16 abr 2013

TelaVision 24 - Todos podemos soñar

Paco, el abuelo de esta serie, tiene un sueño cada viernes cuando ve el programa de Concha. A mi me gustó dibujarla cuando la hice para "El Tebeo", el suplemento de "El Periodico" donde salia cada semana. Sigue siendo una buena actriz con una gran simpatía.

14 abr 2013

La vida critica... 85 - ¡Felicidades Purita!

Hoy quiero felicitar a mi amiga Purita Campos por el premio del Salón del Cómic que le concedieron ayer. Y lo hago por un doble motivo<. en primer lugar por ser una de mis mejores amigas, como he dicho, y también porqué empezamos a dibujar para Editorial Bruguera practicamente al mismo tiempo, para las mismas revistas, de las mismas editoriales y de los mismos paises. ¡Me alegro mucho Purita!

11 abr 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 4º - Transformación.



T R A N S  F O R M A C I O N



Inmediatamente luego de haber situado cada cosa en su lugar, de conocer cada cual el rincón en el que iba a desenvolverse su vida y de arreglarlo a su gusto y comodidad, enfocamos nuestra atención  al conocimiento de los alrededores de la casa. Cerca, muy cerca, teníamos una lechería con leche natural que se ordeñaba allí. Seguía un centro de comestibles donde había cuanto podíamos menester. Sus dueños, muy amables, tenían cuatro hijos, dos de ellos varones: de las dos hijas, la mayor ayudaba a los padres en la tienda junto a un dependiente que se llamaba Desiderio, (nos pareció de los nuestros) y la hija menor iba a la escuela. En la misma acera había una fábrica de tejidos, Blanch y Murillo, y casi ya en la esquina una pequeña mercería donde hallábamos lo más preciso. En la acera de enfrente había una carnicería, una fábrica de galletas Nelia, una escuela Academia Serra, una lavandería, una cafetería y en los bajos de una gran casa, un laboratorio y una perfumería.
Por lo tanto estabamos muy bien situados. No muy lejos había un gran mercado, el de San Antonio que daba nombre al barrio en que estaba circunscrito. Allí íbamos a comprar mi madre y yo cuando mis hermanas ya trabajaban.
De mis hermanos, Leovigildo entró a trabajar en la ferretería Marsal y Hnos., en la calle Hospital, Leandro estudiaba en la escuela del trabajo pues él quería seguir un oficio; mis hermanas trabajaban en los cafés La Garza, y María, la mayor, en un laboratorio en la misma calle Viladomat, pero cerca del Paralelo.
Y para mi el problema fue encontrar una escuela laica. En todos los centros escolares era obligatoria la religión. Por fin, tras largos días de infructuosa búsqueda, fue en la Escuela-Academia Serra donde aceptaron acogerme sin el compromiso religioso. Las maestras y dueñas de tal escuela eran dos hermanas, Dª María y Dª Margarita Serra Gramunt. La primera era la directora y la segunda se ocupaba de los párvulos y primera enseñanza, aunque también presidía las matemáticas y las clases especiales de dibujo, pintura, francés, mecanografía y rítmica y danza.
El primer día de clase me hicieron escribir una carta a una amiga agradeciéndole su invitación a pasar una tarde en casa donde irían otras niñas a jugar.
Yo escribí excusándome por no poder acudir, agradeciendo al propio tiempo su atención. El motivo de mi negación era el no disponer del tiempo necesario para cumplir con mis deberes escolares que para mí estaban en primer lugar.
Esta respuesta me valió una buena nota, me situaron a una clase algo superior a mi edad. Nos unió para siempre un muy sincero cariño y, por mi parte, además, una merecida devoción. Su presencia en mi vida fue casi tan importante como la de mis padres y su recuerdo tan amado como igualmente fiel.
Vivían consagradas a su profesión, cuidando sus distintas actividades con alto sentido de responsabilidad. Tenían en cuenta la necesidad de una enseñanza amplia y esmerada y, paralela a ella un profundo respeto a la educación les hacía unir, al estudio, la práctica de las leyes cívicas, morales y espirituales. Nunca me forzaron ni influyeron sobre nuestra actitud antireligiosa. Pero yo estaba en la clase cuando se estudiaba y repetía la doctrina, la historia sagrada y poco a poco se dieron cuenta de que había en mi un misticismo oculto a punto de florecer. Ellas no insistieron pero tampoco fueron la barrera opaca que se opusiera a la transparencia que empezaba a denunciar una espontánea y nueva floración.
En la clase de labores era fácil encontrar debajo del bastidor, una vez terminada la tarea, un pequeño bloc de dibujos, siempre del rostro de Cristo. Yo, había encontrado al fin algo en que verter, en que depositar mis ansias de pureza y de eternidad. Y esto lo mantenía lejos de cuanto no fuera mi sagrada intimidad.
Entretanto mi padre había hallado ocupación en la Diputación de Barcelona, como cobrador. No era definitivo; pero se sentía satisfecho por la confianza demostrada y porque ya toda la familia estaba situada. Pronto fue ya contratado como gerente de la casa de muebles de la que eran propietarios los primos de mi madre. La nueva situación fue, desde aquel momento, mucho mejor en todos los aspectos de lo que todos nos congratulamos.

Mi vida en la escuela continuaba rigurosamente conectada a un proceso de renovación. Una de las especialidades de la escuela, además de las ya mencionadas, era la clase especial de música, cuya profesora era Dª Teresa Rovira. En un saloncito aparte con balcón al exterior, había un piano. Los primeros domingos de cada mes íbamos a pasar la tarde (los que queríamos) con nuestras maestras. Habían juegos, algunos de adivinanzas, que yo hallaba muy divertidos; ensayos de alguna obra para fin de curso, etc. y en estas tardes yo tocaba el piano.
Durante la semana (la profesora de piano daba las clases por la tarde al finalizar el horario escolar) yo me quedaba para irle a buscar merienda, así las alumnas no tenían que dejar la clase y yo aprovechaba el momento para oír las explicaciones, mirar el libro de solfeo, aprender a llevar el compás, etc. Dejé de comprarme el chocolate o galletas para mi merienda y, con el ahorro pude comprarme el libro Solfeo de los Solfeos y otro de Teoría de la Música. Y en casa leía y solfeaba. La portera tenía una hija que estudiaba el piano y me permitía tocar en él, así podía practicar. En la revista “El hogar y la moda” publicaban a veces piezas musicales que yo me aprendía y tocaba en la escuela. Así que mis maestras notaron mi progreso y se lo dijeron a Dª Teresa. Esta me llamó y quiso escucharme en el solfeo y en el piano. Y me hizo una proposición.
Yo te prometo- me dijo- darte clase desde ahora gratuitamente. En Navidades tocarás una pieza y cantarás una canción. Invitaré a tus padres para que te oigan y veremos su respuesta. Creo que seguirás en la música.
“Gracias. Es cuanto deseo”, contesté.
“A veces, añadió Dª Teresa, deseamos algo que encarna nuestra aspiración y no nos damos cuenta de que aquella misma cosa nos desea, nos atrae o nos subyuga implícitamente, a nosotros. Yo creo que la música te espera a ti, niña”.
Yo, enmudecí. El cielo se había abierto para mi y me sentí acogida en un mundo de ensueño con un creciente interrogante. ¿Cómo? ¿cuándo? ¿qué?... Algo impalpable, incorpóreo, suprasensible, vibraba en mi en una frase solemne: la música te espera a ti, niña.
Y empezaron las clases. Mis maestras me permitían estudiar en su piano y a menudo, me decían; “Hoy improvisabas luego de estudiar. A ver que dirá Dª Teresa”.
Y Dª Teresa sonreía y me aconsejaba. “Sobre todo los dedos bien hundidos en las teclas. Así obtienen más firmeza y seguridad: la muñeca suave, muy suave, como una pluma que quiera pulsar”.
Era el lenguaje que yo necesitaba y me repetía al estudiar: dedos fuertes, muñeca suave... Y pasaban las horas sin que el tiempo se relacionase con mi conciencia.
Una mañana entró una compañera en la clase:
“Ripoll, en tu escalera suben un piano...”
Me levanté como un rayo. “¡ Dª María! Grité: ¿voy?...”
La escuela estaba tan cerca de mi casa que en un salto llegué allí, y ... sí; era en mi casa. Un piano negro, reluciente, marca Estrella, con un sonido dulce y aterciopelado. Yo no sabía que hacer ni que decir. Abracé a mi madre. Las dos mezclábamos lágrimas de alegría, regocijo y en mi una indescriptible gratitud.
Mi madre muy emocionada me decía:
“No te lo esperabas, ¿verdad?, pero es que hoy cumples nueve años”.
“Nueve años, dije yo. El primer cumpleaños en Barcelona y... ¡un piano!
Hubiera querido añadir tantas cosas, se almacenaban en mi ternuras tantas y tantas promesas y gratitudes por el inmenso caudal recibido, que tan sólo pude exhalar un trémulo “gracias” y desahogarme en llanto.
Volví al colegio. La noticia había sacudido el ambiente y el griterío, felicitaciones, risas de alegría, abrazos colectivos, todo demostraba que aquel era un día de fiesta para todos y que lo celebrábamos con sincera unanimidad.
“Esta tarde no venga, Ripoll. Celebre su aniversario y disfrute de su piano”.
Y así fue.
Los verdes ojos de mi padre se humedecieron cuando fui a recibirle al llegar y le abracé con todo mi irrefrenable entusiasmo. Luego me explicaron cómo y dónde lo habían comprado ayudados por Dª Teresa, quien supo también guardar silencio.
La visión del piano en mi propio hogar era algo verdaderamente maravilloso. Qué placentera paz, que gozosa plenitud, qué luminosa realidad llenaba los rincones y, con qué intensa emoción se hundirían mis dedos en el teclado grabando en cada nota una acción de gracias. Mi piano y yo seríamos desde entonces una auténtica unidad.
Una vez todo en orden, nos decidimos a visitar al Dr. Pell y Cuffi. No estaba en su casa cuando llegamos y su esposa muy amablemente, nos acompañó mientras le esperábamos.
“Esta cara la recuerdo yo, dijo mirándome. Déjenme pensar, prosiguió. Y juntó sus manos en la barbilla, apoyó en ellas su cabeza, y sus ojos inquietos era como si buscara una aguja en un pajar.
“Vamos a ver”, seguía. En su rostro asomó una alegría y exclamó:
“Ya está. Es la primera del catálogo, la niña de Menorca. ¡Oh, que contento estará mi esposo, como yo también!
Momentos después. “¡Federico! Llamó. A ver si adivinas quién está aquí.” Y entró el Dr. Me miró y... “¡Onésima!”,exclamó abrazándome. Ahora tienes nueve años. Me acuerdo tanto de ti. Estos ojos los conoceré mientras viva. Vamos a ver estos pies. Y los examinó. Bien. Pronto podrás llevar zapatos bajos. Y, dirigiéndose a mi madre le dijo: unos de corte bebé, ¿sabe?.
Mi corazón dio un vuelco. Como los zapatos de charol de los niños de “Es Castell”. Otro sueño hecho realidad.
Y los primeros zapatos fueron un verdadero acontecimiento. Al subir a un tranvía yo sentía la necesidad de compartir con los que iban en él las primicias de mi intensa satisfacción. Así que, sin más rodeos, les enseñaba mis pies y les decía: mire, llevo zapatos, zapatos bebe. ¿Ve?
Y mi madre daba ciertas explicaciones mientras yo aprendía a callar. Y guardé en el silencio la confesión al ángel que me acompañaba y que compartía mi propia vida.
Algo había quedado en el cochecito azul. Una porción de cielo inconquistable tal vez.

La ultima anecdota y el Salón del Cómic



Los que leéis este blog, o mi página de Facebook, sabéis que he pasado un mes muy malo por la muerte de mi madre y todos los días que pasé casi sin moverme del Hospital. Supongo que, debido a esto, he tenido mi último despiste y confusión.
Hace un par de días me llamó Niki Navarro, de Editores de Tebeos, para preguntarme si podría ir el día 13 a firmar ejemplares (si es que alguien quiere comprar alguno) de los libros que publicaron de Jan Europa, y el último aparecido en su colección de “Hazañas Bélicas”. Le dije que si, pues pensé que aún faltaban un días. Bien, en realidad faltaba más de un mes: el salón del cómic siempre se ha celebrado en el mes de Mayo y yo estaba convencido de que esto no había cambiado.
Hace un rato me he enterado de que este año el salón se celebra este mes de Abril, ¡y yo he de ir a firmar el próximo sábado y no dentro de un mes!

Como podéis ver siempre he sido despistado y no voy a cambiar ahora. O sea que, si alguien quiere venir a saludarme, el próximo sábado estaré en el stand de “Editores de Tebeos” de una a dos del mediodía. Y aclaro lo “del mediodía” por si hay alguien con un despiste parecido al mío y vaya allí a la una de la madrugada.
Este año el Salón del Cómic de Barcelona está dedicado a las historietas del Oeste. Por esto quiero comentar, a los lectores aficionados a las historietas y películas de Búfalo Bill, que este conocido personaje del mítico Oeste americano, después de una vida dedicada a la conquista de nuevos territorios en lucha con los nativos de aquel continente, terminó sus días viajando por el mundo y representando en la pista de un circo un espectáculo, junto a un grupo de indios que habían sido recluidos en unas reservas, de sus propias aventuras y las de aquellos nativos con plumas. Creo que actuó también en Barcelona a finales del siglo diecinueve.
Pues todo esto me hace pensar en el parecido entre aquel circo y los numerosos salones del cómic esparcidos por todo el planeta. Los que vivimos la época dorada de la historieta tenemos un gran parecido con Búfalo Bill y aquellos indios americanos, actuando en la pista del salón en lugar de la pista del circo.

9 abr 2013

TelaVision 23 - Vacaciones en familia

Naturalmente en una serie que se llama TelaVision, las vacaciones no pueden realizarse sin un televisor a mano para ver los programas preferidos. Aunque a veces las cosas no salen como piensas...

7 abr 2013

La vida critica... 84 - Una familia numerosa

La protagonista de esta historia tiene realmente "las cosas claras": le gustan las familias numerosas, empezando por la suya. Aunque creo que a él le gustaria hacerla de otro modo...

5 abr 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 3º Adios a mi isla




De regreso a Menorca, ya en mi añorada isla, creo que llegó el momento de levantar velos al desenvolvimiento familiar. Fruto de la unión de mis amados padres, brotamos seis hijos. Como que en los hijos anteriores ya se había satisfecho el hábito de poner el nombre de los abuelos o padres, a nosotros determinaron ponernos el nombre correspondiente al día de nacimiento. Así que por orden de mayor a menor , ahí va la nomenclatura: Eulogia, Sinesia, Ceferina, Leovigildo, Leandro y yo, la menor, Onésima. Y quedaron satisfechos, nosotros no. Pero mi padre nos decía: el nombre no hace a la persona. La persona hace al nombre. Hacedlos bellos. Fue un legado de valor, en verdad que lo fue. Y creo que todos, cada uno en su esfera de posibilidades, legitimó su actitud activamente colaboradora.
En el hogar había un notable calor de actividades, unas comunes, otras particulares. Pero no se conocía el ocio y compartíamos las cosas con alegría. Todos teníamos nuestra libreta de ahorros, y los mayores que tenían trabajo remunerado, daban a los menores una parte de sus beneficios.
Las escuelas estaban situadas en una plaza próxima a la Explanada en la que estaban los cuarteles de infantería, artillería e intendencia y el ayuntamiento. En la plaza de las escuelas habían además un mercado y la cárcel.
Niños y niñas por separado y el parvulario en el que iba yo. La maestra era catalana; pero en todas ellas la enseñanza era en español. Uno de los libros de lectura se llamaba “Mi Patria”. ¿Por qué esa palabra tenía en mi una resonancia tan desagradable? Tal vez por la proximidad de los cuarteles donde esta palabra figuraba como representación de poder y de castigo. Sufría cuando los soldados hacían la instrucción pues el trato que recibían distaba mucho de la cordialidad y del respeto.
En oposición a esto, en nuestro hogar había una frase escrita y bellamente enmarcada en un cuadro que decía: TU PATRIA ES EL MUNDO: TU FAMILIA LA HUMANIDAD.
Y esta era nuestra patria sin fronteras, en un mundo multicolor; pero todo hermano, como las gotas en el océano y los átomos en el aire. Un mundo de libertad guiada, protegida, encauzada por la positiva fuerza de la responsabilidad. Ella era el puntal apoyo, el sostén amoroso y firme del hogar representado por nuestros padres, raíces profundas del árbol familiar.
Se aproximaba el día de San Jaime. Todo cobraba vivacidad, entusiasmo. Las casas más blancas y las aceras más rojas, más limpias y relucientes cobraban belleza y esplendor. Empezaban a llegar los veraneantes, la mayor parte de ellos catalanes y había un nuevo impulso. En la Explanada se darían conciertos y gran cantidad de fuegos artificiales que llenarían el ambiente de luz y color. En el Ayuntamiento habría una cena de gala con baile al final. Mi hermana Eulogia acompañaría a mis padres y su belleza y simpatía empañaría quien sabe a cuantas más. A mi hermana Sinesia estas coas no eran de su agrado, en ellas se sentía incómoda; su timidez no se lo permitía y se sentía mucho más cómoda en casa; Ceferina era demasiado joven y yo era una niña.
Se celebraban también regatas a remo y a vela, como también corrida y carreras de caballos que iban ricamente engalanados con cintas de colores, un espejo en la frente y opulentos lazos en sus largas colas. Las ventanas estarían abiertas de par en par y las mujeres, apoyados los codos en ellas, ofrecerían a los jinetes y los caballos agua de arroz con anís. Los caballos, de alegría en alegría se alborotaban, sus patas delanteras se levantarían como queriendo alcanzar algo muy lejano y los dientes blancos en sus bocas abiertas por la sed y jadeantes por el exceso de calor, chirriarían de tanta excitación. Delante de la comitiva iría el cura montado en un asno y algo más atrás “ es flavioler” tocando el flautillo, y una canción muy tipica que todos coreaban. Este sí iba montado a caballo y a ratos a pie si en alguna ventana le requerían. El flautillo es un instrumento parecido a la flauta, menor de tamaño y de más fina estética; su sonido es también más agudo pero aterciopelado.

Y llegó el día de San Jaime. Mi madre me había confeccionado un hermoso vestido azul pálido de amplia falda. El lazo en mis cabellos fue del mismo color; pero colocado con tal gracia, que parecía una mariposa posada en mi cabeza. Me lo había puesto mi hermana María y yo me sentía  feliz.
Los caballos llevaban ya mucho recorrido, por tanto su paso no era tan brioso ni tan elegante como al principio. Uno de ellos salió desbocado, avanzando sin dirección fija y con inusitada rapidez. En el centro de la calle había un niño de dos años sentadito en el suelo. Asustada, empecé a gritar pidiendo ayuda. Nadie me oía, mi voz quedaba ahogada por tanto ruido y no había tiempo de esperar, y, sin dudarlo, me abalancé sobre él cubriéndole con mi cuerpo. El caballo pisó mi rodilla y mi brazo izquierdos; pero al niño no le tocó. Yo tengo las cicatrices y una medalla de gratitud. Pero lo que conservo como sagrada memoria es el dulce calor del niño bajo mi cuerpo como un haz de luz y felicidad.
En la misma calle vivían dos hermanas que hacían medias de seda a máquina. Yo pasaba muchos ratos en su casa pues me agradaba ver cómo punto por punto y de derecha a izquierda acompañándola con la mano, la máquina iba tejiendo, tejiendo... Sobre una mesa tenían una jaula muy bonita con un canario amarillo que era una preciosidad: no cantaba porque era artificial; pero su atractivo era tal para mi que me absorbía contemplándole y hablándole con todo cariño. Cuando al anochecer me iba a mi casa lo hacía con la tristeza de dejarlo sin mi compañía y un día me decidí, lo cogí y me lo llevé a mi casa.
-       ¿Te lo han dado las hermanas?. Me preguntó mi madre.
-       No. Lo he cogido yo, contesté.
-       Bueno; pues vas a devolverlo. Si no lo hicieras, eso sería robar.
-       ¿Robar? Yo no quería hacer eso. Sólo quería no dejarle solo una noche más.
-       Pues vas a devolverlo y a no repetirlo más.
A la mañana siguiente lo devolví. Las hermanas me lo querían regalar; pero yo no lo acepté. Qué fácil era robar y qué acongojada me sentía yo de haberlo hecho.
Me costó mucho volver a visitar a las hermanas y sentirme feliz con ellas como antes. Hasta que yo misma me perdoné como nadie más podíame perdonar. Y volví a sentirme en paz y a sonreir como siempre.
Las hermanas no le habían dado importancia alguna. Cosas de niños... habían dicho. Pero otras palabras recogidas por mi en el hogar contenían un significado más profundo, más completo. “La educación de los niños empieza antes de nacer”. Y yo recibía esta lección a los seis años. Me sentía dichosa pues no lo volvería a hacer.
Con mis amigas jugábamos a familias. Mi tía era modista de alta costura. Tenía taller y aprendizas y, como es natural gran cantidad de revistas de moda de todas clases y estilos, desde ropa para todas las ocasiones a los más útiles y variados objetos para organizar un hogar y amueblarlo digna y oportunamente. Recortábamos de las revistas cuánto nos interesaba. Figuras femeninas y masculinas, de niños y de mayores y de diferentes edades a fin de organizar una familia con padres, hijos y parientes. Los amigos surgían de la mezcla de las familias de las que participaban en el juego.
Cosíamos o pegábamos hojas de papel y en sus espacios íbamos colocando los muebles que serían el objeto de las diferentes habitaciones que formaban el hogar. Recibidor, cocina, baño, comedor, salón, dormitorios, despachos, si eran necesarios, (en mi casa sí) jardín, etc.
A la vez escogíamos vestidos para cada ocasión y con ellos adornábamos a las figuras recortadas con anterioridad.
Nos sentábamos en las aceras o portales de las casas y organizábamos visitas, conversaciones, todo cuanto puede surgir de una naciente amistad. Y ello era una excelente práctica de convivencia y educación donde las lecciones de urbanidad eran recordadas y escenificadas. Era uno de los juegos diarios y, con seguridad, el que más nos complacía.
Mi madre, mis hermanas o Francisca nos preparaban la merienda y era en mi casa donde generalmente se invitaba a los demás como algo natural en la expansión de la familia. No éramos demasiados, cinco o seis en realidad. Cuando este número aumentaba generosamente era en las ocasiones  en que hacíamos sesiones de cine o de teatro cuyas obras nos inventábamos nosotros. Creo que no hubo nunca un autor principal ya que todas las ideas eran bien acogidas, y, si alguna nos parecía equivocada, era motivo de diversión. De modo que todo nos unía más y más.
Que ¿dónde se celebraban las sesiones de cine y de teatro?. Teníamos dos casas una lindando a la otra. La primera que era donde vivíamos; era grandiosa, pues además de la cooperativa, el gran despacho de mi padre. Y al otro lado del ángulo formado ya que la casa hacía esquina y en mi pueblo las esquinas forman ángulo recto al carecer de chaflanes, había un comedor digámosle de lujo, y que empleábamos en ciertas ocasiones, y otro contiguo de mayores dimensiones y que disponía de una gran mesa en la que nos sentábamos los doce o quince miembros de la familia. Lindando a este comedor habían dos; despensa y una cómoda cocina. Un corto y ancho pasillo la unían al despacho de mi padre del que partía una hermosa y amplia escalera que conducía al salón y a las habitaciones. Otra escalera llevaba a la buhardilla.
La despensa comunicaba primero con un jardín; éste, a su vez, lo hacía con un gran patio en el que a la izquierda habían aves; gallinas, pollos, conejos y a la derecha gran cantidad de árboles, frutales entre los que destacaba un corpulento granero.
A continuación seguía “la casita”, otra casa en la que habían dos habitaciones para nuestros juegos, una de ellas muy espaciosa qué es la que nos servía para el cine o teatro. Y a la izquierda habían dos habitaciones más en las que se guardaban los aceites, los vinos, los licores y el material de limpieza. Los depósitos del aceite disponían de unas grandes vasijas depositadas en el suelo y que recogían las gotas de aceite que caían al cerrar los grifos. Cuando estas vasijas ya con cierta cantidad de aceite se vaciaban y el aceite se empleaba en otros menesteres.
Una tarde en la que había sesión de cine y los niños venían con sus trajes de fiesta, uno de ellos, por cierto ahijado de mi madre y que vestía implacablemente bien y que era además muy cuidadoso, quiso subirse a la escalera portátil para ver qué había a lo alto de los depósitos.
Mi hermano Leandro, el más travieso, le puso la escalera y muy amablemente le ayudó a subir. Luego quitó la escalera y en su lugar puso la vasija. El inocente chico cayó de lleno en ella. Bueno; desde los zapatos al último cabello quedó chorreando del brillante aceite. Como era de esperar, mi madre hubo de comprarle un nuevo traje ya que el que llevaba era de terciopelo y quedó inaprovechable. La fiesta acabó con esta lamentable ocurrencia que a todos nos valió; pero que aún su recuerdo nos mueve a incontenible risa.
Muchos días, al atardecer, nos uníamos para cantar. A mi me era muy fácil, pues, además de mi entusiasmo por la música, disponía de buena voz, lo que me valió para que los vecinos me solicitasen para ir a cantar junto a ellos cuando salían a tomar el fresco en las noches calurosas: Yo no me hacía rogar y acudía con franca alegría. Cántanos “Flor roja”, otros decían: el “Ave María” de Schubert y yo accedía a sus peticiones con toda mi alma. Creo que mi voz era la expresión de mi cariño.
A veces organizábamos serenatas y se las dedicábamos a unos u otros según eran sus días señalados.
Vienen a mi tan profusos recuerdos... Veo ante mi el paseo de Santa Agueda, con su gran alfombra verde salpicada por miles y miles de florecillas blancas y amarillas que avanzaban hasta el mar como la suntuosa cola de un traje de novia en la dulce entrega del primer amor. Y aquel mar inmenso me arrulla en suave abrazo con ternura tanta que yo quisiera seguir en su regazo avanzando hasta el infinito. ¡Cuántas veces me iba yo nadando a recibir el barco que llegaba de Barcelona! Era mi saludo de bienvenida al viejo amigo que un día me llevó en brazos de una esperanza que se hizo realidad. Andar.
Desde entonces habían transcurrido casi cinco años, llenos de intenso contenido. Visitas, conversaciones, escuela, juegos, participación en veladas del Ateneo que era el centro republicano y de izquierdas y el que más se preocupaba del desarrollo cultural del conjunto del pueblo. En todas estas actividades la conciencia acumulaba numerosas experiencias que contribuían a una rica y heterogénea construcción del carácter y al enriquecimiento y solidez mental. El pueblo crecía en ansias de progreso. Mahón, San Luis y Villacarlos, eran los pueblos más vanguardistas de la isla de Menorca, los más luchadores los de más avanzado ideal. Otros habían centrado sus aspiraciones en el desarrollo económico y lo habían conseguido si bien no tan victoriosamente como Mallorca y más tarde Ibiza.
La vida de nuestro pueblo era más sencilla y natural. Pesca, calzado y algo de bisutería eran los campos de lucha para subsistir. Sus aspiraciones reales eran más idealistas y su vida, por tanto, más centrada hacia el interior.
Además del Ateneo había otro centro que era el Casino; así como el Ateneo era el centro lúdico-cultural, el Casino era el centro lúdico-religioso. Las actividades políticas en el primero eran de izquierdas y en el segundo de derechas. Y con sólo estas dos tendencias, republicanos y conservadores, habían menos conflictos.
Cuando se organizaban excursiones o salidas en ocasiones de fiestas o días señalados lo de menos importancia era la elección de las comidas sino la de los lugares interesantes por su belleza y su interés histórico o artistico-cultural en lo que Menorca es excepcionalmente rica. Sus “talayots”, “dólmenes”, “menhires”, “mesas”, etc. son mundialmente conocidos y valorados.
Amantes de la música sus salidas iban siempre acompañados de cantos a varias voces y de instrumentos musicales, laúd, bandurria, guitarra, violín. Mi hermana Ceferina tocaba el laúd y Leovigildo la guitarra.
En aquel entonces la palabra amigo tenía un valor sagrado. Cuando se sellaba un pacto y se estrechaban las manos firme y responsablemente, nunca se oía decir: palabra de honor si no simple y llanamente, “palabra de amigo”. Y se podía confiar. Y yo bebí en esta leche y comí de este pan. Y aunque la guerra, la era feanquista y cuanto hemos sufrido desde entonces han borrado gran parte de ese encanto nupcial, yo tengo fé en mi isla y sé que un día renacerá. Sí. Estamos dormidos; pero no muertos.
Bien. Las cosas, las circunstancias empeoraron. La situación económica y las posibles soluciones para suavizar los numerosos problemas civiles, sociales, laborales etc. palidecieron. Mis padres habían ayudado al pueblo en todo momento proporcionándoles generosamente gran parte de cuanto necesitaban, la mayoría de las veces con absoluto desinterés y silenciando sus obras pues decían que no debía saber la izquierda lo que hace la derecha y viceversa. Es decir: hacer el bien por el bien mismo. Y otras con un magnánimo “ya lo pagaréis cuando podáis”...
Mi padre había hallado un ayuntamiento pobre, desvitalizádo, y él, dignificando la institución y con ello las condiciones de vida de los habitantes, con clara visión de sus problemas, dirigió sus esfuerzos en procurarles un mayor bienestar. Aceras en las calles, agua corriente en los hogares, cosas que exigían un propósito firme y una inteligencia bien orientada. Todo ello le valió ser reelegido durante trece años. Pero en aquellos momentos también su mundo particular vivía precarias condiciones y se hacía difícil e insostenible la situación.
Y entonces, casi tímidamente, se dirigió al pueblo solicitando alguna devolución de las deudas adquiridas. Algunas respuestas, tan inesperadas como injustas, le provocaron una crisis cardíaca. “Ripoll, contestaron algunos; no haber sido tan confiado. Ahora no podemos.
 Y la decisión fue rápida y absoluta. Irnos, marchar. Se escribió a los primos de mi madre en Barcelona y ellos se cuidaron de hallarnos vivienda y así fue. Una casa recién construída en el ensanche, en la calle Viladomat nº 173.
A partir de aquel momento todos los sentidos se agudizaron. El mar olía con distintos matices en las diferentes horas. Las rocas, las hierbas, las flores, las mismas paredes, los árboles desnudos y plañideros, con sus ramas secas y vacías ofrecían cantos y colores, vivas expresiones de melancolía. La noche era silenciosa y la mañana solemne. Eran páginas de nuestra vida que dolorosamente se arrancaban una tras otra para no volver.
Y llegó el día. El 23 de diciembre de 1923. Como de costumbre en los pueblos, a muchos de sus habitantes se les conocía más por su apodo que por su nombre en propiedad. Uno de estos vecinos, de los que me solicitaban cantar, se apodaba “en Sobressada”. Este me había llamado para hacerme un encargo. “Cuando llegues a Barcelona, me dijo, verás una gran plaza en cuyo centro hay un tubo muy largo, rodeado de leones y en cuya cúspide hay un hombre con un brazo extendido y que con un dedo señala el mundo que él descubrió: América. Es Colón, muy amigo mío. Vas hacia él y desde abajo le dices: Colón, recuerdos de Sobresada. Y ya está. Gracias. Este encargo me enorgulleció, y agradecí la confianza que mi amigo me demostraba.
Llegaron las despedidas emotivas y sinceras en sus manifestaciones de buenos deseos y signos de añoranza.
Subimos al coche que nos conducía a Mahón para coger el barco que salía de su puerto. El barco no tardó en salir. La primera pitada advertía la subida al vapor. A la tercera retiraban la pasarela de acceso y empezaba ya la salida para Barcelona. En aquel momento empezaron a encenderse luces que seguían el borde de la costa y cuya extensión alcanzó a todo el puerto. Eran los farolitos que construíamos vaciando las sandías, cortando ventanas a su alrededor y que poniendo velas en sus bases y prendiendo fuego en ellas, se iluminaban muy decorativamente.
El barco avanzaba con lentitud, majestuosamente. Poco a poco llegamos a “Es Castell” y de éste mi pueblo, empezaron a salir barcas y más barcas todas ellas tambien iluminadas, y con los amigos que seguían al barco con sus laúdes, bandurrias, guitarras y violines y sus cantos y sus voces gritando:
¡Adiós! ¡Volved! ¡Os queremos!
¡Onésima! ¡Vuelve! ¡Onésima, vuelve! ¡Vuelve! ¡Vuelve!. Y el eco unificaba las voces como un coro de ensueño. Ya pasando por el Castillo de L a Mola empezaron a desvanecerse los gritos, los cantos y la música se fundió en el silencio austero y sobrecogedor. En el cielo aparecían las estrellas y la luna. Y yo me decía: ¡Sí, volveré!
Entré en el camarote: lloré y me dormí mezclando un adiós, con otro adiós.
Serían las seis o siete de la mañana cuando entrábamos en el puerto de Barcelona.
La primera impresión fue profundamente deprimente. La oscura y espesa calidad del mar; sus densas capas de mugre maloliente, con un gris opaco como las casa que se veían a lo lejos, el verde de los árboles ausentes de lozanía, un ruido sordo que denunciaba el desorden de un ambiente aparentemente tranquilo, pero que obstruía la paz; un conjunto de cosas que debilitaban mi anterior esperanza, me hicieron exclamar:
“¿Esto es Barcelona?
“¿Dónde está Colón?
Me lo indicaron y allí me dirigí mientras mis familiares esperaban un coche que nos trasladase al nuevo hogar. Vi la estatua de Colón con su brazo extendido y me apresuré a cumplir mi promesa exclamando:
“¡Colón, recuerdos de Sobresada!
Por un corto momento me pareció ver el rostro de mi amigo; me sentí en mi calle, sentí mi cielo y recordé el mar, mi mar azul, del color del cielo limpio y transparente, con la luz del sol sembrándolo de estrellas y repetí: ¡Volveré! Y esta idea me tranquilizó.
El coche avanzaba ligero. Yo apenas tuve tiempo de contemplar el nuevo ambiente. Las casas se parecían aunque dispares de color, sin afinidad. Algunas, muy bonitas, inspiraban señorío y antigüedad. Las calles llenas de gente de gente que andaba con paso decidido; niños que se debían dirigir  a la escuela pues llevaban libros o carteras y algunos vestían uniforme. Mi padre miró su reloj; faltaba un poco para las nueve. El coche. El coche paró frente a una casa verdaderamente bella. Grandes puertas de hierro y cristal daban paso a una entrada larga y amplia con suelo de mármol blanco jaspeado en gris. En el fondo había un ascensor. Una portera nos abrió la puerta y nos ayudó a entrar los numerosos paquetes y maletas. Los rellanos eran espaciosos con cuatro puertas con las letras A. B. C. D. La nuestra era la B. y el recibidor tenía un largo pasillo que recorrimos hasta el final donde había un hermoso comedor con balcón a la calle con atractiva y extensa visibilidad. En él y en todas las habitaciones daba el sol; por lo tanto eran verdaderamente luminosas. Sentí  que podría ser muy agradable vivir allí pues, a partir de aquel hogar se veían muy pocas casas y, en cambio, mucha extensión por edificar era ya pura naturaleza con mucho sembrado y alguna pequeña casa para guardar útiles de trabajo, daba una viva impresión de intimidad. Además, terrenos en construcción, estaban llenos de montículos de tierra que yo ya me sentía como si, al poder subir y bajar por ellos adquiriese una especie de alas para volar.
Y la enojosa impresión que me invadió al llegar comenzaba a traducirse en una inusitada fuerza impulsora que me decía: podré hacerlo. Y aquel ánimo era superior a la alegría, superior a la felicidad. Era como si algo desconocido, pero maravilloso, prendiera fuego en mi interior con carácter inextinguible.