16 may 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 9



Una próxima lucha nos esperaba y que había de ser trascendente en nuestras vidas, no en nuestros sentimientos. A finales de setiembre, al llegar a casa al atardecer, me contó su madre que habían ido dos hombres preguntando por su hijo, y que luego de hablar con ellos, tuvo que acompañarles. Ignorábamos el motivo y supusimos que volvería a la misma noche.
Decidimos irnos a casa de mi madre y con ayuda de mis hermanos, cambiar impresiones y decidir actitudes. Yo dejé una nota a Enrique comunicándole nuestra decisión y que esperaríamos allí. Entrada ya la noche llamaron a la puerta y vinieron a buscarme. Algo supimos en aquel momento del por qué de la detención. Habían detenido a Augusto Engelke y éste nos había acusado a nosotros y debíamos ir a Valencia a declarar.
Llovía. Conque fuimos a casa, recogí ropa, el impermeable y las botas, la última paga que había cobrado y la ropita que estaba cosiendo para mi hijo.
Tras angustiosa despedida emprendimos el viaje a la mañana siguiente hacia Valencia. Paramos en Tarragona para comer. Hubo un cambio de impresiones en este intervalo. El sueco estaba detenido por espía, cosa que no admitíamos en absoluto. Después de comer nos autorizaron a dar una vuelta por Tarragona y reunirnos con ellos allí mismo dentro de una media hora. Nos pareció imposible e inaceptable la idea de un posible acto de confianza. Antes al contrario, supusimos que era una táctica policial y, como que no teníamos nada que ocultar ni temer, dimos un paseo por el mirador y a la hora convenida, estuvimos allí. La satisfacción de los policías nos pareció sincera, que actuaban de buena fe.

Subimos de nuevo al coche y paramos en plena carretera, pusieron un disco de tiro al blanco en el tronco de un árbol, nos dieron un arma a cada uno y nos hicieron disparar. Yo no había cogido un arma en mi vida. Enrique, naturalmente, sí. Comprobados los resultados, volvimos a subir al coche y al llegar a Valencia nos sentimos engañados. Nos habían dicho que nos acompañarían a casa de unos amigos evangélicos, ella maestra también y hermana de López, de quien hablé ya cuando los hechos acaecidos  a motivo de las oposiciones. Fuimos conducidos a un piso, a una habitación muy reducida, tuvimos que dormir sentados en duras sillas. Yo no dormí. Pensé; pero tranquila. Cualquier acusación sería falsa; por tanto no había por qué temer. Sin embargo pasaban las horas con asombrosa lentitud y se acentuaba una progresiva inquietud que debía de agobiar a nuestros familiares con los cuales no había posibilidad alguna de comunicación.
Serían las seis de la mañana, cuando nos vinieron a buscar entrando de nuevo en el coche y bajo repetido engaño. Estaríamos en un hotel –se nos dijo- y ya pasarían a recogernos para ir a declarar. El hotel fue el convento de Santa Ursula, que había sido habilitado como checa. Entramos. La impresión fue la de entrar en una pocilga con tan evidente desorden y suciedad que eclipsaba todo motivo de esperanza de bien. Se respiraba un ambiente de tortura, de suplicio o mortificación. Nos rodeaban numerosos guardias de Asalto y miembros de la F.A.I. con sus pañuelos rojos y ademanes amenazadores.
Pronto nos separaron. El fue conducido a una celda con otros detenidos. La acusación que pesaba sobre mí era más grave; por lo tanto estuve incomunicada. No es de extrañar la dureza del trato ni las precauciones mantenidas. El caso no era para menos. Se me acusaba de guardar la documentación secreta de Hitler en Barcelona, de haber asistido a reuniones de espionaje en Cartagena en días determinados.
La operación de registro fue muy desagradable. Pieza por pieza fue arrancada la ropa de mi cuerpo hasta dejarme desnuda. Me despojaron de todo, hasta de la ropita que confeccionaba para mi hijo y que conservo todavía, lavándola de vez en cuando y guardándola  con el perfume de un beso. Mi hijo fue mi lucha y mi consuelo. Lucha porqué sabía que querían provocarme el aborto, pues no estaba permitido fusilar en estado de embarazo. Consuelo porqué cada pequeño movimiento del hijo en mi vientre, me revelaba su vida y ésa era mi única voluntad de vivir.
En la celda, había un banco de piedra adosado a la pared. Arriba había una pequeña ventana cubierta por una espesa tela metálica. Me subí al banco y desde allí divisé un grupo de hombres que paseaban por el patio tomando el sol. Un intenso jubilo me invadió. Entre aquellos estaba Enrique paseando lenta y preocupadamente. Su mirada recorría  los pequeños espacios de las ventanas pensando en descubrirme en alguna de ellas.
“Le diré que estoy aquí” y, sin pensar en posibles consecuencias, rompí la tela metálica y por el pequeño agujero abierto saqué la camisita color de rosa que estaba cosiendo. “Estoy aquí. Te amo” le decía a través del movimiento. Mi intención fue como un cable telefónico que, cruzando el espacio llegaba a él como un aviso. Me localizó con triunfal regocijo; pero se mantuvo inmóvil. Lentamente retiré la mano de la ventana, bajé del duro asiento y esperé. Un natural temor me invadía y no me atrevía  a movimiento alguno. Al cabo de un rato se abrió la puerta. Entraron dos milicianos con una fuerte madera y cubrieron la ventana dejándome sin aire y sin luz. Tres días consecutivos a pan y agua junto a varias amenazas durante el día, como: “ya veras lo que pasará ahora”. Y yo estaba pendiente de cualquier ruido y sobre todo al sensible tacto de mis dedos apoyados en mi vientre percibiendo los delicados movimientos de mi hijo y estableciendo un elocuente y bellísimo dialogo con él. ¡Qué bella, qué reconfortante,  qué deliciosa experiencia, qué grandioso prodigio la maternidad! Aquel  día se cumplía la quinta falta y una sorprendente ayuda vino a suavizar la tremenda inquietud de aquel momento.
Estaban sirviendo la comida. El que la repartía era un preso también. Iba acompañado de dos guardias. Al agacharse para vaciar el agua en el jarro que yo tenía, en voz muy baja me dijo: “En la primera ventana de la derecha”, y luego en voz alta:
“¡Anda! Ve a buscar la ropa que tienes tendida. Y no te entretengas que te esperamos”.
Yo salí ansiosa y llena de disimulada alegría. Sí, en la última ventana, la primera a la derecha, estaba Enrique con cinco más. Con gestos y valiéndome de los dedos, le indiqué que se cumplían los cinco meses de embarazo: lo compartimos y nos mandamos un beso. Motivos de una unión que sonreía a la adversidad y perpetuaba una promesa. ¡Siempre!
Sin poder prestar atención al emotivo encuentro, recogí la ropa que tenía más a mano y regresé a la celda dando las gracias a los que me habían favorecido. Hasta la noche, en que tuve que salir para mis necesidades, no pude decir a una mujer desesperada que no encontraba sus enormes bragas, que las tenía yo. Ella llevaba casi un año allí y entraba y salía cuantas veces quería de la celda y las pudo recuperar.
Días después hubo una gran redada. Cuatrocientas personas a las que iban acomodando en las diferentes cárceles o checas. En mi celda entró una mujer alemana. Su esposo estaba igualmente detenido; los dos eran espías.
Se cumplieron los tres días de castigo y restauraron la ventana. Volví pues, a tener aire y luz y pude volver a ver el sol y el cielo azul.
La mujer espía hablaba un poco el español: pero yo nada sabía de alemán. Incluso en las cárceles había discriminación de sexos. Mientras los hombres salían cada día a pasear y tomar el sol, charlar, caminar, etc. las mujeres permanecíamos encerradas y vigiladas con mucha más intolerancia.
La alemana se entendía con su marido por medio de movimientos. El, agachándose y enlazando o desligando los cordones de sus zapatos; ella manipulando un pañuelo de cuello que llevaba puesto, de fondo marrón con lunares de apagado amarillo, anudándoselo en distintas posiciones se entendían perfectamente bien.
Por las noches pasaban lo que llamaban “la requisa”. Consistía en llamar a la puerta de las celdas en las que habían presos a fusilar. Y era alrededor de las once horas cuando empezaba el macabro sonido y pocas horas después empezaban los terribles fusilamientos. De vez en cuando a alguno de los presos se le obligaba a presenciarlos y a determinar después si conocían a alguno de los muertos o moribundos.
La alemana me había enseñado una muy corta melodía que yo aprendí a entonar. Me pidió que el día en que me eligiesen a mi para tan inhumano enfrentamiento, si su marido se hallase entre los agredidos, le entonase aquella melodía y él sabría así que ella estaba con él. Y una noche, inolvidable noche, vinieron a por mí. Descendimos un piso. Entramos por un corredor a una galería en forma de herradura. El cielo estaba sembrado de estrellas; pero a mi se me antojaban aves de rapiña.
El patio, en la base inferior, estaba vacío. Pronto aparecieron los presos alineándolos alrededor. Algunos se desabrochaban el cuello de sus camisas, con expresión de ahogo, de falta de aire para respirar. Sus rostros graves, sus bocas cerradas como sus puños que parecían contener y retener una energía que se les iba a quitar. Eran un número de treinta; pero aparecían como una masa compacta y homogénea que el intenso, terrible y desesperado sentimiento convertía en una íntegra unidad.
Yo creía que morirían todos al mismo tiempo; pero no. Formaron grupos de cinco en cinco y fueron seis las veces que tuve que oír aquellas voces crispadas por el odio, por la venganza y el miedo gritando: ¡disparen!. Y un ruido seco, hiriente, punzante como la punta de una afilada espada, atenazadora como un huracán, se hundía en los aires y temblaba en los corazones tristes y amenazados. Algunos gritos de dolor, expresión de desespero, otros de ¡viva! a algo que despedían para no volver. Y luego un silencio amargo y espeso. Un enorme charco de sangre que tuve que pisar atravesando el espacio en el que, cada pie que se hundía en él, llevaba aquella negra, oscura y horrible orden...¡¡Disparen!!
Y hallé al marido de aquella mujer espía, pero esposa; espía, pero también madre tal vez. Quizás era justo; pero yo no lo sabía, y me fui junto a él. Tenía los ojos muy abiertos, tanto que parecían redondos con sus pupilas rojas de lágrimas de sangre.
En un enorme esfuerzo entoné cinco, seis o tal vez siete notas y, no pudiéndolo evitar, le besé. Le besé y me alejé. A los vivos los remataban; pero no lo vi; me marché. No conocí a nadie más. La acuciante pregunta adquiría caracteres más y más apremiantes, más intensamente imperativos: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?.
Y una oleada de amor convertía en suave pincelada y extendía un sedoso manto de ternura que transformaba el charco de sangre en un amoroso lecho fraternal.
Eramos, somos hermanos, hijos de una misma creación; frutos del mismo árbol, miembros del mismo mundo, todos con los mismos derechos e idéntica obligación. Entonces ...¿Por qué?, ¿la guerra? No. eso no era ninguna solución.
Y el olor, el hedor a sangre me duró varios años.
Cuando yo salga, me dijo la esposa, tú saldrás de aquí ocho días después que yo. No recuerdo los días más o menos que ella estuvo aún en la checa; pero sí que a los ocho días de haber salido ella, se hizo el juicio y fuimos trasladados a la cárcel. Durante el tiempo que estuvimos en la checa aprendimos ciertos trucos para estar más o menos en comunicación, no suficiente; pero cuando estás privado de todo, un poco basta. Uno de ellos era quitar el taponcito verde de la naranja y colocar en el hueco un papelito enrollado, con unas palabras que nos aportasen cierta tranquilidad y un estimado mensaje de alegría. Conservábamos el papel, por lo menos una noche o lo comíamos si lo creíamos necesario. Pero este mensaje contenía un sagrado valor, pues lo que compartíamos juntos contribuía a la renovación de una mermada confianza, a la anulación de ciertos escollos y a disminuir la importancia de las dificultades. A veces me parecía recuperar el encanto virtual del mar y del cielo y que el irisado conjunto, transformaba la faz oscura y dolorosa de la checa en pura luminosidad.
Las cosas más caóticas y tenebrosas pueden ser reversibles y convertirse en agradables contingentes de realidad bienhechora. Todo lo manifestado tiene su cara y su cruz. Así las experiencias vividas en estos tan crudos momentos, sumergidas en la integridad y asegurados en la entera aceptación de los dones de la vida, atraen la consolidación de unas consecuencias legítimamente depuradas. El resultado es el aumento de la energía en el bien.
Llegó el día del juicio. Los presos íbamos en el coche policial, esta vez con los cristales con visibilidad externa también. La luz nos dañaba; pero la pequeña sombra de libertad nos entonaba y comunicaba un tímido gozo. Nos enteramos allí de que no se había realizado el juicio con anterioridad por el fallecimiento de Augusto Engelke, torturado con el martirio de la gota de agua. Los días asegurados como prueba en contra, eran el 6 de enero de 1937 y el 16 de febrero del mismo año. La comprobación era milagrosamente fácil. El día 6 de enero yo daba una conferencia junto con el Dr. Martí Ibañez y recogido donativos a beneficio de Pro Infancia Obrera. Habían los anuncios y catálogos con las fotografías, y las firmas de los donantes. El día 16 de febrero era mi aniversario y había recibido flores de una floristería de la plaza de Urquinaona. Los datos completados por las direcciones serían sometidos a investigación y según los resultados así sería la condena: ejecución o libertad.
Fuimos conducidos a la cárcel, no se si la de mujeres era en San Juan de Reyes y la de hombres en San Julián de Reyes o viceversa. De nuevo separados pero en mejores condiciones y más fortalecidos.
La estancia en la cárcel fue más llevadera por el trato más humano recibido. La celda impresionaba más pues daba un sentido más auténtico de reclusión. El techo altísimo y la voluptuosidad de las puertas, acentuaban la sensación de soledad. No podía verse el exterior pues la pequeña ventana no estaba al alcance ni aún subiéndote al camastro. En cambio la carcelera me trataba con consideración y algunas veces me traía cacahuetes, avellanas, almendras o nueces, cosas que no entraban en absoluto en la comida normal y obligatoria. Pasaba algún que otro rato conmigo, cortos; pero me demostraba confianza y creo que no quería traslucir una esperanza que seguramente guardaba en su interior. Pasaron las Navidades y Año Nuevo. Nos dimos cuenta por los ruidos y voces del exterior. Yo ya había cumplido las siete faltas cuando una noche entró sonriente y muy azarosa me dijo:
“¡Onésima, vaya! Arréglate y recoge tus cosas. Te vas. Ha llegado la orden de tu libertad y sólo puedes estar cinco minutos”.
“¿Mi libertad?, pregunté yo. ¿Qué día es hoy?”
“Treinta de enero, contestó”.
Habían pasado cuatro meses largos, intensamente dolorosos.
Pero al fin, ¡libre!
“Como que hay alarma –añadió- no hay luces ni en las calles ni en las casas. Fíjate en el suelo. Verás un raíl; síguelo; conduce a una avenida por la que llegará un tranvía que te llevará a Valencia. Adiós. Salud y suerte. ¡Ah! Y un beso al niño de mi parte cuando llegue.
Y nos abrazamos.
La oscuridad era tan intensa que desconocía dónde ponía los pies. Tampoco la luna iluminaba el camino. Mis pasos eran temblorosos, inseguros; temía hundirme en algún hoyo y que algún agente extraño pudiera dañar a mi hijo. Al fin llegué a la anunciada Avenida. Sentada en el suelo había una mujer víctima también como su marido, al que esperaba, de una denuncia del mismo origen que la nuestra, aunque no tan grave. Supusimos que, en ambos casos el motivo habían sido los celos, pues se había prendado, también, de una hija suya de mi edad.
Hubo una nota llena de comicidad. Esperando a su esposo que debía de llegar a San Julián de Reyes, vimos una sombra a lo lejos. Ella empezó a gritar:
“¡Fernando! ¡Fernandoooo!
Y la sombra se iba acercando, pero no había en ella movimiento alguno que contestase con evidencia. Ella insistía con sus gritos ya nerviosos y, de repente, un rebuzno fuerte y lastimero fue la única contestación. Yo no podía parar de reír. Era un asno, así, con todas las letras.
Al fin llegó su marido y juntos nos fuimos a Valencia. Nos hospedamos en el Hotel Regina y tuvimos que estar juntos pues no había más que una habitación. Y, nueva exhalación de risas. El marido nos salió del cuarto de aseo con un largo camisón blanco y un gorro con una estupenda borla de colores en el pico. Yo perdí todo poder de discreción y no podía contenerme. De vez en cuando aparecía el comprometedor chirrido de hip. hip. aspirado y los contagié a los dos. Al fin pudimos dormir.
De buena mañana me fui a Correos con el fin de poner un telegrama a la familia. Y al salir, con gran sorpresa, nos hallamos uno frente al otro mi hermano Juan y yo. El llevaba varios días en Valencia para averiguar algo sobre nosotros. Supo que estábamos en la cárcel; pero nada más. Y se hospedaba en el mismo Hotel Regina. Enrique estuvo unos días más y llegó también mi hermana Sinesia.
A partir de ahí estuvimos todos en casa de los amigos evangélicos hasta regresar a Barcelona.
Había llegado más o menos el fin de una triste odisea que pudo haber sido mucho peor. El celo de los policías nos había conducido a la libertad.
Habíamos sufrido tanto, por variados e insospechados motivos que nos sentíamos como incapacitados para saborear, para disfrutar de la gran nueva aventura de nuestra libertad. Era una extraña sensación de gozo, una mezcla de atrevida esperanza y de inquieto estado de alerta. Quizás esto era lo más parecido a cuanto podíamos vivir en aquellos momentos. Nuestro reencuentro, la gozosa reunión familiar, el agua bebida y el pan comido sin miedo, sentarnos todos en la misma mesa, ver los rostros con tanta amargura vivida mirarnos con aquel amor, la paz que traslucía a los ojos un sin fin de calidades imprevistas pero que surgían con ímpetu arrollador luego de un largo silencio, era de incalificable, indecible valor. Era como un dulce y reparador sueño tras la amargura de una injuriosa pesadilla. Estábamos juntos.
Enrique fue destinado a la batería de Montjuich. Yo a un grupo escolar en Montjuich también. Pero Enrique tuvo que marchar al frente.
Un accidente en el coche que conducía mi hermano Leovigildo, en el que íbamos mi madre, mi hermana Sinesia y yo precipitó unos días el parto. Mi madre se había roto una costilla. Nosotros una herida sin importancia. Pero poco después se manifestaron las molestias naturales y escribí una carta a Enrique anunciándole que el hijo iba allegar de un momento a otro y la llevé yo misma al motorista que salía para el frente a fin de que fuera el primero en saberlo. Al llegar a casa de mi madre ya pronto rompí aguas y bajo un cielo enrojecido por el fantasma de la guerra empezaron los dolores, más felices y más llenos de bellos anhelos y más majestuosamente recibidos. Y a las nueve de la mañana del día 29 de marzo de 1938 nacía la más auténtica bendición de mi vida. Mi hijo. Edmond. Pesó 4.200 grms. En una cama contigua estaba mi madre, bendiciéndonos a los dos. Mi hijo tiene ahora sesenta años. No sé si los tenía al nacer ni si los tiene ahora. Un hijo no tiene edad. Es Vida y encarna sus misterios.
Cuando pude reintegrarme a las clases, al cabo de un mes, la mayoría de las veces las daba al aire libre; y en uno de estos días, la escuela fue bombardeada. El parvulario quedó destruido; pero no hubieron víctimas y mi nuevo destino, en la calle Vila Vilá, sufrió la misma consecuencia. Entonces Puig Elías que en aquellos momentos regía como director en el Ministerio de Cultura, me instaló en él como jefe del departamento de 2ª Enseñanza Musical. Trabajé allí con verdadero entusiasmo; pero el ambiente era inseguro y desorganizado. Hacía poco que el Ministerio de Cultura estaba en Barcelona y todo estaba aún algo revuelto. Diariamente tenía contacto con Federica Montseny, hija de Federico Urales. Todo un carácter.
Había empezado la temporada del Liceo, y creo que había un cierto abuso de las actividades lúdicas. ¿Era la guerra que lo trastornaba todo?
Si en la checa había discriminaciones de sexo aquí las había de clases. Me enteré por las mecanógrafas de que en los dos horarios de comida que habían establecidos, el de la una correspondía a los subalternos y el de las tres a los superiores. Pues bien. La comida no era en los dos de la misma calidad, y durante unos días fui a comer en el primer horario para comprobarlo. Y si, era cierto. Y así se lo comuniqué al Sr. Negrin, en una comida en el Ministerio luego de una reunión. Y hubo un cambio: cambio que no duró mucho pues las tropas fascistas se iban asegurando y las republicanas, carentes de ayuda, iban retrocediendo.
Por las tardes, el Ministerio de Cultura quedaba casi vacío. Había un señor cordobés que llevaba muchos años trabajando en el Ministerio. Nos hicimos buenos amigos y él me advertía del movimiento polítco-militar y se sentía muy pesimista. Una noche vino a mi casa (yo vivía en la casa de mi madre) a avisarme de que no fuera al Ministerio a la mañana siguiente, pues no encontraría a nadie.
“No puede ser, contesté yo. Me habrían advertido”
“Pues se han ido esta tarde y están en Gerona”.
A la mañana siguiente fui al Ministerio. Realmente estaba vacío. En el despacho del Director estaban los nombramientos de los maestros y directores de distintos centros escolares así como las de los empleados del Ministerio. Se habían llevado parte de la documentación, pero recogí lo que quedaba y me lo llevé pensando que eran posibles vidas en peligro.
En un coche del cuartel de Artillería donde estaba mi hermano Leovigildo, salimos mi madre, Edmond y yo con unos de los jefes del cuartel. Junto a Cardedeu tuvimos que parar y descender del coche. Mi madre y yo, con mi hijo en brazos, nos escondimos entre el trigo de un campo cercano. Sin saberlo nos habíamos refugiado en un campo de aterrizaje. Pasaban las pavas y disparaban locamente. Yo cubría a mi hijo con mi cuerpo; pero recogí un trozo de metralla que cayó muy cerca de su cabecita. Mi madre estaba protegida por unas matas muy espesas y no se movía. Calmóse el ataque y volvimos al coche. Los militares que iban también  en él nos ayudaron a salir y seguimos hasta Gerona sin más problemas. Allí descansamos en un local de Pro Infancia Obrera, repleto por cierto de alimentos infantiles y a la mañana siguiente fui a la Catedral donde estaban reunidos. Les hallé quemando papeles en uno de los patios. Entregué lo que yo había reunido y, mi sorpresa y desengaño a la vez fue la acogida que tuvo mi gesto.
“¿Y para esto has venido?
“Sí. Creí salvar vidas, contesté”.
Se me ofreció ir a México o al congo Belga.
“No. Me espera mi madre con mi hijo y nos reuniremos con mis hermanos en Banyolas.
Me despedí y me fui. No supe nada más.
No se me ocurre ningún comentario. Entonces tampoco, ni contesté. Al recordarlo siento el mismo cansancio que me agobió entonces.
Rápidamente me reuní con mi madre y mi hijo. Durante los primeros cinco meses pude amamantarle. Es el mejor gozo para la madre y el mejor alimento para el hijo. En el transcurso de mi vida he conocido a madres celosas, posesivas. ¿Cómo tener celos de algo que nos ha dado lo mejor de su vida? Sus primeras miradas, sus primeras sonrisas, sus primeros besos y primeros pasos. Su primer despertar a todas las primicias y amaneceres de la vida en manifestación. Nos hemos dado y recibido los encantos primorosos de nuestras mútuas exhalaciones.
Luego, nuestro paso por la vida construye o diluye, conserva o dilapida los tesoros adquiridos y que han de ser nuestra suprema ofrenda a la creación.
Llegamos a Pro Infancia Obrera y allí esperamos a mi hermano y al resto de la familia. Nos dirigimos a Banyolas donde mi hermano ya nos había encontrado un hogar donde albergarnos.
En él vivían dos mujeres y una niña, madre, hija y nieta. El padre estaba detenido en la cárcel Modelo de Barcelona. Era una calle silenciosa y la casa grande, una especie de masía. Nosotros fuimos instalados en la parte superior; pero pasábamos el día en el comedor, con ellas y junto a la chimenea, entrando y saliendo de un huerto en el que había aves (gallinas, pollos, conejos) verduras y árboles frutales.
Las tropas se iban retirando. Yo preguntaba a cuantos podía, orientación sobre la situación de la batería donde estaba Enrique. Un día me dijeron: están en Banyolas, al otro lado del lago. Y cogí a mi hijo y en una barca, remando, fuimos al lugar indicado; pero ya no estaban; se habían ido a Francia. En otra ocasión habría admirado la belleza del lago y sus alrededores; pero en aquel momento mi único interés era encontrar a Enrique y que viera a nuestro hijo. Regresé desazonada y cansada también por el esfuerzo; nos acostamos pronto a fin de dormir.
La abuela de la casa tenía unas ocurrencias muy graciosas y nos distraía en muchas ocasiones en que podía dominar la angustia y en algunos la depresión.
Entraron los fascistas con uniforme republicano y, a traición, mataron a los soldados que estaban descansando. Los moros sembraron el miedo, la inquietud y la desconfianza. Se apoderaban de todo, hasta de los niños, si podían. Yo me quedaba arriba con mi hijo. Lo apretaba contra mi pecho, unía nuestros rostros y procuraba que no se oyera su tenue voz. Ellos entraban cuando se les antojaba; cogían comida, huevos, fruta, pan, y cuando descubrieron las aves no dejaron ni una. Se habían convertido en los amos del pueblo y le tenían atemorizado.

14 may 2013

TelaVision 28 - La vuelta a casa

A veces hay caravanas en la autopista, y cuando hice esta página más aún, pero puede sacarse provecho de cualquier situación.

9 may 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 8º





P I N C E L A D A S



Desde aquel infantil pero sublime, “Enrique ama a su mamá” que fue fiel presagio del futuro y gran amor de mi vida, ésta se transformó en una total dedicación.
Nuestros felices e inocentes momentos, tenían el encanto de las primicias, de los grandes descubrimientos. Darnos la mano al despedirnos, era una experiencia casi sagrada. Me dolía lavarme al llegar a mi casa pues era como destruir las huellas de un contacto que no podía ni debía de ser profanado.
Viéndonos diariamente como hacíamos, realizando juntos el viaje a San Andrés en tranvía a la ida, y a la vuelta a pie para estar más tiempo en mutua compañía, la declaración de nuestro amor fue por escrito. El escribió y me entregó. Yo contesté y le di. Cuando nos volvimos a encontrar sabíamos el uno del otro nuestros mutuos sentimientos y los guardábamos en un silencio incorruptible.
Si pudiera, mi autobiografía acabaría aquí, cuando aún los almendros estaban en flor y todo resplandecía. Viví después momentos de alentadora esperanza, de una natural disposición a la confianza, de un sin esfuerzo alguno, saber esperar. ¿Se había construido esta condición durante mi infancia? Supongo que si; que es una de las maravillas que las nubes dejaron en mi y que son ecos de un más allá. Y es que hay profundidades de la inocencia que demuestran la belleza de la vida espiritual y denotan la incomparable fuerza que desenvuelven.
Una vez distribuidos los niños en las diferentes clases y situados los maestros en sus correspondientes aulas, empezamos a orientar la labor escolar. Esta tenía numerosas dificultades pues el alumnado era muy heterogéneo en edades, origen y formación, costumbres y grado de cultura. Había un número ya algo significativo de niños retrasados con más o menos deficiencia mental, que exigían especial atención y, a pesar de que no estaba permitido que el director actuase de maestro con tal número de alumnos y de maestros a su cargo, yo me encargué de ellos, pues me había preparado en este sentido y me atraía en extremo tal dedicación.

Generalmente hacía con ellos la clase al aire libre ya en la escuela ya en la montaña, que teníamos muy cerca. Aprendían a contar con piedras, hojas de árboles, contemplando y comparando sus diversos matices, valorando sus diversidades y conociendo paulatinamente sus ricos contenidos. Valoré ante ellos la gran importancia, la activa influencia del sol, y una tarde, a uno de los hermanos Cañuelas que vivían en el mismo San Andrés, le hallé de rodillas en la clase, andando así y parándose en los espacios en los que daba el sol.
“¿Qué haces ahí?” , pregunté.
“Amiga, (me llamaban amiga) busco el sol y quiero cogerlo y no puedo”.
A menudo, como en esta ocasión, la clase era improvisada. El niño, sin saberlo, me había dado el tema. Así que aproveché para explicarles lo más sencillo y práctico que pude, los estados de la materia y la ley de gravedad.
En días consecutivos seguimos insistiendo hasta conseguir una positiva asimilación. Y cuando ésta llegaba, era admirable la intensa satisfacción experimentada en ellos y la íntegra comunicación establecida entre ellos y yo, y ellos y su mundo circundante. Explicaban lo aprendido con la alegría de estrenar zapatos nuevos. Y el amor entre nosotros crecía y establecía una rigurosa y serena dignidad, sin formas ni dependencias. La enseñanza era libre como el aire que respirábamos y en esa misma libertad nacía y se desarrollaban el respeto y la obediencia.
Las obras deberían de juzgarse, no por los propósitos sino por los resultados obtenidos. Y éstos forman el nuevo impulso que sigue o que corrige y en uno y otro ensayo, avanza la humanidad en consciente o no observada; pero sí presente colaboración. Entre los niños y yo había un maestro, que no era yo, sino la relación entre ambos.





El haberme quemado mi escuela privada y destruido, por tanto, mi viejo piano, me trajo la agradable sorpresa de obsequiarme con otro piano con una magnífica sonoridad y de muy superior calidad. Lo encontré al llegar a mi casa. Lo habían traído por la mañana, felicitándome por mi labor en la escuela. El envío venía de parte del C.E.N.U., especialmente de la Sª Corma, madre de dos niños, verdaderos prodigios que ya en su más tierna edad habían dado conciertos en el Palacio Real. Mi satisfacción es fácil de suponer.
Mi maestro, el gran concertista de piano y excelente compositor, pasaba por una precaria situación. En una de las reuniones con los compañeros del Grupo Escolar, propuse el ceder una parte de nuestro sueldo y ponerlo a disposición de Julio Pons, a fin de tenerle como profesor de música en nuestra escuela. Fue una magnífica solución que, aparte de serlo en la difícil situación del maestro, enriquecía y dignificaba el valor cultural de la escuela. Se formó un coro, un grupo de rítmica y danza y los niños tuvieron otro motivo para ampliar su formación.
De las clases de rítmica surgió un problema que sembró en todos la inquietud. La clase tenía lugar a partir de las cinco de la tarde. Las niñas hablaban entre ellas en un tono algo misterioso que llamó mi atención y le pedí información.
Tenían miedo, pues en varias ocasiones habían visto a un hombre con barbas que huía hacia arriba y no le veían ya.
Como que algunos nos quedábamos a comer en la escuela, organizamos la búsqueda intensiva y apuradamente. La escalera conducía a una habitación en la que había una chimenea. Un banco de piedra adosado a la pared, servía de asiento. En uno de mis movimientos al hablar, de la pared que estaba a mi espalda se derrumbó un trozo como de unos cincuenta centímetros. De allí partían unos dos o tres escalones y se podía entrar, aunque difícilmente. El maestro Joaquin Serra me ayudó a mi que era la más delgada, a pasar y subir. Penetré en una buhardilla. En su parte más alta cabía yo de pie; luego, se estrechaba. En el suelo había restos de fuego, una olla con caldo y trozos de carne y papeles manchados de sangre, seguramente de la carne ya utilizada. Con gran esfuerzo entró Serra también y llegó hasta el final casi arrastrándose. Halló una escalera que comunicaba con el campanario y que descendía hasta el jardín con salida a una calle lateral.
Decidimos avisar a la policía. Así que me fui a Barcelona, expliqué lo sucedido en Jefatura y regresé en un coche de policía. Nos mantuvieron a todos en la sala de actos mientras ellos realizaban el registro. Hallaron restos de una emisora clandestina. Entre unas paredes secretas, multitud de vestiduras de clérigo. Supusieron que algún cura se ocultaba allí; pero no le hallaron.
Los periódicos publicaban noticias bajo el título de: “El fantasma del Grupo Escolar Nova Vida”. La asistencia de los alumnos disminuyó pues tenían miedo, y a mi, un hombre desconocido y con tono amenazador me preguntaba: “¿dónde está el cura?”.
Fui protegida por las milicias de San Andrés a la salida de mi casa y entrada y salida de la escuela. Del cura no supimos nada más y el ambiente poco a poco fue normalizándose.
También mis relaciones con Enrique se estrechaban y nos sentíamos muy unidos.
Fui presentada a su madre. Hubo algo por parte de su hijo que me fue muy difícil de comprender, y más aún de aceptar. La madre fue muy sincera conmigo. Habían vivido en Palma de Mallorca y había una chica allí con quien ella había sellado ya sus esperanzas. Yo era pues, para ella, una sorpresa y no muy bien aceptada. Lo comprendí y no le di importancia. Tenía fe en que mi cariño sería un punto de conciliación.
Pero hubo algo que me sorprendió muy desagradablemente. El hijo la encerró en una habitación en la que ella había entrado y, a pesar de su insistencia en salir, él la mantenía encerrada y no la abría. Pasaba riendo pasillo arriba y abajo.
“Ábrele la puerta”, insistí yo.
Pero él no cedía y tardó muchísimo en hacerlo. Yo sufría y estaba en muy violenta situación.
Cuando, al fin, pudo salir, nos preparó algo de merienda; pero en un momento que aprovechó, me dijo:
“No es lo que parece. Es un sepulcro blanqueado”.
A él no le dije nada más; sólo que no se comportase así con su madre pues la hacía sufrir y que incluso, a mí me había dolido profundamente.
“Es una broma”, contestó.
Me llevó al parque de la Ciudadela. Atardecía y el sol, en su despedida, llenaba el ambiente con aquella luz tan llena de ensoñadoras promesas. En el cielo asomaban las primeras estrellas.
“¿Ves aquella, la qué más brilla? Es Sirio”.
Y llegó el primer beso.
Y cayó un velo sobre aquella tarde que, inesperadamente, abría una incógnita sobre un futuro incierto.
La sirena de alarma amenazando posible bombardeo, la gente despavorida buscando refugio donde protegerse, y nosotros, ingenuamente enamorados, sorteando nuestros destinos.
No os caséis todavía. Esperad  a que acabe la guerra, nos decían.
Pero para nosotros, precisamente ella aceleraba nuestra unión.
Y, a principios de verano nos casamos. ¿Fue una boda? ¿un contrato? ¿una locura?. Ambas cosas a la vez, al unísono.
Escribir una autobiografía a los ochenta y tres años y porque me la han pedido precisamente los médicos que me acompañan, cosa que agradezco y me enorgullece, supone que muchas cosas no podrán conservar la nítida transparencia de cuando las viví, pues forzosamente encierran el tamiz de amontonadas experiencias. La soltura con que he transcrito mi infancia y mi adolescencia, soltura a la vez llena de una feliz renovación del recuerdo, ahora queda matizada por una especie de gravedad, de una cierta involuntaria tendencia al juicio que trato de no traslucir; pero que acude con fuerza y energía propias.
Y, sin enjuiciar, ni siquiera opinar... hay un respeto, un gran respeto al amor que nos unió. Y este respeto impone silencio. Hay modos y formas de amar. Los hay incapaces de sostener circunstancias difíciles, y se desparraman, se desmenuzan y desmoronan y caen en el vacío. Otros aguantan, resisten, se robustecen y aunque la vida o la voluntad abra surcos insuperables, el amor se sostiene en la orilla y mantiene limpia el agua que cursa por el río. Esta es mi forma de amar. Compartir el temporal sin convertirme en él. Ahí está la lucha y ahí esta la elección. Seguiré  escribiendo mi autobiografía. Si ha de tener un nombre éste será el de PINCELADAS, ya que así será o trataré de que así sea. Un contenido de satinados matices que permitan adivinar un fondo de profundas a veces duras o inaccesibles, otras diáfanas y de ternura especial.




La noche de bodas es una fecha que debiera de marcar una línea de belleza, de confianza que significase un centro de apoyo en el que reposar las posibles deficiencias que puede presentar el futuro. Hoy día es un problema pasado de moda. ¿Hay noches de boda?. Quizás todo se reduce a un: desde hoy viviremos juntos. Pero no. Yo no hablo de la actualidad. En la mía y en su época, quizás debido también a una deficiente educación por una parte y por otra a una educación errónea fortalecida por un carácter muy especial, no hubo una semilla de confianza ni la belleza del pensamiento que a mí me envolvía en ternuras no confirmadas, en esperanzas no convertidas en realidad. La gran ilusión de “despertaremos juntos” quedó reducida, maltratada. Desperté en una butaca, junto al balcón, con preguntas no contestadas como cuando indagaba el por qué  del día y de la noche y el por qué de la Vida y de la Muerte. ¿Dónde estaba la unidad? La unidad que me explicaría el por qué de este continuado vaivén entre tinieblas y luz, entre mentira y verdad, entre deseo y amor. ¿Dónde estaba la Verdad?.
Y concluía siempre así: en la aceptación. Ella conduce a la paz. Y la paz es superior a la felicidad. La contiene sin estar contenida. La paz es libre mientras la felicidad está condicionada. Y di gracias, pues tenía paz y en ella hallaría toda la fuerza en el futuro.
Al día siguiente a la noche primera, yo había cambiado. Le preguntaba a mi esposo: “¿Se me nota que estoy casada?”.
Era tal la certeza que tenía de mi cambio, que creía que el mundo lo iba a notar. ¿Qué pasaba en mí? Mi estado de increíble inocencia, no acertaba a determinar la razón exacta de mi transmutación; pero sí tenía conciencia de que algo muy profundo y en cierto modo cruel, había desvelado ante mi un mundo de insospechadas realidades y carecía de información para conocer y comparar. Esa información –me dije- la daré yo a quien pase por mi vida y carezca de ella. Y lo cumplí cuando tuve la ocasión.
Mis hermanas casadas me miraban y cambiaban sonrisas maliciosas. Yo guardé silencio para no revelar un resentimiento que vibraba en mi interior con un sentido recto de la justicia, sí. Había crecido en una noche que, increíblemente, no tenía aún siendo importante, la capacidad de modificar mi amor. Sólo que marcó una línea diferencial. De una parte había un claro triunfo de la esperanza y de otra una indestructible capacidad de amar... pero, ... a pesar de.
Que ¿qué pasó la noche de bodas? ¿por qué ha influido en mi de forma tan trascendental? Por el contenido que en modo tan inesperado como increíble vino a conturbar las diáfanas, inocentes y hasta tal vez ridículas ilusiones confeccionadas días y noches anteriores ante la alucinante interrogativa; ¿cómo será? ¿qué va a pasar?
Yo me había diseñado el equipo de novia. El traje era discreto, pero hermoso. Blanco, como era natural y no excesivamente largo ya que la boda era civil. El juego de noche era delicioso. Pero la modista, Marcelina, me decía:
“No creas que tu marido se vaya a conformar  a verte tan tapada, (el camisón iba abrochado por la espalda desde el cuello hasta la insinuante cola, con finísimos botones). Yo pensaba y me imaginaba frente al espejo vistiéndome, y que él se me acercaría y muy delicadamente, desabrocharía uno, dos, tres o más botones... Una muy dulce emoción, mezcla de amoroso deseo, me invadía hasta quedarme dormida.
El día de la boda me dijo que, debido a que  yo era tan timida, iríamos al cine por la noche y así, al regresar a casa, su madre dormiría y yo me sentiría más tranquila. Sorprendida, se lo agradecí ya que fue una delicadeza por su parte. Fuimos al Coliseum donde ponían “El desfile del amor”. Al llegar a casa me quité los zapatos de tacón para subir las escaleras sin hacer ruido, y entramos al que sería nuestro hogar.
“Buenas noches”, nos dijo su madre.
No voy a contar las palabras y actitud que hubo después, pero que me hicieron un daño irreparable.
Invadida por una sensación en extremo desagradable, recogí mi ropa y salí de la habitación refugiándome en la ventana del comedor, sentándome con las piernas al exterior. Aturdida, miraba al cielo; intentaba reflexionar sobre lo ocurrido sin llegar a comprender; me sentía anulada, atropellada por una incomprensible deshonestidad, por la ausencia absoluta de respeto, por algo ante lo que no me importaba, en un falso movimiento, caer en el vacío. El manto de la noche rociado de estrellas salpicando el inmenso azul parecía ampararme y protegerme, y me sentía acogida como me hubiera  sentido en la falda de mi madre. ¡Cuánto la añoré!
Ignoro el rato que pasó. Sus voces resonaron diciéndome:
“¿Qué haces ahí? Te puedes caer...”
No recuerdo si contesté; pero creo que no. El me cogió por los hombros y entramos en la habitación. Los dos estábamos entre la cama y el armario. Sin ánimo, me acosté. Me retiré algo para dejarle sitio a él; pero como la cosa más natural me dijo:
“¡No!, que está caliente de tu cuerpo.
Y entonces, impulsivamente, me lancé al otro lado, casi junto al balcón. Su cuerpo no me pareció el mismo, si no una masa informe cayendo sobre mí.
Pasé el resto de la noche sentada en una butaca que había entre la cama y el balcón y lloré en silencio.
No es que no hablásemos de lo ocurrido. Sí. Le expuse mi violenta situación y lo desagradable que había resultado para mí y la profunda herida que quedaba en mí interior.
Agradezco a los médicos que me hayan pedido, rogado, casi obligado a escribir mi autobiografía, a pesar de que he sufrido mucho en su ejecución. Pero pienso que ellos saben por qué y yo empiezo a descubrirlo.
Creo lógico que esta experiencia diese en mi vida una distinta tonalidad y que los mismos motivos que antes de ella tenían una determinada expresión, la cambiasen rotundamente. Miraba con maliciosa melancolía el espectáculo de una boda. Se adueñaba de mi una verdadera angustia pensando que tal vez aquella nítida ilusión sería brutalmente destruida. Luego, tiempo después, supe que la verdad no era lo que yo había vivido, si no que podía ser algo realmente bello y, aunque la experiencia no había sido directa, se estableció una línea divisoria entre cuyos límites navegaba una sutil esperanza.
Quisiera aclarar que la cruda decepción sufrida, adquiere mucha más importancia desde el sello incomodísimo de la presencia materna. Las improcedentes caricias que surgieron y las palabras que las acompañaron, provocando un estado de indignación y desengaño muy alejado de lo que hubiera sido una espera amorosamente confiada.
El nuevo día convirtió la experiencia en un mal sueño que empañaría el desarrollo de la vida en el futuro.
Pronto hubieron señales evidentes de una naciente maternidad. La más maravillosa intervención de la Vida. Y volvió el coro de ángeles. Y tuve a mi hijo, en mis brazos, y escribí una fecha: veintinueve de marzo de mil novecientos treinta y ocho. El día en que nació.
Los meses de embarazo fueron ricos en experiencias, unas de ellas, de las más fuertes que se pueden soportar. Otras, las que se derivan de un estado de continuo despertar a impresiones nuevas, nuevos impulsos, latidos de un corazón vibrando al unísono de otro corazoncito cuyo tic-tac, rico en excelsas sonoridades, de indescriptible suavidad iba diciendo quedamente ma-má, ma-má. Y ya eres madre. La más sublime de las cualidades que la Vida y el Amor nos pueden ofrendar. La más alta compensación a cualquier perturbación o detrimento de la paz.

7 may 2013

TelaVision 27 - La familia sigue de vacaciones

Nada como acampar al aire libre, respirar aire puro y olvidarse de la ciudad y sus problemas. Pero,... ¿puede olvidarse todo? Nuestro amigo no...
Y si se trata de un partido de tubol menos aún!

5 may 2013

La vida critica... 88 - Hay gente que parece tonta...!

El chico de esta tira y su pareja podrían utilizar You Tube, Facebook, etc. Cualquier cosa antes que abrazarse y darse un beso, claro...!

2 may 2013

"Pinceladas" - La vida de mi madre - Capitulo 7º



En los meses transcurridos desde la muerte de mi padre había empeorado mi salud. Una amiga de la escuela Normal me habló de un hombre sueco que curaba por magnetismo y que había rehabilitado a su madre sólo con pases y agua magnetizada. Al consultárselo a mi madre, contestó: lo probaremos.
Y se probó. Era un hombre mayor, no de muy agradable aspecto; pero nada costaba probar.
Sentada yo y él de pie frente a mi, iba pasando sus manos desde por encima de mi cabeza hasta las rodillas. Yo tenía los ojos cerrados y él me preguntó:
“¿Ves algo?
“Sí, le contesté. Cuando pasa su mano yo veo una luz  azul muy bonita y noto un olor muy especial; no es un perfume.
“Bien, dijo. Eso es cierto. Seguiremos.” Y magnetizó agua para que la bebiera.
Y seguimos unos días más. Una de las veces me oyó tocar el piano y quiso volver el domingo por la tarde para repetir la audición. En un momento del descanso se levantó y pidió permiso para volver acompañado de un amigo que le estaba esperando.
Poco después volvió con él. La impresión fue intensa sobre todo en mi. Era él, el del tapiz, el que durante tanto tiempo acompañaba los latidos de mi corazón. Un extraño nerviosismo se apoderó de mí y empecé a dar vueltas a un anillo que llevaba (en cierto modo estaba comprometida). El anillo se me cayó al suelo. Sólo él lo vio. Se levantó a cogerlo, yo alargué mi mano y me puso el anillo. Y me sentí enlazada, completa. No nos volvimos a ver hasta unos meses después, pues los dos amigos se iban a Ginebra a un congreso de Filosofía. La impresión había sido mútua.
Durante aquellos meses llegó alguna carta de aquel Sr. Se había erigido a sí mismo en maestro. Por su forma de escribir me infundía miedo. Me había regalado un libro, “Zanoni” y creo que él quiso vivir aquella novela cuya protagonista también tocaba el piano. Nada más lejos de mi imaginación ni más desagradable para mis sentimientos.
Mis estudios habían ya finalizado pues los últimos cursos los había realizado dos en uno. Pero una nueva ley anulaba las ventajas del anterior Plan Profesional obligando a la celebración de oposiciones. Esto era sumamente injusto y nos rebelamos contra ello. Los representantes de cada curso nos reunimos en Madrid y acordamos no celebrar oposiciones en ningún centro español. La oposición en un solo centro anulaba todas las demás. Nos sentíamos fuertes, pues la razón nos amparaba, nos sostenía y aumentaba nuestro vigor y entusiasmo. Para vencer hay que tener razones para ello y nosotros las teníamos.
Era a principios de 1936. Desde el balcón, a las cinco de la mañana, vigilaba a ver si alguno de los maestros subía por la calle de Urgel en dirección a la Escuela Industrial donde había uno de los centros de exámen. Vi a algunos que se dirigían allí y salí de casa con la idea de evitar la entrada en clase como habíamos acordado en la reunión: me encontré con López, otro compañero representante de curso, como yo.
“En Bellas Artes hay otro centro. ¿Vamos allá?
Una vez allí, vimos a unos compañeros entrar acompañados de una de las profesoras. Si se interceptaba uno ya no podían celebrarse las oposiciones, pues quedaban anuladas. Las preguntas llegaban desde Madrid a todos los centros en sobres lacrados.
López entretendría a los Mozos de Escuadra y yo entraría en la clase y haría lo que pudiese.
Había unos pocos sentados en los pupitres. El tribunal ya estaba formado. La profesora sentada en el centro estaba apunto de abrir el bolso. En un decidido arranque, como un relámpago, me hallé frente a la mesa, cogí el bolso y salí.

“¡Cogedla!, ¡Cogedla!”.
Salí y, sí. Me cogieron. Un guardia de Asalto en cuya gorra lucía un 354 sobre la frente, empezó a pegarme con la porra mientras yo me defendía dándole pinchazos con las pinzas de depilar. Los fuertes golpes recibidos obligaron a llevarme al dispensario y de allí fui conducida a jefatura. Allí dejé el bolso comprometedor en cuyo interior se hallaron dos cartas acusando el envío de un donativo agradeciendo los posibles favores. El sobre lacrado ya estaba roto, fue lo segundo que había hecho.
Por la tarde una muy buena amiga mía me acompañó al Dr. Félix Martí Ibáñez. Hizo radiografías, el fémur derecho estaba afectado; pero no roto. Tenía un extenso y abultado hematoma y un susto enorme pues ignoraba cuál sería la actitud del fiscal. El Dr. Martí Ibáñez me contestó:
“Quien puede temer es la profesora. Su actitud es notoriamente ilegal en todos los sentidos. En cuanto al fiscal, no te preocupes. Es mi padre”.
De nuevo se me abría el cielo de par en par. Días después estallaba la guerra civil. El  conocimiento accidental con el Dr. Martí Ibáñez selló una amistad firme y en muchos momentos, una labor de conjunto.
El entró a formar parte de la Asociación de Idealistas Prácticos, institución vanguardista formada por una sincera y auténtica colaboración de todas las ideas políticas y religiosas. Si algo distinguía a esta organización era su elevado humanismo, su abnegación y el espíritu de confraternidad que despertaba la admiración de cuantos la frecuentaban. Había además un esmerado celo por la extensión cultural. Conferencias, conciertos, concursos, exposiciones, etc. Y un extremado esfuerzo en ayudar a los que luchaban en los frentes de batalla. En nuestras escasas horas libres trabajábamos cosiendo o tejiendo ropas de punto que tendrían además el calor amoroso con el que habían sido confeccionados. Y lo realizábamos todo con verdadero entusiasmo.
Una de las más firmes y profundas amistades que surgieron, fue la del fiel amigo Juan Pinell, quien luego fue monje de Montserrat con el nombre de Jordi Pinell. Su obra ha sido fiel a su gran espíritu y ha dejado muy profundas huellas tanto en el mundo religioso como en el mundo intelectual, como poeta y como escritor. Luchó contra todos los obstáculos con inalterable dignidad, comprensión, sencillez y fidelidad al ideal que representaba. Siempre será un valioso y alentador recuerdo.
En aquel entonces yo tenía la dirección de un grupo escolar, Nova Vida, en San Andres. El local había sido un seminario y, si bien habían bancos y sillas y alguna mesa tuvimos que procurarnos material escolar de diversos locales, incluso de iglesias a fin de satisfacer las más urgentes necesidades.
La tarea fue ardua. Los primeros días yo había estado ayudando a Puig Elías en la organización de escuelas, distribución de niños y de maestros, búsqueda y recogida de muebles y preparación de una tesis sobre sistema pedagógico y la que presenté valió la dirección del grupo escolar.
Enrique había ya regresado de Ginebra. Había estudiado en la Escuela de Guerra para obtener el titulo de alférez y fue destinado al cuartel de artillería, también en San Andrés, cerca de Barcelona.
Una tarde, yo había asistido a una conferencia a cargo del Dr. Martí Ibañez. Al regresar a mi casa me dijo mi madre:
“Tienes una visita”
No sé por qué temí que fuera Augusto Engelke, el sueco, y no me equivoqué. Insistía en que quería hablarme a solas, a lo que contesté:
“Mi padre me decía que no debía de hablar ni de escuchar nunca, lo que no pudieran oír o hablar los padres o los ángeles”. De modo que si mi madre no podía oírlo, yo tampoco.
“Me da miedo tu voluntad”, contestó y se fue.
Volvió a la mañana siguiente con la intención de practicarme los pases. Yo pensaba mientras; “conmigo no puedes” y él, como si percibiese mi estado dijo enfurecido:
“No queda nada en ti. Ahora, mírame a los ojos y dime que no me quieres”.
Mi mirada expresaba mi firme intención cundo contesté:
“No. No le quiero”.
Llamó entonces a mi madre, y haciendo la cruz como un gitano, juró que, o sería suya o de ningún otro hombre.
Mi madre le hechó de casa con valerosa energía. Y ya no me dejaron salir sola. En el C.E.N.U., como en el sindicato, tenían orden de no dar mi dirección a nadie.
En el cuartel llegó una orden para partir al frente, no inmediatamente, pero debían de estar preparados. Enrique no quería ir y pensé en el modo en que yo podría tal vez ayudarle. De momento le nombré maestro de mi grupo para hacerse cargo de los subnormales que ya eran suficientes en número y precisaban de una educación especial. Con mi nombramiento, fui al C.E.N.U. y el documento fue sellado y avalado. Siguieron a continuación la Generalidad, Ayuntamiento, Diputación y con estos requisitos me fui a Valencia donde estaba el Gobierno. Me entrevisté con el ministro de Cultura y obtuve su apoyo. Luego fui al Ministerio de Defensa, cuyo Ministro, luego de ver los documentos presentados bien avalados, me preguntó:
“¿Y yo qué puedo hacer?”.
“Extender una orden de retención del Alférez, etc. para que pueda atender las clases de subnormales en mi Grupo Escolar. Que la guerra no se gana sólo en la vanguardia. Otro alférez es fácil de encontrar. El puesto de esta especialidad es difícil de conseguir. Es necesario, señor Ministro; tengo muchos refugiados  y necesitados de esta ayuda. En su colaboración hallará la recompensa.
Y firmó el papel.
Regresé a Barcelona. Fui al cuartel. El largo pasillo que conducía al despacho del General, fue recorrido por mí como si yo fuera uno de los Mosqueteros. Tal sensación de victoria me invadía. Y Enrique quedó en Barcelona.


El estado civil en guerra se hallaba en uno de los momentos más críticos y crudos. La ofensiva de Aragón alcanzaba niveles de lucha de los más encarnizados desde que empezó y todos los esfuerzos de cooperación eran necesarios y precisos. No así la afluencia de mujeres en la línea de combate. Esta determinación fue una de las más erróneas e imprudentes que se podían realizar, y los resultados fueron fatalmente los naturales. Bifurcaron un objetivo que debería de haber sido el único. En fin, huelgan los comentarios.
Muchas vidas se hallaban en peligro. Organizamos una salida hacia Pina y Osera que eran los pueblos más amenazados. En camiones cubiertos totalmente por gruesas lonas, salimos con el ánimo enaltecido por poderosos sentimientos de incondicional entrega a recoger el mayor número posible de niños para apartarlos del peligro que los amenazaba. A menudo, tuvimos que bajar de los coches pues los “cazas” y la “pava” vigilaban las carreteras y disparaban contra cualquier movimiento sospechoso o no. Nos esperaba Durruti intranquilo y, al vernos, acudió a abrazarnos sensiblemente emocionado. Los niños le aclamaban, creían en él, y él, entre risas y lágrimas les decía: “¿Veis como no os hemos engañado?. Bien. Ahora subid. No lloréis, no cantéis ni gritéis. Sentáos juntos, apretaditos y no temáis. Vosotros vais a Barcelona. Los otros irán a Lérida. ¡Hasta luego!. Todo irá bien. ¡Salud!”
Nos despedimos con un “¡Hasta siempre!” y emprendimos el camino de regreso. El retorno no fue tan alterado. Pero la impresión de haber estado tan cerca de la línea de fuego, de haber visto la luz, terroríficamente roja, el humo y las llamaradas, los disparos continuados y los dolorosos gritos que resonaban en nuestros oídos, nos preguntábamos:
“¿Nos volveremos a ver?”. Y no. No nos vimos ya más. Le mataron.
Una vez en Barcelona los albergamos en el Hotel Ritz, y allí empezaron los lloros y los gritos. “¡Papá, mamá! ¿dónde está mi hermano? etc. No hubo tiempo de clasificar y dividimos familias, sin querer. Poco a poco comprendieron, aceptaron; y un vaso de leche caliente, el calorcito del lecho y la misma colaboración por parte de los mayorcitos, todo condujo a un sueño del que despertaron con la misma sorpresa y pregunta: ¿dónde estamos?
Baño, desayuno, visita al hotel con sus jardines, sus salones, su enorme cocina; y les entusiasmaban los grifos brillantes y las empuñaduras de las puertas. Luego dimos un paseo por la ciudad y cuando se cruzaban con algún uniforme lanzaban un “¡Viva Durruti! ¡Abajo el fascismo!”, verdaderamente estremecedor.