14 may 2013

TelaVision 28 - La vuelta a casa

A veces hay caravanas en la autopista, y cuando hice esta página más aún, pero puede sacarse provecho de cualquier situación.

9 may 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 8º





P I N C E L A D A S



Desde aquel infantil pero sublime, “Enrique ama a su mamá” que fue fiel presagio del futuro y gran amor de mi vida, ésta se transformó en una total dedicación.
Nuestros felices e inocentes momentos, tenían el encanto de las primicias, de los grandes descubrimientos. Darnos la mano al despedirnos, era una experiencia casi sagrada. Me dolía lavarme al llegar a mi casa pues era como destruir las huellas de un contacto que no podía ni debía de ser profanado.
Viéndonos diariamente como hacíamos, realizando juntos el viaje a San Andrés en tranvía a la ida, y a la vuelta a pie para estar más tiempo en mutua compañía, la declaración de nuestro amor fue por escrito. El escribió y me entregó. Yo contesté y le di. Cuando nos volvimos a encontrar sabíamos el uno del otro nuestros mutuos sentimientos y los guardábamos en un silencio incorruptible.
Si pudiera, mi autobiografía acabaría aquí, cuando aún los almendros estaban en flor y todo resplandecía. Viví después momentos de alentadora esperanza, de una natural disposición a la confianza, de un sin esfuerzo alguno, saber esperar. ¿Se había construido esta condición durante mi infancia? Supongo que si; que es una de las maravillas que las nubes dejaron en mi y que son ecos de un más allá. Y es que hay profundidades de la inocencia que demuestran la belleza de la vida espiritual y denotan la incomparable fuerza que desenvuelven.
Una vez distribuidos los niños en las diferentes clases y situados los maestros en sus correspondientes aulas, empezamos a orientar la labor escolar. Esta tenía numerosas dificultades pues el alumnado era muy heterogéneo en edades, origen y formación, costumbres y grado de cultura. Había un número ya algo significativo de niños retrasados con más o menos deficiencia mental, que exigían especial atención y, a pesar de que no estaba permitido que el director actuase de maestro con tal número de alumnos y de maestros a su cargo, yo me encargué de ellos, pues me había preparado en este sentido y me atraía en extremo tal dedicación.

Generalmente hacía con ellos la clase al aire libre ya en la escuela ya en la montaña, que teníamos muy cerca. Aprendían a contar con piedras, hojas de árboles, contemplando y comparando sus diversos matices, valorando sus diversidades y conociendo paulatinamente sus ricos contenidos. Valoré ante ellos la gran importancia, la activa influencia del sol, y una tarde, a uno de los hermanos Cañuelas que vivían en el mismo San Andrés, le hallé de rodillas en la clase, andando así y parándose en los espacios en los que daba el sol.
“¿Qué haces ahí?” , pregunté.
“Amiga, (me llamaban amiga) busco el sol y quiero cogerlo y no puedo”.
A menudo, como en esta ocasión, la clase era improvisada. El niño, sin saberlo, me había dado el tema. Así que aproveché para explicarles lo más sencillo y práctico que pude, los estados de la materia y la ley de gravedad.
En días consecutivos seguimos insistiendo hasta conseguir una positiva asimilación. Y cuando ésta llegaba, era admirable la intensa satisfacción experimentada en ellos y la íntegra comunicación establecida entre ellos y yo, y ellos y su mundo circundante. Explicaban lo aprendido con la alegría de estrenar zapatos nuevos. Y el amor entre nosotros crecía y establecía una rigurosa y serena dignidad, sin formas ni dependencias. La enseñanza era libre como el aire que respirábamos y en esa misma libertad nacía y se desarrollaban el respeto y la obediencia.
Las obras deberían de juzgarse, no por los propósitos sino por los resultados obtenidos. Y éstos forman el nuevo impulso que sigue o que corrige y en uno y otro ensayo, avanza la humanidad en consciente o no observada; pero sí presente colaboración. Entre los niños y yo había un maestro, que no era yo, sino la relación entre ambos.





El haberme quemado mi escuela privada y destruido, por tanto, mi viejo piano, me trajo la agradable sorpresa de obsequiarme con otro piano con una magnífica sonoridad y de muy superior calidad. Lo encontré al llegar a mi casa. Lo habían traído por la mañana, felicitándome por mi labor en la escuela. El envío venía de parte del C.E.N.U., especialmente de la Sª Corma, madre de dos niños, verdaderos prodigios que ya en su más tierna edad habían dado conciertos en el Palacio Real. Mi satisfacción es fácil de suponer.
Mi maestro, el gran concertista de piano y excelente compositor, pasaba por una precaria situación. En una de las reuniones con los compañeros del Grupo Escolar, propuse el ceder una parte de nuestro sueldo y ponerlo a disposición de Julio Pons, a fin de tenerle como profesor de música en nuestra escuela. Fue una magnífica solución que, aparte de serlo en la difícil situación del maestro, enriquecía y dignificaba el valor cultural de la escuela. Se formó un coro, un grupo de rítmica y danza y los niños tuvieron otro motivo para ampliar su formación.
De las clases de rítmica surgió un problema que sembró en todos la inquietud. La clase tenía lugar a partir de las cinco de la tarde. Las niñas hablaban entre ellas en un tono algo misterioso que llamó mi atención y le pedí información.
Tenían miedo, pues en varias ocasiones habían visto a un hombre con barbas que huía hacia arriba y no le veían ya.
Como que algunos nos quedábamos a comer en la escuela, organizamos la búsqueda intensiva y apuradamente. La escalera conducía a una habitación en la que había una chimenea. Un banco de piedra adosado a la pared, servía de asiento. En uno de mis movimientos al hablar, de la pared que estaba a mi espalda se derrumbó un trozo como de unos cincuenta centímetros. De allí partían unos dos o tres escalones y se podía entrar, aunque difícilmente. El maestro Joaquin Serra me ayudó a mi que era la más delgada, a pasar y subir. Penetré en una buhardilla. En su parte más alta cabía yo de pie; luego, se estrechaba. En el suelo había restos de fuego, una olla con caldo y trozos de carne y papeles manchados de sangre, seguramente de la carne ya utilizada. Con gran esfuerzo entró Serra también y llegó hasta el final casi arrastrándose. Halló una escalera que comunicaba con el campanario y que descendía hasta el jardín con salida a una calle lateral.
Decidimos avisar a la policía. Así que me fui a Barcelona, expliqué lo sucedido en Jefatura y regresé en un coche de policía. Nos mantuvieron a todos en la sala de actos mientras ellos realizaban el registro. Hallaron restos de una emisora clandestina. Entre unas paredes secretas, multitud de vestiduras de clérigo. Supusieron que algún cura se ocultaba allí; pero no le hallaron.
Los periódicos publicaban noticias bajo el título de: “El fantasma del Grupo Escolar Nova Vida”. La asistencia de los alumnos disminuyó pues tenían miedo, y a mi, un hombre desconocido y con tono amenazador me preguntaba: “¿dónde está el cura?”.
Fui protegida por las milicias de San Andrés a la salida de mi casa y entrada y salida de la escuela. Del cura no supimos nada más y el ambiente poco a poco fue normalizándose.
También mis relaciones con Enrique se estrechaban y nos sentíamos muy unidos.
Fui presentada a su madre. Hubo algo por parte de su hijo que me fue muy difícil de comprender, y más aún de aceptar. La madre fue muy sincera conmigo. Habían vivido en Palma de Mallorca y había una chica allí con quien ella había sellado ya sus esperanzas. Yo era pues, para ella, una sorpresa y no muy bien aceptada. Lo comprendí y no le di importancia. Tenía fe en que mi cariño sería un punto de conciliación.
Pero hubo algo que me sorprendió muy desagradablemente. El hijo la encerró en una habitación en la que ella había entrado y, a pesar de su insistencia en salir, él la mantenía encerrada y no la abría. Pasaba riendo pasillo arriba y abajo.
“Ábrele la puerta”, insistí yo.
Pero él no cedía y tardó muchísimo en hacerlo. Yo sufría y estaba en muy violenta situación.
Cuando, al fin, pudo salir, nos preparó algo de merienda; pero en un momento que aprovechó, me dijo:
“No es lo que parece. Es un sepulcro blanqueado”.
A él no le dije nada más; sólo que no se comportase así con su madre pues la hacía sufrir y que incluso, a mí me había dolido profundamente.
“Es una broma”, contestó.
Me llevó al parque de la Ciudadela. Atardecía y el sol, en su despedida, llenaba el ambiente con aquella luz tan llena de ensoñadoras promesas. En el cielo asomaban las primeras estrellas.
“¿Ves aquella, la qué más brilla? Es Sirio”.
Y llegó el primer beso.
Y cayó un velo sobre aquella tarde que, inesperadamente, abría una incógnita sobre un futuro incierto.
La sirena de alarma amenazando posible bombardeo, la gente despavorida buscando refugio donde protegerse, y nosotros, ingenuamente enamorados, sorteando nuestros destinos.
No os caséis todavía. Esperad  a que acabe la guerra, nos decían.
Pero para nosotros, precisamente ella aceleraba nuestra unión.
Y, a principios de verano nos casamos. ¿Fue una boda? ¿un contrato? ¿una locura?. Ambas cosas a la vez, al unísono.
Escribir una autobiografía a los ochenta y tres años y porque me la han pedido precisamente los médicos que me acompañan, cosa que agradezco y me enorgullece, supone que muchas cosas no podrán conservar la nítida transparencia de cuando las viví, pues forzosamente encierran el tamiz de amontonadas experiencias. La soltura con que he transcrito mi infancia y mi adolescencia, soltura a la vez llena de una feliz renovación del recuerdo, ahora queda matizada por una especie de gravedad, de una cierta involuntaria tendencia al juicio que trato de no traslucir; pero que acude con fuerza y energía propias.
Y, sin enjuiciar, ni siquiera opinar... hay un respeto, un gran respeto al amor que nos unió. Y este respeto impone silencio. Hay modos y formas de amar. Los hay incapaces de sostener circunstancias difíciles, y se desparraman, se desmenuzan y desmoronan y caen en el vacío. Otros aguantan, resisten, se robustecen y aunque la vida o la voluntad abra surcos insuperables, el amor se sostiene en la orilla y mantiene limpia el agua que cursa por el río. Esta es mi forma de amar. Compartir el temporal sin convertirme en él. Ahí está la lucha y ahí esta la elección. Seguiré  escribiendo mi autobiografía. Si ha de tener un nombre éste será el de PINCELADAS, ya que así será o trataré de que así sea. Un contenido de satinados matices que permitan adivinar un fondo de profundas a veces duras o inaccesibles, otras diáfanas y de ternura especial.




La noche de bodas es una fecha que debiera de marcar una línea de belleza, de confianza que significase un centro de apoyo en el que reposar las posibles deficiencias que puede presentar el futuro. Hoy día es un problema pasado de moda. ¿Hay noches de boda?. Quizás todo se reduce a un: desde hoy viviremos juntos. Pero no. Yo no hablo de la actualidad. En la mía y en su época, quizás debido también a una deficiente educación por una parte y por otra a una educación errónea fortalecida por un carácter muy especial, no hubo una semilla de confianza ni la belleza del pensamiento que a mí me envolvía en ternuras no confirmadas, en esperanzas no convertidas en realidad. La gran ilusión de “despertaremos juntos” quedó reducida, maltratada. Desperté en una butaca, junto al balcón, con preguntas no contestadas como cuando indagaba el por qué  del día y de la noche y el por qué de la Vida y de la Muerte. ¿Dónde estaba la unidad? La unidad que me explicaría el por qué de este continuado vaivén entre tinieblas y luz, entre mentira y verdad, entre deseo y amor. ¿Dónde estaba la Verdad?.
Y concluía siempre así: en la aceptación. Ella conduce a la paz. Y la paz es superior a la felicidad. La contiene sin estar contenida. La paz es libre mientras la felicidad está condicionada. Y di gracias, pues tenía paz y en ella hallaría toda la fuerza en el futuro.
Al día siguiente a la noche primera, yo había cambiado. Le preguntaba a mi esposo: “¿Se me nota que estoy casada?”.
Era tal la certeza que tenía de mi cambio, que creía que el mundo lo iba a notar. ¿Qué pasaba en mí? Mi estado de increíble inocencia, no acertaba a determinar la razón exacta de mi transmutación; pero sí tenía conciencia de que algo muy profundo y en cierto modo cruel, había desvelado ante mi un mundo de insospechadas realidades y carecía de información para conocer y comparar. Esa información –me dije- la daré yo a quien pase por mi vida y carezca de ella. Y lo cumplí cuando tuve la ocasión.
Mis hermanas casadas me miraban y cambiaban sonrisas maliciosas. Yo guardé silencio para no revelar un resentimiento que vibraba en mi interior con un sentido recto de la justicia, sí. Había crecido en una noche que, increíblemente, no tenía aún siendo importante, la capacidad de modificar mi amor. Sólo que marcó una línea diferencial. De una parte había un claro triunfo de la esperanza y de otra una indestructible capacidad de amar... pero, ... a pesar de.
Que ¿qué pasó la noche de bodas? ¿por qué ha influido en mi de forma tan trascendental? Por el contenido que en modo tan inesperado como increíble vino a conturbar las diáfanas, inocentes y hasta tal vez ridículas ilusiones confeccionadas días y noches anteriores ante la alucinante interrogativa; ¿cómo será? ¿qué va a pasar?
Yo me había diseñado el equipo de novia. El traje era discreto, pero hermoso. Blanco, como era natural y no excesivamente largo ya que la boda era civil. El juego de noche era delicioso. Pero la modista, Marcelina, me decía:
“No creas que tu marido se vaya a conformar  a verte tan tapada, (el camisón iba abrochado por la espalda desde el cuello hasta la insinuante cola, con finísimos botones). Yo pensaba y me imaginaba frente al espejo vistiéndome, y que él se me acercaría y muy delicadamente, desabrocharía uno, dos, tres o más botones... Una muy dulce emoción, mezcla de amoroso deseo, me invadía hasta quedarme dormida.
El día de la boda me dijo que, debido a que  yo era tan timida, iríamos al cine por la noche y así, al regresar a casa, su madre dormiría y yo me sentiría más tranquila. Sorprendida, se lo agradecí ya que fue una delicadeza por su parte. Fuimos al Coliseum donde ponían “El desfile del amor”. Al llegar a casa me quité los zapatos de tacón para subir las escaleras sin hacer ruido, y entramos al que sería nuestro hogar.
“Buenas noches”, nos dijo su madre.
No voy a contar las palabras y actitud que hubo después, pero que me hicieron un daño irreparable.
Invadida por una sensación en extremo desagradable, recogí mi ropa y salí de la habitación refugiándome en la ventana del comedor, sentándome con las piernas al exterior. Aturdida, miraba al cielo; intentaba reflexionar sobre lo ocurrido sin llegar a comprender; me sentía anulada, atropellada por una incomprensible deshonestidad, por la ausencia absoluta de respeto, por algo ante lo que no me importaba, en un falso movimiento, caer en el vacío. El manto de la noche rociado de estrellas salpicando el inmenso azul parecía ampararme y protegerme, y me sentía acogida como me hubiera  sentido en la falda de mi madre. ¡Cuánto la añoré!
Ignoro el rato que pasó. Sus voces resonaron diciéndome:
“¿Qué haces ahí? Te puedes caer...”
No recuerdo si contesté; pero creo que no. El me cogió por los hombros y entramos en la habitación. Los dos estábamos entre la cama y el armario. Sin ánimo, me acosté. Me retiré algo para dejarle sitio a él; pero como la cosa más natural me dijo:
“¡No!, que está caliente de tu cuerpo.
Y entonces, impulsivamente, me lancé al otro lado, casi junto al balcón. Su cuerpo no me pareció el mismo, si no una masa informe cayendo sobre mí.
Pasé el resto de la noche sentada en una butaca que había entre la cama y el balcón y lloré en silencio.
No es que no hablásemos de lo ocurrido. Sí. Le expuse mi violenta situación y lo desagradable que había resultado para mí y la profunda herida que quedaba en mí interior.
Agradezco a los médicos que me hayan pedido, rogado, casi obligado a escribir mi autobiografía, a pesar de que he sufrido mucho en su ejecución. Pero pienso que ellos saben por qué y yo empiezo a descubrirlo.
Creo lógico que esta experiencia diese en mi vida una distinta tonalidad y que los mismos motivos que antes de ella tenían una determinada expresión, la cambiasen rotundamente. Miraba con maliciosa melancolía el espectáculo de una boda. Se adueñaba de mi una verdadera angustia pensando que tal vez aquella nítida ilusión sería brutalmente destruida. Luego, tiempo después, supe que la verdad no era lo que yo había vivido, si no que podía ser algo realmente bello y, aunque la experiencia no había sido directa, se estableció una línea divisoria entre cuyos límites navegaba una sutil esperanza.
Quisiera aclarar que la cruda decepción sufrida, adquiere mucha más importancia desde el sello incomodísimo de la presencia materna. Las improcedentes caricias que surgieron y las palabras que las acompañaron, provocando un estado de indignación y desengaño muy alejado de lo que hubiera sido una espera amorosamente confiada.
El nuevo día convirtió la experiencia en un mal sueño que empañaría el desarrollo de la vida en el futuro.
Pronto hubieron señales evidentes de una naciente maternidad. La más maravillosa intervención de la Vida. Y volvió el coro de ángeles. Y tuve a mi hijo, en mis brazos, y escribí una fecha: veintinueve de marzo de mil novecientos treinta y ocho. El día en que nació.
Los meses de embarazo fueron ricos en experiencias, unas de ellas, de las más fuertes que se pueden soportar. Otras, las que se derivan de un estado de continuo despertar a impresiones nuevas, nuevos impulsos, latidos de un corazón vibrando al unísono de otro corazoncito cuyo tic-tac, rico en excelsas sonoridades, de indescriptible suavidad iba diciendo quedamente ma-má, ma-má. Y ya eres madre. La más sublime de las cualidades que la Vida y el Amor nos pueden ofrendar. La más alta compensación a cualquier perturbación o detrimento de la paz.

7 may 2013

TelaVision 27 - La familia sigue de vacaciones

Nada como acampar al aire libre, respirar aire puro y olvidarse de la ciudad y sus problemas. Pero,... ¿puede olvidarse todo? Nuestro amigo no...
Y si se trata de un partido de tubol menos aún!

5 may 2013

La vida critica... 88 - Hay gente que parece tonta...!

El chico de esta tira y su pareja podrían utilizar You Tube, Facebook, etc. Cualquier cosa antes que abrazarse y darse un beso, claro...!

2 may 2013

"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 7º



En los meses transcurridos desde la muerte de mi padre había empeorado mi salud. Una amiga de la escuela Normal me habló de un hombre sueco que curaba por magnetismo y que había rehabilitado a su madre sólo con pases y agua magnetizada. Al consultárselo a mi madre, contestó: lo probaremos.
Y se probó. Era un hombre mayor, no de muy agradable aspecto; pero nada costaba probar.
Sentada yo y él de pie frente a mi, iba pasando sus manos desde por encima de mi cabeza hasta las rodillas. Yo tenía los ojos cerrados y él me preguntó:
“¿Ves algo?
“Sí, le contesté. Cuando pasa su mano yo veo una luz  azul muy bonita y noto un olor muy especial; no es un perfume.
“Bien, dijo. Eso es cierto. Seguiremos.” Y magnetizó agua para que la bebiera.
Y seguimos unos días más. Una de las veces me oyó tocar el piano y quiso volver el domingo por la tarde para repetir la audición. En un momento del descanso se levantó y pidió permiso para volver acompañado de un amigo que le estaba esperando.
Poco después volvió con él. La impresión fue intensa sobre todo en mi. Era él, el del tapiz, el que durante tanto tiempo acompañaba los latidos de mi corazón. Un extraño nerviosismo se apoderó de mí y empecé a dar vueltas a un anillo que llevaba (en cierto modo estaba comprometida). El anillo se me cayó al suelo. Sólo él lo vio. Se levantó a cogerlo, yo alargué mi mano y me puso el anillo. Y me sentí enlazada, completa. No nos volvimos a ver hasta unos meses después, pues los dos amigos se iban a Ginebra a un congreso de Filosofía. La impresión había sido mútua.
Durante aquellos meses llegó alguna carta de aquel Sr. Se había erigido a sí mismo en maestro. Por su forma de escribir me infundía miedo. Me había regalado un libro, “Zanoni” y creo que él quiso vivir aquella novela cuya protagonista también tocaba el piano. Nada más lejos de mi imaginación ni más desagradable para mis sentimientos.
Mis estudios habían ya finalizado pues los últimos cursos los había realizado dos en uno. Pero una nueva ley anulaba las ventajas del anterior Plan Profesional obligando a la celebración de oposiciones. Esto era sumamente injusto y nos rebelamos contra ello. Los representantes de cada curso nos reunimos en Madrid y acordamos no celebrar oposiciones en ningún centro español. La oposición en un solo centro anulaba todas las demás. Nos sentíamos fuertes, pues la razón nos amparaba, nos sostenía y aumentaba nuestro vigor y entusiasmo. Para vencer hay que tener razones para ello y nosotros las teníamos.
Era a principios de 1936. Desde el balcón, a las cinco de la mañana, vigilaba a ver si alguno de los maestros subía por la calle de Urgel en dirección a la Escuela Industrial donde había uno de los centros de exámen. Vi a algunos que se dirigían allí y salí de casa con la idea de evitar la entrada en clase como habíamos acordado en la reunión: me encontré con López, otro compañero representante de curso, como yo.
“En Bellas Artes hay otro centro. ¿Vamos allá?
Una vez allí, vimos a unos compañeros entrar acompañados de una de las profesoras. Si se interceptaba uno ya no podían celebrarse las oposiciones, pues quedaban anuladas. Las preguntas llegaban desde Madrid a todos los centros en sobres lacrados.
López entretendría a los Mozos de Escuadra y yo entraría en la clase y haría lo que pudiese.
Había unos pocos sentados en los pupitres. El tribunal ya estaba formado. La profesora sentada en el centro estaba apunto de abrir el bolso. En un decidido arranque, como un relámpago, me hallé frente a la mesa, cogí el bolso y salí.

“¡Cogedla!, ¡Cogedla!”.
Salí y, sí. Me cogieron. Un guardia de Asalto en cuya gorra lucía un 354 sobre la frente, empezó a pegarme con la porra mientras yo me defendía dándole pinchazos con las pinzas de depilar. Los fuertes golpes recibidos obligaron a llevarme al dispensario y de allí fui conducida a jefatura. Allí dejé el bolso comprometedor en cuyo interior se hallaron dos cartas acusando el envío de un donativo agradeciendo los posibles favores. El sobre lacrado ya estaba roto, fue lo segundo que había hecho.
Por la tarde una muy buena amiga mía me acompañó al Dr. Félix Martí Ibáñez. Hizo radiografías, el fémur derecho estaba afectado; pero no roto. Tenía un extenso y abultado hematoma y un susto enorme pues ignoraba cuál sería la actitud del fiscal. El Dr. Martí Ibáñez me contestó:
“Quien puede temer es la profesora. Su actitud es notoriamente ilegal en todos los sentidos. En cuanto al fiscal, no te preocupes. Es mi padre”.
De nuevo se me abría el cielo de par en par. Días después estallaba la guerra civil. El  conocimiento accidental con el Dr. Martí Ibáñez selló una amistad firme y en muchos momentos, una labor de conjunto.
El entró a formar parte de la Asociación de Idealistas Prácticos, institución vanguardista formada por una sincera y auténtica colaboración de todas las ideas políticas y religiosas. Si algo distinguía a esta organización era su elevado humanismo, su abnegación y el espíritu de confraternidad que despertaba la admiración de cuantos la frecuentaban. Había además un esmerado celo por la extensión cultural. Conferencias, conciertos, concursos, exposiciones, etc. Y un extremado esfuerzo en ayudar a los que luchaban en los frentes de batalla. En nuestras escasas horas libres trabajábamos cosiendo o tejiendo ropas de punto que tendrían además el calor amoroso con el que habían sido confeccionados. Y lo realizábamos todo con verdadero entusiasmo.
Una de las más firmes y profundas amistades que surgieron, fue la del fiel amigo Juan Pinell, quien luego fue monje de Montserrat con el nombre de Jordi Pinell. Su obra ha sido fiel a su gran espíritu y ha dejado muy profundas huellas tanto en el mundo religioso como en el mundo intelectual, como poeta y como escritor. Luchó contra todos los obstáculos con inalterable dignidad, comprensión, sencillez y fidelidad al ideal que representaba. Siempre será un valioso y alentador recuerdo.
En aquel entonces yo tenía la dirección de un grupo escolar, Nova Vida, en San Andres. El local había sido un seminario y, si bien habían bancos y sillas y alguna mesa tuvimos que procurarnos material escolar de diversos locales, incluso de iglesias a fin de satisfacer las más urgentes necesidades.
La tarea fue ardua. Los primeros días yo había estado ayudando a Puig Elías en la organización de escuelas, distribución de niños y de maestros, búsqueda y recogida de muebles y preparación de una tesis sobre sistema pedagógico y la que presenté valió la dirección del grupo escolar.
Enrique había ya regresado de Ginebra. Había estudiado en la Escuela de Guerra para obtener el titulo de alférez y fue destinado al cuartel de artillería, también en San Andrés, cerca de Barcelona.
Una tarde, yo había asistido a una conferencia a cargo del Dr. Martí Ibañez. Al regresar a mi casa me dijo mi madre:
“Tienes una visita”
No sé por qué temí que fuera Augusto Engelke, el sueco, y no me equivoqué. Insistía en que quería hablarme a solas, a lo que contesté:
“Mi padre me decía que no debía de hablar ni de escuchar nunca, lo que no pudieran oír o hablar los padres o los ángeles”. De modo que si mi madre no podía oírlo, yo tampoco.
“Me da miedo tu voluntad”, contestó y se fue.
Volvió a la mañana siguiente con la intención de practicarme los pases. Yo pensaba mientras; “conmigo no puedes” y él, como si percibiese mi estado dijo enfurecido:
“No queda nada en ti. Ahora, mírame a los ojos y dime que no me quieres”.
Mi mirada expresaba mi firme intención cundo contesté:
“No. No le quiero”.
Llamó entonces a mi madre, y haciendo la cruz como un gitano, juró que, o sería suya o de ningún otro hombre.
Mi madre le hechó de casa con valerosa energía. Y ya no me dejaron salir sola. En el C.E.N.U., como en el sindicato, tenían orden de no dar mi dirección a nadie.
En el cuartel llegó una orden para partir al frente, no inmediatamente, pero debían de estar preparados. Enrique no quería ir y pensé en el modo en que yo podría tal vez ayudarle. De momento le nombré maestro de mi grupo para hacerse cargo de los subnormales que ya eran suficientes en número y precisaban de una educación especial. Con mi nombramiento, fui al C.E.N.U. y el documento fue sellado y avalado. Siguieron a continuación la Generalidad, Ayuntamiento, Diputación y con estos requisitos me fui a Valencia donde estaba el Gobierno. Me entrevisté con el ministro de Cultura y obtuve su apoyo. Luego fui al Ministerio de Defensa, cuyo Ministro, luego de ver los documentos presentados bien avalados, me preguntó:
“¿Y yo qué puedo hacer?”.
“Extender una orden de retención del Alférez, etc. para que pueda atender las clases de subnormales en mi Grupo Escolar. Que la guerra no se gana sólo en la vanguardia. Otro alférez es fácil de encontrar. El puesto de esta especialidad es difícil de conseguir. Es necesario, señor Ministro; tengo muchos refugiados  y necesitados de esta ayuda. En su colaboración hallará la recompensa.
Y firmó el papel.
Regresé a Barcelona. Fui al cuartel. El largo pasillo que conducía al despacho del General, fue recorrido por mí como si yo fuera uno de los Mosqueteros. Tal sensación de victoria me invadía. Y Enrique quedó en Barcelona.


El estado civil en guerra se hallaba en uno de los momentos más críticos y crudos. La ofensiva de Aragón alcanzaba niveles de lucha de los más encarnizados desde que empezó y todos los esfuerzos de cooperación eran necesarios y precisos. No así la afluencia de mujeres en la línea de combate. Esta determinación fue una de las más erróneas e imprudentes que se podían realizar, y los resultados fueron fatalmente los naturales. Bifurcaron un objetivo que debería de haber sido el único. En fin, huelgan los comentarios.
Muchas vidas se hallaban en peligro. Organizamos una salida hacia Pina y Osera que eran los pueblos más amenazados. En camiones cubiertos totalmente por gruesas lonas, salimos con el ánimo enaltecido por poderosos sentimientos de incondicional entrega a recoger el mayor número posible de niños para apartarlos del peligro que los amenazaba. A menudo, tuvimos que bajar de los coches pues los “cazas” y la “pava” vigilaban las carreteras y disparaban contra cualquier movimiento sospechoso o no. Nos esperaba Durruti intranquilo y, al vernos, acudió a abrazarnos sensiblemente emocionado. Los niños le aclamaban, creían en él, y él, entre risas y lágrimas les decía: “¿Veis como no os hemos engañado?. Bien. Ahora subid. No lloréis, no cantéis ni gritéis. Sentáos juntos, apretaditos y no temáis. Vosotros vais a Barcelona. Los otros irán a Lérida. ¡Hasta luego!. Todo irá bien. ¡Salud!”
Nos despedimos con un “¡Hasta siempre!” y emprendimos el camino de regreso. El retorno no fue tan alterado. Pero la impresión de haber estado tan cerca de la línea de fuego, de haber visto la luz, terroríficamente roja, el humo y las llamaradas, los disparos continuados y los dolorosos gritos que resonaban en nuestros oídos, nos preguntábamos:
“¿Nos volveremos a ver?”. Y no. No nos vimos ya más. Le mataron.
Una vez en Barcelona los albergamos en el Hotel Ritz, y allí empezaron los lloros y los gritos. “¡Papá, mamá! ¿dónde está mi hermano? etc. No hubo tiempo de clasificar y dividimos familias, sin querer. Poco a poco comprendieron, aceptaron; y un vaso de leche caliente, el calorcito del lecho y la misma colaboración por parte de los mayorcitos, todo condujo a un sueño del que despertaron con la misma sorpresa y pregunta: ¿dónde estamos?
Baño, desayuno, visita al hotel con sus jardines, sus salones, su enorme cocina; y les entusiasmaban los grifos brillantes y las empuñaduras de las puertas. Luego dimos un paseo por la ciudad y cuando se cruzaban con algún uniforme lanzaban un “¡Viva Durruti! ¡Abajo el fascismo!”, verdaderamente estremecedor.


30 abr 2013

Telavision 26 - Vacaciones perfectas

Han llegado ya las vacaciones y nuestra familia debe encontrar el lugar adecuado para las preferencias de todos: un camping en plena naturaleza.

28 abr 2013

La vida critica... 87 - Nadie más, seguro!

Confiar en uno mismo es imprescindible para triunfar, adquirir seguridad y, también, para confiar en los demas. ¡Sobre todo si tienes una cita!
Aunque a veces es mejor no mirarse en el espejo.

26 abr 2013

"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 6º - El regreso



Las siluetas de mis padres se destacaban en el muelle. También algunos hermanos me habían venido a esperar y agitaban sus pañuelos blancos con alegría. Llegamos a casa y todo allí tenía un tono diferente.
De los vecinos, apenas conocíamos ninguno. De nuestro rellano, en la letra D vivían unos señores, ella una dama elegantísima, alta, morena, hermosa, ignoro si amable o no pues apenas cruzábamos más palabras que los “buenos días” de ritual si coincidíamos al salir y según la hora. El era un hombre raro, no únicamente por su joroba que tenía con generosidad sino por la frecuencia con que se equivocaba de puerta, cosa difícil toda vez que las puertas se correspondían en cruz. Un error de piso era comprensible; pero el de puerta, no, y esto pasó varias veces y una de ellas me movió a decírselo a mis padres pues entró, cruzó el pasillo y sólo al llegar al comedor que estaba al extremo, se dió o dijo que se había dado cuenta del error. Yo estaba sola; pero se me ocurrió llamar a mi padre y él, inmediatamente, se fue.
Pues bien. Una mañana, mi madre acababa de darme dinero para comprar en el colmado contiguo. Al salir tuve que dar paso al jorobado y luego a la señora que salía tras él en actitud amenazadora. El llevaba un enorme cuchillo, en la mano, y le decía: “Te voy a matar”. Ella le arrojó una botella que contenía vitriolo y no me tocó a mi milagrosamente.
Mi intención era la de refugiarme en la portería; pero la ayudante de limpieza lo hizo primero y cerró la puerta inmediatamente, lo que motivó que yo tuviera que presenciar el terrible suceso.

En la espaciosa entrada había un hombre alto que cogió a la mujer y el jorobado empezó a apuñalarla. Ellos salieron dejando a la mujer en el suelo, ensangrentada. Yo salí temblando y me fui al colmado y, asustada, conté lo sucedido. La gente no creía el relato; pero el dueño me conocía y salió inmediatamente a la calle y armado pues era del somatén. Al ser más alto, más joven y por tanto más ligero, le pudo alcanzar ya en la calle Diputación.
La mujer vivió aún unos momentos, los suficientes, empero, para declarar. Hacían moneda falsa y ella se cuidaba de pasarla; tenían la fábrica o taller en el Guinardó. Cosa rara, pero que recuerdo bien, es que por la noche, mientras leían la prensa yo temblaba; pero es que me temblaban las nalgas. Según la prensa fueron catorce las puñaladas recibidas.
Cuando tiempo después se proclamó la República, y liberaron a los presos, pasé una temporada encogida por el temor. Ahora, me decía yo, se vengará de mí pues sabe que lo vi y que lo conté. Y añoraba y valoraba la apacible y fraternal vida de mí isla.
En mi casa se empezaba a hablar mucho de mí futuro y un importante suceso vino a determinar mí camino y a cambiar el sentido de mí vida y colaboró a mitigar la desagradable impresión del anterior impacto.
De la estancia en Mallorca cuando el encarcelamiento de mi hermano Juan, había surgido un aumento del círculo de amistades que, sobre todo mi madre había cultivado. Entre ellas había la del cónsul de Bélgica en Mallorca. Era un hombre de gran cultura, de elevadas tendencias espirituales. Vino a consultar algún problema con mis padres. Mi padre era masón, tenía el grado de Gran Maestro. Ignoro si también el cónsul era miembro de alguna Logia; lo que sí sé es que les unía una gran afinidad. Vió el piano y preguntó:
“¿Alguien de Vds. toca el piano?
“Sí. La niña. Onésima”.
“¿Quieres tocar algo para mí?” Me preguntó.
A mi no me satisfacía mucho la idea, pues me daba mucha vergüenza; pero... bueno, contesté que sí.
Antes de hundir los dedos en el teclado hay que sentir que entre el piano y tu no hay separación y esto es más fácil en la intimidad; pero cuando los que asisten no oyen sino que escuchan esta intimidad se ve fortalecida por un más rico valor. Creo que interpreté algo de Vivaldi y una sonata de Mozart.
Al finalizar se dirigió a mis padres y solicitó de ellos el permiso para volver acompañado de un gran amigo suyo y que era un verdadero valor en el mundo musical. Al cabo de unos días y con preciso aviso, vino acompañado de Pablo Casals. Ya su figura imponía por cuanto desprendía de nobleza y superioridad, a la par que una gran sencillez. Yo actué como si estuviera sola. Tanta fue la confianza que me inspiró que me abandoné.
Cuando acabé, Pablo Casals se acercó al piano, rodeó mis hombros con sus manos y me dijo lo mismo que Dª Teresa:
“La música te espera, niña. Si quieres, si decides acudir yo te ayudaré”.
No es fácil expresar cuanto sentí. Un nudo en mí garganta me impedía hablar. Seguramente fijé mí mirada en él; pero me mantuve en silencio. Sentía que mí ser entero era una oración; que mi corazón desbordaba no sé que sentimientos; pero aquel nudo seguía en mi garganta como inútil mensajero.
Habló con mis padres con la siguiente proposición: se hacía cargo de mí formación artístico-musical, para lo cual debía de irme con él a Milán y cursar allí los estudios. Ibase también con él un chico que estudiaba violín y al que prometía también igual ayuda. Era una grandiosa oportunidad ante la cual guardé silencio comprendiendo la enorme responsabilidad que, en cualquier sentido, adquiría su decisión. Se acordó aceptar unos días de espera durante los cuales en diversas ocasiones se reunieron los familiares. Los primos de mi madre alababan el proyecto con franco entusiasmo. Mis padres sostenían una intensa lucha de la que me tenían alejada, incomprensiblemente para mí.
La presencia de mi hermano mayor quien vino de Menorca para ayudar con su opinión, fue definitiva.
“¿Nuestra hermana  artista?”, preguntaba con asombro. “¿No avanza en sus estudios? ¿No dicen sus maestros que promete en el digno camino del Magisterio?. Nuestra hermana ha de ser maestra, una honra para Menorca”. Esas fueron sus palabras concretas y decisivas.
Y hubo un “jaque al Rey” mientras yo no había jugado una sola pieza.
El mundo se hundía bajo mis pies. No. No era eso, ni era otra cosa. No hay palabra alguna que exprese un “quedarse sin vida y seguir viviendo.
Ante mí se abría un camino angosto, largo y frío, sin horizontes. No había sol, ni noche de luna y estrellas. Y el camino se estrechaba y se hundía en el vacío.
Pero en los momentos más crueles y oscuros siempre aparece una luz. Y la mía tuvo un nombre, sí, un nombre de algo que podía y que debía ofrecer con dignidad: GRATITUD. Yo andaba y corría, danzaba y subía y bajaba las montañas, me internaba en el mar y jugaba con las olas. Y esta suprema libertad, esta preciosa expansión natural de mi vida se la debía a mis padres y hermanos que sufrieron y lucharon para que yo lo pudiera realizar. Y eso fue lo que me ayudó a seguir como fuese: pero a seguir aceptando las condiciones que la vida me presentaba y transformarlas, en lo posible, para mejorar su condición. Y ese era mí deber. Si lo otro tenía que ser, lo sería por añadidura-
Y esta decisión me devolvió la paz y estableció la armonía. Ante esto ningún contratiempo tenía importancia.
Al volver a la escuela mis maestras me hablaron seriosamente.
“Ripoll. (Nos nombraban por el apellido y trataban de Vd.) Los ingresos en cualquier escuela oficial son a los catorce años. Cualquier camino que Vd. Quiera seguir debe prepararse durante este curso para examinarse el próximo. ¿Ha pensado ya qué carrera seguir?”
“Sí. Lo he pensado. El Magisterio”.
“¿El Magisterio? ¿Lo ha pensado bien, Ripoll?”
“S´. Desde luego”.
“¿Y la música?”, insistieron.
“Seguiré con ella, lo que pueda”.
“Ripoll. Nos gustaría que viniese a ayudarnos con los párvulos, aunque sea medio día. ¿Podrá?”
“Gracias. Gozaré haciéndolo.” contesté.
“Y los niños también,” respondieron.
Y yo me decía: trataré de ser una buena maestra. Y creció ante mi un horizonte nuevo, mezcla de lágrimas y de regocijos.




Los párvulos aprendían a leer en un libro titulado Catón. En él había una frase que me conmovía intensamente; era la de: “Enrique ama a su mamá”. Cada vez que tenía que oírla o pronunciarla, me invadía una dulcísima y profunda emoción, ignorando por qué. Como que la lectura era diaria esta emoción iba creando en mi un estado de sensible añoranza. Me acostaba temprano con un nombre rigiendo los latidos de mi corazón: ¡Enrique!.
Una noche entró mi madre en mi habitación y cariñosamente me preguntó:
“Nena. ¿Qué te pasa?. Te has disgustado con alguna amiga, o tus maestras? Estas triste, apagada, apenas dices nada, estas como ausente. ¿Qué te pasa? ¡Dímelo!
“Nada, mamá. Pienso en Enrique”.
“Y, ¿quién es este Enrique?
“No lo sé, mamá. Me pasa esto”. Y se lo conté.
Mi madre quedó pensativa y preocupada. Pero yo, luego de la confesión, me sentí liberada y se restableció la tranquilidad.
Días después me decidí a pintar un tapiz. El motivo era un paisaje lejano en el que se divisaba una especie de ciudad oriental con alguno de sus templos. En primer término, un gran árbol a cuyos pies había una pareja. El la rodeaba con un brazo mientras con el otro señalaba el mágico país de oriente. Entre el árbol y el templo, un arco iris cruzaba el cielo uniendo las dos fronteras. Y, señalando al hombre, yo decía: este es Enrique.
La escuela se iba convirtiendo en otro centro familiar. Mis maestras conocían hasta mis pensamientos; participaban de mi vida y penetraban en ella con el respeto que lo harían con algo sagrado. Tuvieron que enseñarme y procurar que yo aprendiera religión. En los exámenes de ingreso me preguntarían y yo debía de estar preparada. Pero cuando llegaba a mi casa con una doctrina, mi hermano Leandro me la dejaba hecha trizas. Mis maestras llegaron a disgustarse porque yo no aprendía las obras de misericordia y, a su modo, me riñeron.
En mi casa, sobre todo mis padres, notaron mi disgusto. Les explique la causa y lo comprendieron. Y aprendí las obras de misericordia como para no olvidarlas jamás. Pero el examen de ingreso fue algo digno de mención. Había un tribunal cuya directora era Dª Adela Medrano, esposa del odontólogo Dr. Molleda que me arreglaba la boca. Era guapa, simpática y agradable. Ella me examinaba de Letras.
“Dígame un verbo reflexivo”, me dijo.
“Lavarse”, contesté.
“Y, ¿qué se lava Vd.?”
“La cara”
“Ella iba insistiendo... y, ¿qué más?”
“Las manos”
“Y, ¿qué más?
“Los pies”
“Y, ¿qué más?”
“La boca”.
“Y, ¿qué más?” inquirió.
“Pues todo lo que tengo sucio”, contesté ya no sé cómo.
Los exámenes eran públicos. Entre los presentes estaba mi amado padre. Hubo una espontánea y explosiva risa que yo, nerviosa, compartí.
En este estado pasé al examen de religión.
“Dígame las obras de Misericordia”.
“¡Anda!” me dije yo.
Y segura, segurísima, empiezo a enumerar y llego al final.
“... y la última, la séptima añadí, enterrar a los vivos y a los muertos”.
“Vaya, contestó la profesora. Entierre Vd. A los muertos; pero a los vivos déjelos en paz”.
Y ... nuevas risas.
La carrera de obstáculos siguió en los exámenes de Historia y Geografía. De los cabos de España los nombré todos, sin olvido alguno; pero luego me los hizo repetir en sentido contrario y me olvidé el Ortegal. Y no había modo de recordarlo. Me dio diez minutos para reconstruir el recuerdo; pero así..., le quedan ocho, le quedan siete...seis... y así hasta el final.
“¿Cómo se llama Vd.?”
“Pues, no me acuerdo.”
Y me fui al asiento, junto a mí padre.
“¡Onésima!, ¿Qué te ha pasado?
Salté del asiento, extendí el brazo y exhalé:
“Me llamo Onésima Ripoll Manent.
Y me suspendieron. Mi padre fue a hablar con la directora y ésta le dijo: ¿Quiere ver la nota que tenemos de su hija? Y le enseñó el resultado: Distraída.
Y eso fue todo.
Mi padre me dijo: pasarás las vacaciones en Ibiza. No te llevarás ni un libro. Goza, disfruta y no te preocupes y en setiembre te volverás a examinar con lo mismo que ahora sabes y sin temor. Yo sé que estás bien preparada y tu también.
Y así se realizó. En Ibiza vivían unos parientes de mi padre, uno de ellos también masón. Había venido algunas veces a visitarnos. Tenía en Ibiza un café – restaurante en Santa Eulalia y en la capital vivía una prima con una hija que en aquellos momentos era novia de mi hermano Leovigildo. Se llamaba Dolores y ya la conocíamos.
Si mi estancia en Ibiza hubiese cumplido tan sólo el propósito de cambiar de ambiente, descanso y distracción, tal vez no transferiría consecuencia alguna digna de mención o de interés; pero no fue así. Hubieron hechos y circunstancias que bien merecen atención por las profundas huellas que dejaron en mí y por el recuerdo que dejé en la isla. Ibiza, ya como forma constitutiva era muy distinta a Menorca. Ibiza era más bien triangular, mientras que Menorca paralelógrama. Las calles de Ibiza, estrechas e irregulares, se elevaban con tal rapidez que habían casas, la de mi prima por ejemplo, que, dispuestas en bajos y primer piso, una parte, los bajos, estaban situados en una calle y el piso superior tenía entrada y salida por la otra calle lateral. En la primera parte había una tienda y en la segunda la vivienda con las habitaciones particulares. Todas las habitaciones disponían de un Don Pedro donde vaciar las más íntimas necesidades y, en el recibidor, cubierto por una sólida alfombra, había lo que se llamaba “lloc comú”. Se levantaba una tapadera y allí, en cuclillas se depositaban los excrementos si había necesidad. Este descubrimiento fue para mí una especie de repelente curiosidad.
Otras cosas me demostraban que no era mi isla ni Barcelona sino una época muy afectada por la influencia de la magia y la brujería. El hecho de haber llegado de Barcelona me convertía en algo importante y despertaba un comprensible interés. Era por tanto, muy solicitada y por parte de los primos, muy advertida.
“Cuidado; si vas a esta casa no comas nada sobre todo de fruta. En las peras, manzanas, naranjas o melón, etc. inyectan una substancia para conseguir que te enamores de algún hijo. No te dejarán escapar.
Yo escuchaba por educación y también para conocer más o menos el punto central de una cultura o más bien un estado de civilización en gran parte nuevo para mí. Naturalmente comí con plena tranquilidad de lo que se me ofrecía sin experimentar cambio alguno. Otra cosa me extrañó. Mi hermano, enamorado, se portaba con su novia con una fidelidad digna de admiración, casi excesiva. Si algún domingo iba al fútbol, amante como era del deporte, en sus cartas diarias a su novia se lo contaba como si confesase un hecho delictivo. Ella por su parte, recibía cada día a su puerta a un hombre diferente con el que se translucía una relación más íntima que de amistad. Un día se lo comenté. “Sí, dijo con naturalidad; son mis novios. Nos tratamos y cuando nos queremos casar elegimos al que más facilidades nos ofrece de felicidad”.
“Bueno, dije yo, se lo diré a mi hermano y no sé cómo reaccionará”.
Otra costumbre, no tan sólo por la curiosidad que despertó en mí, sino por las características tan opuestas de una a otra isla. Los domingos, en la Rambla, los chicos se alineaban correctamente en las aceras laterales, y en el centro y vestidas con los típicos trajes del país, paseaban en grupos de dos, tres, cuatro o cinco chicas que lucían en sus corpiños las célebres botonaduras de oro en hileras verticales. El número de hileras denotaban el grado de riqueza de la entidad familiar. Ellas paseaban arriba y debajo de la calle, cambiaban saludos, sonrisas, algunas con cierta malicia o picardía, y elegían a quien más les gustaba. Aquel era uno de los novios que festejaban, un día cada uno, a la chica al atardecer.
Así que lo que en Menorca sobresalía como aspiración cívico cultural, en Ibiza el ambiente respiraba ambición y frivolidad.
Sin embargo, viví en ella episodios de auténtica sensibilidad. Y fue en la cárcel, el único sitio donde pude practicar el piano. Fue en el departamento del director que era amigo íntimo de Dolores y familia. Los presos escuchaban y aplaudían; pero estaban en sus celdas y no todos percibían el sonido por igual. Entonces solicitaron si podría yo adaptarme a su horario de recreo, cosa que naturalmente fue fácil de conseguir. Además el horario fue aumentado en una hora más, lo que permitió algún que otro diálogo como también la oportunidad de una más extensa conversación llegando a venir algún grupo al despacho, a consultar o a expansionar sus inquietudes. Jamás me ocultaron la verdad. Habían dos presos, padre e hijo, cuyo caso, (envenenamiento de reses de otros campos vecinos) no se había aclarado porque ambos se declaraban culpables en mútua defensa.
Llegué a sentir verdadero cariño por todos. Me pedían que cantase y sus canciones preferidas eran: “El desfile del amor”, o bien, tanto el Avemaría de Gounot, como la de Schubert. Me preguntaban, “¿dónde has aprendido?”, “¿qué estudios tienes?”, “¿nos escribirás?”.
Y yo les hablaba de mis padres y de mis maestras con mi natural admiración y reconocimiento. Antes de partir, al despedirme de ellos, me pidieron la dirección y les di también la de la escuela, pues me pasaba el día en ella y recibiría antes su noticias.
Pasaron unos meses y una mañana llamaron a la puerta de la escuela. Llegaba un paquete muy grande a nombre de mis maestras y una carta felicitándolas por su labor y agradeciendo en mí nombre cuanto habían hecho por mí y por cuanto hacían por los demás. Notificaban la libertad de padre e hijo y mandaban un gran saco de almendras de su propiedad para repartirlas entre sus alumnos. Este generoso y fino detalle, sembró en todos una profunda emoción difícil de describir. Creo que merecen mi fiel recuerdo y el reconocimiento al valor de su nobleza y sensibilidad. Y, al llegar a mí casa, encontré carta y paquete como el de la escuela.
Se acercaban los exámenes de setiembre. Siguiendo los consejos de mí padre, no había repasado nada durante el verano. Pero mi padre me hizo preguntas, me puso problemas a resolver y quedamos satisfechos y tranquilos. Así que me presenté y entonces me felicitaron y me preguntaban que dónde me habían preparado.
Entretanto un importante suceso había sacudido a la nación. La proclamación de la República, lo que significaba el nacimiento de un nuevo concepto de la libertad y del bienestar humano. En educación se establecería la coeducación. El aumento de escolaridad conseguida obligó a una nueva habilitación de los distintos locales, de la Escuela Normal de la calle Fortuny y de la Rambla de Cataluña. El primer curso lo realicé en la calle de Fortuny. Como es lógico los profesores estaban clasificados por especialidades. Nosotros teníamos a Dª Mariana como profesora de Letras, a la que los alumnos no tenían gran simpatía. Un día empezaron algunos: “Hoy vamos muy flojos. Tendríamos que hacer algo para entretenerla. Ripoll, ¿por qué no ideas algo?
“¿Yo?”, dije.
“¡Si, si, va!”.
Pasaba un gato que teníamos en la Escuela. Yo le tenía entre mis manos, cuando...
“¡Que viene Dª Mariana!...”
Lo más cerca que tenía era su propio pupitre. Con que lo metí en él. Entró la profesora con su gesto habitual, algo brusco y altanero. Se sentó y llamó a uno de los alumnos para preguntarle la lección pertinente. “Póngame un ejemplo”, le decía.
Y el alumno no acertaba. Y ella, decidida y segura a la vez, ponía su mano derecha en la tapa del pupitre, diciendo a la vez:
“No se apure. En la Real Academia tenemos...”
“Un momento Dª Mariana. ¿Vale éste?...”
Hasta que al fin abrió la tapa y...¡puf!, salió el gato de estampida.
“¡Una rata! Empezaron todos.
Y entre gritos, voceríos, búsquedas, subidas a los asientos, etc. llegó el bedel anunciando el final de la clase y nadie dijo nada.
Fueron los exámenes finales los únicos celebrados en esta Escuela Normal. El próximo curso se realizaría en la Rambla de Cataluña.
Una cosa empezaba a manifestarse causando cierta preocupación. Mis pies volvían a deformarse. Una curva aumentada del empeine exigía cada vez más  altura en el tacón a fin poder andar más fácilmente y con menos dolor. Yo seguía haciendo ejercicios en la escuela y en casa. El Dr. Pell y Cuffi examinó de nuevo mis pies y determinó aprovechar las próximas vacaciones de verano para la operación.
Habíamos cambiado de piso, en la misma calle de Viladomat; pero en el chaflán a Provenza, junto al club deportivo Layeta, más grande y con mejores condiciones. La operación se hizo en el propio hogar. El Dr. Pell y Cuffi vino acompañado de otro médico y una enfermera. Se organizó un pequeño quirófano y antes de empezar el Fr. Me dijo:
“No podemos anestesiarte como quisiéramos pues, en tu caso, no es aconsejable. Pondremos una inyección de cocaína; tu madre no estará presente, pero estará en el hogar. Procura que no sufra.”
“¿Quiere que me duerma? Creo que lo podré conseguir; y no gritaré, no me oirá. Se lo prometo”.
Me dormí. Desperté cuando cortaban el tendón a ambos pies. Era muy intenso el dolor; sé que rompí toallas; pero no grité. Me alegraba pensar que mi madre podía estar más tranquila y que yo tenía ayuda para aportar mi parte contributiva al bien que se me estaba haciendo. Mis pies caían de la mesa. En el suelo habían colocado un cubo que recogía la sangre que caía a borbotones. La enfermera me hablaba y secaba mi sudor. Pero aguanté tranquila, con un indefinible gozo interior, no por cuanto yo sufría, si no por cuanto se me estaba ayudando.
Me enyesaron otra vez y ya listo todo entró mi madre. Su bello rostro reflejaba la inquietud sufrida. Vio los guantes en mis manos y la enfermera, sonriente, le dijo que yo la había ayudado mientras cosían la herida.
Durante el mes de julio, el Dr. Venía a menudo a visitarme. Pero en agosto hizo vacaciones. Me habían colocado un tensor en cada pierna y yo debía de apretar una vuelta cada día y aguantar el dolor lo que pudiera a fin de colaborar a la más perfecta solución. Yo me daba más para adelantar el proceso. Con una aguja de calceta me rascaba por dentro del yeso pues el picor era inquietante y molesto. En setiembre me lo quitaron. El Dr. Me dijo: “dentro de unos días vendré a enseñarte a caminar”.
“¿Qué? Respondí yo. Hoy le acompañaré a la puerta, cuando salga”.
Y lo hice. Al llegar a la puerta mis piernas parecían las patas de un elefante. Pero empecé el curso.
Un taxista venía a buscarme por las mañanas y me subía las escaleras de la Normal; y al mediodía volvía y me llevaba a mi casa. Allí el problema era más leve ya que había ascensor.
En la primera clase, el Director, el Sr. Juncal nos reunió en la sala de actos para darnos la bienvenida; nos felicitó por el cambio que significaba el nuevo plan de educación y nos recomendó el máximo respeto entre todos. No toleraré, nos dijo, parejas amorosas en los pasillos. Amigos y hermanos en las clases y en el centro. En la calle lo que queráis. Bienvenidos.
Tres de las alumnas veníamos de la Academia Serra; Carmen Sastre (que dejó de estudiar), Margarita Prats y yo. Luis Gausachs, la hija de Puig Elias, Prim y yo veníamos también del campo anarquista. En las nuevas amistades las hallé de gran valor en Rosario Ramia, Juan Rabascall, Carmen Soler, las hermanas Yarza de San Pedro, Felicia Casals, Ricardo Cucala, Juan Miró y otros muchos con los que compartí estudios, luchas y esperanzas.
Un día el periódico “El Matí”, del que era director Francesc Maciá, publicó un artículo en el que se decía que la Escuela Normal se había convertido en un centro anarco-sindicalista. Protesté enérgicamente ante el mismo director a quien fui a visitar. Defendí  cuanto pude la actitud correctísima del director Sr. Juncal y le rogué al Sr. Maciá que contestase como se debía al anterior artículo del cual él no tenía conocimiento. Efectivamente, a la mañana siguiente aparecían disculpas y aclaraciones a posibles mal entendidos y todo quedó bien.
Durante este período no fue sólo la coeducación la única innovación. También la puntuación por notas había sido sustituida por la evaluación numérica que del 1 al 10 indicaba el paso de suspenso a sobresaliente. Desaparecían, por tanto, los calificativos que denotaban superioridad o inferioridad.
Otra ley vino a dar al Magisterio un grado más de esperanza, de seguridad y de justicia. Implantación de un Plan Profesional en el que, estudiando dos años más, se aseguraba la plaza al final de la carrera. Esta garantía estimulaba los esfuerzos y desvanecía las dudas sobre un futuro incierto.
Mis padres se alegraron mucho de la reciente disposición. Ellos hubieran deseado que yo ampliase los estudios como profesora de Escuela Normal. Pero a mi lo que más me seducía era la formación infantil.
Los alumnos nos ayudábamos mútuamente. Uno de ellos, Juan Miró que era de cursos anteriores, me ayudó mucho en los estudios de ciencias químicas. Incluso organizamos un pequeño laboratorio en casa y él venía asiduamente. Mis padres me decían: “Este chico está enamorado de ti”. “¡No!” contestaba yo. Mi entrega al estudio era absoluta y no tenía tiempo para otras manifestaciones ni me sentía atraída. Pero él manifestaba un especial cariño hacia mis padres, cosa que yo le agradecía sinceramente. Pero nada más.
Mi amado padre llegó un día mucho antes de lo acostumbrado. Apenas podía andar y él, que no era de fácil queja, nos pidió que avisásemos al médico. Llegó éste y ordenó el inmediato ingreso en una clínica. Fue la de Nª Sª del Pilar. Allí diagnosticaron hernia doble estrangulada. Había que intervenir inmediatamente. La operación fue bien, pero sobrevino una bronco neumonía y su estado era muy grave. Mi madre estuvo con él todos los días y nosotros, los hijos, íbamos por la tarde. Cuando parecía estar mejor, una imprudencia contra la que el médico había advertido, le produjo una fuerte recaída de la que no era posible salvación. El, que no entonaba ni tenía voz, pasaba ratos cantando y hablaba en castellano. El Dr. Revilla, nuestro médico, me llamó a mi y me pidió que me llevase a mi madre pues estaba delicada del corazón y su vida también peligraba. “Eres la más fuerte; llévatela y engáñala entre tanto. Despídete de él ahora pues no creo que pase de unas horas”.
Besé a mi padre, no sin esperanza, y él me dijo:
“Onésima. Cuando esto pase, vivo o muerto yo te diré qué camino has de seguir”.
Me autorizó a comprarme un Diccionario Enciclopédico que me faltaba y me volvió a besar.
No volví a verle. Su rostro, tan lleno de amor, de honestidad, de tan honda bondad, me siguió envolviendo. Pero no le vi más. Lo más doloroso de la muerte es este: ¡ya no!, ¡nunca más!.
Murió a las cinco de la mañana. Engañé a mi madre diciéndole que estaba mejor, que le mandaba besos. Habían puesto tapa de cristal en el ataúd para que yo pudiera verle. Pero, aunque el coche fúnebre paró junto al hogar, me llamó mi madre cuando me disponía a bajar y acudí a su lado. Ella me necesitaba y eso era el primerísimo lugar.
Los días que siguieron fueron duros, fuertes. Exigían una extrema serenidad. Mi madre ya no se dejaba engañar. Y llegó la verdad suave, dulcemente, pero definitiva y dolorosa.
Yo quedé sin poder desahogar un llanto contenido. Se me ponían a mi alcance los recuerdos de mi padre; su pipa, su bastón, su sombrero, su abrigo, todo cuanto podía producirme una emoción y provocarme la expansión que necesitaba; pero no había respuesta. Hasta un día, era un domingo del crudo invierno y nevaba copiosamente. Me fui a Montjuich a contemplar el gran espacio nevado. Me hallaba en el mirador donde está la estatua del Galo herido. Mientras estaba allí llegó un señor con una chica joven. El le hablaba y le mostraba el paisaje. No me pude contener. Mi ser entero era una entrañable voz y un gemido:
“¡Padre!, ¡Padre!”.
Bajé de Montjuich sin parar de correr hasta mi casa. Entré en mi habitación y lloré, lloré hasta no poder más. Cuando salí ya estaba serena; pero hasta la mañana siguiente no conté lo acaecido.
La promesa de mi padre antes de morir, no se hizo esperar. Desde su muerte yo dormía en la habitación de mi madre para hacerla compañía. Y una noche, estando yo despierta todavía, de la pared frente a mi cama surgió una potente luz, como un camino a cuyos lados surgían infinidad de finísimos hilos luminosos también pero con suavísimos y variados colores. Dicho camino avanzó hasta unirse a mi cabeza. Entonces, a mi derecha, apareció un grupo angélico formado por cinco seres de gran luz y de delicado color azul pálido, ténue y transparente. Cantaban con tan dulcísimas voces que era una verdadera delicia poderlos escuchar. Iban elevándose lentamente mientras aparecían otros cinco igualmente bellos, con sus transparencias blancas y otros cinco con matices rosados de sin igual delicadeza. Se elevaban y se perdían en la infinidad. Al desaparecer esta exuberante belleza, se transformó todo en el interior de una especie de taberna con dos puertas. Una de ellas cubierta por una pizarra y la otra con entrada y salida a la calle. Adultos en la calle, quedaban, al entrar, transformados en niños y niñas. Alguien escribía en la pizarra:
“Los ancianos de ayer son los niños de hoy”.
Y de nuevo desaparece esto y surge en su lugar una gran sala de espectáculos. Los asientos blancos tapizados de rico terciopelo granate. Un escenario con un piano de gran cola, blanco también y con una música que parecía surgir de mi interior y que yo percibía cada vez más íntima y perfectamente. ¿Quién toca el piano? Me preguntaba yo, pues no se veía a nadie. Como si estuviese en el escenario, miraba yo el patio de butacas y en todas ellas veía a mi padre. La intensa emoción que me llenaba por entero, me fortalecía al mismo tiempo. La música no cesaba y yo no tenía mi piano pues lo habíamos trasladado a la escuela privada que habíamos organizado en la calle Joaquin Costa. Eran las cinco de la mañana. Demasiado pronto para ir; pero cuando dieron las siete me fui allí y desde las ocho en que empecé hasta las once en que vino mi hermana Sinesia a avisarme, yo no me había apartado del piano interpretando una y otra vez una composición a la que titulé “Impromtus en Mi bemol menor”.
La música había prendido en mí con caracteres de fuego inextinguible. Las notas y yo formábamos un todo indisoluble. Y las palabras de mi padre abrían la puerta a una incógnita indescifrable aún; pero que conducía a una actitud de seguridad en la espera. ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Qué?.