A veces hay caravanas en la autopista, y cuando hice esta página más aún, pero puede sacarse provecho de cualquier situación.
14 may 2013
9 may 2013
Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 8º
P I N C E L A D A S
Desde
aquel infantil pero sublime, “Enrique ama a su mamá” que fue fiel presagio del
futuro y gran amor de mi vida, ésta se transformó en una total dedicación.
Nuestros
felices e inocentes momentos, tenían el encanto de las primicias, de los
grandes descubrimientos. Darnos la mano al despedirnos, era una experiencia
casi sagrada. Me dolía lavarme al llegar a mi casa pues era como destruir las
huellas de un contacto que no podía ni debía de ser profanado.
Viéndonos
diariamente como hacíamos, realizando juntos el viaje a San Andrés en tranvía a
la ida, y a la vuelta a pie para estar más tiempo en mutua compañía, la
declaración de nuestro amor fue por escrito. El escribió y me entregó. Yo
contesté y le di. Cuando nos volvimos a encontrar sabíamos el uno del otro
nuestros mutuos sentimientos y los guardábamos en un silencio incorruptible.
Si
pudiera, mi autobiografía acabaría aquí, cuando aún los almendros estaban en
flor y todo resplandecía. Viví después momentos de alentadora esperanza, de una
natural disposición a la confianza, de un sin esfuerzo alguno, saber esperar.
¿Se había construido esta condición durante mi infancia? Supongo que si; que es
una de las maravillas que las nubes dejaron en mi y que son ecos de un más
allá. Y es que hay profundidades de la inocencia que demuestran la belleza de
la vida espiritual y denotan la incomparable fuerza que desenvuelven.
Una
vez distribuidos los niños en las diferentes clases y situados los maestros en
sus correspondientes aulas, empezamos a orientar la labor escolar. Esta tenía
numerosas dificultades pues el alumnado era muy heterogéneo en edades, origen y
formación, costumbres y grado de cultura. Había un número ya algo significativo
de niños retrasados con más o menos deficiencia mental, que exigían especial
atención y, a pesar de que no estaba permitido que el director actuase de
maestro con tal número de alumnos y de maestros a su cargo, yo me encargué de
ellos, pues me había preparado en este sentido y me atraía en extremo tal
dedicación.
Generalmente
hacía con ellos la clase al aire libre ya en la escuela ya en la montaña, que
teníamos muy cerca. Aprendían a contar con piedras, hojas de árboles,
contemplando y comparando sus diversos matices, valorando sus diversidades y
conociendo paulatinamente sus ricos contenidos. Valoré ante ellos la gran
importancia, la activa influencia del sol, y una tarde, a uno de los hermanos
Cañuelas que vivían en el mismo San Andrés, le hallé de rodillas en la clase,
andando así y parándose en los espacios en los que daba el sol.
“¿Qué
haces ahí?” , pregunté.
“Amiga,
(me llamaban amiga) busco el sol y quiero cogerlo y no puedo”.
A
menudo, como en esta ocasión, la clase era improvisada. El niño, sin saberlo,
me había dado el tema. Así que aproveché para explicarles lo más sencillo y
práctico que pude, los estados de la materia y la ley de gravedad.
En
días consecutivos seguimos insistiendo hasta conseguir una positiva
asimilación. Y cuando ésta llegaba, era admirable la intensa satisfacción
experimentada en ellos y la íntegra comunicación establecida entre ellos y yo,
y ellos y su mundo circundante. Explicaban lo aprendido con la alegría de
estrenar zapatos nuevos. Y el amor entre nosotros crecía y establecía una
rigurosa y serena dignidad, sin formas ni dependencias. La enseñanza era libre
como el aire que respirábamos y en esa misma libertad nacía y se desarrollaban
el respeto y la obediencia.
Las
obras deberían de juzgarse, no por los propósitos sino por los resultados
obtenidos. Y éstos forman el nuevo impulso que sigue o que corrige y en uno y
otro ensayo, avanza la humanidad en consciente o no observada; pero sí presente
colaboración. Entre los niños y yo había un maestro, que no era yo, sino la
relación entre ambos.
El
haberme quemado mi escuela privada y destruido, por tanto, mi viejo piano, me
trajo la agradable sorpresa de obsequiarme con otro piano con una magnífica
sonoridad y de muy superior calidad. Lo encontré al llegar a mi casa. Lo habían
traído por la mañana, felicitándome por mi labor en la escuela. El envío venía
de parte del C.E.N.U., especialmente de la Sª Corma, madre de dos niños,
verdaderos prodigios que ya en su más tierna edad habían dado conciertos en el
Palacio Real. Mi satisfacción es fácil de suponer.
Mi
maestro, el gran concertista de piano y excelente compositor, pasaba por una
precaria situación. En una de las reuniones con los compañeros del Grupo Escolar,
propuse el ceder una parte de nuestro sueldo y ponerlo a disposición de Julio
Pons, a fin de tenerle como profesor de música en nuestra escuela. Fue una
magnífica solución que, aparte de serlo en la difícil situación del maestro,
enriquecía y dignificaba el valor cultural de la escuela. Se formó un coro, un
grupo de rítmica y danza y los niños tuvieron otro motivo para ampliar su
formación.
De
las clases de rítmica surgió un problema que sembró en todos la inquietud. La
clase tenía lugar a partir de las cinco de la tarde. Las niñas hablaban entre
ellas en un tono algo misterioso que llamó mi atención y le pedí información.
Tenían
miedo, pues en varias ocasiones habían visto a un hombre con barbas que huía
hacia arriba y no le veían ya.
Como
que algunos nos quedábamos a comer en la escuela, organizamos la búsqueda
intensiva y apuradamente. La escalera conducía a una habitación en la que había
una chimenea. Un banco de piedra adosado a la pared, servía de asiento. En uno
de mis movimientos al hablar, de la pared que estaba a mi espalda se derrumbó
un trozo como de unos cincuenta centímetros. De allí partían unos dos o tres
escalones y se podía entrar, aunque difícilmente. El maestro Joaquin Serra me
ayudó a mi que era la más delgada, a pasar y subir. Penetré en una buhardilla.
En su parte más alta cabía yo de pie; luego, se estrechaba. En el suelo había
restos de fuego, una olla con caldo y trozos de carne y papeles manchados de
sangre, seguramente de la carne ya utilizada. Con gran esfuerzo entró Serra también
y llegó hasta el final casi arrastrándose. Halló una escalera que comunicaba
con el campanario y que descendía hasta el jardín con salida a una calle
lateral.
Decidimos
avisar a la policía. Así que me fui a Barcelona, expliqué lo sucedido en
Jefatura y regresé en un coche de policía. Nos mantuvieron a todos en la sala
de actos mientras ellos realizaban el registro. Hallaron restos de una emisora
clandestina. Entre unas paredes secretas, multitud de vestiduras de clérigo.
Supusieron que algún cura se ocultaba allí; pero no le hallaron.
Los
periódicos publicaban noticias bajo el título de: “El fantasma del Grupo
Escolar Nova Vida”. La asistencia de los alumnos disminuyó pues tenían miedo, y
a mi, un hombre desconocido y con tono amenazador me preguntaba: “¿dónde está
el cura?”.
Fui
protegida por las milicias de San Andrés a la salida de mi casa y entrada y
salida de la escuela. Del cura no supimos nada más y el ambiente poco a poco
fue normalizándose.
También
mis relaciones con Enrique se estrechaban y nos sentíamos muy unidos.
Fui
presentada a su madre. Hubo algo por parte de su hijo que me fue muy difícil de
comprender, y más aún de aceptar. La madre fue muy sincera conmigo. Habían
vivido en Palma de Mallorca y había una chica allí con quien ella había sellado
ya sus esperanzas. Yo era pues, para ella, una sorpresa y no muy bien aceptada.
Lo comprendí y no le di importancia. Tenía fe en que mi cariño sería un punto
de conciliación.
Pero
hubo algo que me sorprendió muy desagradablemente. El hijo la encerró en una
habitación en la que ella había entrado y, a pesar de su insistencia en salir,
él la mantenía encerrada y no la abría. Pasaba riendo pasillo arriba y abajo.
“Ábrele
la puerta”, insistí yo.
Pero
él no cedía y tardó muchísimo en hacerlo. Yo sufría y estaba en muy violenta
situación.
Cuando,
al fin, pudo salir, nos preparó algo de merienda; pero en un momento que
aprovechó, me dijo:
“No
es lo que parece. Es un sepulcro blanqueado”.
A
él no le dije nada más; sólo que no se comportase así con su madre pues la
hacía sufrir y que incluso, a mí me había dolido profundamente.
“Es
una broma”, contestó.
Me
llevó al parque de la Ciudadela. Atardecía y el sol, en su despedida, llenaba
el ambiente con aquella luz tan llena de ensoñadoras promesas. En el cielo asomaban
las primeras estrellas.
“¿Ves
aquella, la qué más brilla? Es Sirio”.
Y
llegó el primer beso.
Y
cayó un velo sobre aquella tarde que, inesperadamente, abría una incógnita
sobre un futuro incierto.
La
sirena de alarma amenazando posible bombardeo, la gente despavorida buscando
refugio donde protegerse, y nosotros, ingenuamente enamorados, sorteando
nuestros destinos.
No
os caséis todavía. Esperad a que acabe
la guerra, nos decían.
Pero
para nosotros, precisamente ella aceleraba nuestra unión.
Y,
a principios de verano nos casamos. ¿Fue una boda? ¿un contrato? ¿una locura?.
Ambas cosas a la vez, al unísono.
Escribir
una autobiografía a los ochenta y tres años y porque me la han pedido
precisamente los médicos que me acompañan, cosa que agradezco y me enorgullece,
supone que muchas cosas no podrán conservar la nítida transparencia de cuando
las viví, pues forzosamente encierran el tamiz de amontonadas experiencias. La
soltura con que he transcrito mi infancia y mi adolescencia, soltura a la vez
llena de una feliz renovación del recuerdo, ahora queda matizada por una
especie de gravedad, de una cierta involuntaria tendencia al juicio que trato
de no traslucir; pero que acude con fuerza y energía propias.
Y,
sin enjuiciar, ni siquiera opinar... hay un respeto, un gran respeto al amor
que nos unió. Y este respeto impone silencio. Hay modos y formas de amar. Los
hay incapaces de sostener circunstancias difíciles, y se desparraman, se
desmenuzan y desmoronan y caen en el vacío. Otros aguantan, resisten, se robustecen
y aunque la vida o la voluntad abra surcos insuperables, el amor se sostiene en
la orilla y mantiene limpia el agua que cursa por el río. Esta es mi forma de
amar. Compartir el temporal sin convertirme en él. Ahí está la lucha y ahí esta
la elección. Seguiré escribiendo mi
autobiografía. Si ha de tener un nombre éste será el de PINCELADAS, ya que así
será o trataré de que así sea. Un contenido de satinados matices que permitan
adivinar un fondo de profundas a veces duras o inaccesibles, otras diáfanas y
de ternura especial.
La
noche de bodas es una fecha que debiera de marcar una línea de belleza, de
confianza que significase un centro de apoyo en el que reposar las posibles
deficiencias que puede presentar el futuro. Hoy día es un problema pasado de
moda. ¿Hay noches de boda?. Quizás todo se reduce a un: desde hoy viviremos
juntos. Pero no. Yo no hablo de la actualidad. En la mía y en su época, quizás
debido también a una deficiente educación por una parte y por otra a una
educación errónea fortalecida por un carácter muy especial, no hubo una semilla
de confianza ni la belleza del pensamiento que a mí me envolvía en ternuras no
confirmadas, en esperanzas no convertidas en realidad. La gran ilusión de
“despertaremos juntos” quedó reducida, maltratada. Desperté en una butaca,
junto al balcón, con preguntas no contestadas como cuando indagaba el por
qué del día y de la noche y el por qué
de la Vida y de la Muerte. ¿Dónde estaba la unidad? La unidad que me explicaría
el por qué de este continuado vaivén entre tinieblas y luz, entre mentira y
verdad, entre deseo y amor. ¿Dónde estaba la Verdad?.
Y
concluía siempre así: en la aceptación. Ella conduce a la paz. Y la paz es
superior a la felicidad. La contiene sin estar contenida. La paz es libre
mientras la felicidad está condicionada. Y di gracias, pues tenía paz y en ella
hallaría toda la fuerza en el futuro.
Al
día siguiente a la noche primera, yo había cambiado. Le preguntaba a mi esposo:
“¿Se me nota que estoy casada?”.
Era
tal la certeza que tenía de mi cambio, que creía que el mundo lo iba a notar.
¿Qué pasaba en mí? Mi estado de increíble inocencia, no acertaba a determinar
la razón exacta de mi transmutación; pero sí tenía conciencia de que algo muy
profundo y en cierto modo cruel, había desvelado ante mi un mundo de
insospechadas realidades y carecía de información para conocer y comparar. Esa
información –me dije- la daré yo a quien pase por mi vida y carezca de ella. Y
lo cumplí cuando tuve la ocasión.
Mis
hermanas casadas me miraban y cambiaban sonrisas maliciosas. Yo guardé silencio
para no revelar un resentimiento que vibraba en mi interior con un sentido
recto de la justicia, sí. Había crecido en una noche que, increíblemente, no
tenía aún siendo importante, la capacidad de modificar mi amor. Sólo que marcó
una línea diferencial. De una parte había un claro triunfo de la esperanza y de
otra una indestructible capacidad de amar... pero, ... a pesar de.
Que
¿qué pasó la noche de bodas? ¿por qué ha influido en mi de forma tan
trascendental? Por el contenido que en modo tan inesperado como increíble vino
a conturbar las diáfanas, inocentes y hasta tal vez ridículas ilusiones
confeccionadas días y noches anteriores ante la alucinante interrogativa; ¿cómo
será? ¿qué va a pasar?
Yo
me había diseñado el equipo de novia. El traje era discreto, pero hermoso.
Blanco, como era natural y no excesivamente largo ya que la boda era civil. El
juego de noche era delicioso. Pero la modista, Marcelina, me decía:
“No
creas que tu marido se vaya a conformar
a verte tan tapada, (el camisón iba abrochado por la espalda desde el
cuello hasta la insinuante cola, con finísimos botones). Yo pensaba y me
imaginaba frente al espejo vistiéndome, y que él se me acercaría y muy
delicadamente, desabrocharía uno, dos, tres o más botones... Una muy dulce
emoción, mezcla de amoroso deseo, me invadía hasta quedarme dormida.
El
día de la boda me dijo que, debido a que
yo era tan timida, iríamos al cine por la noche y así, al regresar a
casa, su madre dormiría y yo me sentiría más tranquila. Sorprendida, se lo
agradecí ya que fue una delicadeza por su parte. Fuimos al Coliseum donde
ponían “El desfile del amor”. Al llegar a casa me quité los zapatos de tacón
para subir las escaleras sin hacer ruido, y entramos al que sería nuestro hogar.
“Buenas
noches”, nos dijo su madre.
No
voy a contar las palabras y actitud que hubo después, pero que me hicieron un
daño irreparable.
Invadida
por una sensación en extremo desagradable, recogí mi ropa y salí de la
habitación refugiándome en la ventana del comedor, sentándome con las piernas
al exterior. Aturdida, miraba al cielo; intentaba reflexionar sobre lo ocurrido
sin llegar a comprender; me sentía anulada, atropellada por una incomprensible
deshonestidad, por la ausencia absoluta de respeto, por algo ante lo que no me
importaba, en un falso movimiento, caer en el vacío. El manto de la noche
rociado de estrellas salpicando el inmenso azul parecía ampararme y protegerme,
y me sentía acogida como me hubiera sentido
en la falda de mi madre. ¡Cuánto la añoré!
Ignoro
el rato que pasó. Sus voces resonaron diciéndome:
“¿Qué
haces ahí? Te puedes caer...”
No
recuerdo si contesté; pero creo que no. El me cogió por los hombros y entramos
en la habitación. Los dos estábamos entre la cama y el armario. Sin ánimo, me
acosté. Me retiré algo para dejarle sitio a él; pero como la cosa más natural
me dijo:
“¡No!,
que está caliente de tu cuerpo.
Y
entonces, impulsivamente, me lancé al otro lado, casi junto al balcón. Su
cuerpo no me pareció el mismo, si no una masa informe cayendo sobre mí.
Pasé
el resto de la noche sentada en una butaca que había entre la cama y el balcón
y lloré en silencio.
No
es que no hablásemos de lo ocurrido. Sí. Le expuse mi violenta situación y lo
desagradable que había resultado para mí y la profunda herida que quedaba en mí
interior.
Agradezco
a los médicos que me hayan pedido, rogado, casi obligado a escribir mi
autobiografía, a pesar de que he sufrido mucho en su ejecución. Pero pienso que
ellos saben por qué y yo empiezo a descubrirlo.
Creo
lógico que esta experiencia diese en mi vida una distinta tonalidad y que los
mismos motivos que antes de ella tenían una determinada expresión, la cambiasen
rotundamente. Miraba con maliciosa melancolía el espectáculo de una boda. Se
adueñaba de mi una verdadera angustia pensando que tal vez aquella nítida
ilusión sería brutalmente destruida. Luego, tiempo después, supe que la verdad
no era lo que yo había vivido, si no que podía ser algo realmente bello y,
aunque la experiencia no había sido directa, se estableció una línea divisoria
entre cuyos límites navegaba una sutil esperanza.
Quisiera
aclarar que la cruda decepción sufrida, adquiere mucha más importancia desde el
sello incomodísimo de la presencia materna. Las improcedentes caricias que
surgieron y las palabras que las acompañaron, provocando un estado de
indignación y desengaño muy alejado de lo que hubiera sido una espera
amorosamente confiada.
El
nuevo día convirtió la experiencia en un mal sueño que empañaría el desarrollo
de la vida en el futuro.
Pronto
hubieron señales evidentes de una naciente maternidad. La más maravillosa
intervención de la Vida. Y volvió el coro de ángeles. Y tuve a mi hijo, en mis
brazos, y escribí una fecha: veintinueve de marzo de mil novecientos treinta y
ocho. El día en que nació.
Los
meses de embarazo fueron ricos en experiencias, unas de ellas, de las más
fuertes que se pueden soportar. Otras, las que se derivan de un estado de
continuo despertar a impresiones nuevas, nuevos impulsos, latidos de un corazón
vibrando al unísono de otro corazoncito cuyo tic-tac, rico en excelsas
sonoridades, de indescriptible suavidad iba diciendo quedamente ma-má, ma-má. Y
ya eres madre. La más sublime de las cualidades que la Vida y el Amor nos
pueden ofrendar. La más alta compensación a cualquier perturbación o detrimento
de la paz.
7 may 2013
TelaVision 27 - La familia sigue de vacaciones
Nada como acampar al aire libre, respirar aire puro y olvidarse de la ciudad y sus problemas. Pero,... ¿puede olvidarse todo? Nuestro amigo no...
Y si se trata de un partido de tubol menos aún!
Y si se trata de un partido de tubol menos aún!
5 may 2013
La vida critica... 88 - Hay gente que parece tonta...!
El chico de esta tira y su pareja podrían utilizar You Tube, Facebook, etc. Cualquier cosa antes que abrazarse y darse un beso, claro...!
2 may 2013
"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 7º
En los meses transcurridos desde
la muerte de mi padre había empeorado mi salud. Una amiga de la escuela Normal
me habló de un hombre sueco que curaba por magnetismo y que había rehabilitado
a su madre sólo con pases y agua magnetizada. Al consultárselo a mi madre,
contestó: lo probaremos.
Y se probó. Era un hombre mayor,
no de muy agradable aspecto; pero nada costaba probar.
Sentada yo y él de pie frente a
mi, iba pasando sus manos desde por encima de mi cabeza hasta las rodillas. Yo
tenía los ojos cerrados y él me preguntó:
“¿Ves algo?
“Sí,
le contesté. Cuando pasa su mano yo veo una luz
azul muy bonita y noto un olor muy especial; no es un perfume.
“Bien,
dijo. Eso es cierto. Seguiremos.” Y magnetizó agua para que la bebiera.
Y
seguimos unos días más. Una de las veces me oyó tocar el piano y quiso volver
el domingo por la tarde para repetir la audición. En un momento del descanso se
levantó y pidió permiso para volver acompañado de un amigo que le estaba
esperando.
Poco
después volvió con él. La impresión fue intensa sobre todo en mi. Era él, el
del tapiz, el que durante tanto tiempo acompañaba los latidos de mi corazón. Un
extraño nerviosismo se apoderó de mí y empecé a dar vueltas a un anillo que
llevaba (en cierto modo estaba comprometida). El anillo se me cayó al suelo.
Sólo él lo vio. Se levantó a cogerlo, yo alargué mi mano y me puso el anillo. Y
me sentí enlazada, completa. No nos volvimos a ver hasta unos meses después,
pues los dos amigos se iban a Ginebra a un congreso de Filosofía. La impresión
había sido mútua.
Durante
aquellos meses llegó alguna carta de aquel Sr. Se había erigido a sí mismo en
maestro. Por su forma de escribir me infundía miedo. Me había regalado un
libro, “Zanoni” y creo que él quiso vivir aquella novela cuya protagonista
también tocaba el piano. Nada más lejos de mi imaginación ni más desagradable para
mis sentimientos.
Mis
estudios habían ya finalizado pues los últimos cursos los había realizado dos
en uno. Pero una nueva ley anulaba las ventajas del anterior Plan Profesional
obligando a la celebración de oposiciones. Esto era sumamente injusto y nos
rebelamos contra ello. Los representantes de cada curso nos reunimos en Madrid
y acordamos no celebrar oposiciones en ningún centro español. La oposición en
un solo centro anulaba todas las demás. Nos sentíamos fuertes, pues la razón
nos amparaba, nos sostenía y aumentaba nuestro vigor y entusiasmo. Para vencer
hay que tener razones para ello y nosotros las teníamos.
Era
a principios de 1936. Desde el balcón, a las cinco de la mañana, vigilaba a ver
si alguno de los maestros subía por la calle de Urgel en dirección a la Escuela
Industrial donde había uno de los centros de exámen. Vi a algunos que se
dirigían allí y salí de casa con la idea de evitar la entrada en clase como
habíamos acordado en la reunión: me encontré con López, otro compañero
representante de curso, como yo.
“En
Bellas Artes hay otro centro. ¿Vamos allá?
Una
vez allí, vimos a unos compañeros entrar acompañados de una de las profesoras.
Si se interceptaba uno ya no podían celebrarse las oposiciones, pues quedaban
anuladas. Las preguntas llegaban desde Madrid a todos los centros en sobres
lacrados.
López
entretendría a los Mozos de Escuadra y yo entraría en la clase y haría lo que
pudiese.
Había
unos pocos sentados en los pupitres. El tribunal ya estaba formado. La
profesora sentada en el centro estaba apunto de abrir el bolso. En un decidido
arranque, como un relámpago, me hallé frente a la mesa, cogí el bolso y salí.
“¡Cogedla!,
¡Cogedla!”.
Salí
y, sí. Me cogieron. Un guardia de Asalto en cuya gorra lucía un 354 sobre la
frente, empezó a pegarme con la porra mientras yo me defendía dándole pinchazos
con las pinzas de depilar. Los fuertes golpes recibidos obligaron a llevarme al
dispensario y de allí fui conducida a jefatura. Allí dejé el bolso
comprometedor en cuyo interior se hallaron dos cartas acusando el envío de un
donativo agradeciendo los posibles favores. El sobre lacrado ya estaba roto,
fue lo segundo que había hecho.
Por
la tarde una muy buena amiga mía me acompañó al Dr. Félix Martí Ibáñez. Hizo
radiografías, el fémur derecho estaba afectado; pero no roto. Tenía un extenso
y abultado hematoma y un susto enorme pues ignoraba cuál sería la actitud del
fiscal. El Dr. Martí Ibáñez me contestó:
“Quien
puede temer es la profesora. Su actitud es notoriamente ilegal en todos los
sentidos. En cuanto al fiscal, no te preocupes. Es mi padre”.
De
nuevo se me abría el cielo de par en par. Días después estallaba la guerra
civil. El conocimiento accidental con el
Dr. Martí Ibáñez selló una amistad firme y en muchos momentos, una labor de
conjunto.
El
entró a formar parte de la Asociación de Idealistas Prácticos, institución
vanguardista formada por una sincera y auténtica colaboración de todas las
ideas políticas y religiosas. Si algo distinguía a esta organización era su
elevado humanismo, su abnegación y el espíritu de confraternidad que despertaba
la admiración de cuantos la frecuentaban. Había además un esmerado celo por la
extensión cultural. Conferencias, conciertos, concursos, exposiciones, etc. Y
un extremado esfuerzo en ayudar a los que luchaban en los frentes de batalla.
En nuestras escasas horas libres trabajábamos cosiendo o tejiendo ropas de
punto que tendrían además el calor amoroso con el que habían sido
confeccionados. Y lo realizábamos todo con verdadero entusiasmo.
Una
de las más firmes y profundas amistades que surgieron, fue la del fiel amigo
Juan Pinell, quien luego fue monje de Montserrat con el nombre de Jordi Pinell.
Su obra ha sido fiel a su gran espíritu y ha dejado muy profundas huellas tanto
en el mundo religioso como en el mundo intelectual, como poeta y como escritor.
Luchó contra todos los obstáculos con inalterable dignidad, comprensión,
sencillez y fidelidad al ideal que representaba. Siempre será un valioso y
alentador recuerdo.
En
aquel entonces yo tenía la dirección de un grupo escolar, Nova Vida, en San
Andres. El local había sido un seminario y, si bien habían bancos y sillas y
alguna mesa tuvimos que procurarnos material escolar de diversos locales,
incluso de iglesias a fin de satisfacer las más urgentes necesidades.
La
tarea fue ardua. Los primeros días yo había estado ayudando a Puig Elías en la
organización de escuelas, distribución de niños y de maestros, búsqueda y
recogida de muebles y preparación de una tesis sobre sistema pedagógico y la
que presenté valió la dirección del grupo escolar.
Enrique
había ya regresado de Ginebra. Había estudiado en la Escuela de Guerra para
obtener el titulo de alférez y fue destinado al cuartel de artillería, también
en San Andrés, cerca de Barcelona.
Una
tarde, yo había asistido a una conferencia a cargo del Dr. Martí Ibañez. Al
regresar a mi casa me dijo mi madre:
“Tienes
una visita”
No
sé por qué temí que fuera Augusto Engelke, el sueco, y no me equivoqué.
Insistía en que quería hablarme a solas, a lo que contesté:
“Mi
padre me decía que no debía de hablar ni de escuchar nunca, lo que no pudieran
oír o hablar los padres o los ángeles”. De modo que si mi madre no podía oírlo,
yo tampoco.
“Me
da miedo tu voluntad”, contestó y se fue.
Volvió
a la mañana siguiente con la intención de practicarme los pases. Yo pensaba
mientras; “conmigo no puedes” y él, como si percibiese mi estado dijo
enfurecido:
“No
queda nada en ti. Ahora, mírame a los ojos y dime que no me quieres”.
Mi
mirada expresaba mi firme intención cundo contesté:
“No.
No le quiero”.
Llamó
entonces a mi madre, y haciendo la cruz como un gitano, juró que, o sería suya
o de ningún otro hombre.
Mi
madre le hechó de casa con valerosa energía. Y ya no me dejaron salir sola. En
el C.E.N.U., como en el sindicato, tenían orden de no dar mi dirección a nadie.
En
el cuartel llegó una orden para partir al frente, no inmediatamente, pero
debían de estar preparados. Enrique no quería ir y pensé en el modo en que yo
podría tal vez ayudarle. De momento le nombré maestro de mi grupo para hacerse
cargo de los subnormales que ya eran suficientes en número y precisaban de una
educación especial. Con mi nombramiento, fui al C.E.N.U. y el documento fue
sellado y avalado. Siguieron a continuación la Generalidad, Ayuntamiento,
Diputación y con estos requisitos me fui a Valencia donde estaba el Gobierno.
Me entrevisté con el ministro de Cultura y obtuve su apoyo. Luego fui al
Ministerio de Defensa, cuyo Ministro, luego de ver los documentos presentados
bien avalados, me preguntó:
“¿Y
yo qué puedo hacer?”.
“Extender
una orden de retención del Alférez, etc. para que pueda atender las clases de
subnormales en mi Grupo Escolar. Que la guerra no se gana sólo en la
vanguardia. Otro alférez es fácil de encontrar. El puesto de esta especialidad
es difícil de conseguir. Es necesario, señor Ministro; tengo muchos
refugiados y necesitados de esta ayuda.
En su colaboración hallará la recompensa.
Y
firmó el papel.
Regresé
a Barcelona. Fui al cuartel. El largo pasillo que conducía al despacho del
General, fue recorrido por mí como si yo fuera uno de los Mosqueteros. Tal
sensación de victoria me invadía. Y Enrique quedó en Barcelona.
El
estado civil en guerra se hallaba en uno de los momentos más críticos y crudos.
La ofensiva de Aragón alcanzaba niveles de lucha de los más encarnizados desde
que empezó y todos los esfuerzos de cooperación eran necesarios y precisos. No
así la afluencia de mujeres en la línea de combate. Esta determinación fue una
de las más erróneas e imprudentes que se podían realizar, y los resultados
fueron fatalmente los naturales. Bifurcaron un objetivo que debería de haber
sido el único. En fin, huelgan los comentarios.
Muchas
vidas se hallaban en peligro. Organizamos una salida hacia Pina y Osera que
eran los pueblos más amenazados. En camiones cubiertos totalmente por gruesas
lonas, salimos con el ánimo enaltecido por poderosos sentimientos de
incondicional entrega a recoger el mayor número posible de niños para
apartarlos del peligro que los amenazaba. A menudo, tuvimos que bajar de los coches
pues los “cazas” y la “pava” vigilaban las carreteras y disparaban contra
cualquier movimiento sospechoso o no. Nos esperaba Durruti intranquilo y, al
vernos, acudió a abrazarnos sensiblemente emocionado. Los niños le aclamaban,
creían en él, y él, entre risas y lágrimas les decía: “¿Veis como no os hemos
engañado?. Bien. Ahora subid. No lloréis, no cantéis ni gritéis. Sentáos
juntos, apretaditos y no temáis. Vosotros vais a Barcelona. Los otros irán a
Lérida. ¡Hasta luego!. Todo irá bien. ¡Salud!”
Nos
despedimos con un “¡Hasta siempre!” y emprendimos el camino de regreso. El
retorno no fue tan alterado. Pero la impresión de haber estado tan cerca de la
línea de fuego, de haber visto la luz, terroríficamente roja, el humo y las
llamaradas, los disparos continuados y los dolorosos gritos que resonaban en
nuestros oídos, nos preguntábamos:
“¿Nos
volveremos a ver?”. Y no. No nos vimos ya más. Le mataron.
Una
vez en Barcelona los albergamos en el Hotel Ritz, y allí empezaron los lloros y
los gritos. “¡Papá, mamá! ¿dónde está mi hermano? etc. No hubo tiempo de
clasificar y dividimos familias, sin querer. Poco a poco comprendieron,
aceptaron; y un vaso de leche caliente, el calorcito del lecho y la misma
colaboración por parte de los mayorcitos, todo condujo a un sueño del que
despertaron con la misma sorpresa y pregunta: ¿dónde estamos?
Baño,
desayuno, visita al hotel con sus jardines, sus salones, su enorme cocina; y
les entusiasmaban los grifos brillantes y las empuñaduras de las puertas. Luego
dimos un paseo por la ciudad y cuando se cruzaban con algún uniforme lanzaban
un “¡Viva Durruti! ¡Abajo el fascismo!”, verdaderamente estremecedor.
30 abr 2013
Telavision 26 - Vacaciones perfectas
Han llegado ya las vacaciones y nuestra familia debe encontrar el lugar adecuado para las preferencias de todos: un camping en plena naturaleza.
28 abr 2013
La vida critica... 87 - Nadie más, seguro!
Confiar en uno mismo es imprescindible para triunfar, adquirir seguridad y, también, para confiar en los demas. ¡Sobre todo si tienes una cita!
Aunque a veces es mejor no mirarse en el espejo.
Aunque a veces es mejor no mirarse en el espejo.
26 abr 2013
"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 6º - El regreso
Las siluetas de mis padres se
destacaban en el muelle. También algunos hermanos me habían venido a esperar y
agitaban sus pañuelos blancos con alegría. Llegamos a casa y todo allí tenía un
tono diferente.
De los vecinos, apenas conocíamos
ninguno. De nuestro rellano, en la letra D vivían unos señores, ella una dama
elegantísima, alta, morena, hermosa, ignoro si amable o no pues apenas
cruzábamos más palabras que los “buenos días” de ritual si coincidíamos al
salir y según la hora. El era un hombre raro, no únicamente por su joroba que
tenía con generosidad sino por la frecuencia con que se equivocaba de puerta,
cosa difícil toda vez que las puertas se correspondían en cruz. Un error de
piso era comprensible; pero el de puerta, no, y esto pasó varias veces y una de
ellas me movió a decírselo a mis padres pues entró, cruzó el pasillo y sólo al
llegar al comedor que estaba al extremo, se dió o dijo que se había dado cuenta
del error. Yo estaba sola; pero se me ocurrió llamar a mi padre y él,
inmediatamente, se fue.
Pues bien. Una mañana, mi madre
acababa de darme dinero para comprar en el colmado contiguo. Al salir tuve que
dar paso al jorobado y luego a la señora que salía tras él en actitud
amenazadora. El llevaba un enorme cuchillo, en la mano, y le decía: “Te voy a
matar”. Ella le arrojó una botella que contenía vitriolo y no me tocó a mi
milagrosamente.
Mi intención era la de refugiarme
en la portería; pero la ayudante de limpieza lo hizo primero y cerró la puerta
inmediatamente, lo que motivó que yo tuviera que presenciar el terrible suceso.
En la espaciosa entrada había un
hombre alto que cogió a la mujer y el jorobado empezó a apuñalarla. Ellos
salieron dejando a la mujer en el suelo, ensangrentada. Yo salí temblando y me
fui al colmado y, asustada, conté lo sucedido. La gente no creía el relato;
pero el dueño me conocía y salió inmediatamente a la calle y armado pues era
del somatén. Al ser más alto, más joven y por tanto más ligero, le pudo
alcanzar ya en la calle Diputación.
La mujer vivió aún unos momentos,
los suficientes, empero, para declarar. Hacían moneda falsa y ella se cuidaba
de pasarla; tenían la fábrica o taller en el Guinardó. Cosa rara, pero que
recuerdo bien, es que por la noche, mientras leían la prensa yo temblaba; pero
es que me temblaban las nalgas. Según la prensa fueron catorce las puñaladas
recibidas.
Cuando tiempo después se proclamó
la República, y liberaron a los presos, pasé una temporada encogida por el
temor. Ahora, me decía yo, se vengará de mí pues sabe que lo vi y que lo conté.
Y añoraba y valoraba la apacible y fraternal vida de mí isla.
En mi casa se empezaba a hablar
mucho de mí futuro y un importante suceso vino a determinar mí camino y a
cambiar el sentido de mí vida y colaboró a mitigar la desagradable impresión
del anterior impacto.
De la estancia en Mallorca cuando
el encarcelamiento de mi hermano Juan, había surgido un aumento del círculo de
amistades que, sobre todo mi madre había cultivado. Entre ellas había la del
cónsul de Bélgica en Mallorca. Era un hombre de gran cultura, de elevadas
tendencias espirituales. Vino a consultar algún problema con mis padres. Mi
padre era masón, tenía el grado de Gran Maestro. Ignoro si también el cónsul
era miembro de alguna Logia; lo que sí sé es que les unía una gran afinidad.
Vió el piano y preguntó:
“¿Alguien de Vds. toca el piano?
“Sí. La niña. Onésima”.
“¿Quieres tocar algo para mí?” Me
preguntó.
A mi no me satisfacía mucho la
idea, pues me daba mucha vergüenza; pero... bueno, contesté que sí.
Antes de hundir los dedos en el
teclado hay que sentir que entre el piano y tu no hay separación y esto es más
fácil en la intimidad; pero cuando los que asisten no oyen sino que escuchan
esta intimidad se ve fortalecida por un más rico valor. Creo que interpreté
algo de Vivaldi y una sonata de Mozart.
Al finalizar se dirigió a mis
padres y solicitó de ellos el permiso para volver acompañado de un gran amigo
suyo y que era un verdadero valor en el mundo musical. Al cabo de unos días y
con preciso aviso, vino acompañado de Pablo Casals. Ya su figura imponía por
cuanto desprendía de nobleza y superioridad, a la par que una gran sencillez.
Yo actué como si estuviera sola. Tanta fue la confianza que me inspiró que me
abandoné.
Cuando acabé, Pablo Casals se
acercó al piano, rodeó mis hombros con sus manos y me dijo lo mismo que Dª
Teresa:
“La música te espera, niña. Si
quieres, si decides acudir yo te ayudaré”.
No es fácil expresar cuanto sentí.
Un nudo en mí garganta me impedía hablar. Seguramente fijé mí mirada en él;
pero me mantuve en silencio. Sentía que mí ser entero era una oración; que mi
corazón desbordaba no sé que sentimientos; pero aquel nudo seguía en mi
garganta como inútil mensajero.
Habló con mis padres con la
siguiente proposición: se hacía cargo de mí formación artístico-musical, para
lo cual debía de irme con él a Milán y cursar allí los estudios. Ibase también
con él un chico que estudiaba violín y al que prometía también igual ayuda. Era
una grandiosa oportunidad ante la cual guardé silencio comprendiendo la enorme
responsabilidad que, en cualquier sentido, adquiría su decisión. Se acordó
aceptar unos días de espera durante los cuales en diversas ocasiones se
reunieron los familiares. Los primos de mi madre alababan el proyecto con
franco entusiasmo. Mis padres sostenían una intensa lucha de la que me tenían
alejada, incomprensiblemente para mí.
La presencia de mi hermano mayor
quien vino de Menorca para ayudar con su opinión, fue definitiva.
“¿Nuestra hermana artista?”, preguntaba con asombro. “¿No
avanza en sus estudios? ¿No dicen sus maestros que promete en el digno camino
del Magisterio?. Nuestra hermana ha de ser maestra, una honra para Menorca”. Esas
fueron sus palabras concretas y decisivas.
Y hubo un “jaque al Rey” mientras
yo no había jugado una sola pieza.
El mundo se hundía bajo mis pies.
No. No era eso, ni era otra cosa. No hay palabra alguna que exprese un
“quedarse sin vida y seguir viviendo.
Ante mí se abría un camino
angosto, largo y frío, sin horizontes. No había sol, ni noche de luna y
estrellas. Y el camino se estrechaba y se hundía en el vacío.
Pero en los momentos más crueles
y oscuros siempre aparece una luz. Y la mía tuvo un nombre, sí, un nombre de
algo que podía y que debía ofrecer con dignidad: GRATITUD. Yo andaba y corría,
danzaba y subía y bajaba las montañas, me internaba en el mar y jugaba con las
olas. Y esta suprema libertad, esta preciosa expansión natural de mi vida se la
debía a mis padres y hermanos que sufrieron y lucharon para que yo lo pudiera
realizar. Y eso fue lo que me ayudó a seguir como fuese: pero a seguir
aceptando las condiciones que la vida me presentaba y transformarlas, en lo
posible, para mejorar su condición. Y ese era mí deber. Si lo otro tenía que
ser, lo sería por añadidura-
Y esta decisión me devolvió la
paz y estableció la armonía. Ante esto ningún contratiempo tenía importancia.
Al volver a la escuela mis
maestras me hablaron seriosamente.
“Ripoll. (Nos nombraban por el
apellido y trataban de Vd.) Los ingresos en cualquier escuela oficial son a los
catorce años. Cualquier camino que Vd. Quiera seguir debe prepararse durante
este curso para examinarse el próximo. ¿Ha pensado ya qué carrera seguir?”
“Sí. Lo he pensado. El Magisterio”.
“¿El Magisterio? ¿Lo ha pensado
bien, Ripoll?”
“S´. Desde luego”.
“¿Y la música?”, insistieron.
“Seguiré con ella, lo que pueda”.
“Ripoll. Nos gustaría que viniese
a ayudarnos con los párvulos, aunque sea medio día. ¿Podrá?”
“Gracias. Gozaré haciéndolo.”
contesté.
“Y los niños también,”
respondieron.
Y yo me decía: trataré de ser una
buena maestra. Y creció ante mi un horizonte nuevo, mezcla de lágrimas y de
regocijos.
Los párvulos aprendían a leer en
un libro titulado Catón. En él había una frase que me conmovía intensamente;
era la de: “Enrique ama a su mamá”. Cada vez que tenía que oírla o
pronunciarla, me invadía una dulcísima y profunda emoción, ignorando por qué.
Como que la lectura era diaria esta emoción iba creando en mi un estado de sensible
añoranza. Me acostaba temprano con un nombre rigiendo los latidos de mi
corazón: ¡Enrique!.
Una noche entró mi madre en mi
habitación y cariñosamente me preguntó:
“Nena. ¿Qué te pasa?. Te has
disgustado con alguna amiga, o tus maestras? Estas triste, apagada, apenas
dices nada, estas como ausente. ¿Qué te pasa? ¡Dímelo!
“Nada, mamá. Pienso en Enrique”.
“Y, ¿quién es este Enrique?
“No lo sé, mamá. Me pasa esto”. Y
se lo conté.
Mi madre quedó pensativa y
preocupada. Pero yo, luego de la confesión, me sentí liberada y se restableció
la tranquilidad.
Días después me decidí a pintar
un tapiz. El motivo era un paisaje lejano en el que se divisaba una especie de
ciudad oriental con alguno de sus templos. En primer término, un gran árbol a
cuyos pies había una pareja. El la rodeaba con un brazo mientras con el otro
señalaba el mágico país de oriente. Entre el árbol y el templo, un arco iris
cruzaba el cielo uniendo las dos fronteras. Y, señalando al hombre, yo decía:
este es Enrique.
La escuela se iba convirtiendo en
otro centro familiar. Mis maestras conocían hasta mis pensamientos;
participaban de mi vida y penetraban en ella con el respeto que lo harían con
algo sagrado. Tuvieron que enseñarme y procurar que yo aprendiera religión. En
los exámenes de ingreso me preguntarían y yo debía de estar preparada. Pero
cuando llegaba a mi casa con una doctrina, mi hermano Leandro me la dejaba
hecha trizas. Mis maestras llegaron a disgustarse porque yo no aprendía las
obras de misericordia y, a su modo, me riñeron.
En mi casa, sobre todo mis
padres, notaron mi disgusto. Les explique la causa y lo comprendieron. Y
aprendí las obras de misericordia como para no olvidarlas jamás. Pero el examen
de ingreso fue algo digno de mención. Había un tribunal cuya directora era Dª Adela
Medrano, esposa del odontólogo Dr. Molleda que me arreglaba la boca. Era guapa,
simpática y agradable. Ella me examinaba de Letras.
“Dígame un verbo reflexivo”, me
dijo.
“Lavarse”, contesté.
“Y, ¿qué se lava Vd.?”
“La cara”
“Ella iba insistiendo... y, ¿qué
más?”
“Las manos”
“Y, ¿qué más?
“Los pies”
“Y, ¿qué más?”
“La boca”.
“Y, ¿qué más?” inquirió.
“Pues todo lo que tengo sucio”,
contesté ya no sé cómo.
Los exámenes eran públicos. Entre
los presentes estaba mi amado padre. Hubo una espontánea y explosiva risa que
yo, nerviosa, compartí.
En este estado pasé al examen de
religión.
“Dígame las obras de
Misericordia”.
“¡Anda!” me dije yo.
Y segura, segurísima, empiezo a
enumerar y llego al final.
“... y la última, la séptima
añadí, enterrar a los vivos y a los muertos”.
“Vaya, contestó la profesora.
Entierre Vd. A los muertos; pero a los vivos déjelos en paz”.
Y ... nuevas risas.
La carrera de obstáculos siguió
en los exámenes de Historia y Geografía. De los cabos de España los nombré
todos, sin olvido alguno; pero luego me los hizo repetir en sentido contrario y
me olvidé el Ortegal. Y no había modo de recordarlo. Me dio diez minutos para
reconstruir el recuerdo; pero así..., le quedan ocho, le quedan siete...seis...
y así hasta el final.
“¿Cómo se llama Vd.?”
“Pues, no me acuerdo.”
Y me fui al asiento, junto a mí
padre.
“¡Onésima!, ¿Qué te ha pasado?
Salté del asiento, extendí el
brazo y exhalé:
“Me llamo Onésima Ripoll Manent.
Y me suspendieron. Mi padre fue a
hablar con la directora y ésta le dijo: ¿Quiere ver la nota que tenemos de su
hija? Y le enseñó el resultado: Distraída.
Y eso fue todo.
Mi padre me dijo: pasarás las
vacaciones en Ibiza. No te llevarás ni un libro. Goza, disfruta y no te
preocupes y en setiembre te volverás a examinar con lo mismo que ahora sabes y
sin temor. Yo sé que estás bien preparada y tu también.
Y así se realizó. En Ibiza vivían
unos parientes de mi padre, uno de ellos también masón. Había venido algunas
veces a visitarnos. Tenía en Ibiza un café – restaurante en Santa Eulalia y en
la capital vivía una prima con una hija que en aquellos momentos era novia de
mi hermano Leovigildo. Se llamaba Dolores y ya la conocíamos.
Si mi estancia en Ibiza hubiese
cumplido tan sólo el propósito de cambiar de ambiente, descanso y distracción,
tal vez no transferiría consecuencia alguna digna de mención o de interés; pero
no fue así. Hubieron hechos y circunstancias que bien merecen atención por las
profundas huellas que dejaron en mí y por el recuerdo que dejé en la isla.
Ibiza, ya como forma constitutiva era muy distinta a Menorca. Ibiza era más
bien triangular, mientras que Menorca paralelógrama. Las calles de Ibiza,
estrechas e irregulares, se elevaban con tal rapidez que habían casas, la de mi
prima por ejemplo, que, dispuestas en bajos y primer piso, una parte, los
bajos, estaban situados en una calle y el piso superior tenía entrada y salida
por la otra calle lateral. En la primera parte había una tienda y en la segunda
la vivienda con las habitaciones particulares. Todas las habitaciones disponían
de un Don Pedro donde vaciar las más íntimas necesidades y, en el recibidor,
cubierto por una sólida alfombra, había lo que se llamaba “lloc comú”. Se
levantaba una tapadera y allí, en cuclillas se depositaban los excrementos si
había necesidad. Este descubrimiento fue para mí una especie de repelente
curiosidad.
Otras cosas me demostraban que no
era mi isla ni Barcelona sino una época muy afectada por la influencia de la
magia y la brujería. El hecho de haber llegado de Barcelona me convertía en algo
importante y despertaba un comprensible interés. Era por tanto, muy solicitada
y por parte de los primos, muy advertida.
“Cuidado; si vas a esta casa no
comas nada sobre todo de fruta. En las peras, manzanas, naranjas o melón, etc.
inyectan una substancia para conseguir que te enamores de algún hijo. No te
dejarán escapar.
Yo escuchaba por educación y
también para conocer más o menos el punto central de una cultura o más bien un
estado de civilización en gran parte nuevo para mí. Naturalmente comí con plena
tranquilidad de lo que se me ofrecía sin experimentar cambio alguno. Otra cosa
me extrañó. Mi hermano, enamorado, se portaba con su novia con una fidelidad
digna de admiración, casi excesiva. Si algún domingo iba al fútbol, amante como
era del deporte, en sus cartas diarias a su novia se lo contaba como si
confesase un hecho delictivo. Ella por su parte, recibía cada día a su puerta a
un hombre diferente con el que se translucía una relación más íntima que de
amistad. Un día se lo comenté. “Sí, dijo con naturalidad; son mis novios. Nos
tratamos y cuando nos queremos casar elegimos al que más facilidades nos ofrece
de felicidad”.
“Bueno, dije yo, se lo diré a mi
hermano y no sé cómo reaccionará”.
Otra costumbre, no tan sólo por
la curiosidad que despertó en mí, sino por las características tan opuestas de
una a otra isla. Los domingos, en la Rambla, los chicos se alineaban
correctamente en las aceras laterales, y en el centro y vestidas con los
típicos trajes del país, paseaban en grupos de dos, tres, cuatro o cinco chicas
que lucían en sus corpiños las célebres botonaduras de oro en hileras
verticales. El número de hileras denotaban el grado de riqueza de la entidad
familiar. Ellas paseaban arriba y debajo de la calle, cambiaban saludos,
sonrisas, algunas con cierta malicia o picardía, y elegían a quien más les
gustaba. Aquel era uno de los novios que festejaban, un día cada uno, a la
chica al atardecer.
Así que lo que en Menorca
sobresalía como aspiración cívico cultural, en Ibiza el ambiente respiraba ambición
y frivolidad.
Sin embargo, viví en ella
episodios de auténtica sensibilidad. Y fue en la cárcel, el único sitio donde
pude practicar el piano. Fue en el departamento del director que era amigo
íntimo de Dolores y familia. Los presos escuchaban y aplaudían; pero estaban en
sus celdas y no todos percibían el sonido por igual. Entonces solicitaron si
podría yo adaptarme a su horario de recreo, cosa que naturalmente fue fácil de
conseguir. Además el horario fue aumentado en una hora más, lo que permitió algún
que otro diálogo como también la oportunidad de una más extensa conversación
llegando a venir algún grupo al despacho, a consultar o a expansionar sus
inquietudes. Jamás me ocultaron la verdad. Habían dos presos, padre e hijo,
cuyo caso, (envenenamiento de reses de otros campos vecinos) no se había
aclarado porque ambos se declaraban culpables en mútua defensa.
Llegué a sentir verdadero cariño
por todos. Me pedían que cantase y sus canciones preferidas eran: “El desfile
del amor”, o bien, tanto el Avemaría de Gounot, como la de Schubert. Me
preguntaban, “¿dónde has aprendido?”, “¿qué estudios tienes?”, “¿nos
escribirás?”.
Y yo les hablaba de mis padres y
de mis maestras con mi natural admiración y reconocimiento. Antes de partir, al
despedirme de ellos, me pidieron la dirección y les di también la de la
escuela, pues me pasaba el día en ella y recibiría antes su noticias.
Pasaron unos meses y una mañana
llamaron a la puerta de la escuela. Llegaba un paquete muy grande a nombre de
mis maestras y una carta felicitándolas por su labor y agradeciendo en mí
nombre cuanto habían hecho por mí y por cuanto hacían por los demás.
Notificaban la libertad de padre e hijo y mandaban un gran saco de almendras de
su propiedad para repartirlas entre sus alumnos. Este generoso y fino detalle,
sembró en todos una profunda emoción difícil de describir. Creo que merecen mi
fiel recuerdo y el reconocimiento al valor de su nobleza y sensibilidad. Y, al
llegar a mí casa, encontré carta y paquete como el de la escuela.
Se acercaban los exámenes de
setiembre. Siguiendo los consejos de mí padre, no había repasado nada durante
el verano. Pero mi padre me hizo preguntas, me puso problemas a resolver y
quedamos satisfechos y tranquilos. Así que me presenté y entonces me
felicitaron y me preguntaban que dónde me habían preparado.
Entretanto un importante suceso
había sacudido a la nación. La proclamación de la República, lo que significaba
el nacimiento de un nuevo concepto de la libertad y del bienestar humano. En
educación se establecería la coeducación. El aumento de escolaridad conseguida
obligó a una nueva habilitación de los distintos locales, de la Escuela Normal
de la calle Fortuny y de la Rambla de Cataluña. El primer curso lo realicé en
la calle de Fortuny. Como es lógico los profesores estaban clasificados por
especialidades. Nosotros teníamos a Dª Mariana como profesora de Letras, a la
que los alumnos no tenían gran simpatía. Un día empezaron algunos: “Hoy vamos
muy flojos. Tendríamos que hacer algo para entretenerla. Ripoll, ¿por qué no
ideas algo?
“¿Yo?”, dije.
“¡Si, si, va!”.
Pasaba un gato que teníamos en la
Escuela. Yo le tenía entre mis manos, cuando...
“¡Que viene Dª Mariana!...”
Lo más cerca que tenía era su
propio pupitre. Con que lo metí en él. Entró la profesora con su gesto
habitual, algo brusco y altanero. Se sentó y llamó a uno de los alumnos para
preguntarle la lección pertinente. “Póngame un ejemplo”, le decía.
Y el alumno no acertaba. Y ella,
decidida y segura a la vez, ponía su mano derecha en la tapa del pupitre,
diciendo a la vez:
“No se apure. En la Real Academia
tenemos...”
“Un momento Dª Mariana. ¿Vale
éste?...”
Hasta que al fin abrió la tapa
y...¡puf!, salió el gato de estampida.
“¡Una rata! Empezaron todos.
Y entre gritos, voceríos,
búsquedas, subidas a los asientos, etc. llegó el bedel anunciando el final de
la clase y nadie dijo nada.
Fueron los exámenes finales los
únicos celebrados en esta Escuela Normal. El próximo curso se realizaría en la
Rambla de Cataluña.
Una cosa empezaba a manifestarse
causando cierta preocupación. Mis pies volvían a deformarse. Una curva
aumentada del empeine exigía cada vez más
altura en el tacón a fin poder andar más fácilmente y con menos dolor.
Yo seguía haciendo ejercicios en la escuela y en casa. El Dr. Pell y Cuffi
examinó de nuevo mis pies y determinó aprovechar las próximas vacaciones de
verano para la operación.
Habíamos cambiado de piso, en la
misma calle de Viladomat; pero en el chaflán a Provenza, junto al club
deportivo Layeta, más grande y con mejores condiciones. La operación se hizo en
el propio hogar. El Dr. Pell y Cuffi vino acompañado de otro médico y una
enfermera. Se organizó un pequeño quirófano y antes de empezar el Fr. Me dijo:
“No podemos anestesiarte como
quisiéramos pues, en tu caso, no es aconsejable. Pondremos una inyección de
cocaína; tu madre no estará presente, pero estará en el hogar. Procura que no
sufra.”
“¿Quiere que me duerma? Creo que
lo podré conseguir; y no gritaré, no me oirá. Se lo prometo”.
Me dormí. Desperté cuando
cortaban el tendón a ambos pies. Era muy intenso el dolor; sé que rompí
toallas; pero no grité. Me alegraba pensar que mi madre podía estar más
tranquila y que yo tenía ayuda para aportar mi parte contributiva al bien que
se me estaba haciendo. Mis pies caían de la mesa. En el suelo habían colocado
un cubo que recogía la sangre que caía a borbotones. La enfermera me hablaba y
secaba mi sudor. Pero aguanté tranquila, con un indefinible gozo interior, no
por cuanto yo sufría, si no por cuanto se me estaba ayudando.
Me enyesaron otra vez y ya listo
todo entró mi madre. Su bello rostro reflejaba la inquietud sufrida. Vio los
guantes en mis manos y la enfermera, sonriente, le dijo que yo la había ayudado
mientras cosían la herida.
Durante el mes de julio, el Dr.
Venía a menudo a visitarme. Pero en agosto hizo vacaciones. Me habían colocado
un tensor en cada pierna y yo debía de apretar una vuelta cada día y aguantar
el dolor lo que pudiera a fin de colaborar a la más perfecta solución. Yo me
daba más para adelantar el proceso. Con una aguja de calceta me rascaba por
dentro del yeso pues el picor era inquietante y molesto. En setiembre me lo
quitaron. El Dr. Me dijo: “dentro de unos días vendré a enseñarte a caminar”.
“¿Qué? Respondí yo. Hoy le
acompañaré a la puerta, cuando salga”.
Y lo hice. Al llegar a la puerta
mis piernas parecían las patas de un elefante. Pero empecé el curso.
Un taxista venía a buscarme por
las mañanas y me subía las escaleras de la Normal; y al mediodía volvía y me
llevaba a mi casa. Allí el problema era más leve ya que había ascensor.
En la primera clase, el Director,
el Sr. Juncal nos reunió en la sala de actos para darnos la bienvenida; nos
felicitó por el cambio que significaba el nuevo plan de educación y nos
recomendó el máximo respeto entre todos. No toleraré, nos dijo, parejas
amorosas en los pasillos. Amigos y hermanos en las clases y en el centro. En la
calle lo que queráis. Bienvenidos.
Tres de las alumnas veníamos de
la Academia Serra; Carmen Sastre (que dejó de estudiar), Margarita Prats y yo.
Luis Gausachs, la hija de Puig Elias, Prim y yo veníamos también del campo
anarquista. En las nuevas amistades las hallé de gran valor en Rosario Ramia,
Juan Rabascall, Carmen Soler, las hermanas Yarza de San Pedro, Felicia Casals,
Ricardo Cucala, Juan Miró y otros muchos con los que compartí estudios, luchas
y esperanzas.
Un día el periódico “El Matí”,
del que era director Francesc Maciá, publicó un artículo en el que se decía que
la Escuela Normal se había convertido en un centro anarco-sindicalista.
Protesté enérgicamente ante el mismo director a quien fui a visitar.
Defendí cuanto pude la actitud
correctísima del director Sr. Juncal y le rogué al Sr. Maciá que contestase
como se debía al anterior artículo del cual él no tenía conocimiento.
Efectivamente, a la mañana siguiente aparecían disculpas y aclaraciones a
posibles mal entendidos y todo quedó bien.
Durante este período no fue sólo
la coeducación la única innovación. También la puntuación por notas había sido
sustituida por la evaluación numérica que del 1 al 10 indicaba el paso de
suspenso a sobresaliente. Desaparecían, por tanto, los calificativos que
denotaban superioridad o inferioridad.
Otra ley vino a dar al Magisterio
un grado más de esperanza, de seguridad y de justicia. Implantación de un Plan
Profesional en el que, estudiando dos años más, se aseguraba la plaza al final
de la carrera. Esta garantía estimulaba los esfuerzos y desvanecía las dudas
sobre un futuro incierto.
Mis padres se alegraron mucho de
la reciente disposición. Ellos hubieran deseado que yo ampliase los estudios
como profesora de Escuela Normal. Pero a mi lo que más me seducía era la
formación infantil.
Los alumnos nos ayudábamos
mútuamente. Uno de ellos, Juan Miró que era de cursos anteriores, me ayudó
mucho en los estudios de ciencias químicas. Incluso organizamos un pequeño
laboratorio en casa y él venía asiduamente. Mis padres me decían: “Este chico
está enamorado de ti”. “¡No!” contestaba yo. Mi entrega al estudio era absoluta
y no tenía tiempo para otras manifestaciones ni me sentía atraída. Pero él
manifestaba un especial cariño hacia mis padres, cosa que yo le agradecía
sinceramente. Pero nada más.
Mi amado padre llegó un día mucho
antes de lo acostumbrado. Apenas podía andar y él, que no era de fácil queja,
nos pidió que avisásemos al médico. Llegó éste y ordenó el inmediato ingreso en
una clínica. Fue la de Nª Sª del Pilar. Allí diagnosticaron hernia doble
estrangulada. Había que intervenir inmediatamente. La operación fue bien, pero
sobrevino una bronco neumonía y su estado era muy grave. Mi madre estuvo con él
todos los días y nosotros, los hijos, íbamos por la tarde. Cuando parecía estar
mejor, una imprudencia contra la que el médico había advertido, le produjo una
fuerte recaída de la que no era posible salvación. El, que no entonaba ni tenía
voz, pasaba ratos cantando y hablaba en castellano. El Dr. Revilla, nuestro
médico, me llamó a mi y me pidió que me llevase a mi madre pues estaba delicada
del corazón y su vida también peligraba. “Eres la más fuerte; llévatela y engáñala
entre tanto. Despídete de él ahora pues no creo que pase de unas horas”.
Besé a mi padre, no sin
esperanza, y él me dijo:
“Onésima. Cuando esto pase, vivo
o muerto yo te diré qué camino has de seguir”.
Me autorizó a comprarme un
Diccionario Enciclopédico que me faltaba y me volvió a besar.
No volví a verle. Su rostro, tan
lleno de amor, de honestidad, de tan honda bondad, me siguió envolviendo. Pero
no le vi más. Lo más doloroso de la muerte es este: ¡ya no!, ¡nunca más!.
Murió a las cinco de la mañana. Engañé
a mi madre diciéndole que estaba mejor, que le mandaba besos. Habían puesto
tapa de cristal en el ataúd para que yo pudiera verle. Pero, aunque el coche
fúnebre paró junto al hogar, me llamó mi madre cuando me disponía a bajar y
acudí a su lado. Ella me necesitaba y eso era el primerísimo lugar.
Los días que siguieron fueron
duros, fuertes. Exigían una extrema serenidad. Mi madre ya no se dejaba
engañar. Y llegó la verdad suave, dulcemente, pero definitiva y dolorosa.
Yo quedé sin poder desahogar un llanto
contenido. Se me ponían a mi alcance los recuerdos de mi padre; su pipa, su
bastón, su sombrero, su abrigo, todo cuanto podía producirme una emoción y
provocarme la expansión que necesitaba; pero no había respuesta. Hasta un día,
era un domingo del crudo invierno y nevaba copiosamente. Me fui a Montjuich a
contemplar el gran espacio nevado. Me hallaba en el mirador donde está la
estatua del Galo herido. Mientras estaba allí llegó un señor con una chica
joven. El le hablaba y le mostraba el paisaje. No me pude contener. Mi ser
entero era una entrañable voz y un gemido:
“¡Padre!, ¡Padre!”.
Bajé de Montjuich sin parar de
correr hasta mi casa. Entré en mi habitación y lloré, lloré hasta no poder más.
Cuando salí ya estaba serena; pero hasta la mañana siguiente no conté lo
acaecido.
La promesa de mi padre antes de
morir, no se hizo esperar. Desde su muerte yo dormía en la habitación de mi
madre para hacerla compañía. Y una noche, estando yo despierta todavía, de la
pared frente a mi cama surgió una potente luz, como un camino a cuyos lados
surgían infinidad de finísimos hilos luminosos también pero con suavísimos y
variados colores. Dicho camino avanzó hasta unirse a mi cabeza. Entonces, a mi
derecha, apareció un grupo angélico formado por cinco seres de gran luz y de
delicado color azul pálido, ténue y transparente. Cantaban con tan dulcísimas
voces que era una verdadera delicia poderlos escuchar. Iban elevándose
lentamente mientras aparecían otros cinco igualmente bellos, con sus
transparencias blancas y otros cinco con matices rosados de sin igual
delicadeza. Se elevaban y se perdían en la infinidad. Al desaparecer esta
exuberante belleza, se transformó todo en el interior de una especie de taberna
con dos puertas. Una de ellas cubierta por una pizarra y la otra con entrada y
salida a la calle. Adultos en la calle, quedaban, al entrar, transformados en
niños y niñas. Alguien escribía en la pizarra:
“Los ancianos de ayer son los
niños de hoy”.
Y de nuevo desaparece esto y
surge en su lugar una gran sala de espectáculos. Los asientos blancos tapizados
de rico terciopelo granate. Un escenario con un piano de gran cola, blanco
también y con una música que parecía surgir de mi interior y que yo percibía
cada vez más íntima y perfectamente. ¿Quién toca el piano? Me preguntaba yo,
pues no se veía a nadie. Como si estuviese en el escenario, miraba yo el patio
de butacas y en todas ellas veía a mi padre. La intensa emoción que me llenaba
por entero, me fortalecía al mismo tiempo. La música no cesaba y yo no tenía mi
piano pues lo habíamos trasladado a la escuela privada que habíamos organizado
en la calle Joaquin Costa. Eran las cinco de la mañana. Demasiado pronto para
ir; pero cuando dieron las siete me fui allí y desde las ocho en que empecé
hasta las once en que vino mi hermana Sinesia a avisarme, yo no me había
apartado del piano interpretando una y otra vez una composición a la que titulé
“Impromtus en Mi bemol menor”.
La música había prendido en mí
con caracteres de fuego inextinguible. Las notas y yo formábamos un todo
indisoluble. Y las palabras de mi padre abrían la puerta a una incógnita
indescifrable aún; pero que conducía a una actitud de seguridad en la espera.
¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Qué?.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








