, grandiosa, para poder vivir siempre,  cómoda y gozosamente. La recuerdo con toda exactitud. La entrada era ya espaciosa. A su izquierda había una habitación con un amplio ventanal que daba a la calle. Otra habitación a la derecha. Ambas daban a un amplio pasillo en cuya derecha estaba una fenomenal cocina, con todas las modernas comodidades y a la izquierda dos aseos completos con rico mármol de Carrara. Seguía un gran comedor con un hall con cuatro puertas. Una, a la derecha que era un dormitorio. A la izquierda la puerta daba acceso a una escalera que al descender daba, por la salida frontal al gran jardín y, lateralmente, daba a dos habitaciones, una de ellas con todo lo referente a la calefacción y otra que era también dormitorio y, al lado un enorme salón de 20 metros por 20. También de este salón se salía al jardín, rico en toda clase de flores y árboles de distintas clases y categorías. Era un verdadero sueño. La misma escalera, en su parte ascendente daba a tres terrazas superpuestas de las que la primera era del tamaño de la torre; la segunda algo menor y la tercera era un solarium habilitado también como gimnasio.
De nuestra habitación y del salón contiguo, (ambas con las mismas medidas 14x9 mts.) partían dos escaleras laterales que llegaban al jardín en el que había una casita para el perro, grande y cómoda. Lo difícil era cómo organizar la cantidad de muebles para ordenar la casa según sus necesidades y su condición.
Ya teníamos un perro pointer al que llamábamos Dan y que era muy inteligente, cariñoso con sus dueños, y fiel. Enrique quería ir a cazar. Pronto tuvo todo su equipo y esperaba la época de caza con impaciencia. El perro que era atento y sumiso con nosotros, era un gran defensor contra presencias extrañas. Así que una noche en que un ladrón, huyendo de la policía, entró en nuestro jardín, le cogió por la pierna y dio tiempo a que le cogiera la policía. Cuando alguna vez nos quedábamos solos no solamente nos sentíamos acompañados si no también protegidos. Le tuvimos hasta que, por circunstancias especiales tuvimos que cambiar de casa.

Un amigo nuestro que vivía en Palma de Mallorca nos escribió pidiéndonos un favor. En Palma vivía una hermana de la actriz Ana Mariscal. Esta fue a pasar una temporada allí y le pilló la guerra y allí estuvo hasta el final en que regresó a Madrid, su tierra natal. Ahora venía a Barcelona a filmar dos películas bajo la dirección de Ignacio Iquino. Se había enamorado de ella y me pedía a mí el favor de ayudarla y a la vez apartarla del ambiente y poder casarse con ella.
Lo hablamos y decidimos ofrecerle nuestro hogar toda vez que yo no frecuentaba su ambiente. Y que, naturalmente haríamos por ella cuanto estuviera a nuestro alcance. Y así se realizó.
Vino Ana acompañada de su madre y ocuparon la habitación de Edmond. Gran parte del día la pasaba en los estudios como era natural y las noches que podía, las pasaba en casa. No presentaba gran oportunidad de conversación. Le gustaba el baile. Enrique no sabía bailar y me invitaba a mí a hacerlo con ella. Yo accedía agradecida. No veía más allá, no sabía ver, hasta que la evidencia fue demasiado elocuente. Iquino me ayudó a su manera. Me llevó a los estudios, aprovechando un viaje de Ana a Palma de Mallorca, me cambiaron el color de mi cabello y fui rubia, el peinado, y fuimos juntos, Iquino y yo a esperar a Ana a su regreso de Mallorca. Iquino estaba seguro de que nos encontraríamos en el muelle con Enrique. Yo no sabía nada. Subió la pasarela para ayudar a Ana a descender del barco y, al ver a Iquino, me vio también a mí. Si, hubo sorpresa pero no desagrado. No sabía qué hacer ni dónde mirar. Yo tenía miedo; pero Iquino me animó diciéndome: “No temas, no te llega a la suela de tus zapatos. Todo irá bien”. Yo no estaba muy segura.
El cambio de color de mi cabello fue objeto de críticas malsanas entre el grupo del que formábamos parte y creían que el ambiente me había modificado. Yo callaba, como siempre. ¿Para qué? Pensaba yo. Si me confiaba, ¿me creerían acaso? No. Mis conceptos, en muchas ocasiones, habían sido distintos a sus opiniones. Ellos creían en un Dios perfecto, absoluto, invariable ya en su evolución y yo no lo admitía; yo creía que la creación era objeto de evolución constante porque las fuerzas creadoras evolucionaban también. Si a estas fuerzas se les daba el nombre de Dios el Dios mismo era una energía en constante evolución, por tanto sus consecuencias no podían ser perfectas ni ofrecer, por tanto un sentido de perfecta eternidad. Nada de lo existente tenía para mí el efecto de no modificación y, por tanto, nada modificable podía ser eterno. Y el Dios manifestado estaba sujeto, por ley, a la modificación, al cambio. Y de lo inmanifestado, nadie sabía nada. Entonces, ¿por qué asegurar lo que no se sabe?.. Y mis conceptos se mantienen con la misma nitidez que antaño. Ahí está mi fuerza; fuerza cuyo origen presiento pero que desconozco; cuyos resultados conozco pero ignoro su naturaleza que Es y no Es al mismo tiempo.
Y es increíble, que el ser humano pretenda desde su humanidad descifrar este misterio pues a cada solución surge una nueva incógnita hasta que deje de preguntar y se sumerja en la Paz. ¿Cuándo? ¿cómo? Hay que saber esperar mientras se desgrana el ovillo.
La presencia de Ana pues, vino acompañada de ciertos sinsabores, unos profundos, otros ligeros, pero ella no tenía interés alguno por Pedro. Y la manifiesta atracción hacia Enrique, ella misma confesó sin escrúpulos, que era porque quería conseguir su colaboración en la producción de películas. Supongo que el final no fue agradable para ninguno de nosotros.
Al vivir en la torre tuvimos que coger una sirvienta. Fue una chica valenciana que puso cariño a la casa y que trataba a Edmond como un niño debe de ser tratado. Se daba cuenta de muchas cosas y tenía una actitud protectora hacia mí que Enrique no soportaba. Un día, no sé qué vio, yo estaba en nuestra habitación, se atrevió  a algo insospechado. Yo pintaba el retrato de Ana, en tamaño natural y de cuerpo entero. Tenía abierta la puerta de la habitación y vi cómo salía Rosa de la cocina comiendo un melocotón. De repente, tiró con fuerza el hueso de la fruta contra el cuadro. No le dañó; pero su expresión reflejaba tal excitación, tal violencia, que salí preguntando: ¿qué pasa? No hubo necesidad de respuesta. Tuve que obtenerla por mi misma. Y, lamentablemente, Rosa fue despedida. Edmond y yo lo sentimos profundamente.
Una chica de doce años, andaluza, sencilla y buena, la sustituyó. Y fue como una hija más.
Ana y su madre se fueron de casa y pudo venir mi madre a pasar unos días con nosotros. Desde la muerte de mi padre no había salido de casa, pudimos tener la inmensa satisfacción de gozar de su compañía y de proporcionarle unas comodidades que en casa no tenía. El jardín, la casa, la música que tanto le gustaba. Y sobre todo la oportunidad de entregarle a manos llenas nuestro cariño y de sentirnos felices pudiéndola cuidar. Nos quería a todos; pero era innegable su especial entrega a Edmond y a mí. La actitud de Enrique fue como podía ser y mi madre, con toda su delicadeza, tomó la dificultad de las escaleras para ir al jardín como apoyo a su deseo de volver a su hogar. En otra ocasión volvería para más días.
Pero la salud de mi madre iba empeorando. Se rompió el fémur y este percance la retuvo en cama y cuando empezó a levantarse apenas se sostenía. Yo iba a verla todos los días y la ayudaba a andar. Era tanto lo que me quería, que solo conque yo le dijera “Esta noche dormirá”, mamá dormía tranquila a pesar del dolor. Los médicos se admiraban de que no se quejase pues decían: “Ha de sufrir mucho”. Y ella jamás se quejaba. Su dulce sonrisa, su temperamento fuerte y su irreductible fe, la ayudaron mucho a vivir. Ibamos diariamente Edmond y yo. Yo me situaba detrás de ella, la cogía tiernamente por la cintura y, pasito a pasito, cruzábamos el largo pasillo hasta la terraza donde la sentaba para que tomase el sol. Allí la peinaba, a mi me gustaba con el pelo recogido y ella, con aquella bondad sublime, excelsa, se dejaba hacer. “Así está más guapa, mamá” y la besaba. Ya se quedó en cama. Entonces la deformación de sus huesos fue mucho más rápida; una de las caderas casi se unía al pecho. El tórax le llegaba al mentón. Apenas comía. “¿Tocas el piano?- me decía- Si, mamá. Uno de estos días lo haré y se transmitirá por radio. Los vecinos nos dejarán la suya y Vd. podrá  escucharme”. Sus labios se entreabrieron y los iluminó con su dulce sonrisa.
Un día en que yo valoraba lo que mi hermana Sinesia hacía y podía hacer por ella y yo la decía: “El día que mamá falte , tu podrás estar satisfecha de lo que has hecho por ella” “Pero yo, que soy la que más he recibido, soy la que menos puedo corresponder”. Mi madre contestó:
“Pero de ti podré decir, hija mía, que has sido la única que nunca me has dado un disgusto”.
No sé si ella se daba cuenta de lo que aquellas palabras significarían siempre para mí. Pero ellas me han ayudado a superar muchos de los momentos ingratos de mí vida.
Y me escuchó tocar el piano antes de morir.
Cuando me avisaron fui lo más rápidamente que pude. Mi hermano Juan me dijo al entrar: “No te oirá. Está con el oxígeno puesto y no se da cuenta de nada. Pero me acerqué, le cogí una mano, la retuve entre las mías y le pregunté: “¿Me oyes mamá, me has oído?
Y sus dedos se movieron en el interior de mis manos como el batir de las alas de un pajarito que iba a volar. Y se fue. Se fue sin marchar. Jamás la he sentido muerta; tampoco a mí padre. Están en mí para siempre.

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