13 jun. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 13



M A S   R E C U E R D O S

Los sinsabores no cesaban. Una violencia daba paso a la otra. Cuando Enrique estaba en el frente, el Comisario, Luis Yutte le salvó de peligros inminentes. Acabada la guerra, nosotros pudimos ayudarle a él. Le acogimos en la torre, ocupando la habitación de la entrada cuya ventana daba a la calle. Era espaciosa, confortable y muy luminosa. Era un hombre extraordinario, de ideales puros. Tenía colaboradores que una vez le hablaron de unos fascistas que vivían cerca de casa. Su contestación limpia y categórica fue:
“Yo lucho contra el fascismo. No contra los fascistas”.
Esto determina una calidad moral muy por encima de la medida humana corriente. Conservaba un uniforme de la policía montada, que había comprado en Canadá, para regalárselo a su hijo. Supo, que su esposa se había casado con un nazi, y que su hijo se había hecho de las “juventudes hitlerianas”. Y ante la sorpresa nuestra cogió el uniforme y nos lo entregó, para nuestro hijo, a quien tenía un enorme cariño. Y añadió: “Mi esposa no sabrá nunca que yo vivo, pues no viviría feliz y yo quiero que lo sea. Pero el uniforme se quemó en la estufa. 

Siempre decía que a Enrique le iría muy bien pasar un par de años en una escuela de formación humana, que es lo que le faltaba. Conoció a una mujer, camarera de un restaurante que frecuentaba y que se dedicaba también a la prostitución. La sacó de allí, se unió a ella, la rodeó de cariño y protección y, cuando más seguro estaba, al regresar de un viaje a Portugal se encontró con que le había dejado llevándose cuanto él poseía, para dárselo a otro hombre con quién estaba relacionada. Naturalmente fue una fuerte sacudida para él; pero su actitud fue la siguiente: “La ayudé. Esa es mi parte. Ella es dueña de la suya”.
Y este hombre vivía cumpliendo el deber por el deber mismo. Sin apegos, sin conveniencias, sin formaciones filosóficas o alternativas de religión. Vivía y su vida era ejemplar.
Y yo poseía su confianza. Guardé gran parte de su vida. Tiempo después conoció a una chica, Lolita, muy buena, con quien vivió y con la que enfermó y, presintiendo su muerte, se casó, incluso bautizándose él primero por la religión católica y dejar a su mujer bajo el amparo de la ley y de la familia.
Cuando murió ya habíamos dejado la torre con la nostalgia natural. Encontramos un piso nuevo y muy acogedor, en la calle Balmes junto al Putxet. Cercana al piso estaba la Escuela Suiza donde fue Edmond. Aunque el piso no tenía las condiciones de la torre, era también espacioso y muy bien distribuido. Tenía un gran comedor y un salón contiguo separado por un arco de la construcción y un desnivel que separaba a ambos. Tres habitaciones grandes, dos baños completos, una moderna cocina y dos terrazas, una cubierta lindando a la casa y otra más grande, exterior y con espléndida vista a montaña y al mar. Yo ya no me hacía ilusiones de continuidad y pensaba..., ¿hasta cuando?
Como dije, la nueva chica fue como una hija para mí. La vestía, la peinaba, iba siempre con nosotros, nos quería y respetaba y estuvo en casa hasta que se casó. Incluso sus padres se fueron a vivir a Venezuela y ella quiso quedarse con nosotros. Toda mi vocación educadora se volcó hacia ella. Y valía la pena. Se transformó, se hizo mujer. Pasó por nuestra vida como un copo de nieve. Se casó y se fundió en la inmensidad.
Mi enfermedad se manifestaba hacía tiempo. Pero yo vivía cosas que se adueñaban de mis sentimientos más íntimos y sensibles y no significó preocupación alguna.
Poco tiempo estuvimos en la calle de Balmes. El trabajo de Enrique iba empeorando, un primo suyo sacerdote que dejaba su profesión, iba a vivir con nosotros, todo apresuró un nuevo cambio para ir, en cada uno, perdiendo más o menos rápidamente, facilidades y bienestar. Pero con el ánimo elevado todo está sujeto a la transformación y, en el nuevo traslado, a pesar de sus inconvenientes, hallé también motivos de belleza y de fácil adaptación. Además, ¿podía acaso rebelarme? ¿Había algún apoyo para la mujer? Por lo tanto, a mi alcance no había otra cosa que desarrollar mi capacidad de elevar las cosas subalternas y conducirlas a un nivel más primordial, convertir lo innecesario en algo principal, hacer del pequeño balcón una alegría rebosante de flores. Ya había adquirido experiencia en otra peor ocasión, y conseguí mejorar la situación. Conque, a vivir el generoso encanto de la Creación y aprovechar la nueva oportunidad. La vida me pone otra vez a prueba. Es la señal de lo que habré de luchar. Y si la vida me ofrece la lucha, también me dará la fuerza para poder darle mi saludo de bienvenida.
Los primeros meses fueron de lucha intensa. Me acostaba a veces a las tres de la madrugada y a las seis me levantaba, iba al mercado a las siete y a las nueve empezaba a trabajar en la escuela de mis maestras. Cuando tuvimos el piso en condiciones los discípulos venían a mi casa y así aprovechaba más el tiempo. Por las tardes tenía las clases a domicilio hasta casi entrada la noche.
Sea a consecuencia de las impresiones recibidas o por el proceso de mi enfermedad, lo cierto es que se fue manifestando una incapacidad sensorial que paulatinamente iba aumentando hasta llegar a ser total. Algo sufrió un cambio en mi naturaleza, no brusco, no violento, que no influyó en mi capacidad de amar mantenida firme en pleno desafío contra duras pruebas. Sin serlo, me manifestaba frígida, impotente con una latente sensación imposibilitada de una completa realidad final. Como una especie de sed sin posibilidad de agua. Como un río sorteando infructuosamente una laberíntica montaña sin poder llegar a fundirse o a perderse en el inmenso mar.
El comportamiento de mi marido no era en absoluto de colaboración, antes al contrario. Iba añadiendo a ese flujo y reflujo constante, una marea cada vez más pronunciada.
Un día reaccioné y estalló con inusitada fuerza mi rebelión contra la continuada injusticia, y fue por un hecho relevante para mi aunque aparentemente menos importante. A menudo me llamaba idiota y le decía a mi hijo que yo me estaba volviendo loca.
En esta ocasión, yo había hecho en la cocina una tortilla de patata y cebolla, a la hora de comer. Terminado el primer plato, me fui a la cocina en busca del segundo al que no había forma de encontrar. Se impacientaba en la espera mientras iba diciéndole a Edmond:
“¿Ves como está loca? Ahora se piensa que ha hecho la tortilla y no la ha hecho”.
“¡Bueno! ¿Viene o no esta tortilla?”.
“No la encuentro”, - al fin contesté-.
“¡Claro! Como que no la has hecho...”
Callé. Se fueron, uno a la escuela y el otro fuera de casa. Y yo me las tuve con Dios.
“Mira, le dije. Si existes Tu o lo que sea, sabes o sabéis que sí la he hecho. Si existes Dios, he de hallarla pues yo no me engaño”.
Me paseaba arriba y abajo del largo pasillo repitiéndome: “he de hallarla”.
Entré en la cocina. Volví a remover cuanto había mirado sin resultado alguno. Pero, repentinamente, surgió en mi una idea concisa, segura, y rápidamente cogí la escalera, me subí en ella y en la parte alta de uno de los armarios y dentro de una gran olla en la que preparaba las escamas de jabón para el lavado de la ropa, allí, en el fondo, reluciente como un faro, apareció el plato con la bienhechora tortilla. Mi cuerpo renacía al influjo de una nueva fuerza y una rica energía que me impulsaba a la lucha con el invencible apoyo de la razón. Cuando llegó mi hijo de la escuela se lo enseñé como estaba, diciéndole: “Tu sabes que mamá no miente; y que no estoy loca”.
A la noche no saqué la tortilla. Sólo dije:
“A papá le gusta jugar de vez en cuando. Sácala Enrique de donde los tres sabemos que está. El juego ha terminado”.
Yo no quedé más cerca de lo que lo estaba. Pero él supo que, desde aquel momento yo había recuperado mi seguridad. La cruz para soportar había cedido el puesto y en su lugar se erigía irradiando renovada confianza, la espada para defender.
Cerca de casa, en la misma calle vivían los amigos Cervelló. Nuestra amistad fue una muy sana y de profunda cooperación. Desde el principio nos unió una mutua confianza tan llena de cariño como de respeto. Un grupo de amigos, cada vez más numeroso, venían a casa para hablar de filosofía y oírme tocar el piano. Estábamos unidos por propósitos sinceros. Tenía apoyos muy importantes para mí como fueron: Luis G. Lorenzana y Federico Climent Terrer, traductor de las más importantes obras de filosofia y ocultismo, y escritor también. Tuve la satisfacción de pintar su retrato lo que contribuyó a profundizar nuestro mútuo conocimiento y firme amistad. El Sr. Lorenzana procuraba hacerme cantar pues decía que mi voz atraía a los angeles. Cuando venía algún conferenciante lo acompañaba a mi casa y, al poco rato, con aquella bondad que afluía de su madura personalidad, me preguntaba:
“¿Cantas todavía? ¿Quieres cantar?
Y yo lo hacía. Se establecía un sereno silencio, apacible, dulce, que nadie se atrevía a romper. Sin interrupción seguíamos con el piano. A menudo me invitaba a reuniones que se celebraban en Sabadell, Tarrassa, Manresa. Y la juventud llenaba los locales.
Y seguí mi camino poco a poco, aisladamente. Fui representante de España por la Escuela Arcana, y me salí voluntariamente y seguí mi camino en soledad, sin ataduras ni dependencias.
Aquel piso, mucho más humilde, con menos atractivos y comodidades y que fue centro de grandes sufrimientos, también tuvo la virtud de acoger unas energías, mantenerlas y convertirse en un centro de amor y paz.
Cuando ya había organizado las clases matinales en casa y las domiciliarias por la tarde, íbamos a la playa por las mañanas mi amiga Luisa y yo. Los domingos íbamos las familias completas y unidas. Yo creía que los hombres que nos acompañaban, Enrique, Cervelló y los hijos, tenían miedo al calor del sol y salían de las barras de madera que protegían del contacto con la arena. Yo me reía y les calificaba de cobardes.
Un día nos encontramos con el médico de cabecera, y se comentó el caso.
“¿Usted no nota este calor?” me preguntó el doctor.
“Yo no”, contesté riendo.
Y nos llamó a su despacho, me visitó y me mandó a un neurólogo. Desde hacía tiempo yo notaba inconvenientes que superaba, en parte. La pierna izquierda se adelgazaba más que la derecha, los dedos no tenían la capacidad de antes, ni de movimiento ni de fuerza<, beber seguido me ahogaba, devolvía la comida, en fin una serie de molestias que yo ni comentaba. El traumatólogo Dr. Gimeno nos había aconsejado no ir a ningún neurólogo pues, aunque la enfermedad era medular, era posible que me dejasen peor que estaba. Hallé trabajo en Radio Barcelona y dejé este asunto para más adelante. En Radio Barcelona se organizaba un concurso de piano. Ante la insistencia de mis amigos y de algunos profesores, opté por presentarme. Y me presenté con el Impromtus que había compuesto después de la muerte de mi padre. Y fui premiada con el primer premio. En un segundo concurso, en el Price, me presenté  con la misma composición: “Anda,- me dijo el presentador- que con un poco de suerte el triunfo es tuyo”.
Yo estaba muy nerviosa. El teatro estaba repleto de público. Los aspirantes se presentaban con obras de categoría y además conocidas. Yo notaba que mis piernas no estaban seguras, temblaba, no notaba el pedal. Pero yo interpretaba y ponía en ello mi alma entera. Cuando llegó el acorde final, me aturdieron los aplausos y los ¡viva!. Me embargaba una emoción jamás sentida y no osaba levantarme. El presentador me decía desde dentro:
“¡Anda, niña, saluda!”
Saludé, discretamente, y entré. Luego supe que había triunfado otra vez. No lo podía creer. Los amigos y familiares me felicitaban sensiblemente emocionados. “Ahora has de ir a Ginebra”, me decían. Enrique solo me dijo: “Otra vez subiré y te cortaré el cabello; tu cabellera llama la atención”.
Y me lo recogí en el moño que aún conservo. Si alguna vez lo he cortado, lo dejo crecer de nuevo.
El concurso se celebraba en Ginebra el doce de septiembre. Era difícil; no estaba preparada, carecía de la necesaria documentación, ni conocía a nadie en Ginebra que pudiera reclamarme y responder por mí. Nos enteramos de que Rukmini Devi, directora y dueña de la escuela de arte Kalaskhetra en Adyar, daba un recital de danza sagrada en los mismos días y en el mismo teatro de la Comedie. Eso, decidió a Enrique a que yo fuera a Ginebra y se comenzaron los preparativos.

2 comentarios:

  1. Sigo leyendo aunque no deje comentarios por aquí. Cada día más fascinante ;)

    ResponderEliminar
  2. Gracias Merchi. Ya quedan pocos capitulos, tan solo tres me parece para acabar.

    ResponderEliminar

Si quieres, puedes dejarme un comentario.