6 jun 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 12



Hallamos una vivienda ideal. Era una torre situada en la calle de El Cairo, hermosísima, grandiosa, para poder vivir siempre,  cómoda y gozosamente. La recuerdo con toda exactitud. La entrada era ya espaciosa. A su izquierda había una habitación con un amplio ventanal que daba a la calle. Otra habitación a la derecha. Ambas daban a un amplio pasillo en cuya derecha estaba una fenomenal cocina, con todas las modernas comodidades y a la izquierda dos aseos completos con rico mármol de Carrara. Seguía un gran comedor con un hall con cuatro puertas. Una, a la derecha que era un dormitorio. A la izquierda la puerta daba acceso a una escalera que al descender daba, por la salida frontal al gran jardín y, lateralmente, daba a dos habitaciones, una de ellas con todo lo referente a la calefacción y otra que era también dormitorio y, al lado un enorme salón de 20 metros por 20. También de este salón se salía al jardín, rico en toda clase de flores y árboles de distintas clases y categorías. Era un verdadero sueño. La misma escalera, en su parte ascendente daba a tres terrazas superpuestas de las que la primera era del tamaño de la torre; la segunda algo menor y la tercera era un solarium habilitado también como gimnasio.
De nuestra habitación y del salón contiguo, (ambas con las mismas medidas 14x9 mts.) partían dos escaleras laterales que llegaban al jardín en el que había una casita para el perro, grande y cómoda. Lo difícil era cómo organizar la cantidad de muebles para ordenar la casa según sus necesidades y su condición.
Ya teníamos un perro pointer al que llamábamos Dan y que era muy inteligente, cariñoso con sus dueños, y fiel. Enrique quería ir a cazar. Pronto tuvo todo su equipo y esperaba la época de caza con impaciencia. El perro que era atento y sumiso con nosotros, era un gran defensor contra presencias extrañas. Así que una noche en que un ladrón, huyendo de la policía, entró en nuestro jardín, le cogió por la pierna y dio tiempo a que le cogiera la policía. Cuando alguna vez nos quedábamos solos no solamente nos sentíamos acompañados si no también protegidos. Le tuvimos hasta que, por circunstancias especiales tuvimos que cambiar de casa.

Un amigo nuestro que vivía en Palma de Mallorca nos escribió pidiéndonos un favor. En Palma vivía una hermana de la actriz Ana Mariscal. Esta fue a pasar una temporada allí y le pilló la guerra y allí estuvo hasta el final en que regresó a Madrid, su tierra natal. Ahora venía a Barcelona a filmar dos películas bajo la dirección de Ignacio Iquino. Se había enamorado de ella y me pedía a mí el favor de ayudarla y a la vez apartarla del ambiente y poder casarse con ella.
Lo hablamos y decidimos ofrecerle nuestro hogar toda vez que yo no frecuentaba su ambiente. Y que, naturalmente haríamos por ella cuanto estuviera a nuestro alcance. Y así se realizó.
Vino Ana acompañada de su madre y ocuparon la habitación de Edmond. Gran parte del día la pasaba en los estudios como era natural y las noches que podía, las pasaba en casa. No presentaba gran oportunidad de conversación. Le gustaba el baile. Enrique no sabía bailar y me invitaba a mí a hacerlo con ella. Yo accedía agradecida. No veía más allá, no sabía ver, hasta que la evidencia fue demasiado elocuente. Iquino me ayudó a su manera. Me llevó a los estudios, aprovechando un viaje de Ana a Palma de Mallorca, me cambiaron el color de mi cabello y fui rubia, el peinado, y fuimos juntos, Iquino y yo a esperar a Ana a su regreso de Mallorca. Iquino estaba seguro de que nos encontraríamos en el muelle con Enrique. Yo no sabía nada. Subió la pasarela para ayudar a Ana a descender del barco y, al ver a Iquino, me vio también a mí. Si, hubo sorpresa pero no desagrado. No sabía qué hacer ni dónde mirar. Yo tenía miedo; pero Iquino me animó diciéndome: “No temas, no te llega a la suela de tus zapatos. Todo irá bien”. Yo no estaba muy segura.
El cambio de color de mi cabello fue objeto de críticas malsanas entre el grupo del que formábamos parte y creían que el ambiente me había modificado. Yo callaba, como siempre. ¿Para qué? Pensaba yo. Si me confiaba, ¿me creerían acaso? No. Mis conceptos, en muchas ocasiones, habían sido distintos a sus opiniones. Ellos creían en un Dios perfecto, absoluto, invariable ya en su evolución y yo no lo admitía; yo creía que la creación era objeto de evolución constante porque las fuerzas creadoras evolucionaban también. Si a estas fuerzas se les daba el nombre de Dios el Dios mismo era una energía en constante evolución, por tanto sus consecuencias no podían ser perfectas ni ofrecer, por tanto un sentido de perfecta eternidad. Nada de lo existente tenía para mí el efecto de no modificación y, por tanto, nada modificable podía ser eterno. Y el Dios manifestado estaba sujeto, por ley, a la modificación, al cambio. Y de lo inmanifestado, nadie sabía nada. Entonces, ¿por qué asegurar lo que no se sabe?.. Y mis conceptos se mantienen con la misma nitidez que antaño. Ahí está mi fuerza; fuerza cuyo origen presiento pero que desconozco; cuyos resultados conozco pero ignoro su naturaleza que Es y no Es al mismo tiempo.
Y es increíble, que el ser humano pretenda desde su humanidad descifrar este misterio pues a cada solución surge una nueva incógnita hasta que deje de preguntar y se sumerja en la Paz. ¿Cuándo? ¿cómo? Hay que saber esperar mientras se desgrana el ovillo.
La presencia de Ana pues, vino acompañada de ciertos sinsabores, unos profundos, otros ligeros, pero ella no tenía interés alguno por Pedro. Y la manifiesta atracción hacia Enrique, ella misma confesó sin escrúpulos, que era porque quería conseguir su colaboración en la producción de películas. Supongo que el final no fue agradable para ninguno de nosotros.
Al vivir en la torre tuvimos que coger una sirvienta. Fue una chica valenciana que puso cariño a la casa y que trataba a Edmond como un niño debe de ser tratado. Se daba cuenta de muchas cosas y tenía una actitud protectora hacia mí que Enrique no soportaba. Un día, no sé qué vio, yo estaba en nuestra habitación, se atrevió  a algo insospechado. Yo pintaba el retrato de Ana, en tamaño natural y de cuerpo entero. Tenía abierta la puerta de la habitación y vi cómo salía Rosa de la cocina comiendo un melocotón. De repente, tiró con fuerza el hueso de la fruta contra el cuadro. No le dañó; pero su expresión reflejaba tal excitación, tal violencia, que salí preguntando: ¿qué pasa? No hubo necesidad de respuesta. Tuve que obtenerla por mi misma. Y, lamentablemente, Rosa fue despedida. Edmond y yo lo sentimos profundamente.
Una chica de doce años, andaluza, sencilla y buena, la sustituyó. Y fue como una hija más.
Ana y su madre se fueron de casa y pudo venir mi madre a pasar unos días con nosotros. Desde la muerte de mi padre no había salido de casa, pudimos tener la inmensa satisfacción de gozar de su compañía y de proporcionarle unas comodidades que en casa no tenía. El jardín, la casa, la música que tanto le gustaba. Y sobre todo la oportunidad de entregarle a manos llenas nuestro cariño y de sentirnos felices pudiéndola cuidar. Nos quería a todos; pero era innegable su especial entrega a Edmond y a mí. La actitud de Enrique fue como podía ser y mi madre, con toda su delicadeza, tomó la dificultad de las escaleras para ir al jardín como apoyo a su deseo de volver a su hogar. En otra ocasión volvería para más días.
Pero la salud de mi madre iba empeorando. Se rompió el fémur y este percance la retuvo en cama y cuando empezó a levantarse apenas se sostenía. Yo iba a verla todos los días y la ayudaba a andar. Era tanto lo que me quería, que solo conque yo le dijera “Esta noche dormirá”, mamá dormía tranquila a pesar del dolor. Los médicos se admiraban de que no se quejase pues decían: “Ha de sufrir mucho”. Y ella jamás se quejaba. Su dulce sonrisa, su temperamento fuerte y su irreductible fe, la ayudaron mucho a vivir. Ibamos diariamente Edmond y yo. Yo me situaba detrás de ella, la cogía tiernamente por la cintura y, pasito a pasito, cruzábamos el largo pasillo hasta la terraza donde la sentaba para que tomase el sol. Allí la peinaba, a mi me gustaba con el pelo recogido y ella, con aquella bondad sublime, excelsa, se dejaba hacer. “Así está más guapa, mamá” y la besaba. Ya se quedó en cama. Entonces la deformación de sus huesos fue mucho más rápida; una de las caderas casi se unía al pecho. El tórax le llegaba al mentón. Apenas comía. “¿Tocas el piano?- me decía- Si, mamá. Uno de estos días lo haré y se transmitirá por radio. Los vecinos nos dejarán la suya y Vd. podrá  escucharme”. Sus labios se entreabrieron y los iluminó con su dulce sonrisa.
Un día en que yo valoraba lo que mi hermana Sinesia hacía y podía hacer por ella y yo la decía: “El día que mamá falte , tu podrás estar satisfecha de lo que has hecho por ella” “Pero yo, que soy la que más he recibido, soy la que menos puedo corresponder”. Mi madre contestó:
“Pero de ti podré decir, hija mía, que has sido la única que nunca me has dado un disgusto”.
No sé si ella se daba cuenta de lo que aquellas palabras significarían siempre para mí. Pero ellas me han ayudado a superar muchos de los momentos ingratos de mí vida.
Y me escuchó tocar el piano antes de morir.
Cuando me avisaron fui lo más rápidamente que pude. Mi hermano Juan me dijo al entrar: “No te oirá. Está con el oxígeno puesto y no se da cuenta de nada. Pero me acerqué, le cogí una mano, la retuve entre las mías y le pregunté: “¿Me oyes mamá, me has oído?
Y sus dedos se movieron en el interior de mis manos como el batir de las alas de un pajarito que iba a volar. Y se fue. Se fue sin marchar. Jamás la he sentido muerta; tampoco a mí padre. Están en mí para siempre.

5 jun 2013

TelaVision 31 - Esos locos bajitos...

Seguro que muchos de vosotr@s habais tenido una experiencia parecida. Vuestro hijo salió de casa limpio y aseado y volvió como si viniera de la guerra. Como dice él, hay cosas que las madres no pueden comprender...
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30 may 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 11



La incapacidad económica no nos permitía recorrer a la prótesis dental una vez terminada la extracción de los dientes y, ante la necesidad de atender al público y de hacerlo en adecuadas condiciones, se me ocurrió hacerme los dientes de cera. Calentaba la cera y con la ayuda de un palillo y un espejo moldeaba la pasta de forma que la apariencia, algo rara como es natural, por lo menos no ofrecía el aspecto desagradable de una boca desnuda. Llegué a hacerlo con bastante similitud. Como que para ir a las Galerías iba a pie, aprovechaba para andar respirando por la boca; así el aire fresco ayudaba al mantenimiento de la falsa dentadura. Pero ya en las Galerias, se fundían con demasiada rapidez. Había un bello biombo en la sala de pinturas y yo me escondía allí; sacaba la vela, las cerillas, suavizaba la cera, etc. y salía con apariencia de felicidad. Un día a Salord, un íntimo amigo de Enrique  me avergonzó un poco con su pregunta: “Oye, ¿qué pasa con tus dientes? Unas veces los veo de un color, otras de otro. ¿Qué es? Le conté la verdad, no en forma dramática si no como si explicase un chiste. (Es que en realidad tenía su parte groseramente cómica, ¿no?) Bien. La cuestión es que una vez en Menorca se lo dijo a la madre, a la que yo llamaba mamá porque a mi madre la llamaba “may” que es la palabra menorquina. Así las dos tenían distinto nombre pero idéntica calificación. La respuesta fue que escribió una carta acusando el envío de un giro que solucionaba el problema dental. Mi alegría fue inmensa. “¿Se lo puedo decir a mi madre?” pregunté a mi marido. “No te lo habrás tomado en serio”, contestó.
Y mi hermano Leandro trabajó horas extraordinarias en la refrigeración del Bar Canaletas y me pagó la dentadura. Y pude hablar y sonreir tranquila. Un bello gesto, ni mayor ni menor que el de mamá. A los dos gracias.
En las Galerías había una sala donde estaban expuestas las porcelanas más delicadas y pequeñas esculturas. Unos señores se prendaron de una frutera de porcelana que era una verdadera preciosidad. Tenían los precios en las bases de los objetos, no estaban visibles. Yo, con el deseo de atender a los posibles clientes, cogí el objeto y al darle la vuelta para conocer el precio, se cayó el cuerpo superior, rompiéndose. Yo no conocía la estructura del objeto pues estaba en una vitrina de la cual no tenía la llave. Se la tuve que pedir al Sr. Vilá el dueño, para enseñarlo, pero no me explicó que tenía tres cuerpos. Total que al oír el ruido, acudió de inmediato, visiblemente disgustado. En tal estado me riñó con sensible dureza y aquellos señores actuaron con una grandeza de miras verdaderamente admirable. Se desvivían en palabras de consuelo para mi, se quedaban con el objeto y pagaban además su restauración. En fin. Todo parecía haberse resuelto correctamente bien.
Al llegar a casa de mi madre, lo conté a mi hermano Juan. Me aconsejó ir al  sindicato y contar la verdad. Ellos me aconsejarían. Si algo funcionaba bien en la época de Franco era el aspecto sindical. De modo que decididamente fui al Paseo de Gracia, donde estaba situado, conté el caso y empezaron a hacerme preguntas:
“¿Está Vd. Sindicada?”
“No”, contesté.
“¿Cuánto cobra Vd.?”
“Tres mil pesetas mensuales”.
“Cual es su ocupación o cargo?”
“Soy la encargada”.
“¿Cobra un tanto por ciento sobre la venta?”.
“No. Nunca”.
“¿El precio estaba a la vista o no lo estaba?”
“No. Estaba en la parte inferior. Fue al darle la vuelta que se cayó, rompiéndose”.
“Bien, -me dijeron- Váyase tranquila. Si Vd. quiere se les puede obligar a cerrar el negocio. Ni cobra usted lo que ha de ganar, que son un mínimo de siete mil pesetas mensuales, ni el diez por ciento sobre las ventas, y está además absolutamente prohibido tener los precios escondidos: deben estar plenamente visibles. Si le hacen firmar algún compromiso no firme sin leer. No firme si le exigen algo a cambio, máximo cuando el cliente paga incluso la reparación. Sobre todo no firme nada, y al final dígales que obedece órdenes del Sindicato que actuará en consecuencia. Le agradeceremos nos diga el resultado.”
Naturalmente fui. El Sr. Vilá me hacía firmar un papel en blanco a lo que naturalmente me negué. Y cuando les dije que iba en nombre del Sindicato de deshacían en promesas, palabras de cariño, de agradecimiento.
Su propuesta había sido tan injusta que no la acepté. Quería cobrarse de mi escaso sueldo setecientas pesetas mensuales hasta pagar la porcelana rota cuando la vendía por el mismo precio y se le pagaba la reparación. No lo acepté.
Hubo, además, una circunstancia que cambiaba en cierto modo la situación de nuestras vidas. La madre de Enrique había sufrido una embolia y se hallaba en estado grave. Me llamaron por teléfono a la Galerías para avisarme e inmediatamente acudí a su lado. Estaba en casa de una amiga; pero quiso venir a casa de mi madre. Tuvimos consulta con dos médicos, uno de los cuales aconsejó una sangría. El otro que era nuestro médico de cabecera, el Dr. Sales Vazquez y profesor de Medicina de la Universidad, no lo aconsejaba pues veía el caso inminente y decía que para qué molestarla. Sin embargo, con la sana intención de probarlo todo ante una posible esperanza, se le hizo sin resultado favorable alguno. Permanecí a su lado, refrescándola de vez en cuando y suavizando la sequedad de su boca con algodón mojado con agua fresca, pues tenía mucha sed; suavemente la acariciaba y lentamente, sin aparente sufrimiento, acabó su vida.
Al buscar en su libreta de notas las direcciones que precisábamos para dar aviso de su muerte, hallé entre sus páginas la violeta que yo le había dado de un ramo que me habían regalado a mi y del que aparté una para cada madre. Un detalle que me confirmó su cariño hacia mi y que conservo con gratitud. Su hijo estaba en casa; pero no la cuidó ni hizo compañía. Incomprensible.

Tuvimos que ir a Menorca. El ambiente fue acogedor. Estuvimos en casa de unos tíos de Enrique, ella hermana de su padre.
Fueron días de ajetreo. Visitas, papeles, idas y vueltas de la finca que tenían en la isla, muy extensa y rica, pues el único río de Menorca la cruza, lo cual aumentaba en gran manera su valor. De ella cuidaban unos payeses, un matrimonio con un hijo subnormal y otros colaboradores pues la finca era muy extensa. Había vivienda para los payeses y aparte para nosotros. Allí a los payeses se les daba el nombre de “amos” y a los dueños “señores”. El trato obedecía a esta discriminación y, por regla general era muy humillante. En Mahón la madre poseía además, tres casas espaciosas, bellas y muy bien situadas. Las tres las tenía alquiladas. Una de ellas a una familia de Cartagena, con la que al principio hubo serios problemas a resolver. En ausencia de la madre, se habían apropiado de joyas de gran valor material y sentimental pues contenían estimables recuerdos familiares. Se trató el asunto con la máxima humanidad y conseguimos que no hubieran represalias, antes al contrario, ayudamos cuanto estuvo a nuestro alcance y se estableció un sincero lazo de unión.
En la finca, lo que aquí se llama “masía” y en Andalucía “caserío”, en Menorca es “Es Lloc”. Era tan grande, que todo cuanto alcanzaba la vista era de nuestra propiedad. El espectáculo unía a su belleza, una salvaje virginidad. Menorca no es muy rica en espacios de abundante arboleda y era fantástica la exuberante grandiosidad de aquel paraje que comunicaba tantos y tan variados matices. Entre zonas de múltiple variedad de verdes de todas las tonalidades, aparecían los trigales como extensos campos de plumaje que, azotado por el viento, era un continuo aleteo semejante al oleaje del mar; pero matizado en ocre, amarillo dorado, blanco marfil y grises plateados acariciadores. Y la paz, la paz beatífica que descendía suave y bienhechora. Aquello era un ensueño, algo digno de ser conservado, aprovechado y protegido como un tesoro para nuestro hijo asegurándole, al menos, algo de bienestar. Hubiera sido un descanso, una justa satisfacción, un deber de amparo ofrecido tan generosamente por la vida.
Pero Enrique se hallaba como un niño a quien los Reyes le han dejado tantos juguetes, que no sabe qué hacer con ellos y acaba por destruirlos. Recogimos algunas cosas y regresamos a Barcelona para volver de nuevo y seguir ajustando ideas, posibles soluciones y determinar proyectos. Entre sus familiares los había que, además de disfrutar de una cómoda situación, tenían experiencia, conocimientos y carácter para establecer confianza y compartir orientación.
Ya en Barcelona me personé en Galerías Pallarés para decirles que, con todo lo ocurrido, no quería entrar de nuevo en el trabajo con ellos toda vez que su comportamiento había roto la confianza y ya no me era posible reconstruir el estado total de entrega de mi inicial gratitud.
Durante mucho tiempo, estuvieron llamándome, escribiéndome, rogándome y ofreciéndome ventajosas oportunidades. Pero no volví. Había cumplido con el compromiso moral con el Dr.Canalda, y mi deber estaba realizado.
Algunas alumnas de la Escuela Academia Serra  vinieron a mi casa a clase de música. La ayuda a mis maestras continuaba y era gratuita por mi parte; pero estas privadas eran correspondidas materialmente.
Fuimos continuando así hasta ir de nuevo a Menorca. Como la vez anterior, nos albergamos en casa de los tíos. El tío era encargado de la fábrica Codina y el director técnico en Barcelona era un químico ruso que se hospedaba también en casa de los tíos. Era un hombre raro, muy observador, generoso; pero había algo en él que promovía a cierta inquietud, a establecer un estado de atención, de alerta. Su mirada quería ser hipnotizadora, como si tuviera la intención dominadora de quien quiere conseguir algo de su interés y cifra en ello su máxima atención. Algo en él me recordaba a Augusto Engelke, y me previne. Notaba su influencia sobre mi mente y me estremeció una lucha de la que los dos teníamos conciencia. El quería vencer; yo no quería sucumbir. Esa interna percepción se hizo visible exteriormente con una especie de amenaza. Su mirada fija en mi con intención dominadora, acompañó a unas palabras que no eran menos agresivas: “Un día pensarás sólo en Juan”. Yo vencía esa voz sin violencia, con serena pero fuerte inmutabilidad. Me di cuenta de que esta posición era mi mayor ayuda y me mantuve en ella. Era muy importante mantener la paz y un buen camino el de no concederle importancia alguna. Llegué a conseguir un total desapego y me entregué a los problemas que exigían más fiel atención.
Ibamos a la propiedad a menudo, pasábamos en ella días enteros y nos sentíamos fortalecidos. Pero poco a poco Enrique empezó a pensar en vender; pesaban los inconvenientes de vivir en Barcelona y no poder cuidar de aquello más directamente y la ilusión de crear un negocio, tal vez de producir cosméticos, influenciado por el Dr. Heiman, que así se llamaba el químico. La idea, al principio discontinua y confusa, iba tomando cuerpo, revoloteaba como un moscardón imponiéndose cada vez con mayor atractivo.
En la isla, al estar en contacto con las tierras, la contemplación de su natural belleza, el bienestar en su paz, la satisfacción de participar en la recolección de sus productos, de comer la fruta cogiéndola directamente del árbol, saborear su vida y traspasarla directamente al organismo, estableciendo esta tan especial comunicación, esa participación gozosa con la naturaleza, era de por sí una extraordinaria fuerza que actuaba positivamente contra las influencias contradictorias que intentaban invadir el pensamiento y transformarlo.
Yo estaba cada vez más segura de que el afán de grandeza conseguiría al final que Enrique cediera a los consejos del químico y se desprendiera de aquella suprema realidad para embarcarse en una nave sin rumbo, poniendo aquella magnífica oportunidad en el peligro de perderla. Y miraba la exuberancia de los espesos bosques de almendros y olivares, de los ancianos  y majestuosos castaños, con la tristeza de un irreparable adiós. Y era un adiós mucho más cargado de indignidad, de desgarro de algo que debía de haber sido una ofrenda al hijo que quedaba así desposeído de algo que podía haber sido una legal seguridad.
Eso era difícil y duro de aceptar, en contraste con la natural generosidad que habría consolidado una unión y rehabilitado una posición que había sufrido descalabro. Mi naturaleza, tan dada a la confianza y creadora de esperanzas se veía amenazada en estos momentos. Momentos en que los recuerdos adquirían una presencia real, sobre todo los más recientes.
Mientras yo trabajaba en las Galerías Pallarés, Enrique estudiaba Farmacia y Ciencias Químicas, en la Universidad. En un día de examen y con la sana intención de ayudarle con mi compañía fui a la Universidad. No estuvo muy brillante. Le esperé en el patio donde me encontré con el hijo del Sr. Juncal, el director de la escuela Normal. Dimos un corto paseo al saludarnos, y nos paramos esperando a Enrique, que estaba algo apartado. Salió una chica, se abrazaron y me vieron. Nos reunimos y, para abreviar, unas palabras del joven Juncal aclaraban impresiones distintas. Enrique hizo ademan de cogerme del brazo para salir; pero Juncal exclamó:
“No, Enrique. Yo acompaño a tu mujer. Tu acompaña a Fanny, como todos los días”.
Y dirigiéndose a mi añadió: “Si yo hubiese sabido que eras la esposa de Fernández los claustros de la Universidad no hubieran sido testigos de lo que han sido”.
Quizás debí preguntar. Pero no. guardé silencio y procuré olvidar, borrar y lo había casi conseguido. Otras fuertes impresiones apoyaban el recuerdo y fortalecían posiciones. Cuando me daban a mi alguna golosina en el trabajo, yo se la daba a Edmond, íbamos a la Universidad y le decía a mi hijo: “Anda, entra y dale esto a papá”. Pero Enrique fingía no conocerle y el niño salía llorando. Y yo entonces comprendía. ¿Qué hacer? De nuevo amontonaba en el silencio.
Habían motivos que frenaban posibles dignas reacciones. La mujer, en aquella época, carecía de protección. No era justo, pero era la Ley.
Ahora esta nueva situación, de decisiones no pasajeras, sino de consecuencias definibles, en uno u otro sentido, de nuestras vidas. Ahora se imponía saber esperar, respirar hondo aquí que el aire era más puro y abrir el pecho al amor y la mente a la confianza.
Como que era verano, plena época de recolección, recogimos lo que pudimos y, entre mi hermana Anita que vivía en Mahon y la familia de Barcelona, repartimos algunos alimentos, pocos por lo que hubiera querido, pero lo suficiente para darles una satisfacción.
De nuevo en Barcelona, dado que Enrique se sentía ya más seguro en la reciente posición, buscamos un hogar para encauzar nuestra vida. Entretanto vivimos con nuestra familia. Mi hermano Juan había vuelto del campo de concentración de Francia; pero vivía en casa de unos amigos para evitar complicaciones.
Sinesia y Ceferina seguían trabajando como también Maria en el laboratorio. Mi madre llevó la casa mientras pudo. Luego fue Sinesia quien se encargó de todo. Mi madre empeoraba; pero resistía.
Enrique seguía entrevistándose con el Dr. Heiman y yo pintaba y vendía lo que podía. Generalmente era bajo encargo. El Dr. Heiman compró uno y de aquel siguieron otros muchos que decía le pedían a él amistades suyas. Y, cuando menos lo pensábamos Enrique vendió la propiedad. Nunca supe por cuánto. Intenté que comprase una casa de cinco pisos en la calle de Llansa junto a plaza de España y que la pusiera a nombre de Edmond. “¡Qué piensas, -me dijo- ¿qué es fácil hacer un regalo como éste?” Y lo invertía en pagos por adelantado de cosas que luego no se realizaban. Siempre cosas quiméricas, rodeadas de fantasías. Hoteles con camareras vestidas de época, por ejemplo. Cosméticos que serían inigualables y que luego no tenían aceptación, hasta que llegó a ver más claro y se apartó de aquella influencia.

28 may 2013

TelaVision 30 - Lo mejor de las vacaciones...

...es explicar lo que hicisteis con la familia, aunque a veces se exagera bastante, como nuestra amiga en la peluqueria.

27 may 2013

La vida critica... 91 - Una de secretarias.

La verdad es que secretarias como esta no hay muchas, pero en mi vida he conocido alguna de parecida. También hay ejecutivos bastante tontos, como los politicos.

Este fin de semana nos ha dejado Jordi Bayona, que fué redactor de Bruguera en la época dorada de la historieta y la editorial. Le recuerdo con afecto, como a todos ellos, y le mando un abrazo. !Que momentos tan divertidos vivimos juntos entonces!

23 may 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 10




Ya habíamos preparado el viaje de regreso a Barcelona. Leovigildo se ocupó de procurarnos un camión que iba allí y nos acomodamos en él como pudimos; lo importante era regresar al hogar. Pero un fuerte choque con un camión de la  CAMPSA nos hizo regresar a Gerona e ingresar en el Hospital. Mi madre con dos costillas rotas, mi tía con conmoción cerebral, mi hermana Ceferina con un brazo fracturado, dos cuñadas con pequeñas heridas y Sinesia, Edmond y yo ilesos. Sinesia y yo trabajamos  en el Hospital a fin de colaborar a nuestra estancia allí. Como que los cuidados no eran los convenientes decidí irme a Barcelona y regresar en un taxi a fin de llevar a los enfermos a casa. De dos duros de plata que tenía di uno  a una familia para que cuidasen de mi hijo y yo me fui a Barcelona con la natural preocupación.
Al llegar a nuestro hogar estaban las tropas de Franco repartiendo pan y mi hermana Eulogia, en la calle, recogiendo uno de manos de un guardia de Asalto. Presa de una intensa indignación le di a mi hermana una fuerte bofetada, le tiré el pan al suelo y, cuando levanté el rostro, en el gorro del guardia había el funesto 354 del día de las oposiciones.

“¡Vaya!, -le dije- Nos volvemos a encontrar. Ya se lo dije. ¿Se acuerda?
“Si.” Y no me pegó y podía haberlo hecho.
Mi hermana no sabía qué decirme. Tengo hijos...
“Lo comprendo, Eulogia. Pero hay pan de maíz. Además ellos han entrado con la cruz y la espada. ¡No! ¡No! y ¡No!
Subimos. Le expliqué algo de lo sucedido y salimos en busca de un taxi. Se necesitaba una autorización que yo no tenía y, como siempre, apareció la solución. Un señor que estaba en la cola se me acercó y me dijo:
“Vd. Tiene taxi y no tiene autorización. Yo tengo autorización y no tengo taxi. ¿Vamos juntos?
“Vamos y gracias”.
“Y yo a usted”.
Y nos fuimos. Fue muy amable. Naturalmente no era republicano; pero eso no importa. Tampoco yo era franquista. Y el viaje fue una recuperación de confianza en otra humanidad sin fronteras, en otra humanidad que un día no reconocería a la propiedad como un derecho personal, sino simple y llanamente un derecho humano. Me acompañó hasta el Hospital. Recogimos a nuestra madre, hermanas y cuñadas y a mi tía, a quien equivocadamente habían puesto ya en el deposito, y luego fuimos a recoger a Edmond. La alegría al abrazarnos me hizo comprender algo más la actitud de mi hermana Eulogia, aún no aceptando el pan en aquellas condiciones.
Otra vez en casa, supimos que Miguel, su esposo, y mi hermano Juan estaban en Francia en campos de concentración. Aún no sabíamos nada de Enrique aun que era de suponer que también él estaba en el mismo u otro campo.
Los días que siguieron fueron bastante ricos en problemas a resolver. A los maestros y funcionarios públicos se nos había vetado el derecho al trabajo. En lo primero que tuve compensación económica fue lavando a mano un abrigo de un farmacéutico, y repasándolo también, a cambio de la leche para mi hijo. Esto fue un espacio de tranquilidad. Me procuré utensilios para hacer malla y me puse a hacer guantes de distintas formas y tamaños, pues estaban de moda, y también empecé a pintar y a vender, eso muy de vez en cuando. La madre de Enrique pasaba las tardes en casa. Su otro hijo, Armando, que era el padrino de Edmond (padrino nominal pues no estaba bautizado) estaba prisionero, primero en el Castillo de la Mola, y luego trasladado a Palma de Mallorca a fin de que no tuviera las oportunidades de defensa que tendría en Menorca. Tenía sinceros deseos de conocernos, como nosotros a él. Pero no nos acompañó la suerte. Fue fusilado a los diecinueve años. Por cierto que Edmond no le conocía como yo tampoco. Una madrugada, a las cinco horas, mirando Edmond asustado la pared frente a su cama, gritó: “¡Es padrí!” (el padrino) no hubo más. Por la tarde, al venir la madre, se lo conté. Y ella, sacando una fotografía de su bolso en la que estaba Armando con otros compañeros, y, enseñándosela a Edmond, le preguntó: “A ver si sabes quién es y dónde está el padrino”. El niño recorría el grupo con su dedito y paró señalando efectivamente a Armando. Quedamos asombrados. El asombro fue mucho mayor cuando poco después llegaba un telegrama dirigido a la madre con estas palabras: “A las cinco y diez de esta mañana su hijo Armando Fernández Orfila, ha sido pasado por las armas”.
Cuanto siguió a esta cruda noticia es fácil de imaginar. Dolor, desamparo, sentimiento de injusticia, hasta incredulidad. Cualquier intento de consuelo era vano, inútil, casi inadecuado. No hallábamos forma alguna de suavizar el amargo contenido de la noticia. Decidió irse a Mallorca. Hizo desenterrar a su hijo para verle, para besarle, para estar con él un momento más. ¡Qué cantidad de fuerza y de amor se precisan para ello! ¡Qué intenso dolor la indujo y qué enorme vacío en aquella vida que acababa de perder gran parte de su propia necesidad de vivir!.
Se entregó más a nosotros y también nosotros a ella. Alguna vez les dijo a mi madre y hermanos que me quería  a mi más que a su hijo. Lo comprendí y lo agradecí. Armando, sí era muy sensible y cariñoso. La quería, la mimaba y la respetaba. Yo lo haría también; pero, yo no era su hija. ¿Podría manifestarme como tal? Lo intentaría.
Al salir Enrique del campo de concentración, al sur de Francia, entró en el de Lérida. Entonces, en aquellos momentos, la policía hacía informes en las diversas escaleras para averiguar si había graduados del ejército no “depurados” o escondidos. Y una vecina, sin idea del perjuicio que podía causar, informó sobre Enrique asegurando que era teniente. Fueron tan sinceras que se lo contaron a su confesor quien les aconsejó que hablasen conmigo y me confiasen la verdad. Esto motivó que, junto con mi hermana María fuésemos a visitar al dueño del Laboratorio en que mi hermana había trabajado. Explicando el caso detalladamente, luego de escucharme me preguntó:
“¿Tu marido tiene las manos manchadas de sangre? ¿ha robado?”
“Ni una cosa ni otra. Estudió en la Escuela de Guerra y ahora era teniente. Ni ha pertenecido nunca a ningún partido político”.
“¿Y ahora tu que esperas? Que baje un ángel del cielo y te haga un aval para que tu marido salga del campo de concentración, ¿no?
“Pues si, dije yo”.
Y me dio una tarjeta con una buena recomendación y me dijo:
“Ve con ella a la Guardia Civil y ya te dirán lo que has de hacer”.
Más que agradecidas nos personamos en la Guardia Civil. Me atendieron muy bien y con una carta dirigida al jefe del campo de concentración de Lérida me fui allí a la mañana siguiente. Entregada la carta a las once de la mañana y a las siete de la tarde estaba en libertad.
Llegamos a casa. Como que un detalle inesperado por lo incomprensible, cortó gran parte de la natural satisfacción, ésta cuenta poco en este momento pues no tenía alas para volar. Edmond empezaba a andar. Enrique, sentado en la mesa, no cesaba de narrar los acontecimientos anteriores. Yo le decía: “Mira Enrique, mira como anda nuestro hijo. Aún no lo has visto”. Pero no; no hubo manera. Al acostarnos mi madre tuvo la idea de quedarse con el niño a fin de que tuviéramos más comodidad y libertad. No se aceptó bien. No quiero opinar. Hay momentos en que hay razones dispares pero, existen razones y hay que saber esperar. El día sigue a la noche y el sol disipa las tinieblas. Cósmicamente el día y la noche tienen razón. Y a mí la vida, las circunstancias y lo sufrido no en vano, me habían enseñado a esperar. No condicionalmente, sino sencilla y llanamente, esperar. Eso es un estado de paz.
Unos recuerdos atraen a los otros y en una autobiografía creo que es muy fácil el olvido de cosas muy importantes y cuyo recuerdo es nítido, claro, se evidencia cuando ya ha pasado tiempo de su real actualidad. Pasó poco después de haber nacido Edmond. El vino del frente. El niño tenía quince días y aún no habíamos salido a la calle. El niño nació en casa de mi madre. Enrique quiso ir a nuestra casa, en la calle del Olivo. Ibamos por la Gran Vía, por el paseo. Encontramos a una amiga, compañera del colegio.
“¡Oh! ¡Que hermoso es el niño! ¿Me lo dejas?
Creo que a todas las madres nos ha ocurrido. Lo dejamos felices; pero con miedo a que llore, a que les caiga; pero no pasa nada y menos con Edmond que no lloraba nunca ni se extrañaba con nadie. Por lo tanto nos despedimos con franca cordialidad y muy satisfechos. Llegamos a casa. Le acosté en su Moisés , que yo había adornado y parecía un trozo de cielo, y entré en la cocina a preparar la cena; berengenas rebozadas y huevos fritos.
Un llanto desesperado de mi hijo me asustó y entré en la habitación. El niño estaba en el suelo. Su padre de pie, junto a él con el rostro lívido, pálido, muy pálido su color y una expresión incalificable. Cogí al niño, y tenía los dedos marcados en su delicado rostro, con fuertes edemas. Le besé, dejó de llorar. Y miré a mi esposo interrogante y confusa.
“Le he pegado a él para que tú sepas que no lo has de dejar a nadie”. Fue su contestación.
De nuevo algo incomprensible, inverosímil, altamente cruel. ¿Qué pasó por mí? El silencio que acompañaría muchos de los momentos de mi vida fue mi única externa manifestación. Dentro, muy profundamente escondida en mi interior, había crecido una lucha titánica. ¿Con qué? ¿contra qué? ¿por qué?
La actitud defensiva que sostuve durante los meses crudos de la checa y de la cárcel ante una increíble amenaza creció con fuerza superior. Era increíble por ella misma, increíble por el origen de la cual partía, sin motivo ni razón; increíble por ser horrenda y desentrañada. Y me sentí espada y cruz. Espada para defender. Cruz para soportar. Y eso, eso tan sencillo y tan elocuente, marcó mi vida.
A la mañana siguiente salía de nuevo para el frente. Le acompañé hasta el coche. Al despedirme le dije: “esta vez no te añoraré como hasta ahora. Hay una mancha en el amor sin mácula. Y esta mancha sí que será imborrable”.
Y la mancha fue y ha sido, imborrable; pero tan imborrable como mi amor. Una sonrisa bastaba para recuperar esperanzas. “Cambiará”, “eso pasará”. Y los acontecimientos no me daban la razón; y yo volvía a esperar aunque con menos fuerza. Y ese vaivén se mantuvo durante doce años, de modo desconcertante.
La condición de espera llegó a alcanzar límites insospechados. Toda cualidad sometida a continuado ejercicio sufre un proceso de desarrollo. Y las consecuencias a veces insospechadas, sorprenden por su balsámica y reconfortante calidad. Mi padre nos daba un consejo muy lleno de sencilla sabiduría. “Ante cualquier duda, ante cualquier opción o decisión, ante cualquier posibilidad que pueda ofrecer un aspecto negativo, no corráis. Contad hasta ciento. Es muy sano esperar”. Y tenía razón.
A través de mi hermano Leovigildo surgió un trabajo en un taller de fabricación de tacones para zapatos. Pero Enrique no cuajó en él. Mi otro hermano, Leandro, no tenía trabajo y pensaron en que si económicamente pudieran montarían una pequeña fabrica de alumbre de roca, material que se empleaba para curtir la piel. La madre de Enrique pasaba una temporada en Menorca y, al saberlo, vendió una barca y con lo cobrado se organizó la fabricación. José Morey Labandera , naviero y primo de mi madre, en aquellos momentos se dedicaba al desguace de dos barcos, el Uruguay y el Montevideo, y cedió el local a Enrique y a Leandro para que se instalasen en él. El local disponía de una vivienda derruida por los bombardeos y que nos sirvió de hogar, mientras duró el trabajo, la vivienda carecía de las más precisas necesidades. No había ni agua ni luz, techo y paredes eran de uralita y no había ni cocina ni aseos. Una escalera que parecía de rústico barro, al cabo de dos semanas de duro e intenso trabajo de limpieza, resultó ser de precioso mármol blanco, y los escasos muebles que pudimos colocar, una vez todo limpio y aseado, daban un cierto aire de nobleza al tétrico lugar. Trasladamos el piano allí y el ambiente se llenó de sonidos que convertían el crepúsculo en radiante alborear.
La fabricación del alumbre de roca exigía unos lavaderos muy largos y profundos. Había que llenarlos de agua; ellos la mezclaban con los materiales, precisos para la producción del alumbre y este salía en forma de grandes estalactitas maravillosas. Ibamos a buscar el agua a una fuente de la plaza de Medinaceli. Yo llevaba una garrafa en cada mano y hacía muchos viajes durante la tarde. Pero lo hacía tan gustosa que incluso cantaba hasta con alegría.
Empecé con una fiebre que no cedía. El médico supuso que me venía de la boca y habló con un dentista amigo suyo, el Dr. Canalda, y le aconsejó que lo extrajese todo para solucionarlo con más rapidez y seguridad. El dentista se negaba pues decía que las piezas estaban fuertes y no veía la necesidad; pero el otro insistía y me dejaron solo unas muelas para mantener mejor la prótesis que entonces no me podía poner por carecer de medios.
El Dr. Canalda me encontró trabajo en una galería de Arte, las Galerías Pallarés , en la calle Consejo de Ciento, entre Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Quedé tan agradecida que tomé el trabajo como si fuera mío. A los tres meses de prueba me nombraron encargada. Allí conocí a pintores y escultores de verdadera categoría; Llop, Doria; Clavé, Santasusagna, Sorolla, y escultores como Borrell Nicolau, Otero, Clará. Estos dos últimos me querían de modelo. Sólo Otero vestida con una túnica larga, cómoda y expresiva lo consiguió. Mis manos, ahora deformes por la enfermedad, les sirvieron de modelo también. Yo posaba con absoluta entrega y colaboración y lo que es más, profundamente agradecida.
En los conciertos el público vibraba, vibrábamos juntos y algunos comentaban que al salir yo al escenario no sabían si iba a tocar el piano o si seria la danza mi medio de expresión, pues decían que, al pisar el suelo, daba la impresión de no tocarlo si no la de cruzar el espacio hasta llegar al piano y volcar en él todo el caudal de vida mantenida, guardada en el silencio y que se desbordaba cuando había una equilibrada oportunidad. Otras quedarán de nuevo en el silencio profundo, por respeto al amor, a los que amo y por respeto a mi misma como agente de una vida a la que quiero y debo tratar con imperativa dignidad. Seguiré con mi autobiografía a pesar del silencio que en algunos momentos velará con celo la ruda revelación. La vida conduce paso a paso los acontecimientos y éstos, tarde o temprano dan claridad a los puntos oscuros y a veces convierten en fértiles, épocas de aparente infecundidad.

La verdadera historia de Frankenstein. (Dedicada a casi todos los políticos)

Hace años dibujé y mandé esta felicitación navideña que creo sigue de vigente actualidad. Ahora que algún expresidente, conservado en formol, amenaza con volver como si no hubieramos tenido sufciente con su época anterior y sus delirios de grandeza de las Azores, y otros como Wert que no saben como hacerlo para acabar de hundir el pais, creo que os puede divertir a los que no lo recibisteis en su época.

21 may 2013

TelaVision 29 - ¿Habeis olvidado al abuelo alguna vez?

Yo si. Olvidé a mi padre en el parking del Corte Inglés y no me di cuenta hasta llegar a casa. Lo conté en alguna de mis anecdotas de Mi vida en Bruguera,
por si quereis recordar la historia, como les ha pasado a nuestra familia al regresar de las vacaciones.

20 may 2013

La vida critica... 90 - Ladrones con garantia

¿Os han robado alguna vez? A mi no me ha sucedido pero a varios vecinos mios les ha pasado y se han sentido fatal. Estos, encima, quieren garantia...

19 may 2013

Hoy hace dos meses que estos hermosos y dulces ojos me miraron por ultima vez.

Los ojos de una menuda-gran mujer que nació en la menuda-gran isla de Menorca: mi Madre.

He querido dibujarla en su primavera, cuando se abrian ante ella los caminos de su vida: el magisterio, la música y la pintura, y daba gracias por todo lo que la vida le ofrecia, bueno o malo.
Cuando su madre, mi abuela, murió hace muchos años, escribió y compuso esta canción que cantaba con su dulce voz. Yo no podría decir nada mejor.

                                                        MARE

                                   Mare, Mareta, vine a mi
                                   que estic molt sola
                                   ton pit tan dolç vull per coixi
                                   que es cel i es glòria.
                                   Mare, Mare, tot ho ets tu
                                   Mare, Mare, tot ho ets tu

                                   Ni els rosers
                                   ajuntant ses olors
                                   no farien un bes
                                   dels teus llabis

                                   Ni dins del cel
                                   cap estel no faria
                                   la llum dels tus ulls
                                   plens d'amor... plens de pau... plens de llum
                                   que eixo ets tu, mare.

                                   Mare, jo et cantaria cançons amoroses
                                   si tingues veu d'ángel

                                   I si fos Déu
                                   dins un niu de rosers
                                   sembraria la vida per tú
                                   plè de llum, plè de pau, ple d'amor
                                   que eixo ets tu.

                                   Mare, mare, mare...

                                                                                           Onésima